Thursday, July 16, 2015

Dichoso el Siervo (parte 3)

Si no iba a poder salir del país para estudiar música, al menos llegaría tan lejos como me fuera posible con el talento que tenía. Había escrito algunas canciones desde que me alejé del camino del Señor. Canciones como “El Canto de Lot” – el lamento del hombre que logró escapar la destrucción de Sodoma con sus dos hijas, pero pierde a su esposa cuando ella, viendo hacia atrás, se convierte en una estatua de sal. La ironía de todo era entonces que aunque me encontraba lejos de Dios, hallaba inspiración en la Biblia para escribir canciones que canalizaran mi angustia juvenil.

Después de la experiencia de “Obras”, buscábamos conformar un repertorio sólido para Los Hombres del Triángulo de Eva. Le presenté a Vito mis canciones, pero me dio la impresión de que no le gustaron mucho. Le parecieron muy religiosas. Así que cuando él me mostró las suyas, a mí tampoco me gustaron. Me parecieron muy fantasiosas.

Lo cierto es que Vito y yo caminábamos en frecuencias muy distintas. Fuera de estudiar arquitectura y haber grabado una canción juntos, realmente teníamos muy poco en común. Él era mayor que yo, y más intelectual. Era parte de un mundo bohemio capitalino que yo apenas había comenzado a conocer. Así que cuando Alexis decidió aceptar el ofrecimiento de quedarse como vocalista oficial de Réquiem, Los Hombres del Triángulo de Eva terminó por disolverse. Sin ceremonia. Sin pompa. Simplemente dejó de ser.

Mi talento musical… Quizás no me llevaría tan lejos como había esperado.

Pero algunos amigos a quienes les había mostrado mis canciones me aseguraban que sí eran buenas. Y por supuesto, yo quería creerles. De manera que comencé a buscar músicos para formar mi propia banda. Javier estaba dispuesto a tocar guitarra eléctrica, pero necesitaríamos vocalista, bajista y baterista.

Mi primera opción para vocalista era Sócrates. El cantor de la ahora difunta Errados del Silencio se había mudado a Tegucigalpa para estudiar odontología. Entre parrandas, le expuse mis planes y llegamos a un acuerdo de caballeros.

Oí de un bajista de apellido Waymín. Estaba aún en el colegio – cosa que podría resultar complicada cuando tuviéramos que salir a tocar todas las noches por los bares del Bulevar Morazán – pero se decía que tenía su propio bajo y amplificador, así que valdría la pena. Con Javier logramos rastrearlo y entrevistarlo. (Entiéndase por “entrevistar” que platicamos una vez en el portón de su casa.) Waymín tenía una banda de heavy metal llamada Animalia con sus amiguitos de colegio. Eventualmente tocaban en algún acto escolar, pero mayormente ensayaban en el cuarto de juegos de otro integrante. Naturalmente, no estábamos impresionados con los logros de Animalia; sobre todo en comparación con el brillante futuro que ofrecíamos nosotros. En mi mente, ya teníamos bajista.

Ahora, en cuanto a encontrar un verdadero baterista con batería, cada rastro terminaba en nada. Comencé a considerar seriamente la posibilidad de usar la batería electrónica donde había programado los ritmos para mis demos. Seguro, no era lo más convencional, pero ¿acaso Depeche Mode no inició con ritmos grabados en cinta? ¿Y no colocaban el tocacintas al centro del escenario, sobre la tarima donde regularmente iría la batería?

Convencer a Javier y a Waymín, con sus respectivas raíces de blues y heavy metal, no sería fácil. Lo mejor sería comenzar con Sócrates. Después de todo, su música favorita era el rock alternativo, que básicamente era el mismo new wave británico para una nueva generación. Una vez de acuerdo, podríamos abordar a los otros dos.

Pero cuando llegué a casa de Sócrates, me encontré con una desagradable sorpresa. Sócrates tenía visita. Alguien que había llegado a reclutarlo como vocalista para otra banda. Alguien que hablaba de manejar la banda como un negocio del cual podrían vivir. Y cuando volteó para que nos presentaran, ahí estaba con una gran sonrisa: Waymín. Yo no le había presentado a Sócrates, pero debo haberlo mencionado aquel día en el portón de su casa. Y había venido a seducirlo para Animalia. Los colegiales habían resultado más sagaces que yo.

¡Me sentí traicionado! Lo cual es absurdo. ¿Acaso no quise yo quitarles a su bajista primero?

En efecto, Sócrates se fue con ellos, pero no sin implementar cambios radicales. Ya no tocarían heavy metal, sino rock alternativo. No se vestirían más al estilo de los desgreñados metaleros, sino a la usanza más pulida de U2. Finalmente, para consolidar su ascensión como nuevo líder de la banda, cambiarían su nombre a Ecos de dioses. (Pero en mi amargura, yo los llamaba Secos Odiosos.)

En algún punto de la metamorfosis, Animalia/Ecos habría terminado expulsando de su membresía a un cipotón de dos metros conocido como Tito. Pero yo no lo conocería – y sus destrezas de baterista – hasta más tarde.

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