Los siguientes días estuvieron llenos de
sanidades y milagros. A veces uno, a veces muchos, pero siempre maravillosos.
Cada ocasión tan fresca y conmovedora como la primera, y distinta a la vez.
Simón y sus once compañeros apenas
comenzaban a asimilar su rol en los asuntos divinos cuando Jesús los envió a los
pueblos. Saliendo de dos en dos, predicaban que el reino de los cielos se había
acercado; sanando enfermos, limpiando leprosos, resucitando muertos y
expulsando demonios.
Regresaron victoriosos, contándole al Maestro todo lo que habían hecho. Pero mucha gente
seguía yendo y viniendo para ser atendida por ellos, y no tenían tiempo ni para
comer. Entretanto, llegaron también noticias trágicas: Herodes había dado
muerte a Juan el Bautista.
Jesús resolvió cruzar
el mar para ir a descansar a un lugar solitario con los doce. Pero cuando desembarcaron,
se encontraron que la multitud había corrido por tierra para llegar antes que ellos.
Viendo que eran como ovejas sin pastor, Jesús tuvo compasión de ellos; les
enseñó muchas cosas y sanó a los que estaban
enfermos.
Jesús subió a una colina y se sentó con sus
discípulos. Viendo a la multitud, le preguntó a Felipe:
- ¿Dónde
vamos a comprar pan para que coma esta gente?
- Ni
con el salario de ocho meses podríamos comprar suficiente pan para darle un
pedazo a cada uno.
Viendo que el lugar era apartado y que se hacía
tarde, los discípulos le decían a Jesús que despidiera a la gente para que fuera
a los pueblos a comprar algo de comer. Pero Jesús respondió:
- No tienen que irse. Denles ustedes mismos de comer.
¿Estaría bromeando? ¿O sería en serio? No
estaban seguros. Titubeante, Andrés trajo un muchacho que tenía cinco panes y
dos pescados. ¿Qué era eso para cinco mil personas? A veces nuestra fe es poco
más que una fanfarronada. Pero a veces, como en esta ocasión, Jesús obra con
nuestro remedo de fe.
Jesús ordenó a los discípulos que hicieran
sentar a la multitud. Tomó los
cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, los bendijo. Luego partió
los panes y los pescados, y se los dio a los discípulos para que los
repartieran entre la gente. ¡Todos comieron hasta saciarse y sobró!
Jesús hizo que los discípulos se adelantaran en la
barca a la otra ribera, mientras él despedía a la multitud. Pero la gente, en
vista del milagro que Jesús acababa de hacer, comenzaba a concluir que
él era el profeta que Moisés había profetizado que vendría al mundo. Y querían
llevárselo a la fuerza y declararlo rey. Pero Jesús, dándose cuenta de esto, se
retiró de nuevo a la montaña él solo.
Al anochecer, la
barca se hallaba en medio del lago, y Jesús estaba en tierra solo, orando.
En la madrugada el lago estaba picado por causa del fuerte viento que se había
levantado. Y pese a que hacían
grandes esfuerzos para remar, los discípulos apenas habían avanzado unos cinco o seis kilómetros, pues tenían el viento en contra.
Ahora, de todos
es sabido que los marineros son un gremio supersticioso, y que no hay fin a las
historias fantásticas que cuentan. También se sabe que en sus relatos los pescadores
tienen siempre el cuidado de duplicar el tamaño de sus presas y de triplicar el
de los monstruos marinos que vencieron. Y no es difícil suponer que la pobre visibilidad
de esta hora del día y el azote de las aguas, sumadas a la fatiga y el desvelo,
puedan hacer que un hombre vea cosas que no están realmente allí. Pero esta vez
fueron doce hombres, la mayoría de los cuales llegó a gozar de una gran reputación
de íntegra veracidad, los que vieron una imagen humana acercarse a ellos, caminando
sobre sobre el lago. Aterrorizados por el espectro, vaciados de su hombría – y realmente,
¿podrá alguien condenarlos? – comenzaron a gritar:
- ¡Un fantasma!
- ¡Cálmense! Soy yo. No tengan miedo.
Al parecer, a Jesús le había parecido que la mejor
manera de llegar hasta el otro lado del lago no era ni a pie ni en barco, sino
caminando sobre él. Y esto es precisamente lo que se disponía a hacer, con la
intención de pasar de largo la barca y llegar a la otra orilla antes que sus
discípulos, hasta que ellos se espantaron.
Simón, medio reconociéndolo y medio dudando, respondió:
- Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
- Ven.
Simón descendió de la barca para ir a Jesús. Inconsciente
de que estaba por hacer algo imposible, comenzó a caminar sobre el agua. Con esos
primeros pasos no era Simón, sino Pedro trascendiendo. Y el mar no cedió bajo
su peso.
Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo. No era miedo a la tormenta, pues era un experimentado
hombre de mar. Por el contrario, al ver lo que el viento hacía, el pescador retornó
a la acostumbrada seguridad de lo probable. Recordó que no era posible lo que
estaba haciendo – ¡aunque lo estaba haciendo! Por un breve instante, su corazón
negó la fe que desafía toda lógica. Pedro volvió a ser Simón, y comenzó a hundirse:
- ¡Señor,
sálvame!
-
¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?
Al momento Jesús lo tomó firmemente. Cuando subieron
en la barca, se calmó el viento. Y en seguida la barca
llegó a la orilla adonde se dirigían.

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