Friday, July 31, 2015

No Te Negaré (parte 1)

Una de las fiestas más importantes de los judíos es la Pascua. La primera vez que se celebró fue en tiempos de Moisés, cando cada familia hebrea sacrificó un cordero, lo comió y marcó con la sangre el contramarco de su puerta. Esa noche entró a Egipto la última de las grandes plagas con que Dios enjuició los dioses falsos de la nación. Y murieron los primogénitos de todos los egipcios, incluyendo al hijo del mismo Faraón. Pero los hebreos fueron salvados.

La Pascua se acercaba, pero este año la celebración sería única. Conforme a las instrucciones de Jesús, Simón y Juan habían llegado a casa de un hombre al cual no conocían, pero que tenía preparada una sala para el Maestro. Y allí habían preparado la cena. Al anochecer, Jesús llegó con sus discípulos. Tiernamente les dijo:
            - He tenido muchísimos deseos de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer. Porque no volveré a comerla hasta que tenga su pleno cumplimiento en el reino de Dios.

Llegó la hora de la cena. Como era la costumbre en las comidas comunales de ese tiempo, la mesa era baja, y los comensales se reclinaron alrededor de ella. Sus pies sucios quedaron expuestos, y no había sirviente para lavarlos. Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echando agua en un recipiente, comenzó a lavarles los pies a sus discípulos. Cuando llegó el turno de Simón, éste exclamó:
            - ¡Señor! ¿Tú me vas a lavar los pies a mí?
            - Ahora no entiendes lo que estoy haciendo, pero lo entenderás más tarde.
            - ¡No! ¡Jamás me lavarás los pies!
            - Si no te los lavo, no tendrás parte conmigo.
            - Entonces, Señor, ¡no sólo los pies sino también las manos y la cabeza!
            - El que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies; pues ya todo su cuerpo está limpio. Y ustedes ya están limpios. Aunque no todos…

Con este ejemplo y con muchas palabras, Jesús exhortó a sus discípulos a servirse los unos a los otros. Y les hablaba de cómo ellos serían sus representantes. Pero de repente, Jesús se angustió profundamente y les dijo que uno de ellos lo traicionaría.

Los discípulos se entristecieron. Se miraban unos a otros inquisitivamente, pero ninguno sabía a quién se refería. Motivado por Simón, Juan le preguntó en secreto a Jesús quién haría esto. Él le respondió en voz baja:
            - A quien yo le dé este pedazo de pan que voy a mojar en el plato es el que me va a traicionar.

Judas Iscariote estaba sentado cerca de Jesús, y le preguntó:
            - ¿Acaso seré yo, Maestro?
Jesús mojó el pedazo de pan y se lo dio a Judas, diciéndole:
            - Tú lo has dicho. Ahora, lo que vas a hacer, hazlo pronto.
Judas tomó el pan y salió a las tinieblas de la noche oscura.

Mientras comían, Jesús tomó pan y lo bendijo. Luego lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciéndoles:
            - Este pan es mi cuerpo, entregado por ustedes; hagan esto en memoria de mí.

Después tomó la copa, dio gracias, y se la ofreció diciéndoles:
            - Beban de ella todos. Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados. No beberé del fruto de la vid desde ahora en adelante, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre.

Cuando terminaron de cenar, cantaron el himno tradicional de la fiesta. Poco sabían los discípulos que este año, el cordero pascual sería Jesús mismo – sacrificado para salvación de todos aquellos que coman su cuerpo y beban su sangre.

Jesús salió y, conforme a su costumbre, se fue al monte de los Olivos. Y los once lo siguieron.

Thursday, July 23, 2015

Dichoso el Siervo (parte 4)

Pasado algún tiempo, la vida dio una de esas series de giros con las que suele dejarnos en un destino distinto al que planeamos. Javier entró al temible cuarto año de medicina y la simple carga académica ya no le permitía siquiera reunirse conmigo a rigiar. Ni hablar de formar una banda que saldría a dominar los escenarios. Prontamente mi sueño comenzaba a desvanecerse.

Pero la vida continuaba. Mi hermana mayor, Alexa, también vivía en Tegucigalpa, pero en casa de una tía lejana. La pariente había tenido una repentina necesidad de espacio, y había recurrido a improvisar una habitación hechiza en lo que hasta ese momento había sido el garaje. Pero el nuevo cuarto no era para su nueva necesidad, sino para mudar a Alexa y así disponer de la habitación que ella ocupaba antes dentro de la casa. Esto no era bueno para el asma de mi hermana, ni para la pequeña envidia que comenzaba a sentir desde que yo me había mudado a Las Colinas.

Recién trasladado a Tegucigalpa viví en casa de otra tía lejana. Pero ahora estaba viviendo el sueño inmobiliario de todo estudiante extranjero: un apartamento independiente atrás de la casa de una familia. Aunque era un solo espacio abierto con baño privado, en él cabía todo lo indispensable, incluyendo una pequeña refrigeradora y una estufa portátil de dos hornillas. La renta incluía el aseo de mi habitación, y una vez por semana llegaba una muchacha a lavarme la ropa. A escasas cuadras, una señora se dedicaba a alimentar a las manadas de estudiantes que vivían en Las Colinas con infinitas permutaciones de huevo, frijoles, arroz, queso, tortillas y café.

Pero ese idilio se acabó con una reunión de hermanos en casa de Mamá. Tuve que afrontar el hecho de que las condiciones de vida de Alexa eran desfavorables, y que mi hermano menor, Oscar, estaría terminando el colegio para mudarse a Tegucigalpa dentro de seis meses. Por si fuera poco, Alexa había encontrado un apartamento grande donde los tres podríamos vivir juntos y ser felices para siempre. Estaba en una buena zona - frente a la carnicería Germano’s y a media cuadra del supermercado Más Por Menos. A un excelente precio. Y mis papás nos darían algo más de dinero. Y Alexa estaba dispuesta a cocinar su famosa receta de zanahorias agridulces todos los días.

Contra todos mis principios adolescentes, nos mudamos a Palmira. (Y no me malentiendan; mis hermanos son personas formidables, pero yo era muy egoísta.) El apartamento ocupaba toda la segunda planta de una casa. Había dos salas, comedor, cocina, un baño amplio, y otra sala abierta que convertimos en sala de televisión. El cuarto de servidumbre se convirtió en mi estudio. Aún había un área de lavandería atrás y dos pequeños balcones al frente. Alexa tomó la habitación pequeña, y yo compartiría la grande con Oscar.

Además de dejarme tomar tanto espacio extra, Alexa consintió en que yo decorara el apartamento con toda suerte de imaginaciones gráficas y plásticas. ¡Hasta revivimos los buenos días de la peña haciendo un pequeño concierto casero con la mitad de Réquiem! Nos estábamos adaptando a vivir juntos antes de la llegada de Oscar. Era una nueva vida, y todo iba bastante bien.

Pero una mañana al despertar descubrimos que un ladrón nos había visitado en la oscuridad. La sala de televisión era completamente abierta de un extremo excepto por una baranda a media altura. Como nuestro televisor era modelo de los setentas, no había interesado al maleante. Pero sí se había llevado mi radio grabadora de doble casetera. De hecho, fue lo único que nos robaron. Inmediatamente mandamos a cerrar la apertura con una verja, y tratamos de no darle más pensamiento al asunto.

Se siente horrible cuando le roban a uno en su propia casa, pero yo aún no había conectado los puntos entre esto y mis actividades delictivas pasadas. Estaba más preocupado por la música en mi vida, que poco a poco se secaba. ¿Acabaría por desaparecer por completo?

Y sin embargo, una noche recibí una llamada de un desconocido.
            - Don Elías, me llamo Wilberto Aguilar. Usted no me conoce, pero un amigo en común me dio su número cuando me dijo que usted está armando una banda.
            - Ah, sí, claro. Estoy armando una banda, pero me faltan algunos músicos. ¿Qué toca usted?
            - Soy bajista. Me dijeron que quiere tocar jazz fusión, y pues…
            - ¿Jazz fusión? ¿De dónde sacaron eso? ¡Yo toco teclado, pero ni por cerca soy Chick Corea!
            - ¿Ah, no? ¿Y qué tipo de música es la que quiere tocar?
            - Bueno, me gusta el synth pop británico, como Depeche Mode
            - ¡A mí también!
            - Pero me gustaría mezclarlo con algo de rock progresivo, estilo Genesis.
            - ¡Excelente! ¿Y le gusta Pink Floyd?
            - ¿Que si me gusta? ¡Claro! Tuve un guitarrista que tocaba puro Gilmour.
            - ¡Qué bueno que no es una banda de jazz fusión la que está armando, porque francamente no tengo tanta experiencia en jazz tampoco! ¿Puedo llegar a su casa para que hablemos?

Echado sobre mi cama, podría parecer que estaba relajado. Mi camiseta de combate: negra y floja. Mi jeans: desteñidos y rotos. Mis tenis: Converse All Star altos, negros. ¿Por qué tardaba tanto? Halando la cadena, saqué mi reloj de bolsillo para ver la hora. (Sí, ya sé que ya nadie usa reloj de bolsillo. Pero de tanto ir a Larach a comprar materiales para mis proyectos, de tanto ver los relojes de bolsillo en la vitrina, los elaborados diseños… Además, ¡yo soy único! ¿Por qué no puedo usar reloj de bolsillo si me da la gana?)

Cuando sonó el timbre, salté de la cama y bajé las gradas de dos zancadas. De su voz por teléfono, su formalismo, y el hecho de que hubiese siquiera considerado formar parte de una banda de jazz fusión, me imaginaba a don Wilberto como un cuarentón con panza. De lentes, camisa rayada, y pantalón de tela confeccionado en Sastrería La Moderna. Recién saliendo de la oficina. Donde trabaja como contador.

Cuando abrí la puerta, me encontré a un greñudo de casi dos metros en camiseta negra floja, jeans desteñidos y rotos, y tenis Converse All Star altos, negros. Estaba revisando la hora – si no se habría tardado mucho. En su reloj de bolsillo.
            - ¿Don Elías? Mucho gusto. Wilberto Aguilar…

Thursday, July 16, 2015

Dichoso el Siervo (parte 3)

Si no iba a poder salir del país para estudiar música, al menos llegaría tan lejos como me fuera posible con el talento que tenía. Había escrito algunas canciones desde que me alejé del camino del Señor. Canciones como “El Canto de Lot” – el lamento del hombre que logró escapar la destrucción de Sodoma con sus dos hijas, pero pierde a su esposa cuando ella, viendo hacia atrás, se convierte en una estatua de sal. La ironía de todo era entonces que aunque me encontraba lejos de Dios, hallaba inspiración en la Biblia para escribir canciones que canalizaran mi angustia juvenil.

Después de la experiencia de “Obras”, buscábamos conformar un repertorio sólido para Los Hombres del Triángulo de Eva. Le presenté a Vito mis canciones, pero me dio la impresión de que no le gustaron mucho. Le parecieron muy religiosas. Así que cuando él me mostró las suyas, a mí tampoco me gustaron. Me parecieron muy fantasiosas.

Lo cierto es que Vito y yo caminábamos en frecuencias muy distintas. Fuera de estudiar arquitectura y haber grabado una canción juntos, realmente teníamos muy poco en común. Él era mayor que yo, y más intelectual. Era parte de un mundo bohemio capitalino que yo apenas había comenzado a conocer. Así que cuando Alexis decidió aceptar el ofrecimiento de quedarse como vocalista oficial de Réquiem, Los Hombres del Triángulo de Eva terminó por disolverse. Sin ceremonia. Sin pompa. Simplemente dejó de ser.

Mi talento musical… Quizás no me llevaría tan lejos como había esperado.

Pero algunos amigos a quienes les había mostrado mis canciones me aseguraban que sí eran buenas. Y por supuesto, yo quería creerles. De manera que comencé a buscar músicos para formar mi propia banda. Javier estaba dispuesto a tocar guitarra eléctrica, pero necesitaríamos vocalista, bajista y baterista.

Mi primera opción para vocalista era Sócrates. El cantor de la ahora difunta Errados del Silencio se había mudado a Tegucigalpa para estudiar odontología. Entre parrandas, le expuse mis planes y llegamos a un acuerdo de caballeros.

Oí de un bajista de apellido Waymín. Estaba aún en el colegio – cosa que podría resultar complicada cuando tuviéramos que salir a tocar todas las noches por los bares del Bulevar Morazán – pero se decía que tenía su propio bajo y amplificador, así que valdría la pena. Con Javier logramos rastrearlo y entrevistarlo. (Entiéndase por “entrevistar” que platicamos una vez en el portón de su casa.) Waymín tenía una banda de heavy metal llamada Animalia con sus amiguitos de colegio. Eventualmente tocaban en algún acto escolar, pero mayormente ensayaban en el cuarto de juegos de otro integrante. Naturalmente, no estábamos impresionados con los logros de Animalia; sobre todo en comparación con el brillante futuro que ofrecíamos nosotros. En mi mente, ya teníamos bajista.

Ahora, en cuanto a encontrar un verdadero baterista con batería, cada rastro terminaba en nada. Comencé a considerar seriamente la posibilidad de usar la batería electrónica donde había programado los ritmos para mis demos. Seguro, no era lo más convencional, pero ¿acaso Depeche Mode no inició con ritmos grabados en cinta? ¿Y no colocaban el tocacintas al centro del escenario, sobre la tarima donde regularmente iría la batería?

Convencer a Javier y a Waymín, con sus respectivas raíces de blues y heavy metal, no sería fácil. Lo mejor sería comenzar con Sócrates. Después de todo, su música favorita era el rock alternativo, que básicamente era el mismo new wave británico para una nueva generación. Una vez de acuerdo, podríamos abordar a los otros dos.

Pero cuando llegué a casa de Sócrates, me encontré con una desagradable sorpresa. Sócrates tenía visita. Alguien que había llegado a reclutarlo como vocalista para otra banda. Alguien que hablaba de manejar la banda como un negocio del cual podrían vivir. Y cuando volteó para que nos presentaran, ahí estaba con una gran sonrisa: Waymín. Yo no le había presentado a Sócrates, pero debo haberlo mencionado aquel día en el portón de su casa. Y había venido a seducirlo para Animalia. Los colegiales habían resultado más sagaces que yo.

¡Me sentí traicionado! Lo cual es absurdo. ¿Acaso no quise yo quitarles a su bajista primero?

En efecto, Sócrates se fue con ellos, pero no sin implementar cambios radicales. Ya no tocarían heavy metal, sino rock alternativo. No se vestirían más al estilo de los desgreñados metaleros, sino a la usanza más pulida de U2. Finalmente, para consolidar su ascensión como nuevo líder de la banda, cambiarían su nombre a Ecos de dioses. (Pero en mi amargura, yo los llamaba Secos Odiosos.)

En algún punto de la metamorfosis, Animalia/Ecos habría terminado expulsando de su membresía a un cipotón de dos metros conocido como Tito. Pero yo no lo conocería – y sus destrezas de baterista – hasta más tarde.

Wednesday, July 8, 2015

Dichoso el Siervo (parte 2)

Jesús quería que sus discípulos estuvieran siempre prestos; listos, con la ropa bien puesta y la luz encendida. Atentos como los sirvientes que esperan a que su señor regrese de una boda. Sea que llegue a la medianoche o de madrugada, si el señor encuentra a sus sirvientes preparados para abrirle la puerta, les irá bien. Aquel señor hasta hará que los sirvientes se sienten a la mesa, y él mismo se pondrá a servirles.

El retorno del Hijo del hombre será inesperado. Sus discípulos deberán estar preparados, como un dueño de casa que sabe a qué hora va a llegar el ladrón.

Un señor salió de viaje, dejando a su mayordomo encargado de alimentar a los sirvientes. Si el mayordomo es encontrado cumpliendo fielmente con su deber, será puesto a cargo de toda la propiedad. Pero si es encontrado maltratando a los sirvientes, comiendo y emborrachándose, será castigado severamente y condenado.

De parábolas como éstas Simón entendió que Jesús sostenía a sus seguidores contra un estándar de comportamiento más alto que el de los hombres comunes, los cuales viven para sí mismos y para satisfacer sus propios criterios. Pero Jesús esperaba que los suyos fueran como el sirviente que conoce la voluntad de su señor y se prepara para cumplirla. Jesús mismo había venido a cumplir la voluntad del Padre, dándolo todo por la humanidad. Y al que se le da mucho, se le exigirá mucho; y al que se le confía mucho, se le pedirá aún más.

Cuando entraron en Jerusalén, Jesús iba montado sobre un burrito. La gente hacía una alfombra con sus mantos y con palmas, para que él pasara, en una espléndida celebración. Pero también hubo momentos en que Jesús le reprochaba a la multitud porque sabían pronosticar el clima, pero no los tiempos espirituales. Claramente las multitudes, aunque se maravillaba de sus enseñanzas, no estaban a la altura de su estándar.

Afuera de Betania, Jesús encontró una higuera que no tenía fruto, sólo hojas; y la maldijo:
            - ¡Nadie vuelva jamás a comer fruto de ti!
Sus discípulos lo oyeron. A este punto no les extrañaba que Jesús le hablara a una planta. Lo que no sabían aún era que la higuera simbolizaba a Israel.

Entrando en el templo de Jerusalén, encontraron la algarabía de los procedimientos religiosos. Los peregrinos que venían de lejos cambiaban su dinero en las mesas de los cambistas. Otros compraban palomas para sus sacrificios en los puestos designados. De repente, Jesús comenzó a echar de allí a los que compraban y vendían. Volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y no permitía que nadie atravesara el templo llevando mercancías.
            - ¿Acaso no está escrito: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”? Pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones.
Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley lo oyeron. Y como tanta gente lo seguía, tuvieron temor. Por eso comenzaron a buscar la manera de matarlo.

La mañana siguiente pasaron una vez más junto a la higuera, y vieron que se había secado desde las raíces. Asombrado, Simón exclamó:
            - ¡Maestro, mira, se ha secado la higuera que maldijiste!
            - Tengan fe en Dios. Les aseguro que si alguno le dice a este monte: “Quítate de ahí y tírate al mar”, creyendo, sin abrigar la menor duda de que lo que dice sucederá, lo obtendrá. Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán. Y cuando estén orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados.

El siervo de Cristo debe ser entendido en cuanto a lo que se espera de él. Y necesita ser diligente en hacerlo fielmente. Pero también tiene que estar listo para el retorno de su Señor, con una limpia conciencia y un corazón puro. ¿Será mucho pedir? No según Jesús.

Mientras reposaban en el monte de los Olivos, frente al templo, Simón, Jacobo, Juan y Andrés abordaron a Jesús en privado, para preguntarle sobre los últimos tiempos. ¿Cuándo sucederá? ¿Cuál será la señal? Jesús les advirtió:
            - Tengan cuidado de que nadie los engañe. Vendrán muchos que, usando mi nombre, dirán: “Yo soy”, y engañarán a muchos. Cuando sepan de guerras y de rumores de guerras, no se alarmen. Es necesario que eso suceda, pero no será todavía el fin. Se levantará nación contra nación, y reino contra reino. Habrá terremotos por todas partes; también habrá hambre. Esto será apenas el comienzo de los dolores.

Muchas otras cosas les dijo Jesús sobre las dificultades que enfrentarían. Tribunales y juicios, arrestos y azotes, odios y traiciones. Pero el que se mantenga firme hasta el fin será salvo.

Friday, July 3, 2015

Dichoso el Siervo (parte 1)

Las enseñanzas de Jesús siempre giraban en torno al Reino de Dios. Pero desde su transfiguración en el monte, estaban más inclinadas hacia los aspectos futuros y eternos del Reino de Dios. Al menos así le parecía a Simón. Por eso le extrañó cuando Jesús comenzó a enseñar a sus discípulos sobre algo tan banal como la resolución de conflictos.
            - Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. Pero si no, lleva contigo a uno o dos más, para que “todo asunto se resuelva mediante el testimonio de dos o tres testigos”. Si se niega a hacerles caso a ellos, díselo a la iglesia; y si incluso a la iglesia no le hace caso, trátalo como si fuera un incrédulo.

Jesús prosiguió a enseñarles que todo lo que aten en la tierra queda atado en el cielo, y que todo lo que desaten en la tierra queda desatado en el cielo. Además les dijo que si dos se reúnen en su nombre, él está en medio de ellos; y cualquier cosa que pidan en acuerdo desde la tierra, el Padre se las concede en el cielo.

Bueno, esto sí le pareció más espiritual a Simón. ¿Pero qué tenía que ver con lo primero? Simón se acercó a Jesús y le preguntó:
            - Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces?
            - No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Simón recordó a Caín, el hijo de Adán y Eva. Él y su hermano trajeron ofrendas a Dios, quien vio con agrado la ofrenda de Abel, mas no la de Caín. En un brote de celos, Caín mató a su hermano. Cuando Dios confrontó el pecado de Caín y le anunció su castigo, Caín reclamó:
            - ¡Mi castigo es demasiado grande para soportarlo! Me has expulsado de la tierra y de tu presencia; me has hecho un vagabundo sin hogar. ¡Cualquiera que me encuentre me matará!
            - No, porque yo castigaré siete veces a cualquiera que te mate.

Resulta que Caín tuvo un descendiente llamado Lamec. Éste fue el primer hombre registrado en tomar para sí dos mujeres; y sus descendientes fueron nómadas, músicos y herreros. Lamec era soberbio como él sólo, y un día dijo a sus mujeres:
            - Un varón mataré por mi herida, y un joven por mi golpe. Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad setenta veces siete lo será.

Efectivamente, Jesús estaba haciendo alusión a estos dos hombres, separados de la presencia de Dios por su soberbia y rencor. Para reforzar, les contó una parábola:
            - El reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Uno que le debía miles y miles de monedas de oro, pero no tenía con qué pagar. Así que el señor mandó que lo vendieran a él, a su esposa y a sus hijos, y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El siervo se postró delante de él. “Tenga paciencia conmigo —le rogó—, y se lo pagaré todo.” El señor se compadeció de su siervo, le perdonó la deuda y lo dejó en libertad.
            Al salir, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas de plata. Lo agarró por el cuello y comenzó a estrangularlo. “¡Págame lo que me debes!”, le exigió. Su compañero se postró delante de él. “Ten paciencia conmigo —le rogó—, y te lo pagaré.” Pero él se negó. Más bien fue y lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda.
            Los demás siervos fueron a contar lo ocurrido a su señor, quien mandó llamar al siervo. “¡Siervo malvado! —le increpó—. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?” Y enojado, su señor lo entregó a los carceleros para que lo torturaran hasta que pagara todo lo que debía.

¡Ja! ¿Será que Jesús sí había estado hablando de las cosas eternas del Reino de Dios después de todo? ¿Que resolver conflictos con el prójimo, por terrenal que parezca, tiene repercusiones por toda la eternidad? Entonces, como para no dejar duda alguna, Jesús reforzó:
            - Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano.