Decir que presentarme en el Teatro Nacional Manuel Bonilla fue
emocionante sería poco. Antes sólo había estado en el auditorio para
presentaciones de la orquesta sinfónica o de números culturales traídos por
alguna embajada extranjera. El lugar en sí era sinónimo de clase,
profesionalismo y buen gusto.
El día antes de la presentación entramos al teatro a ensayar. Hasta entonces
conocí a los demás participantes de “Obras”. También fue la primera vez que
escuché todo el material del proyecto. Aunque mi participación era breve, el
simple hecho de estar allí con músicos tan talentosos era una experiencia
surreal. Todo era tan difícil de interpretar. ¡Pero me gustaba!
La noche de la presentación en sí llegó y se fue; una mancha borrosa de
luces y sonido, de emoción y música. Curiosamente no recuerdo detalles. Quizás estaba
demasiado maravillado con todo el asunto. Pero lo que no olvido es la recepción
en la embajada de Italia. El lugar tan elegante como podría imaginarse. La larga
mesa repleta de deliciosos bocadillos. Réquiem tocando un trío de canciones del
casete. El brindis con champán. La angustia de esperar a que terminaran el
brindis para caerle a los bocadillos sin parecer un muerto de hambre. ¡Ah, los
bocadillos! Rara vez un estudiante de fuera de la ciudad tiene la oportunidad
de entrar a una embajada foránea a comer tales bocadillos, magníficamente
desplegados en su honor. (Mínimamente en su honor, pero en su honor no
obstante.)
Por un breve momento me encontré sentado en un pináculo para el cual no había
pagado el precio – sin mencionar que no tenía ni el talento ni la experiencia. Sabía
que era una fama prestada. (Por supuesto, uso el término “fama” livianamente.) ¿Cómo
llegar a poseerla?
Mis padres tenían un arreglo conmigo y con mis hermanos. Durante nuestra
niñez ahorraron dinero en cuentas bancarias al nombre de cada uno de nosotros. Rara
vez salía dinero de ellas; sólo entraba. Ese dinero, más un complemento
adicional por parte de mis padres, serviría para comprar un carro de segunda a medida
que cada uno terminara su segundo año de universidad. Para entonces ya deberíamos
haber demostrado madurez en nuestra relativa independencia, además de haber aprendido
a navegar las rutas de transporte público de la capital.
Mi momento se acercaba, pero en vez de estar emocionado por el prospecto
de tener mi primer carro, me encontré haciendo otros cálculos. Si tomara todos
mis ahorros, más el complemento de mis padres, ¿podría irme a estudiar música a
los Estados Unidos? ¿Cuántos semestres subsistiría con ese dinero? ¿Era yo lo
suficientemente bueno como para ganarme una beca? ¿Lo aceptarían mis padres? Estaba
convencido de que quería dejarlo todo y dedicarme a la música. Pero quería
hacerlo bien.
Llamé a Mamá, y le expuse mis deseos. Me escuchó. Hicimos números. Si trató
de disuadirme, no lo recuerdo. Yo estaba cada vez más decidido. Finalmente,
dijo:
- Está bien, hijo. Si eso es lo que quieres, yo te apoyo.
Pero tu papá tiene que estar de acuerdo.
Ahora, aquellos que conocen a mi padre saben de él por lo menos dos
cosas: Primero, que es el hombre más fantástico de la tierra – intensamente alegre,
empático y emotivo, tierno y compasivo. Segundo, que es íntegro como pocos; hay
cosas que simplemente no son negociables. En una ocasión, cuando yo estaba aún
en el colegio, Papá me dijo:
- Hay dos decisiones que tú vas a tomar, y yo no me voy a
entrometer: Con quién te vas a casar, y qué carrera estudiarás en la
universidad. Pero la carrera que comiences, la tienes que terminar.
Sabía que Papá no aprobaría mi plan de dejar Arquitectura. Nunca hablé
con él al respecto. De hecho, puede ser que se esté enterando hasta ahora,
leyendo estas líneas. Mi sueño adolescente se vino abajo en un instante. ¡Pero
que no te pese, mi viejo! El Señor tenía otros planes, y estaba a punto de
darme un empujoncito en la dirección correcta.
En una noche de aquellas regresaba de un grupo de estudio, caminando sobre
el boulevard de Las Colinas; trece cuadras desde la parada de bus hasta mi
apartamento. A la mitad del recorrido el boulevard es interceptado por la calle
que viene desde Plaza Miraflores. En el otro sentido no hay calle, sino una
hondonada oscura donde pasa una quebrada. La intersección era infame por ser un
punto favorito de asaltantes y violadores, los cuales arrastraban a sus
víctimas hasta la hondonada. Tras hacer su maldad, salían huyendo por el lado
opuesto para perderse en la red de calles de la colonia El Hogar.
Todos los días transitaba esta ruta, pero rara vez de noche. En esta
noche en particular, una cuadra antes de la intersección logré distinguir las
siluetas de dos hombres en la mediana. Notando la manera en que hablaban sus complicidades,
supe que eran maleantes. Mientras me acercaba, uno de ellos se desplazó hacia
la bocacalle que venía de Plaza Miraflores, a mi izquierda. A mi derecha corría
la hondonada. Cuando el tipo que quedó en la mediana sacó una pistola semiautomática,
entendí finalmente que la víctima era yo.
¡Me van a asaltar!, gritaba mi cerebro. Pero la noticia tardaba en
llegar hasta mis extremidades, y mi cuerpo seguía caminando. ¡Me van a asaltar!
Pero mis pies no se detenían.
El hombre en la mediana deslizó la corredera de su arma para cargar la
recámara. Como si estuviese atrapado en una escena en cámara lenta, yo seguía
caminando derecho – no por valentía, sino porque mi cuerpo no respondía a la
alarma. ¡Me van a asaltar! Iba a diez pasos del hombre, cuando éste comenzó a
alzar su pistola, pero el cargador – el cartucho que contiene las balas – se
desprendió y cayó al suelo. El segundo hombre corrió de vuelta a la mediana. Mientras
peleaban por recoger la pieza, yo les pasé de lado.
No me detuve sino hasta media cuadra más tarde, cuando alguien de la
universidad se detuvo a ofrecerme un aventón. Me senté en el carro,
estupefacto. Simplemente dije: “Me iban a asaltar”. Y en ese momento me pareció
que usar mis ahorros para comprar un carro no era tan mala idea.

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