Jesús enseñó que para entrar en el reino de los cielos tenemos que hacernos
como niños. Por naturaleza, los niños son inocentes; y en su inocencia, simplemente
creen. En su corazón, un niño es capaz de cualquier cosa. Si un chiquillo quiere
ser astronauta, él cree que puede ser astronauta. Si una niña quiere ser presidente,
ella cree que puede serlo. Con los estímulos necesarios, verdaderamente podrían
ser todo eso y más.
Pero esta es la tragedia: a la gran mayoría de los niños, alguien se
encarga de convencerlos de que no pueden. Un mundo pesimista aniquila sus sueños
infantiles, bombardeándolos incesantemente con su cinismo:
-
Ya estás muy grande para esas cosas.
-
No eres bueno para eso.
-
¿Cómo se te ocurre creer que…
Sé que soy privilegiado. Dios me concedió padres excepcionales. Su
constante fuente de ánimo y aprobación han guardado mi corazón en momentos
buenos y malos. Sus llamados de atención, y aún sus castigos, siempre han sido
constructivos. Cuando yo era niño, accidentalmente quebré la taza conmemorativa
del alma mater de Mamá. Papá me hizo pedir
perdón y reconstruir los pedazos de cerámica con pegamento. Seguro, la taza no
sirvió para nada después de eso – estaba llena de hoyos – pero descubrí que me
gusta armar rompecabezas.
Mamá traía a casa grandes bultos de papel continuo para impresoras de
matriz. Fue en esas largas tiras de papel de franjas verdes y blancas donde
realicé mis primeros garabatos serios. Viendo mi aptitud por el diseño, me
compraban cajas de Lego y juegos para hacer maquetas de edificios en yeso. Cada
vez que me encontraban desarrollando alguna obra, mis padres me elogiaban. “Este
va a ser arquitecto”, decían. Y hasta el día de hoy, pienso mejor cuando plasmo
mis pensamientos sobre papel.
Uno de mis pasatiempos favoritos era asustar a Mamá con escenas cada vez
más elaboradas. Así, la broma del muñeco hecho de ropa rellenada daba paso al truco
del dedo sangriento en la caja de joyería. Pero una de las mejores fue cuando a
su llegada a casa, Mamá fue recibida con terrible alarma: "¡Mamá, Mamá! ¡Oscar
se cayó! ¡Ven rápido!" Ella, visiblemente alarmada, corrió detrás de mí hasta donde mi hermano
yacía inmóvil en el piso, un charco de salsa de tomate bajo su cabeza. Gritando
de espanto, corrió a examinar a mi hermano. Pero al descubrir que todo era
teatro, se reía y decía: “¡Ah, qué muchachos! Se los va a llevar el circo.” Hoy
que soy padre me pregunto si realmente engañaba a Mamá.
Los deportes jamás fueron mi vocación, pero nunca lo sospeché, porque
Papá siempre me apoyó cuando entré a los equipos de la escuela. Me compraba el
equipo y asistía a los partidos importantes. Y cuando el entrenador finalmente
me ponía a jugar en los últimos cinco minutos, Papá gritaba y porreaba como si
el partido se ganó por mi intervención, o se perdió porque el entrenador metió
muy tarde a su defensa estrella. No fue sino hasta recientemente, en un foro en
línea de ex-compañeros, que me enteré a quiénes se confería la honrosa posición
de defensa en el equipo escolar de fútbol: a los que no pueden jugar. Es allí
donde hacemos menos daño. Pero si juzgara sólo por el papel de Papá en mis partidos,
seguiría pensando que el Profesor Ruíz perdió el campeonato por no haber sabido
aprovechar mis talentos.
Mamá siempre se rio de mis chistes, aunque no dieran risa (como hasta el
día de hoy). Nunca me desalentó en mis ideas inusuales, como cuando usaba las
herramientas de la bodega para confeccionar palos de hockey para jugar con
patines de ruedas en el garaje. Sólo decía: “¡Ah, qué muchacho! Se lo van a
llevar los rusos.” Y aunque no entendía cuáles rusos, o a dónde me llevarían, o
por qué estarían interesados en llevarme, sabía que significaba algo bueno.
Cuando éramos chicos, a mis hermanos y a mí nos enviaban a pasar las
vacaciones escolares en casa de mis abuelos en Choluteca. Por las tardes, mi Tío
Oscar se ponía su capa y sombrero y nos entretenía con sofisticados trucos de
magia que involucraban conejos y cajas con compartimentos secretos. Pero como él
era un jovenzuelo aún, tenía que ir al colegio por las mañanas. Sin mi tío, las
mañanas en Choluteca podían tornarse muy aburridas. Aparte de comprar paquines
en la esquina, la única solución para el aburrimiento era sacar melodías en el
órgano eléctrico marca Bon Tempi de
mi tío. Él debe haber visto en mí alguna aptitud para la música, porque antes
de viajar al extranjero para sus estudios universitarios, pasó por mi casa en
la Lima dejándome su Bon Tempi.
Así que a veces diseñaba casitas, a veces rascacielos, y a veces
ciudades – y me llamaban arquitecto. Si me encontraban haciendo carreteras
entre los hormigueros del patio, o pistas para carritos con las enciclopedias,
me llamaban ingeniero. De manera que siempre tuve abierto ante mí un abanico de
posibilidades para mi futuro: arquitecto, ingeniero, músico, inventor,
cirquero… O irme con los rusos.


