Wednesday, June 10, 2015

Lo Hemos Dejado Todo (parte 2)

Algún tiempo después Jesús enseñaba a sus discípulos acerca del reino de Dios cuando vino corriendo a él un hombre importante del pueblo. A pesar de estar vestido de buenas ropas, hincó la rodilla delante de Jesús en reverencia, y le preguntó:
            - Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
            - ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo Dios. Pero si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.
            - ¿Cuáles?
            - No adulteres. No mates. No hurtes. No digas falso testimonio. No defraudes. Honra a tu padre y a tu madre. Ama a tu prójimo como a ti mismo.
            - Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?

Jesús lo miró detenidamente. Era un hombre joven, pero ya estaba acostumbrado a las comodidades que, por el precio correcto, se pueden adquirir en esta vida. Una casa amplia, abundante comida, la buena ropa. Sin embargo, parecía intuir que eso no lo es todo. En su mirada discernía la insatisfacción de aquel que sabe que hay algo más. Jesús le amó, y le dijo:
            - Una cosa te falta si quieres ser perfecto: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres. Así tendrás tesoro en el cielo. Luego ven, toma tu cruz y sígueme.

Aquel hombre era, en efecto, rico; sus posesiones eran muchas. Pero sabía que la simpatía de Jesús no podía ser comprada como la de los escribas y los fariseos. Este Maestro no buscaba ni el favor de los hombres ni los favores que los hombres pueden brindar. Lentamente y con la cabeza baja, se levantó y se fue triste.

Jesús miró a su alrededor. Las miradas de sus discípulos estaban cargadas de incertidumbre. Les dijo:
            - ¡Qué difícil es que entren en el reino de Dios los que tienen riquezas! Hijos, ¡qué difícil es que entren en el reino de Dios, a los que confían en las riquezas! Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.
            - ¿Entonces, quién podrá ser salvo?
            - Para los hombres es imposible, pero para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios.

El problema no está en tener dinero en sí; el problema es depender de él. El rey David fue uno de los hombres más ricos de la historia. Acumuló vastas cantidades de oro, plata, y maderas preciosas. Pero no eran para él, sino para construir un templo para Dios.

Cristo mismo era rico sin medida. Toda la creación fue hecha por Él, a través de Él, y para Él. La tierra entera y todo lo que hay en ella, todas las estrellas del firmamento, cada galaxia del universo – todo le pertenece. Pero siendo rico se hizo pobre, para que con su pobreza nosotros seamos enriquecidos. No se aferró a su deidad, sino que se hizo hombre; y no cualquier hombre, sino un humilde servidor para toda la humanidad.

Simón hizo su propio análisis financiero. Claro que él nunca tuvo tanto dinero como el hombre que acababa de marcharse. Pero lo poco que sí tenía – su familia, su casa, su barca – lo había dejado atrás para seguir a Jesús. Y no sólo él, sino que los demás discípulos también. Respondiendo Simón, le dijo:
            - Mira, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. ¿Qué vamos a tener, entonces?
            - Les aseguro que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, ustedes que me han seguido también se sentarán sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá mucho más en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros; y los postreros, primeros.

El reino de Dios funciona al revés que los reinos de este mundo. Terrenalmente, el que más amontona es el que más tiene. Celestialmente, es el que más se despoja.

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