Wednesday, June 24, 2015

Lo Hemos Dejado Todo (parte 4)

Decir que presentarme en el Teatro Nacional Manuel Bonilla fue emocionante sería poco. Antes sólo había estado en el auditorio para presentaciones de la orquesta sinfónica o de números culturales traídos por alguna embajada extranjera. El lugar en sí era sinónimo de clase, profesionalismo y buen gusto.

El día antes de la presentación entramos al teatro a ensayar. Hasta entonces conocí a los demás participantes de “Obras”. También fue la primera vez que escuché todo el material del proyecto. Aunque mi participación era breve, el simple hecho de estar allí con músicos tan talentosos era una experiencia surreal. Todo era tan difícil de interpretar. ¡Pero me gustaba!

La noche de la presentación en sí llegó y se fue; una mancha borrosa de luces y sonido, de emoción y música. Curiosamente no recuerdo detalles. Quizás estaba demasiado maravillado con todo el asunto. Pero lo que no olvido es la recepción en la embajada de Italia. El lugar tan elegante como podría imaginarse. La larga mesa repleta de deliciosos bocadillos. Réquiem tocando un trío de canciones del casete. El brindis con champán. La angustia de esperar a que terminaran el brindis para caerle a los bocadillos sin parecer un muerto de hambre. ¡Ah, los bocadillos! Rara vez un estudiante de fuera de la ciudad tiene la oportunidad de entrar a una embajada foránea a comer tales bocadillos, magníficamente desplegados en su honor. (Mínimamente en su honor, pero en su honor no obstante.)

Por un breve momento me encontré sentado en un pináculo para el cual no había pagado el precio – sin mencionar que no tenía ni el talento ni la experiencia. Sabía que era una fama prestada. (Por supuesto, uso el término “fama” livianamente.) ¿Cómo llegar a poseerla?

Mis padres tenían un arreglo conmigo y con mis hermanos. Durante nuestra niñez ahorraron dinero en cuentas bancarias al nombre de cada uno de nosotros. Rara vez salía dinero de ellas; sólo entraba. Ese dinero, más un complemento adicional por parte de mis padres, serviría para comprar un carro de segunda a medida que cada uno terminara su segundo año de universidad. Para entonces ya deberíamos haber demostrado madurez en nuestra relativa independencia, además de haber aprendido a navegar las rutas de transporte público de la capital.

Mi momento se acercaba, pero en vez de estar emocionado por el prospecto de tener mi primer carro, me encontré haciendo otros cálculos. Si tomara todos mis ahorros, más el complemento de mis padres, ¿podría irme a estudiar música a los Estados Unidos? ¿Cuántos semestres subsistiría con ese dinero? ¿Era yo lo suficientemente bueno como para ganarme una beca? ¿Lo aceptarían mis padres? Estaba convencido de que quería dejarlo todo y dedicarme a la música. Pero quería hacerlo bien.

Llamé a Mamá, y le expuse mis deseos. Me escuchó. Hicimos números. Si trató de disuadirme, no lo recuerdo. Yo estaba cada vez más decidido. Finalmente, dijo:
            - Está bien, hijo. Si eso es lo que quieres, yo te apoyo. Pero tu papá tiene que estar de acuerdo.

Ahora, aquellos que conocen a mi padre saben de él por lo menos dos cosas: Primero, que es el hombre más fantástico de la tierra – intensamente alegre, empático y emotivo, tierno y compasivo. Segundo, que es íntegro como pocos; hay cosas que simplemente no son negociables. En una ocasión, cuando yo estaba aún en el colegio, Papá me dijo:
            - Hay dos decisiones que tú vas a tomar, y yo no me voy a entrometer: Con quién te vas a casar, y qué carrera estudiarás en la universidad. Pero la carrera que comiences, la tienes que terminar.

Sabía que Papá no aprobaría mi plan de dejar Arquitectura. Nunca hablé con él al respecto. De hecho, puede ser que se esté enterando hasta ahora, leyendo estas líneas. Mi sueño adolescente se vino abajo en un instante. ¡Pero que no te pese, mi viejo! El Señor tenía otros planes, y estaba a punto de darme un empujoncito en la dirección correcta.

En una noche de aquellas regresaba de un grupo de estudio, caminando sobre el boulevard de Las Colinas; trece cuadras desde la parada de bus hasta mi apartamento. A la mitad del recorrido el boulevard es interceptado por la calle que viene desde Plaza Miraflores. En el otro sentido no hay calle, sino una hondonada oscura donde pasa una quebrada. La intersección era infame por ser un punto favorito de asaltantes y violadores, los cuales arrastraban a sus víctimas hasta la hondonada. Tras hacer su maldad, salían huyendo por el lado opuesto para perderse en la red de calles de la colonia El Hogar.

Todos los días transitaba esta ruta, pero rara vez de noche. En esta noche en particular, una cuadra antes de la intersección logré distinguir las siluetas de dos hombres en la mediana. Notando la manera en que hablaban sus complicidades, supe que eran maleantes. Mientras me acercaba, uno de ellos se desplazó hacia la bocacalle que venía de Plaza Miraflores, a mi izquierda. A mi derecha corría la hondonada. Cuando el tipo que quedó en la mediana sacó una pistola semiautomática, entendí finalmente que la víctima era yo.

¡Me van a asaltar!, gritaba mi cerebro. Pero la noticia tardaba en llegar hasta mis extremidades, y mi cuerpo seguía caminando. ¡Me van a asaltar! Pero mis pies no se detenían.

El hombre en la mediana deslizó la corredera de su arma para cargar la recámara. Como si estuviese atrapado en una escena en cámara lenta, yo seguía caminando derecho – no por valentía, sino porque mi cuerpo no respondía a la alarma. ¡Me van a asaltar! Iba a diez pasos del hombre, cuando éste comenzó a alzar su pistola, pero el cargador – el cartucho que contiene las balas – se desprendió y cayó al suelo. El segundo hombre corrió de vuelta a la mediana. Mientras peleaban por recoger la pieza, yo les pasé de lado.

No me detuve sino hasta media cuadra más tarde, cuando alguien de la universidad se detuvo a ofrecerme un aventón. Me senté en el carro, estupefacto. Simplemente dije: “Me iban a asaltar”. Y en ese momento me pareció que usar mis ahorros para comprar un carro no era tan mala idea.

Wednesday, June 17, 2015

Lo Hemos Dejado Todo (parte 3)

La primera vez que entré a un estudio de grabación fue en las instalaciones de Gabriela Gálvez en el Barrio La Leona de Tegucigalpa. Hasta donde sé, era el mejor estudio de Honduras en ese momento. Era el sueño de cualquier músico, pero yo no estaba preparado. ¡Fue horrible!

Como dije antes, Rosario Rodríguez había obtenido el financiamiento para grabar un casete de música inédita y lanzarlo en el Teatro Nacional Manuel Bonilla, sin tener la música. Lo que sí tenía era muchos amigos en el mundo de la música que estarían más que dispuestos a traer sus canciones. Entre ellos, los tremendamente talentosos integrantes de Réquiem, una banda de rock progresivo con infusiones clásicas. Ellos se harían cargo de musicalizar todas las canciones, tanto en estudio como en vivo, excepto por las pocas partes que tocaríamos un manojo de agregados al proyecto. Y como Réquiem se encontrara sin vocalista, acordaron que Alexis cantaría en sus canciones.

En vista de que estaríamos trabajando juntos, a Vito le pareció buena idea llevarme a un concierto de Réquiem. Dejando Avenida La Paz, tomamos una de las tantas calles complicadas de Tegucigalpa para llegar al Teatro La Reforma. Como todos los auditorios secundarios de las ciudades capitales, éste era usado para actos más vanguardistas que los que se presentaban en el Teatro Nacional. Quizás ya había antes estado en uno u otro concierto, ¡pero nunca como éste!

El líder de la banda era Roberto Chico, uno de los seres humanos más nobles que he tenido la dicha de conocer. En esos días le había atornillado a su guitarra eléctrica Maple un dispositivo que le permitiría controlar un banco de sonidos digital, convirtiéndola en un monstruo sonoro. Miguel Matute complementaba rítmicamente desde su guitarra Jackson amarilla.

Había dos tecladistas. El primero, Carlos Durón, se encargaba de los pianos a-la-New-Age. El segundo, Álvaro Rodríguez – que a futuro formaría la banda guatemalteca “Bohemia Suburbana” – tocaba un tecladito muchísimo más simple que el mío; pero como procesara su sonido a través de una batería de pedales análogos, llenaba el espacio con una alfombra de texturas etéreas, además de los “blips” y “waas” que rebotaban y ondulaban por todo el auditorio a las órdenes de su ejecutor.

La base rítmica estaba compuesta por los primos René y Rolando Zelaya en, no una, sino dos baterías, además de una caja rítmica electrónica; Sergio Vallejo tocando el bajo con infusiones de bossa-nova y toda especie de latin jazz; y Oscar García bañándolo todo con su salsa percusiva. Además de la guitarra de Roberto, las melodías instrumentales estaban a cargo de Leonel López en oboe y corno inglés, y el genio de Carlos Tenorio en la flauta traversa.

Sin duda era una mezcla que nunca había escuchado. La combinación de instrumentos; todo ese talento; tanta creatividad… Y las letras: profundamente filosóficas y esotéricas – del tipo que no alcanzan a entenderse con las primeras diez veces. Todo contribuyó a pintar una fantasía musical que me mantuvo absorto de principio a fin.

Lo difícil fue cuando caí en razón. Era con estos tipos con quienes entraría al estudio. Me encontré totalmente fuera de liga.

Para ese tiempo conocí a Javier Pineda, un estudiante de medicina con desmesurada admiración por todas las cosas Pink Floyd, y en particular el sonido de su guitarrista, David Gilmour. Acordamos incluirlo en la alineación  de Los Hombres del Triángulo de Eva. Javier no sólo era un buen guitarrista, sino que además tenía experiencia escénica – de lo cual nosotros flaqueábamos – tras haber sido segunda guitarra en “El Pop” de Hunty Gabbe en San Pedro Sula. Javier vivía a pocas cuadras de mi apartamento, así que trajo su equipo y nos dedicamos a hacer los arreglos de “La Ciudad y La Luna”. Y practicamos, y practicamos.

El día que entré al estudio, iba confiado, pues había practicado muchísimo. Pero me puse un poco nervioso cuando al entrar me encontré con los chicos de Réquiem. Recostados sobre el sofá, comiendo fruta, bromeando amistosamente… ¡Eran de lo más amable! Pero yo ya los había escuchado en vivo, y me sentí intimidado. Y entrar a la sala de grabación sabiendo que ellos permanecían en la cabina de controles, no ayudó. Una y otra vez me equivoqué. Y luego otra vez. Y otra.

En esos días se grababa en DAT, una cinta digital, pero cinta al fin y al cabo. Después de varias tomas, retrocediendo la cinta una y otra vez, Gabriela comenzó a impacientarse. La tensión sólo lograba hacer que me equivocara más. ¡Mi sueño estaba convirtiéndose en pesadilla!

Hasta que se me ocurrió una idea: pedir que nos grabaran a Javier y a mí al mismo tiempo. Aunque no era normal, Gabriela accedió, y ¡saz! Inmediatamente, todo comenzó a fluir. Todo el tiempo que había ensayado, lo había hecho con Javier en la misma habitación. Y sin la base rítmica de Réquiem.

En la música, como en la vida, forjamos amistades cuando juntos trabajamos y nos divertimos. Cuando creamos y compartimos. Algunas relaciones son para una temporada; otras duran toda la vida. Pero tanto unas como otras nos presentan oportunidades de crecer y de ser mejores personas.

Wednesday, June 10, 2015

Lo Hemos Dejado Todo (parte 2)

Algún tiempo después Jesús enseñaba a sus discípulos acerca del reino de Dios cuando vino corriendo a él un hombre importante del pueblo. A pesar de estar vestido de buenas ropas, hincó la rodilla delante de Jesús en reverencia, y le preguntó:
            - Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
            - ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo Dios. Pero si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.
            - ¿Cuáles?
            - No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre. Ama a tu prójimo como a ti mismo.
            - Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?

Jesús lo miró detenidamente. Era un hombre joven, pero ya estaba acostumbrado a las comodidades que, por el precio correcto, se pueden adquirir en esta vida. Una casa amplia, abundante comida, la buena ropa. Sin embargo, parecía intuir que eso no lo es todo. En su mirada discernía la insatisfacción de aquel que sabe que hay algo más. Jesús le amó, y le dijo:
            - Una cosa te falta si quieres ser perfecto: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres. Así tendrás tesoro en el cielo. Luego ven, toma tu cruz y sígueme.

Aquel hombre era, en efecto, rico; sus posesiones eran muchas. Pero sabía que la simpatía de Jesús no podía ser comprada como la de los escribas y los fariseos. Este Maestro no buscaba ni el favor de los hombres ni los favores que los hombres pueden brindar. Lentamente y con la cabeza baja, se levantó y se fue triste.

Jesús miró a su alrededor. Las miradas de sus discípulos estaban cargadas de incertidumbre. Les dijo:
            - ¡Qué difícil es que entren en el reino de Dios los que tienen riquezas! Hijos, ¡qué difícil es que entren en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas! Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.
            - ¿Entonces, quién podrá ser salvo?
            - Para los hombres es imposible, pero para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios.

El problema no está en tener dinero en sí; el problema es depender de él. El rey David fue uno de los hombres más ricos de la historia. Acumuló vastas cantidades de oro, plata, y maderas preciosas. Pero no eran para él, sino para construir un templo para Dios.

Cristo mismo era rico sin medida. Toda la creación fue hecha por Él, a través de Él, y para Él. La tierra entera y todo lo que hay en ella, todas las estrellas del firmamento, cada galaxia del universo – todo le pertenece. Pero siendo rico se hizo pobre, para que con su pobreza nosotros seamos enriquecidos. No se aferró a su deidad, sino que se hizo hombre; y no cualquier hombre, sino un humilde servidor para toda la humanidad.

Simón hizo su propio análisis financiero. Claro que él nunca tuvo tanto dinero como el hombre que acababa de marcharse. Pero lo poco que sí tenía – su familia, su casa, su barca – lo había dejado atrás para seguir a Jesús. Y no sólo él, sino que los demás discípulos también. Respondiendo Simón, le dijo:
            - Mira, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. ¿Qué vamos a tener, entonces?
            - Les aseguro que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, ustedes que me han seguido también se sentarán sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros; y los postreros, primeros.

El reino de Dios funciona al revés que los reinos de este mundo. Terrenalmente, el que más amontona es el que más tiene. Celestialmente, es el que más se despoja.

Wednesday, June 3, 2015

Lo Hemos Dejado Todo (parte 1)

¿Cómo es – nuestros pensamientos influyen en nuestras acciones, o nuestras acciones influyen en nuestros pensamientos? Se supone que todo nuestro ser – espíritu, alma y cuerpo – estén en común acuerdo. De lo contrario se produce un estado desagradable conocido como “disonancia cognitiva”. Pero si no estoy satisfecho con mi manera de reaccionar bajo ciertas circunstancias, ¿qué se supone que haga? ¿Me “obligo” a cambiar mi forma de pensar? ¿O me “obligo” a cambiar mi manera de actuar?

Cuando llegaron a Capernaúm, Simón fue abordado por los encargados de cobrar el impuesto del templo. Dios le había dicho a Moisés que todo varón mayor de veinte años de edad debería dar esta ofrenda particular para sufragar los gastos del servicio del santuario. La tasa sería la misma para todos; pobres y ricos: cinco gramos de plata. Con esto se aseguraba la continuidad de los ritos de expiación por los pecados del pueblo.

Simón no había pagado el impuesto, pero los cobradores no estaban interesados en eso. Más bien comenzaron a interrogarlo acerca de Jesús, si pagaba o no el impuesto. ¿Por qué no le preguntan a él?, pensó Simón. Parecía que éstos no andaban tanto cobrando el impuesto, sino buscando una excusa para difamar a Jesús. Nunca uno para dejarse intimidar, Simón simplemente respondió que sí y se marchó.

Pero camino a la casa, Simón meditaba. ¿Será que el Maestro pagaba el impuesto? Tendría que hacerlo, de lo contrario no podría enseñar abiertamente. Pero siendo el Hijo de Dios, y sin pecado, ¿acaso necesitaba pagar un impuesto para costear la expiación de pecados?

Simón llegó a la casa y entró, absorto todavía en sus pensamientos. Jesús estaba sentado a la mesa, de espaldas a la puerta, esperando a su discípulo.
            - ¿Qué opinas, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos? ¿De sus hijos, o de los extraños?
            - De los extraños
            - Entonces, los hijos quedan exentos de pagarlos. Pero para no ofenderlos, ve al lago y echa el anzuelo. Toma el primer pez que saques. Al abrirle la boca, hallarás una moneda. Tómala, y dásela a ellos por ti y por mí.

El Señor no solamente sabe lo que estamos pensando, sino que sabe cómo pensamos. Cómo aprendemos. Él sabe cómo hablarnos y cómo enseñarnos. Simón había andado con Jesús lo suficiente como para saber que controlaba los peces, el viento y el mar. Echando el anzuelo al lago, no esperaba otra cosa que sacar un pez con una moneda adentro. Quizás nunca entendería cómo Jesús lo hacía. Una y otra vez, Simón no podía más que aceptar que todo aquello en lo que una vez puso su confianza – los peces, el viento y el mar – sólo había funcionado porque el Señor así lo quiso.

Si él produjo la pesca milagrosa y la multiplicación de los panes y los peces, si caminó sobre las aguas y calmó la tormenta, ¿qué nos hace pensar que no es también por su poder que se dan las cosas más ordinarias? El sol que sale cada mañana. La ropa que vestimos. El trabajo con que ganamos el sustento de nuestras familias. Él es quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder.

La gran diferencia entre las personas es que unos viven convencidos de esto, y otros no. Estos caminan con un corazón agradecido porque saben que viven con aliento de vida ajeno; aquellos creen que todo lo que son y todo lo que tienen es por su propio esfuerzo. Las obras de estos son un reflejo de una mentalidad de eternidad; aquellos piensan que todo comienza y acaba con ellos aquí.

El deseo del corazón del Padre es que le conozcamos durante nuestra breve peregrinación por esta vida efímera. Es mejor invertir lo temporal para ganar lo eterno, aunque signifique el derrumbamiento de todo lo que creíamos saber.