Si no iba a poder salir del país para estudiar música, al menos llegaría
tan lejos como me fuera posible con el talento que tenía. Había escrito algunas
canciones desde que me alejé del camino del Señor. Canciones como “El Canto de
Lot” – el lamento del hombre que logró escapar la destrucción de Sodoma con sus
dos hijas, pero pierde a su esposa cuando ella, viendo hacia atrás, se
convierte en una estatua de sal. La ironía de todo era entonces que aunque me
encontraba lejos de Dios, hallaba inspiración en la Biblia para escribir
canciones que canalizaran mi angustia juvenil.
Después de la experiencia de “Obras”, buscábamos conformar un repertorio
sólido para Los Hombres del Triángulo de
Eva. Le presenté a Vito mis canciones, pero me dio la impresión de que no
le gustaron mucho. Le parecieron muy religiosas. Así que cuando él me mostró
las suyas, a mí tampoco me gustaron. Me parecieron muy fantasiosas.
Lo cierto es que Vito y yo caminábamos en frecuencias muy distintas.
Fuera de estudiar arquitectura y haber grabado una canción juntos, realmente
teníamos muy poco en común. Él era mayor que yo, y más intelectual. Era parte
de un mundo bohemio capitalino que yo apenas había comenzado a conocer. Así que
cuando Alexis decidió aceptar el ofrecimiento de quedarse como vocalista
oficial de Réquiem, Los Hombres del Triángulo de Eva terminó
por disolverse. Sin ceremonia. Sin pompa. Simplemente dejó de ser.
Mi talento musical… Quizás no me llevaría tan lejos como había esperado.
Pero algunos amigos a quienes les había mostrado mis canciones me
aseguraban que sí eran buenas. Y por supuesto, yo quería creerles. De manera
que comencé a buscar músicos para formar mi propia banda. Javier estaba
dispuesto a tocar guitarra eléctrica, pero necesitaríamos vocalista, bajista y baterista.
Mi primera opción para vocalista era Sócrates. El cantor de la ahora
difunta Errados del Silencio se había
mudado a Tegucigalpa para estudiar odontología. Entre parrandas, le expuse mis planes
y llegamos a un acuerdo de caballeros.
Oí de un bajista de apellido Waymín. Estaba aún en el colegio – cosa que
podría resultar complicada cuando tuviéramos que salir a tocar todas las noches
por los bares del Bulevar Morazán – pero se decía que tenía su propio bajo y
amplificador, así que valdría la pena. Con Javier logramos rastrearlo y
entrevistarlo. (Entiéndase por “entrevistar” que platicamos una vez en el
portón de su casa.) Waymín tenía una banda de heavy metal llamada Animalia
con sus amiguitos de colegio. Eventualmente tocaban en algún acto escolar, pero
mayormente ensayaban en el cuarto de juegos de otro integrante. Naturalmente, no
estábamos impresionados con los logros de Animalia;
sobre todo en comparación con el brillante futuro que ofrecíamos nosotros. En
mi mente, ya teníamos bajista.
Ahora, en cuanto a encontrar un verdadero baterista con batería, cada
rastro terminaba en nada. Comencé a considerar seriamente la posibilidad de
usar la batería electrónica donde había programado los ritmos para mis demos.
Seguro, no era lo más convencional, pero ¿acaso Depeche Mode no inició con ritmos grabados en cinta? ¿Y no
colocaban el tocacintas al centro del escenario, sobre la tarima donde
regularmente iría la batería?
Convencer a Javier y a Waymín, con sus respectivas raíces de blues y heavy metal, no sería fácil. Lo mejor sería comenzar con Sócrates.
Después de todo, su música favorita era el rock alternativo, que básicamente
era el mismo new wave británico para
una nueva generación. Una vez de acuerdo, podríamos abordar a los otros dos.
Pero cuando llegué a casa de Sócrates, me encontré con una desagradable
sorpresa. Sócrates tenía visita. Alguien que había llegado a reclutarlo como
vocalista para otra banda. Alguien que hablaba de manejar la banda como un
negocio del cual podrían vivir. Y cuando volteó para que nos presentaran, ahí
estaba con una gran sonrisa: Waymín. Yo no le había presentado a Sócrates, pero
debo haberlo mencionado aquel día en el portón de su casa. Y había venido a
seducirlo para Animalia. Los
colegiales habían resultado más sagaces que yo.
¡Me sentí traicionado! Lo cual es absurdo. ¿Acaso no quise yo quitarles
a su bajista primero?
En efecto, Sócrates se fue con ellos, pero no sin implementar cambios
radicales. Ya no tocarían heavy metal,
sino rock alternativo. No se vestirían más al estilo de los desgreñados
metaleros, sino a la usanza más pulida de U2.
Finalmente, para consolidar su ascensión como nuevo líder de la banda,
cambiarían su nombre a Ecos de dioses.
(Pero en mi amargura, yo los llamaba Secos
Odiosos.)
En algún punto de la metamorfosis, Animalia/Ecos
habría terminado expulsando de su membresía a un cipotón de dos metros conocido
como Tito. Pero yo no lo conocería – y sus destrezas de baterista – hasta más
tarde.

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