Wednesday, February 18, 2015

¡Soy Un Pecador! (parte 2)

Eran los días en que Jesús comenzaba a visitar las sinagogas de la región, enseñando; antes de que su fama se extendiera tanto que no pudiera disfrutar de cierta privacidad. Ya lo habían corrido de Nazaret el día que dijo ser el cumplimiento de una profecía mesiánica. Aunque todos hablaban bien de él y se asombraban de sus palabras, les resultaba difícil aceptar que el Cristo fuera el hijo del carpintero que se había criado entre ellos. Cuando afirmó que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra, todos en la sinagoga se enojaron mucho. Lo echaron fuera de la ciudad y lo llevaron hasta la cumbre de un monte con la intención de despeñarlo. Pero Jesús pasó por en medio de ellos, y se fue.

Pasando a Capernaúm, estuvo enseñando en la sinagoga, hasta que cierto día un hombre endemoniado comenzó a gritarle:
            - ¿Qué tienes contra nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Yo te conozco, y sé que eres el Santo de Dios!
            - ¡Cállate, y sal de ese hombre!
Inmediatamente el demonio salió del hombre sin hacerle daño. Simón quedó atónito, sin saber cómo entenderlo. Volteando para ver a Andrés, Jacobo y Juan, vio que ellos – todos en la sinagoga, de hecho – estaban asustados. Nunca antes habían visto un maestro con tanta gracia y tal autoridad. ¡Hasta los demonios le obedecen!

Salieron de la sinagoga y vinieron a casa de Simón con la intención de comer algo, pero encontraron a la suegra de Simón postrada en cama con gran fiebre. Inclinándose hacia ella, Jesús la tomó de la mano gentilmente. Entonces regañó a la fiebre, y la fiebre la dejó. Ella se levantó al instante, y comenzó a servirles.

Las noticias viajan rápido en un lugar como Capernaúm, y para cuando terminaron de cenar oyeron un alboroto en la calle. Simón abrió la puerta para encontrar a todo el pueblo agolpado afuera de su casa. En busca de esperanza, le habían traído a Jesús sus lunáticos, atormentados, y los que sufrían de diversas enfermedades. La escena era como para partir el corazón; una patética sala de emergencias al aire de la noche. Unos débiles, otros desvariando; unos fuera de sí, otros a duras penas soportando el dolor.

En cuanto Jesús apareció en el umbral, los demonios iniciaron un escándalo, pero él no los dejó hablar. Abriéndose paso entre el gentío, con su sola palabra iba echando fuera los demonios y sanando a todos los enfermos. Simón y los demás procuraron hacerse útiles; sosteniendo a uno aquí, apartando a otro allá. Frente a sus propios ojos, los enfermos quedaban libres de sus aflicciones. Isaías predijo que Cristo tomaría nuestras enfermedades y llevaría nuestras dolencias. Esta noche, sobre los que moraron en tierra de sombra de muerte resplandeció la luz.

El sol había salido ya la mañana siguiente cuando un golpe a la puerta despertó a Simón. Regularmente habría estado levantado hace mucho, pero su cuerpo apenas estaba descubriendo el ritmo de vida de su nuevo rol como pescador de hombres. La emoción de la noche anterior no le permitió conciliar el sueño hasta muy tarde. Aún hoy, seguía emocionado, si no muy bien reposado.

Afuera había gente preguntando por Jesús, pero nadie en la casa sabía dónde estaba. Simón salió con ellos a buscarlo por los alrededores. Después de algún tiempo, halló a Jesús orando en un lugar solitario. Simón dijo:
            - Todos te buscan.
            - Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido.

Recorrieron toda Galilea con Jesús. Él enseñaba en las sinagogas y predicaba las buenas noticias del reino de Dios, sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo, y echando fuera los demonios. Su fama se difundió por toda Siria, y le seguía mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán.

Simón y los otros, mientras tanto, ayudaban en lo que podían; que si bien no parecía ser mucho, iba acompañado de la enorme dicha de ser parte de algo grandioso. Cada vez que un enfermo era sanado, cada vez que un paralítico caminaba, cada vez que un endemoniado quedaba libre, Simón se maravillaba de nuevo. En el secreto de su mente, se preguntaba: ¿Quién soy yo? ¿Cómo es que he venido a ser parte de algo tan divino, si soy un pecador?

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