Pasando a Capernaúm, estuvo enseñando en la
sinagoga, hasta que cierto día un hombre endemoniado comenzó a gritarle:
- ¿Qué tienes contra
nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Yo te conozco, y sé que
eres el Santo de Dios!
- ¡Cállate, y sal de
ese hombre!
Inmediatamente el demonio salió del hombre sin
hacerle daño. Simón quedó atónito, sin saber cómo entenderlo. Volteando para
ver a Andrés, Jacobo y Juan, vio que ellos – todos en la sinagoga, de hecho – estaban
asustados. Nunca antes habían visto un maestro con tanta gracia y tal autoridad.
¡Hasta los demonios le obedecen!
Salieron de la sinagoga y vinieron a casa de Simón
con la intención de comer algo, pero encontraron a la suegra de Simón postrada en cama con gran fiebre. Inclinándose hacia ella, Jesús
la tomó de la mano gentilmente.
Entonces regañó a la fiebre, y la fiebre la dejó. Ella se levantó al instante,
y comenzó a servirles.
Las noticias viajan rápido en un lugar como
Capernaúm, y para cuando terminaron de cenar oyeron un alboroto en la calle.
Simón abrió la puerta para encontrar a todo el pueblo agolpado afuera de su
casa. En busca de esperanza, le habían traído a Jesús sus lunáticos, atormentados,
y los que sufrían de diversas enfermedades. La escena era como para partir el
corazón; una patética sala de emergencias al aire de la noche. Unos débiles,
otros desvariando; unos fuera de sí, otros a duras penas soportando el dolor.
En cuanto Jesús apareció en el umbral, los demonios
iniciaron un escándalo, pero él no los dejó hablar. Abriéndose paso entre el
gentío, con su sola palabra iba echando fuera los demonios y sanando a todos los
enfermos. Simón y los demás procuraron hacerse útiles; sosteniendo a uno aquí,
apartando a otro allá. Frente a sus propios ojos, los enfermos quedaban libres
de sus aflicciones. Isaías predijo que Cristo tomaría nuestras enfermedades y
llevaría nuestras dolencias. Esta noche, sobre los que moraron en tierra de
sombra de muerte resplandeció la luz.
El sol había salido ya la mañana siguiente cuando
un golpe a la puerta despertó a Simón. Regularmente habría estado levantado
hace mucho, pero su cuerpo apenas estaba descubriendo el ritmo de vida de su nuevo
rol como pescador de hombres. La emoción de la noche anterior no le permitió
conciliar el sueño hasta muy tarde. Aún hoy, seguía emocionado, si no muy bien
reposado.
Afuera había gente preguntando por Jesús, pero
nadie en la casa sabía dónde estaba. Simón salió con ellos a buscarlo por los
alrededores. Después de algún tiempo, halló a Jesús orando en un lugar
solitario. Simón dijo:
- Todos te buscan.
- Vamos a los lugares
vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido.
Recorrieron toda Galilea con Jesús. Él enseñaba en
las sinagogas y predicaba las buenas noticias del reino de Dios, sanando toda
enfermedad y toda dolencia en el pueblo, y echando fuera los demonios. Su fama se
difundió por toda Siria, y le seguía mucha gente de Galilea, de Decápolis, de
Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán.
Simón y los otros, mientras tanto, ayudaban en lo
que podían; que si bien no parecía ser mucho, iba acompañado de la enorme dicha
de ser parte de algo grandioso. Cada vez que un enfermo era sanado, cada vez
que un paralítico caminaba, cada vez que un endemoniado quedaba libre, Simón se
maravillaba de nuevo. En el secreto de su mente, se preguntaba: ¿Quién soy yo? ¿Cómo
es que he venido a ser parte de algo tan divino, si soy un pecador?

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