-
¡Pedro! ¡Pedro!
Simón aún no se acostumbraba a su nuevo nombre. La mitad del tiempo, ni
siquiera se percataba de que el Maestro se estaba dirigiendo a él. A Jacobo y a
Juan también les puso un sobrenombre: Boanerges,
los hijos del trueno.
Tras pasar la noche orando en el monte, Jesús estaba llamando a doce de
sus discípulos. No era el grupo más homogéneo, pero Jesús los estaba llamando para
que estuviesen con él y entrenarlos. Eventualmente los enviaría a predicar, a
sanar enfermos, a echar fuera demonios; así que Jesús comenzó a llamarlos apóstoles.
Simón hizo lo posible por tomarse en serio su nombramiento, pero ¿qué
significaba realmente? A veces un título puede ayudarnos a entender mejor lo
que se espera de nosotros. El que es nombrado jardinero
real entiende que debe atender el jardín del palacio del rey, y la cocinera sabe que se espera de ella que
cocine. Pero un apóstol, ¿qué hace?
Pronto se encontraron en medio de una gran multitud a la orilla del mar.
Un hombre importante de la sinagoga, llamado Jairo, le rogaba a Jesús que fuera
a sanar a su niña gravemente enferma. Jesús fue, pero la multitud le seguía y
le apretaba.
¡Ajá! Aprovechando la oportunidad de demostrarse apóstol, Simón empujaba entre el gentío, abriéndole paso a Jesús. Sí,
todos querían estar cerca de él, pero ésta era una emergencia. ¡Que nadie
atrase al Maestro! De pronto, Jesús se detuvo.
-
¿Quién me tocó?
-
Ves que la multitud te aprieta. ¿Cómo que quién te tocó?
El tiempo se detuvo mientras Jesús esperaba, como cuando la maestra
detiene la clase hasta que alguien confiese quién tiró el avioncito de papel. Entonces
una mujer, temblando de temor, se postró delante de él.
-
Hace doce años que padezco de hemorragias, y ningún médico ha podido curarme. Yo
te toqué, porque pensaba: Si al menos logro tocar su manto, quedaré sana.
-
Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.
Sin duda esto era muy bueno, pero Simón no podía evitar pensar en la
niña de Jairo, de la manera en que todos nos conmovemos más por el sufrimiento
de los niños que por el de los adultos. Pero por alguna inexplicable razón,
Jesús se había detenido en medio de la urgencia.
Echándole una mirada a Jairo, Simón vio su angustia tornarse en terror
cuando llegó uno de su casa a notificarle que la niña había muerto. Pero al oírlo
Jesús, como un actor esperando a que otro le dé pie para entrar en escena, se
dirigió al padre:
-
No tengas
miedo; cree nada más.
Jesús
tomó consigo a Pedro, Jacobo y Juan – y nadie más – y siguieron a Jairo hasta
su casa. Había gran alboroto, con gente llorando y gritando al son de la música
fúnebre de los flautistas. Jesús les dijo:
- ¿Por qué tanto alboroto y llanto?
La niña no está muerta sino dormida.
Empezaron
a burlarse de Jesús, pero él los sacó a todos. Tomando a los padres de la niña
y a los discípulos que estaban con él, entró a donde estaba la niña. La tomó de
la mano y le dijo:
-
Niña, ¡levántate!
Su espíritu volvió, e inmediatamente la niña se levantó y comenzó a
caminar. Jesús les
mandó que le dieran de comer a la niña. Todos estaban anonadados. ¡Qué tremendo
milagro!
Pero antes
de que alguien pudiera salir corriendo a contar la gran noticia, Jesús ordenó estrictamente
que no le dijeran a nadie de lo ocurrido.
Dos
milagros maravillosos en espacio de pocas horas, y Simón no entendía ni uno de
ellos.
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