- Hey, Román. Dice éste
que las chavas tienen una botella de guaro en la cabaña.
- ¿Qué? ¡Nombe!
- Anda ve qué pasa, y
yo me quedo aquí con él.
No sabía a qué temerle más; a la turba que me iba a linchar, o al que
fue mi mejor amigo en la primaria pero que hoy me traicionaba fríamente.
Sentado en el corredor frontal de la cabaña de los varones, me llamé al
silencio.
Después de lo que pareció una eternidad, pero que seguramente fueron
quince minutos, Román volvió. Santiago salió a recibirlo y susurraron entre sí.
Santiago regresó al corredor y le dio vuelta al puñal.
- Ya arreglaron todo,
Eli.
- ¿Cómo así?
- Román les quitó la
botella y la tiró al lago. Todo está resuelto.
Me encontré sin saldo emocional, y fingí creer sus mentiras. Ellos regresaron
a la fiesta y yo entré a la cabaña a resolver la logística de dónde dormir esa
noche, pues definitivamente no compartiría habitación con traidores. Pero lo
peor estaba por venir.
En un rincón de la sala, lejos de las puertas de ambos dormitorios y
cerca de la puerta principal, apenas me estaba quedando dormido en mi bolsa de
dormir cuando oí los aullidos de los chavos subiendo la hondonada. Mi
intervención sólo había ayudado a Santiago y Román en sus malévolos planes, pues
les dijeron a las chicas que yo había amenazado con delatarlos a todos con los
maestros a menos que echaran la botella al lago. Las chicas rindieron la
botella, confiando a Santiago y Román la noble tarea de salvar sus
reputaciones. Fue así como los chicos duplicaron el alcohol a su disposición. Y
se lo bebieron todo.
Mientras yo me acurrucaba inmóvil en aquel rincón, una decena de ebrios
juveniles gritaban como monos trepados en los árboles del patio. Seguidamente unos
comenzaron a correr alrededor de la cabaña, vitoreando, mientras que otros golpeaban
violentamente la puerta. Tenía miedo, y mi intención era dejarlos fuera. Desde el
otro lado de la ventana, Santiago logró convencerme de que no me pasaría nada. Cuando
finalmente abrí la puerta, cruzaron la sala como una estampida de vacas locas. Directo
a la habitación del fondo, llevaban consigo la olla de espaguetis que sobró de
la cena.
Después de media hora de oír sus gritos, risas y el traqueteo de los
camarotes, me acerqué para suplicarles silencio para poder dormir. Los chicos estaban
divididos en dos bandos, atrincherados a uno y otro lado de la habitación tras camarotes,
maletas y almohadas. Las paredes chorreaban salsa de espagueti. Lo último que
vi fue a Román quien, olla en mano y elevando su grito de guerra, brincó desde
su cama y dio un manotazo a la lámpara al centro de la habitación, produciendo un
corto circuito que dejó toda la cabaña a oscuras. Con eso, el frenesí se
aplacó.
Nadie me había visto. Retrocedí silenciosamente sobre mis pasos y volví
a mi rincón.
* * * * *
Trato de imaginarme a Simón como un actor más en mi historia, y debo admitir
que lo más probable no habría estado conmigo en el rincón de la cabaña, sino
con los demás chicos, bebiendo en la fiesta. (Talvez Juan el bautista me habría
acompañado.) Jesús sin duda habría estado con los chicos – no necesariamente
para darles más guaro, sino para darse a sí mismo. Era yo muy inmaduro y
prejuicioso para verlo entonces, y la mayor parte del tiempo soy muy torpe para
ponerlo en práctica hoy: Que la luz de Jesucristo vino para alumbrarnos en
nuestra más oscura tiniebla.

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