Wednesday, January 28, 2015

Serás Llamado Pedro (parte 3)


Hice toda mi primaria en la escuela que fundó la Tela Railroad Company – o “la Compañía”, como se le conocía – en la pequeña ciudad bananera de La Lima. La escuela llegaba hasta el octavo grado, después de lo cual todos teníamos que buscar dónde terminar la secundaria. La tradición escolar dictaba que los estudiantes del octavo grado se despedían con un viaje de una noche a las cabañas de la Compañía en el Lago de Yojoa.

Yo estaba emocionado. Ya antes había dormido en el lago en viajes familiares, pero pasar la noche con mis compañeros prometía ser una aventura inolvidable. Los maestros chaperones se instalaron en una cabaña cercana a la de las chicas, mientras que a los chicos nos enviaron a la cabaña que quedaba al otro lado de una gran hondonada. Una vez todos ubicados, nos reencontramos para cenar juntos en la cabaña de las chicas. Después los maestros se retiraron por un tiempo para dejarnos socializar.

Ahora, cuando digo “socializar”, debo aclarar que esa era la intención, no el resultado. Al menos no en mi caso. Además de la torpeza natural de la adolescencia temprana, tenía un impedimento social que no tenía la menor idea de cómo superar: yo era cristiano. Era cristiano en el sentido de que no decía malas palabras, no tenía vicios, y había dejado atrás la vida de mujeriego. Cristiano en tanto que era maestro de discipulado y músico en nuestra iglesia, y sentía que era mi responsabilidad de ser el compás moral de mis compañeros. Tenía yo trece años, yendo sobre cincuenta. A mi parecer, estaba rodeado de mundanos que tarde o temprano irían a parar al infierno por la música que escuchaban, los vicios que practicaban, y las pasiones a las que se entregaban. Tácitamente los consideraba mis enemigos.

Le había entregado mi vida a Jesús un par de años atrás, y como buen cristiano había querido compartir mi nueva fe con mis amigos. Pero en mi inmadurez sólo había logrado alienar a todos los que no compartían mi credo, con tal suerte que había cursado el séptimo y octavo grado académicamente sobresaliente, moralmente auto-justificado, y socialmente exiliado.

Francamente, esa noche habría preferido ir a platicar con mis maestros antes que participar del baile en la sala, pero para no ser del todo antisocial, negocié el plano neutral del corredor frontal de la cabaña de las chicas. Después de oírlos bailar unas pocas canciones noté que de la sala no emergía más que el sonido de la música. Asomándome por la puerta, vi que todos conferenciaban en la cocina. Vencido por la curiosidad, rodeé silenciosamente la cabaña. Desde la penumbra, a través de la puerta de tela metálica de la cocina, vi dos bandos divididos; chicos contra chicas. En medio discutían los voceros oficiales, Román y Salomé.
            - ¡Si ustedes nos queman a nosotras, nosotras los quemamos a ustedes!
            - Entonces tomamos todos, pues. Y nadie quema a nadie.
            - Pero no le digan nada a Elías. Si se da cuenta, ¡nos quema a todos!

Siendo lento para las cosas de este mundo, me tomó algún tiempo entender de qué hablaban, y esto hasta notar que Salomé sostenía en su mano una botella de licor. Mi cuerpo quedó petrificado pero mi mente voló en mil direcciones a la vez. Me miraba irrumpiendo en la cocina, pero luego todos me linchaban. Me miraba gritando “¡Arrepiéntanse y conviértanse!”, pero luego todos me linchaban. Miraba un escuadrón de ángeles salvándolos del poder demoníaco de esa botella, pero luego todos me linchaban. Miraba las llamas del infierno que los devoraban, pero luego todos me linchaban. Así que corrí.

¡Corrí con todas mis fuerzas! Hui de la maldad que había poseído a aquellos con los que aprendí a leer, a escribir y a hablar inglés (aunque yo ya sabía decir octopus cuando entré a la escuela). Bajé la hondonada y crucé la oscuridad del valle inferior. Me dolían las piernas. El sereno de la noche ardía en mis pulmones. Sentí que me desmayaba en el camino, pero sólo quería correr más rápido – llegar lo más pronto posible a un lugar seguro.

Corrí, corrí y corrí en la noche eterna hasta ver la silueta de mi cabaña. Y de su interior salió Santiago.
            - Eli, ¿qué te pasa?
            - Santiago… Santiago… Las chavas…
            - Calmate, respirá tranquilo.
            - Las chavas… tienen una botella… de guaro...
            - ¿Qué? ¿Quién te dijo?
            - Yo la vi…

En mi angustia, no noté cuando Román apareció. En la cocina se habían enterado de que yo me había enterado de lo que no tenía que enterarme y Román, siendo el corredor más veloz, había salido tras mí. Lo que no podía haber imaginado era que Santiago había venido a la cabaña a traer otra botella y ahora se la pasaba encubiertamente a Román.

Wednesday, January 21, 2015

Serás Llamado Pedro (parte 2)

El día siguiente, Jesús fue a la región de Galilea. Halló a Felipe, y le dijo: “Sígueme”. Simplemente “Sígueme”. Nada de ofertas, promociones, o promesas. Pero las sencillas órdenes de Jesús, entonces como hoy, llevan en su vientre el poder para cambiar el mundo.

También Felipe era de Betsaida, y pronto halló a Natanael y comenzó su primera labor como evangelista:
            - Hemos hallado a aquél de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.
            - ¿De Nazaret puede salir algo de bueno?
            - Ven y ve.

Entonces como hoy, la invitación a conocer a Jesús está abierta para todos: Ven y ve. Dios quiere que tengamos nuestra propia experiencia con Él; no la experiencia de otro. Pero no hay manera de tenerla si no vamos y vemos. Dios no le teme a nuestro escepticismo. Él no necesita que creamos en Él; somos nosotros quienes necesitamos creer. Cuando Jesús vio a Natanael acercarse, comenzó a conversar con él:
            - Aquí viene un verdadero israelita, en quien no hay engaño.
            - ¿De dónde me conoces?
            - Antes de que Felipe te llamara, cuando aún estabas bajo la higuera, ya te había visto.
            - Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel!
            - ¿Lo crees porque te dije que te vi cuando estabas debajo de la higuera? ¡Vas a ver aun cosas más grandes que éstas! Les aseguro que verán abrirse el cielo, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

Esto es lo que sucede nos acercamos a Jesús con un corazón abierto: Él personalmente nos maravilla. Nos sorprende darnos cuenta de que el Creador de todo el universo realmente sabe todo acerca de nosotros y que está pendiente de nuestros asuntos. Y por si eso fuera poco, ¡quiere que entremos en sociedad con Él! A pesar de conocer nuestra pequeñez, nos invita a participar de Su grandeza.

Estos primeros discípulos no habían visto a Jesús hacer ningún milagro aún, pero lo seguían sobre la base de sus palabras y lo que producían en sus espíritus. Cuando se celebraron unas bodas en Caná de Galilea tres días más tarde, allí estaba María la madre de Jesús. También fueron invitados Jesús y sus discípulos.

La boda marchaba como cualquier otra. La bendición, la comida, la bebida, el barullo… Todo era gozo y alegría hasta que se les acabó el vino. Probablemente María era pariente de los contrayentes, porque se tomó muy a pecho resolver el asunto. Y resolver el asunto significaba ver que Jesús resolviera el asunto.
            - No tienen vino.
            - Mujer, ¿eso qué tiene que ver conmigo? Todavía no ha llegado mi hora.

Sólo recuerdo cuando era niño y mi mamá me ponía a hablar inglés delante de la visita para que vieran que podía. Yo sabía que podía. Mi mamá sabía que podía. ¿No era eso suficiente? María, ya sabes que Jesús es el Hijo de Dios y que tiene poder para hacer milagros, ¿no es eso suficiente? Si Jesús hizo un milagrito doméstico el día que no había para la cena, ¿tienes que alardear delante de los primos, María? Ubícate, María, Jesús no es tu hacedor de milagros personal.

Pero así como mi mamá sabía que yo terminaría hablando en inglés para la visita, María sabía que Jesús terminaría resolviendo el problemita del vino. Y así como yo terminé hablando en perfecto inglés para la visita, Jesús terminó convirtiendo el agua en el mejor vino que se sirvió en la fiesta. ¡Ambas nuestras madres estaban tan orgullosas!
            - ¿Viste a mi muchachito, Ofelia? ¡Yo te dije que es divino!
            - Oh, sí… (hic) ¡Sírveme otra copa!

A muchos cristianos evangélicos nos ofende cuando alguien mete licor de contrabando a nuestras bodas, pero en Caná de Galilea fue el mismo Jesús quien produjo más alcohol para una fiesta donde ya se habían terminado toda la bebida. No entiendo por qué tuvo que ser ese el primer milagro de Jesús, pero lo cierto es que fue así como manifestó su gloria. Con esto, sus discípulos creyeron en él. Entre ellos, Simón Pedro. Creyeron en él al menos lo suficiente como para bajar todos juntos a Capernaúm por unos días.

Wednesday, January 14, 2015

Serás Llamado Pedro (parte 1)


Jonás encalló su barca en la playa y bajó la pesca. A sus espaldas, el mar de Galilea bailaba ya al son del viento tibio. Adelante, una silueta emergía de Betsaida, acercándose a voces de “¡Ya nació!”. Jonás ya lo imaginaba. Anoche, considerando la luna, lo supuso. Y mientras metía los peces y daba gracias al Creador del cielo, la tierra y el mar, decidió que lo llamaría Simón. Talvez porque le gustó como sonaba: Simón. O quizás le inspiró la historia que le enseñaron cuando era niño, sobre la mujer a la que Dios escuchó:

La situación de Lea no era ideal. Su padre la obligó a casarse con el prometido de su más bonita hermana menor. Para añadir insulto al agravio, lo había hecho con engaño. Jacob creyó que la muchacha detrás del velo era su amada Raquel. En la oscuridad de la tienda nupcial, pensó que se acostaba con Raquel, la de lindo rostro y hermosa figura. No fue sino hasta la mañana siguiente que se enteró de que era Lea. Jacob le había dado a Labán siete años de su vida para casarse con Raquel, y protestó con furia.
- ¿Qué me has hecho? ¡Trabajé contigo para casarme con Raquel! ¿Por qué me has engañado?
- Nuestra costumbre es casar primero a la mayor y luego a la menor. Cumple ahora con la semana nupcial de ésta, y por siete años más de trabajo te daré la otra.
Resignado, Jacob terminó la semana con Lea. Pero en cuanto Labán le entregó a Raquel por esposa, Jacob estuvo con ella y la amó mucho más que a Lea. Dios vio que Lea no era amada, y le concedió hijos; mientras que Raquel permaneció estéril. Lea nombró a su segundo hijo Simeón – que significa “oyó” – porque dijo: “El Señor oyó que no soy amada, y por eso me dio también este hijo.”

Conforme a la costumbre de la época, Simón y su hermano Andrés aprendieron el oficio de su padre. Creciendo en una aldea pesquera, sus amigos eran también pescadores, hijos de pescadores. Sus compañeros más cercanos fueron Juan y Jacobo, hijos de Zebedeo. Si bien los cuatro hombres ejercían la pesca, ardían con pasiones diferentes. Simón era pragmático – al pan, pan; y al vino, vino. Juan y Jacobo eran quizás más emotivos, más románticos, y siempre querían salir ganando. Pero a Andrés lo impulsaba un hambre por las cosas espirituales.

En las regiones desiertas de Judea apareció un maestro excéntrico llamado Juan. No vestía los trajes de los maestros que enseñaban en las sinagogas, sino que amarraba su ropa de pelo de camello con un cinturón de cuero. No comía en los banquetes de los fariseos, sino que se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. “¡Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos se ha acercado!”, predicaba. La gente salía a él para confesarle sus pecados y ser bautizados por él en el Río Jordán. Juan el bautista era un radical que no aceptaba a los que no estuvieran genuinamente arrepentidos, antes bien los exponía públicamente. Fue claro en que él no era ni el Cristo, ni Elías, ni el profeta. Simplemente una voz que clamaba en el desierto, preparando el camino al Señor. Para Andrés no era suficiente sólo escuchar a Juan casualmente. Andrés era uno de esos tipos que necesita encontrar la verdad, y se convirtió en discípulo de Juan.

Un día llegó Jesús a ser bautizado por Juan. El cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió sobre Jesús mientras la voz del Padre decía: “Éste es mi Hijo amado en el cual tengo complacencia”. Aquel de quien Juan había dicho que era mayor que él, había entrado en escena. El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El Hijo de Dios que bautiza con el Espíritu Santo.

Estando Juan con Andrés y otro discípulo, vieron a Jesús que andaba por allí. “Allí está el Cordero de Dios”, dijo Juan. Oyéndolo los dos discípulos, salieron tras Jesús. Mientras andaba, Jesús se volteó –quizás percibiendo en su espíritu que era seguido – y viendo al par, se dirigió a ellos.
            - ¿Qué buscan?
            - Maestro, ¿dónde vives?
            - Vengan y vean.
Fueron y se quedaron con Jesús aquel día.

Nadie sabe de qué conversaron esa noche, pero sin duda estremeció a Andrés. Su corazón encontró una verdad superior. En cuanto pudo, halló a su hermano Simón para darle la gran noticia: “¡Hemos hallado al Cristo!”. Tomándolo, le trajo a Jesús.

Jesús miró a Simón. “Tú eres Simón, hijo de Jonás”, le dijo. “Serás llamado Pedro.”

Friday, January 2, 2015

Introducción


Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.
Ap. 2:17

¿Qué es un nombre? Es el sonido que usamos para presentarnos, y luego la gente repite para referirse a nosotros. Nuestro nombre nos identifica. Si cerramos nuestros ojos y pensamos en el nombre de nuestra mamá, la mente traerá de la bodega una serie de imágenes y sentimientos relacionados con ella – de cálida ternura o de escalofriante terror, según sea el caso.

Todos recibimos un nombre al nacer. Nuestros padres nos nombraron como mejor les pareció porque, al menos en cierta forma, les pertenecíamos. Muchos padres se reservan el derecho de darle dos nombres a sus hijos; uno decente para ser usado universalmente, y uno tan horrible que cuelga sobre la cabeza del niño como una amenaza eminente: Si me desafías, te llamaré por tu segundo nombre delante de tus amigos para tu eterna vergüenza.

Nombrar a alguien es una manera de decir: Eres mío. Cuando mis hijos recibieron un cachorro como obsequio de su tía, vi su pequeñez y su fragilidad. Dadas sus escasas probabilidades de llegar a ser muy grande, quise darle un nombre que elevara su autoestima. Se me antojó llamarlo Sansón. Pero mis hijos lo llamaron Pepito. Con eso quedó demostrado que eran ellos los dueños del perro (aunque nunca pagaron el concentrado). Interesantemente, mi cuñada había querido llamarlo Pepe, pero cuando lo regaló a sus sobrinos, perdió todo dominio sobre el perro y su destino. Cuando mis hijos lo renombraron Pepito, en esencia estaban diciendo: Ya no perteneces a tu dueña anterior; ahora eres nuestro. (El hombre grande de la casa pagará tu comida.)

Cuando conocí a Abbie, me presenté como Arquitecto, y por un tiempo ella me llamó así. A medida que entramos en confianza, comenzó a llamarme por mi primer nombre: Elías. Pero pronto se apropió de mí, y me cambió el nombre a Amor - presumo que porque le inspiraba cariño, ternura y afecto. Diecisiete años, una boda y tres hijos más tarde, ese sigue siendo para ella mi nombre. Excepto cuando está enojada conmigo; entonces me vuelve a llamar Elías. El mensaje implícito es: Has hecho algo que Amor nunca haría; te estás comportando como el pandundo de hace diecisiete años. No que ella me llamaría Pandundo, pero yo sí llamaría así al Yo de 1998.

Pero esa es una historia para más tarde.