Cuando entré al noveno grado en el Instituto Bilingüe Valle de Sula en
la vecina ciudad de San Pedro Sula, yo era “el nuevo”, “el de La Lima”, y “el
cristiano”. Foráneo en antigüedad, geografía, e ideología, hacer amigos no fue
fácil. Lo único que teníamos en común con mis compañeros era lo académico. Fuera
de eso, vestíamos distinto, hablábamos distinto, pensábamos distinto. Dada la
naturaleza de mi fervor cristiano, sólo podía considerar amigos a los que
participaban de mi vida de iglesia, aunque fuesen diez o veinte años mayores
que yo.
Tras el incidente del lago, tampoco me quedaban muchas amistades en La
Lima. En el deseo de tener algún contacto humano con semblanza de amistad,
comencé a visitar a Tomás. Nos habíamos graduado juntos en La Lima, pero él no
tenía muchos amigos porque era un tipo raro. (A diferencia de mí, por
supuesto.) Un fatídico día, Tomás y yo caminábamos por la calle cuando él llamó
mi atención a una carpeta que cargaba. En un santiamén, abrió y cerró la
carpeta, exponiendo por un breve segundo una fotografía de la revista pornográfica
que llevaba dentro.
Mi primera reacción fue de sorpresa, seguida por genuino disgusto. Considera
que mi educación sexual se había presentado en la forma de un libro con diagramas
y cuestionarios que mi madre me entregó poco tiempo atrás. Hasta donde yo
recuerdo, nunca hablamos del asunto. (Y si acaso hablamos, mi cerebro ha hecho
una excelente labor en suprimir esa memoria todos estos años.) Parado en la
calle con Tomás, determiné que era mi deber como hijo de Dios evangelizar a esa
pobre alma y librarlo de la trampa inmunda de Satanás. Ahora, si tan sólo
pudiera ver la trampa otra vez…
* * * * *
Durante mis años de bachillerato en la Valle, un día típico comenzaba temprano
en La Lima para tomar el transporte contratado a San Pedro Sula. Mi papá me
recogía después de clases y almorzábamos en su casa, después de lo cual hacía
mis tareas. Por la tarde, mi papá me llevaba de regreso a La Lima. Dependiendo
del día de la semana, por la noche podía haber culto, discipulado bíblico, u
otra actividad eclesiástica.
Esas tardes de hacer tareas resultaron críticas. Había un televisor en el
estudio que hacía doble función como la habitación de los varones. Después del
almuerzo, me gustaba tener el ruido del televisor de fondo mientras hacía mis
tareas. Mientras la programación fuese noticias, películas, o dibujos animados,
no había problema. Pero si Canal 6 comenzaba a pasar videos musicales, lo apagaba
de inmediato.
Como todos los chicos que iban a la iglesia en esos días, yo también
había escuchado el casete con la enseñanza sobre los mensajes diabólicos en la
música rock. Los mensajes subliminales incitándonos a consumir drogas en las
canciones de Queen; las referencias satánicas en Hotel California; las
prácticas ocultistas del guitarrista de Led Zeppelin… La música rock era del
diablo, y lo único que un hijo de Dios podía hacer si el televisor comenzaba a
transmitir videos de música rock, era apagar el televisor. Y eso hacía.
Pero una tarde sonó en Canal 6 una banda británica que no era rock
diabólico, sino el synth pop europeo que
estaba dominando las carteleras. Aquel casete me había enseñado a temer Escaleras al Cielo, pero no mencionó
absolutamente nada acerca de Suburbia del
dúo Pet Shop Boys. Pero por precaución, mejor sería cambiar el canal.
Debe haber sido una buena temporada para los Pet Shop Boys, porque el
día siguiente, su video estaba otra vez en Canal 6. Su música era alegre y
melódica; sus letras ligeras e irónicas. No usaban guitarras eléctricas
distorsionadas, sino que el instrumento de elección era el sintetizador. Y en vez
de tambores ruidosos, sus ritmos eran producidos en cajas electrónicas. Los tipos
eran tan anti-rock, que no se parecían en nada a los villanos de aquel casete.
El día siguiente en el área de los casilleros del colegio, recogía mis
libros después del recreo cuando oí a dos compañeros hablando del nuevo disco
de Pet Shop Boys. Creo que fue la primera vez que tuve una conversación no
académica con Francisco.
- ¿Verdad que ellos tienen una
canción que se llama Suburbia?
- ¡No hombre! ¿De veras, vos?
Sin yo saberlo, acababa de iniciar una amistad con el fan número uno de
los Pet Shop Boys.



