Wednesday, February 25, 2015

¡Soy Un Pecador! (parte 3)

Cuando entré al noveno grado en el Instituto Bilingüe Valle de Sula en la vecina ciudad de San Pedro Sula, yo era “el nuevo”, “el de La Lima”, y “el cristiano”. Foráneo en antigüedad, geografía, e ideología, hacer amigos no fue fácil. Lo único que teníamos en común con mis compañeros era lo académico. Fuera de eso, vestíamos distinto, hablábamos distinto, pensábamos distinto. Dada la naturaleza de mi fervor cristiano, sólo podía considerar amigos a los que participaban de mi vida de iglesia, aunque fuesen diez o veinte años mayores que yo.

Tras el incidente del lago, tampoco me quedaban muchas amistades en La Lima. En el deseo de tener algún contacto humano con semblanza de amistad, comencé a visitar a Tomás. Nos habíamos graduado juntos en La Lima, pero él no tenía muchos amigos porque era un tipo raro. (A diferencia de mí, por supuesto.) Un fatídico día, Tomás y yo caminábamos por la calle cuando él llamó mi atención a una carpeta que cargaba. En un santiamén, abrió y cerró la carpeta, exponiendo por un breve segundo una fotografía de la revista pornográfica que llevaba dentro.

Mi primera reacción fue de sorpresa, seguida por genuino disgusto. Considera que mi educación sexual se había presentado en la forma de un libro con diagramas y cuestionarios que mi madre me entregó poco tiempo atrás. Hasta donde yo recuerdo, nunca hablamos del asunto. (Y si acaso hablamos, mi cerebro ha hecho una excelente labor en suprimir esa memoria todos estos años.) Parado en la calle con Tomás, determiné que era mi deber como hijo de Dios evangelizar a esa pobre alma y librarlo de la trampa inmunda de Satanás. Ahora, si tan sólo pudiera ver la trampa otra vez…

*          *          *          *          *

Durante mis años de bachillerato en la Valle, un día típico comenzaba temprano en La Lima para tomar el transporte contratado a San Pedro Sula. Mi papá me recogía después de clases y almorzábamos en su casa, después de lo cual hacía mis tareas. Por la tarde, mi papá me llevaba de regreso a La Lima. Dependiendo del día de la semana, por la noche podía haber culto, discipulado bíblico, u otra actividad eclesiástica.

Esas tardes de hacer tareas resultaron críticas. Había un televisor en el estudio que hacía doble función como la habitación de los varones. Después del almuerzo, me gustaba tener el ruido del televisor de fondo mientras hacía mis tareas. Mientras la programación fuese noticias, películas, o dibujos animados, no había problema. Pero si Canal 6 comenzaba a pasar videos musicales, lo apagaba de inmediato.

Como todos los chicos que iban a la iglesia en esos días, yo también había escuchado el casete con la enseñanza sobre los mensajes diabólicos en la música rock. Los mensajes subliminales incitándonos a consumir drogas en las canciones de Queen; las referencias satánicas en Hotel California; las prácticas ocultistas del guitarrista de Led Zeppelin… La música rock era del diablo, y lo único que un hijo de Dios podía hacer si el televisor comenzaba a transmitir videos de música rock, era apagar el televisor. Y eso hacía.

Pero una tarde sonó en Canal 6 una banda británica que no era rock diabólico, sino el synth pop europeo que estaba dominando las carteleras. Aquel casete me había enseñado a temer Escaleras al Cielo, pero no mencionó absolutamente nada acerca de Suburbia del dúo Pet Shop Boys. Pero por precaución, mejor sería cambiar el canal.

Debe haber sido una buena temporada para los Pet Shop Boys, porque el día siguiente, su video estaba otra vez en Canal 6. Su música era alegre y melódica; sus letras ligeras e irónicas. No usaban guitarras eléctricas distorsionadas, sino que el instrumento de elección era el sintetizador. Y en vez de tambores ruidosos, sus ritmos eran producidos en cajas electrónicas. Los tipos eran tan anti-rock, que no se parecían en nada a los villanos de aquel casete.

El día siguiente en el área de los casilleros del colegio, recogía mis libros después del recreo cuando oí a dos compañeros hablando del nuevo disco de Pet Shop Boys. Creo que fue la primera vez que tuve una conversación no académica con Francisco.
            - ¿Verdad que ellos tienen una canción que se llama Suburbia?
            - ¡No hombre! ¿De veras, vos?

Sin yo saberlo, acababa de iniciar una amistad con el fan número uno de los Pet Shop Boys.

No comments:

Post a Comment