Algún tiempo después
Jesús enseñaba a sus discípulos acerca del reino de Dios cuando vino corriendo
a él un hombre importante del pueblo. A pesar de estar vestido de buenas ropas,
hincó la rodilla delante de Jesús en reverencia, y le preguntó:
- Maestro
bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
-
¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo Dios. Pero si quieres
entrar en la vida, guarda los mandamientos.
- ¿Cuáles?
- No
adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra
a tu padre y a tu madre. Ama a tu prójimo como a ti mismo.
- Todo
esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?
Jesús lo miró
detenidamente. Era un hombre joven, pero ya estaba acostumbrado a las comodidades
que, por el precio correcto, se pueden adquirir en esta vida. Una casa amplia,
abundante comida, la buena ropa. Sin embargo, parecía intuir que eso no lo es
todo. En su mirada discernía la insatisfacción de aquel que sabe que hay algo
más. Jesús le amó, y le dijo:
- Una
cosa te falta si quieres ser perfecto: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a
los pobres. Así tendrás tesoro en el cielo. Luego ven, toma tu cruz y sígueme.
Aquel hombre era, en
efecto, rico; sus posesiones eran muchas. Pero sabía que la simpatía de Jesús
no podía ser comprada como la de los escribas y los fariseos. Este Maestro no
buscaba ni el favor de los hombres ni los favores que los hombres pueden
brindar. Lentamente y con la cabeza baja, se levantó y se fue triste.
Jesús miró a su
alrededor. Las miradas de sus discípulos estaban cargadas de incertidumbre. Les
dijo:
- ¡Qué
difícil es que entren en el reino de Dios los que tienen riquezas! Hijos, ¡qué difícil
es que entren en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas! Más fácil
es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de
Dios.
- ¿Entonces,
quién podrá ser salvo?
- Para
los hombres es imposible, pero para Dios, no; porque todas las cosas son
posibles para Dios.
El problema no está en
tener dinero en sí; el problema es depender de él. El rey David fue uno de los
hombres más ricos de la historia. Acumuló vastas cantidades de oro, plata, y
maderas preciosas. Pero no eran para él, sino para construir un templo para
Dios.
Cristo mismo era rico
sin medida. Toda la creación fue hecha por Él, a través de Él, y para Él. La
tierra entera y todo lo que hay en ella, todas las estrellas del firmamento,
cada galaxia del universo – todo le pertenece. Pero siendo rico se hizo pobre,
para que con su pobreza nosotros seamos enriquecidos. No se aferró a su deidad,
sino que se hizo hombre; y no cualquier hombre, sino un humilde servidor para
toda la humanidad.
Simón hizo su propio análisis
financiero. Claro que él nunca tuvo tanto dinero como el hombre que acababa de
marcharse. Pero lo poco que sí tenía – su familia, su casa, su barca – lo había
dejado atrás para seguir a Jesús. Y no sólo él, sino que los demás discípulos
también. Respondiendo Simón, le dijo:
- Mira,
nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. ¿Qué vamos a tener, entonces?
- Les
aseguro que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono
de su gloria, ustedes que me han seguido también se sentarán sobre doce tronos,
para juzgar a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casas, o
hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi
nombre, recibirá mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida
eterna. Pero muchos primeros serán postreros; y los postreros, primeros.
El reino de Dios funciona al revés que los
reinos de este mundo. Terrenalmente, el que más amontona es el que más tiene. Celestialmente, es el que más se despoja.

No comments:
Post a Comment