Una de las fiestas más importantes de los
judíos es la Pascua. La primera vez que se celebró fue en tiempos de Moisés,
cando cada familia hebrea sacrificó un cordero, lo comió y marcó con la sangre
el contramarco de su puerta. Esa noche entró a Egipto la última de las grandes
plagas con que Dios enjuició los dioses falsos de la nación. Y murieron los
primogénitos de todos los egipcios, incluyendo al hijo del mismo Faraón. Pero los
hebreos fueron salvados.
La Pascua se acercaba, pero este año la celebración
sería única. Conforme a las instrucciones de Jesús, Simón y Juan habían llegado
a casa de un hombre al cual no conocían, pero que tenía preparada una sala para
el Maestro. Y allí habían preparado la cena. Al anochecer, Jesús llegó con sus
discípulos. Tiernamente les dijo:
- He tenido muchísimos deseos de
comer esta Pascua con ustedes antes de padecer. Porque no volveré a comerla
hasta que tenga su pleno cumplimiento en el reino de Dios.
Llegó la hora de la cena. Como era la
costumbre en las comidas comunales de ese tiempo, la mesa era baja, y los
comensales se reclinaron alrededor de ella. Sus pies sucios quedaron expuestos,
y no había sirviente para lavarlos. Jesús se levantó de la mesa, se quitó el
manto y se ató una toalla a la cintura. Echando agua en un recipiente, comenzó
a lavarles los pies a sus discípulos. Cuando llegó el turno de Simón, éste exclamó:
- ¡Señor!
¿Tú me vas a lavar los pies a mí?
- Ahora
no entiendes lo que estoy haciendo, pero lo entenderás más tarde.
- ¡No!
¡Jamás me lavarás los pies!
- Si
no te los lavo, no tendrás parte conmigo.
- Entonces,
Señor, ¡no sólo los pies sino también las manos y la cabeza!
- El
que ya se ha bañado no necesita lavarse más que los pies; pues ya todo su
cuerpo está limpio. Y ustedes ya están limpios. Aunque no todos…
Con este ejemplo y con muchas palabras, Jesús exhortó
a sus discípulos a servirse los unos a los otros. Y les hablaba de cómo ellos
serían sus representantes. Pero de repente, Jesús se angustió profundamente y les
dijo que uno de ellos lo traicionaría.
Los discípulos se entristecieron. Se miraban unos a otros inquisitivamente, pero ninguno sabía a quién se
refería. Motivado por Simón, Juan le preguntó en secreto a Jesús quién haría esto.
Él le respondió en voz baja:
- A
quien yo le dé este pedazo de pan que voy a mojar en el plato es el que me va a
traicionar.
Judas Iscariote estaba sentado
cerca de Jesús, y le preguntó:
- ¿Acaso seré yo, Maestro?
Jesús mojó el pedazo de pan y se lo dio a
Judas, diciéndole:
- Tú lo has dicho. Ahora, lo que vas a hacer, hazlo pronto.
Judas tomó el pan y salió a las tinieblas de
la noche oscura.
Mientras comían, Jesús tomó pan y lo bendijo. Luego lo partió y se lo dio a
sus discípulos, diciéndoles:
- Este pan es mi cuerpo, entregado
por ustedes; hagan esto en memoria de mí.
Después tomó la copa, dio gracias, y se la ofreció diciéndoles:
- Beban de ella todos. Esto es mi
sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados. No
beberé del fruto de la vid desde ahora en adelante, hasta el día en que beba
con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre.
Cuando terminaron de
cenar, cantaron el himno tradicional de la fiesta. Poco sabían los discípulos
que este año, el cordero pascual sería Jesús mismo – sacrificado para salvación
de todos aquellos que coman su cuerpo y beban su sangre.
Jesús salió y,
conforme a su costumbre, se fue al monte de los Olivos. Y los once lo
siguieron.





