Hice toda mi primaria en la escuela que fundó la Tela Railroad Company – o “la Compañía”, como se le conocía – en la pequeña ciudad bananera de La Lima. La escuela llegaba hasta el octavo grado, después de lo cual todos teníamos que buscar dónde terminar la secundaria. La tradición escolar dictaba que los estudiantes del octavo grado se despedían con un viaje de una noche a las cabañas de la Compañía en el Lago de Yojoa.
Yo
estaba emocionado. Ya antes había dormido en el lago en viajes familiares, pero
pasar la noche con mis compañeros prometía ser una aventura inolvidable. Los
maestros chaperones se instalaron en una cabaña cercana a la de las chicas,
mientras que a los chicos nos enviaron a la cabaña que quedaba al otro lado de
una gran hondonada. Una vez todos ubicados, nos reencontramos para cenar juntos
en la cabaña de las chicas. Después los maestros se retiraron por un tiempo
para dejarnos socializar.
Ahora,
cuando digo “socializar”, debo aclarar que esa era la intención, no el
resultado. Al menos no en mi caso. Además de la torpeza natural de la
adolescencia temprana, tenía un impedimento social que no tenía la menor idea
de cómo superar: yo era cristiano. Era cristiano en el sentido de que no decía
malas palabras, no tenía vicios, y había dejado atrás la vida de mujeriego. Cristiano
en tanto que era maestro de discipulado y músico en nuestra iglesia, y sentía que
era mi responsabilidad de ser el compás moral de mis compañeros. Tenía yo trece
años, yendo sobre cincuenta. A mi parecer, estaba rodeado de mundanos que tarde
o temprano irían a parar al infierno por la música que escuchaban, los vicios
que practicaban, y las pasiones a las que se entregaban. Tácitamente los
consideraba mis enemigos.
Le había
entregado mi vida a Jesús un par de años atrás, y como buen cristiano había
querido compartir mi nueva fe con mis amigos. Pero en mi inmadurez sólo había logrado
alienar a todos los que no compartían mi credo, con tal suerte que había
cursado el séptimo y octavo grado académicamente sobresaliente, moralmente
auto-justificado, y socialmente exiliado.
Francamente,
esa noche habría preferido ir a platicar con mis maestros antes que participar
del baile en la sala, pero para no ser del todo antisocial, negocié el plano
neutral del corredor frontal de la cabaña de las chicas. Después de oírlos bailar
unas pocas canciones noté que de la sala no emergía más que el sonido de la
música. Asomándome por la puerta, vi que todos conferenciaban en la cocina.
Vencido por la curiosidad, rodeé silenciosamente la cabaña. Desde la penumbra,
a través de la puerta de tela metálica de la cocina, vi dos bandos divididos;
chicos contra chicas. En medio discutían los voceros oficiales, Román y Salomé.
- ¡Si ustedes nos queman a nosotras,
nosotras los quemamos a ustedes!
- Entonces tomamos todos, pues. Y
nadie quema a nadie.
- Pero no le digan nada a Elías. Si
se da cuenta, ¡nos quema a todos!
Siendo
lento para las cosas de este mundo, me tomó algún tiempo entender de qué
hablaban, y esto hasta notar que Salomé sostenía en su mano una botella de
licor. Mi cuerpo quedó petrificado pero mi mente voló en mil direcciones a la
vez. Me miraba irrumpiendo en la cocina, pero luego todos me linchaban. Me
miraba gritando “¡Arrepiéntanse y conviértanse!”, pero luego todos me
linchaban. Miraba un escuadrón de ángeles salvándolos del poder demoníaco de
esa botella, pero luego todos me linchaban. Miraba las llamas del infierno que
los devoraban, pero luego todos me linchaban. Así que corrí.
¡Corrí
con todas mis fuerzas! Hui de la maldad que había poseído a aquellos con los
que aprendí a leer, a escribir y a hablar inglés (aunque yo ya sabía decir octopus cuando entré a la escuela). Bajé
la hondonada y crucé la oscuridad del valle inferior. Me dolían las piernas. El
sereno de la noche ardía en mis pulmones. Sentí que me desmayaba en el camino,
pero sólo quería correr más rápido – llegar lo más pronto posible a un lugar
seguro.
Corrí,
corrí y corrí en la noche eterna hasta ver la silueta de mi cabaña. Y de su
interior salió Santiago.
-
Eli, ¿qué te pasa?
-
Santiago… Santiago… Las chavas…
-
Calmate, respirá tranquilo.
-
Las chavas… tienen una botella… de guaro...
-
¿Qué? ¿Quién te dijo?
-
Yo la vi…
En mi angustia,
no noté cuando Román apareció. En la cocina se habían enterado de que yo me
había enterado de lo que no tenía que enterarme y Román, siendo el corredor más
veloz, había salido tras mí. Lo que no podía haber imaginado era que Santiago
había venido a la cabaña a traer otra botella y ahora se la pasaba encubiertamente
a Román.



