Wednesday, September 30, 2015

Tú Sabes Que Te Amo (parte 1)

El sol estaba a punto de salir sobre el primer día de la semana después de la muerte de Jesús. En el huerto donde estaba el sepulcro donde habían puesto su cuerpo, los guardias fatigados esperaban el amanecer. Estaban allí desde el día anterior porque los sacerdotes y fariseos le habían pedido a Pilato asegurar el sepulcro hasta el tercer día. Querían impedir que los discípulos de Jesús se llevaran el cuerpo de noche para luego presumir de que había resucitado.

Sentado frente al sepulcro, un guardia percibió un murmullo distante y volteó a preguntar si el otro también lo oía. De pronto, hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era el de un relámpago, y sus vestidos eran blancos como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y quedaron atónitos.

Mientras tanto, María Magdalena y otras mujeres iban rumbo al sepulcro. Iban a ungir el cuerpo de Jesús con las especias aromáticas que habían preparado, preguntándose quién les quitaría la grande piedra para entrar al sepulcro. Pero al llegar, vieron que la piedra ya había sido removida. Entraron en el sepulcro y encontraron sentado a un joven vestido con una túnica blanca, que les dijo:
            - No se asusten. Ustedes buscan a Jesús el nazareno, el que fue crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como él dijo. Miren el lugar donde lo pusieron. Pero vayan ahora y digan a sus discípulos, y a Pedro, que él ha resucitado de los muertos. Él va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, tal y como él les dijo.

Ellas salieron corriendo del sepulcro, temblando de miedo y de alegría a la vez. Las mujeres fueron a buscar a los discípulos, pero era tanto el miedo que tenían, que no le dijeron nada a nadie.

Pero María Magdalena quedó llorando junto al sepulcro. Se inclinó para mirar dentro y vio a dos ángeles con vestiduras blancas sentados. Le preguntaron:
            - Mujer, ¿por qué lloras?
            - Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto.

Tan pronto dijo esto, María se dio vuelta y vio allí a un hombre. Ella pensó que era el hortelano. Él le dijo:
            - Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?
            - Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.
            - ¡María!
            - ¡Maestro!
            - No me toques, porque aún no he subido a mi Padre. Pero ve a donde están mis hermanos, y diles de mi parte que subo a mi Padre y Padre de ustedes; a mi Dios y Dios de ustedes.

Entonces María Magdalena fue a los once discípulos, y a todos los demás, y los encontró llorando tristes. Les dio la noticia de que Jesús vivía y que ella lo había visto, y les dijo todo lo que él le había dicho. Pero ellos no lo creyeron, porque les pareció una locura.

Simón corrió al sepulcro. ¿Sería posible que hubiera resucitado? Juan salió tras de él, y se le adelantó. Cuando llegaron al huerto, vieron la piedra removida. Miraron dentro, y vieron los lienzos puestos allí y el sudario enrollado aparte. Entonces creyeron. Estaban maravillados de lo sucedido, aunque todavía no entendían por qué había sido necesario que Jesús muriera y resucitara.

Esa tarde, cuando los discípulos estaban reunidos – a puerta cerrada, por miedo a los judíos – comentaban todo lo sucedido. Que el Señor había resucitado. Que se le había aparecido a Simón. Que las mujeres lo vieron. Entrando otros dos discípulos, les contaron que Jesús se les había aparecido en el camino a Emaús. Sus corazones ardían mientras él les hablaba y les explicaba las Escrituras, pero realmente no lo habían reconocido sino hasta que él partió el pan antes de comer con ellos. E inmediatamente desapareció de su vista.

Al anochecer todavía estaban hablando de estas cosas. De repente, Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz sea con ustedes!” Ellos se espantaron. ¡Creían estar viendo un espíritu! Pero Jesús les dijo: “¿Por qué se asustan? ¿Por qué dan cabida a esos pensamientos en su corazón? ¡Miren mis manos y mis pies! ¡Soy yo! Tóquenme y véanme: un espíritu no tiene carne ni huesos, como pueden ver que los tengo yo.”

Los discípulos se regocijaron al ver al Señor, pero por la sorpresa que tenían, no le creían. Sentándose a la mesa les preguntó: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le dieron parte de un pescado asado, y él lo tomó y se lo comió delante de ellos. Todos lo miraban atónitos. Jesús les reprochó su incredulidad, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. “Lo que ha pasado conmigo,” les dijo, “es lo mismo que les anuncié cuando aún estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Y añadió, “Así como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes.” Luego sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.

Wednesday, September 23, 2015

¡No Lo Conozco! (parte 4)

La música es una experiencia maravillosamente sublime. Pero si por alguna razón se llega a valorar más que a otro ser humano – más que a nuestros seres queridos; la propia sangre – algo anda mal. Lo cierto era que me había embarcado en un viaje de emociones tortuosas. Y el experimento de sentir a través de otras personas… Eso no sana el corazón.

Tenía yo veintidós años cuando concluí mis estudios de arquitectura en la universidad nacional en Tegucigalpa. Mientras mis compañeros salían a obtener experiencia laboral bajo las alas protectoras de alguna empresa establecida, yo regresaba a San Pedro Sula. Por tres mil lempiras mensuales más alimentación, agua, luz, teléfono y hospedaje en mi antigua habitación, Papá me había contratado para diseñar, construir y supervisar la estación de servicio (¡No es una simple gasolinera!) más grande de América Central. No sólo no tenía experiencia, sino que aún no tenía mi título de arquitecto. De hecho, este proyecto sería la base de mi monografía para titularme.

El desafío era grande, pero no supe cuán grande hasta el día que fui citado por el gerente de mercadeo de Texaco Caribbean, Inc. Además de invertir en la infraestructura de la estación en sí, la compañía estaba financiando gran parte de un edificio comercial que Papá levantaría en el mismo plantel. El ejecutivo abrió sus reportes para mostrarme cuánto dinero perdía mi padre con cada día de demora en el proyecto. Me golpeó como un camión cisterna con ocho mil galones de combustible. Sentí el peso de mi ineptitud. Obviamente, Papá creía en mí más que yo.

La vida comenzó a tornárseme gris y seca, como el cemento con que trabajaba todo el día. A mi parecer, llevaba sólo la carga que merecía una empresa. Los ingenieros con los que inter-consultaba me miraban de menos. Mi maestro de obras era un hombre de buenas intenciones, pero laboralmente, a lo sumo, sólo un buen albañil. Los albañiles me amenazaban con machetes y los peones con citatorias del Ministerio del Trabajo. Al final del día, me marchaba rumbo a mi habitación de adolescente en mi camioneta Tercel. Me quedaba sólo suficiente amor propio como para no llamarla carmelita.

Mis amigos de universidad habían quedado en Tegucigalpa, junto a los lugares que frecuentábamos. En tanto que allá había florecido mi faceta de productor musical, aquí sólo encontraba lugares para consumidores musicales – discotecas y bares. Mientras tanto, mis antiguos amigos de colegio habían seguido adelante con sus vidas; ahora tenían nuevos amigos y nuevos intereses. Y me encontré sintiéndome terriblemente solo y vacío.

Eran los días del internet por módem telefónico – cuando tenía uno que marcar un número telefónico para acceder a la red. En busca de amistad, comencé a frecuentar las pantallas negras con texto verde de FreeTel, un arcaico precursor del Messenger en el cual uno podía socializar con extraños. Ahí conocí a una chica con la que teníamos mucho en común. (Demasiado en común.) Seguramente percibió que yo estaba comenzando a tener sentimientos platónicos por ella, y se apiadó de mí; confesándome que en realidad no era una joven colombiana, sino una enfermera cincuentona en Puerto Rico. Mi vida social había tocado fondo.

Papá y Jackie (mi segunda madre) se encontraban en plena transición; de médicos a empresarios. Todas las medicinas en la casa estaban vencidas. Así que cuando ellos me dieron a tomar unas vitaminas, primero busqué la fecha de vencimiento. Pero lo que descubrí fue que las “vitaminas” realmente eran antidepresivos.

Con la depresión y las noches gastadas en sitios de internet malsanos, me resultaba difícil levantarme por las mañanas. El proyecto de la estación de servicio avanzaba. Pero el edificio, que por razones financieras habíamos programado en dos etapas, había tenido que hacerse de una vez por motivos técnicos. Me sentía culpable. Papá llegaba a arrancarme de la cama, animándome a ir a trabajar.
            - Tú ocúpate de avanzar la obra, y deja que yo me ocupe del dinero.
            - Pero es mucho dinero…
            - Prefiero tener que detenerte que tener que empujarte.

A Papá le tocó empujarme mucho para que terminara mi monografía. Al principio sus tácticas eran sutiles; pero luego apretaban. Una noche me exasperé y la terminé de una vez. Viajé a Tegucigalpa para entregarla en la universidad e iniciar los trámites de titulación. Elegí no esperar ocho meses hasta la próxima graduación, sino mandar a recoger el título en la oficina administrativa. Algunos días más tarde, Oscar llegó a casa a pasar vacaciones inter-trimestrales. En el garaje de la casa, me entregó un sobre de manila con mi título de arquitecto. Felicidades.

Lo que yo no había entendido era que, a los ojos de mi padre, haber recibido el título de arquitecto realmente no me hacía más arquitecto. Todo ese tiempo me había visto como arquitecto. Había confiado en mí como arquitecto. Me había tratado como arquitecto. Ante otros, me presentaba como arquitecto. En la sala de espera de la compañía a la que le alquilábamos maquinaria pesada, una chica alta y esbelta nos atendía. Mi padre me exhibía como un pavo real sus plumas:
            - Señorita, por favor dígale al Ingeniero Paredes que lo buscan el Doctor Rodríguez y el Arquitecto Rodríguez.

Yo disimulaba. No porque la chica fuese fea (al contrario – ¡era guapísima!), sino porque no quería el mercadeo de Papá. En mi urgencia por hallar valor propio, no quería ser el muchachito desajustado que necesita promoción. Por eso nunca la vi a los ojos cuando nos traía café, o cuando tomaba nuestros recados. Durante el tiempo en que usamos los servicios de su empresa, no la determiné. No la invité a salir. Sólo sé que se llamaba Abbie.

Wednesday, September 16, 2015

¡No Lo Conozco! (parte 3)

Llegó el día. En uno de los estrechos callejones que suben hacia La Leona, cargamos el bus contratado con el equipo de sonido del Profesor y nuestros instrumentos y maletas. Viajamos a Choluteca con el parloteo habitual que puede esperarse de cualquier grupo de jóvenes; exasperando al chofer, pero sin mayor incidencia. Hasta que arribamos a nuestro hotel. Quizás “hospedaje” o “albergue”, serían términos más adecuados; no que el número de estrellas importara.

Admito que estaba algo nervioso. No por presentarme en público. Ni porque fuera la ciudad de mis ancestros maternos. Tampoco porque mi tío – el que me regaló mi primer órgano – estaba entre los organizadores de la feria. Sino porque ya habíamos visto el tipo de público que atraía Delirium Tremens. (Y el nivel de demencia escénica que demandaban.) Por muy ganadera que fuera la feria que enmarcaba el concierto, las palomitas de maíz no iban a funcionar aquí.

En efecto, todo salió como lo supuse. Los pandilleros nos toleraron una canción antes de comenzar a aclamar: ¡Delirium! ¡Delirium! Antes de que volaran las piedras y alguien saliera herido, acortamos nuestra presentación y cedimos el escenario a los que el público había venido a escuchar. Vimos el espectáculo. Cenamos. Nos fuimos a dormir.

Regresamos a casa, quizás sin haber despertado. La gira nos dejó un sabor confuso de éxito y desilusión. Nuestro mayor logro a la fecha había resultado ser también nuestra mayor vergüenza. Y por absurdo que parezca, en lugar de aceptar lo que éramos – un grupo de estudiantes que tenían una banda los fines de semana – se nos metió en la cabeza que talvez uno de nosotros no era lo suficientemente no sé qué.

Wil y Tito me abordaron primero:
            - Oscar es buen guitarrista, pero no es lo suficientemente pesado.
            - Necesitamos cambiarlo por un guitarrista más heavy metal.
Y con esa gran estrategia nos fuimos a la única junta de negocios que jamás tuvo Dimas, para sacar a mi hermano de la banda. ¡Qué absurdo! Arriesgamos una hermandad por nada. Absolutamente nada. ¡De colmo, a mí ni siquiera me gustaba el heavy metal!

No lo sabíamos, pero la banda ya estaba difunta. Escasos días más tarde estábamos arrepentidos, pidiéndole a Oscar que regresara. Él fue el mayor hombre de todos; no nos lo restregó en la cara, sino que aceptó con gracia y aplomo. Pero poco después me dijo que Wil y Tito lo habían abordado:
            - Elías no canta mal, pero su voz es muy grave.
            - Necesitamos cambiarlo por un vocalista más heavy metal.

Esta vez también, Oscar fue el mayor hombre de todos, prefiriendo decirme lo que estaba pasando antes que traicionarme como lo había hecho yo con él. Entonces yo respondí como cualquier romántico orgulloso cuando se entera que lo quieren cortar. Deshice la banda.

Coincidentemente resultó ser que en esos días Réquiem estaba en transición. Álvaro Rodríguez estaba ya en Guatemala y Sergio Vallejo se había mudado a Francia. Otros estaban ocupados en diversos asuntos y proyectos. Pero Roberto Chico, siempre productivo, se traía algo entre manos. No sé si me incluyó en sus planes porque me tuvo lástima o porque necesitaba gente para llenar un hueco. Quizás lo hizo porque habíamos forjado una bonita amistad, nutrida de música, cine, y hamburguesas. O talvez lo fastidié hasta que aceptó. El hecho es que terminé presentándome en el Teatro Nacional Manuel Bonilla con lo que quedaba de Réquiem. Toqué acordeón en una canción. Y mi voz, antes demasiado grave para el gusto de algunos, sirvió para vocalizar los bajos de otra pieza y hacer armonía en una tercera.

Resultó ser una de las experiencias musicales más relajadas y deleitables de mi vida hasta ese momento. Por lo cual no dudé en aceptar cuando Roberto me propuso otro proyecto, esta vez desarrollando piezas más complejas, tanto suyas como mías. Pronto me encontré aprendiendo acordes y armonías complicadísimas. Leonel López, que en ese tiempo fungió como director interino de la orquesta sinfónica, estuvo en mi habitación, tocando las melodías de Roberto en su oboe y transcribiéndolas a partituras. Yo me sentía insignificante en medio de dos genios, y eso me llevó a ensayar el teclado como nunca. Y realmente llegué a tocar como nunca.

Para efectos de registro, hacíamos grabaciones ambientales de la música en casete. Un día me dijo Roberto que le había mostrado el casete a Vito, quien estaba trabajando en el Instituto de Previsión Militar. Al parecer, Vito se lo había mostrado a un general retirado amante de las artes, y ahora este hombre estaba interesado en financiar nuestro proyecto. ¡No lo podía creer! Pero como éstos eran los mismos tipos que antes me habían llevado al Teatro Nacional y al estudio de grabación, lo creí.

Y el plan cuajaría un 16 de noviembre. Lo recuerdo porque, fortuitamente, era mi cumpleaños. Por si fuera poco, ese día había presentación de la orquesta sinfónica. Roberto pasaría por mí, tendríamos una entrevista con el general, e iríamos a la sinfónica. Francamente, no podía imaginar un cumpleaños más perfecto – a pesar de que tendría que vestir saco y corbata.

Cuando Roberto pasó por mí, era más tarde de lo que habíamos acordado. Fuese por la tardanza, por la anticipación, o por la corbata, yo estaba sofocado. Roberto no sólo estaba relajado, sino que estaba vestido muy casualmente. Quizás yo exageré con el formalismo. Después de todo, él había hecho esto antes.

Rumbo a la entrevista, preguntó:
            - ¿Trajiste el casete?
            - ¡No, vos lo tenés! Y de todos modos, creí que el general ya había escuchado la música.
            - ¡No hombre! Vamos a tener que ir hasta mi casa a traerlo.
            - ¿Qué? ¡Pero, si ya vamos tarde! Da la vuelta. Tengo una copia en casa.

Subí las gradas de tres brincos. Estaba tan enfocado en hallar el casete que no registré los gritos.
            - ¡Sorpresa!
            - ¡Felicidades!

Murmuré las gracias y corrí al closet. ¿Qué hacían todos mis compañeros de la universidad en mi sala? Saqué la caja de los casetes, frenéticamente buscando el indicado. Alexa entró a mi cuarto.
            - Feliz cumpleaños…
            - Gracias, Ale. ¿Has visto un casete Sony azul?
            - Eli, todos tus amigos están aquí para celebrar con vos…
            - Ah, sí… Pero ahorita sí que no puedo. Roberto me está esperando afuera para ir a la cita con el general, pero ¿dónde está mi casete?

Alexa estaba notablemente entristecida. Me sentía mal por eso, porque me había organizado una fiesta sorpresa. Pero lamentablemente hubo mala coordinación, y este proyecto era tremendamente importante para mí.

¡Encontré el casete! Pero en la puerta me interceptó Roberto, sonriendo serenamente.
            - Felicidades…
            - ¡Ya tengo el casete! ¡Vámonos!
            - ¿A dónde?
            - ¡Donde el general!
            - Quedate… Es tu cumpleaños.

Todo fue una mentira para sacarme de casa mientras mis compañeros entraban. Debí suponerlo. ¿Quién oyó jamás de un militar amante de las artes? Fue una mentira absurda, pero demasiado buena. Porque habría preferido la mentira.

Y mientras celebramos mi fiesta sorpresa esa noche, algo dentro de mí moría lentamente.

Friday, September 11, 2015

¡No Lo Conozco! (parte 2)

Tan pronto como amaneció, se reunieron los ancianos del pueblo, tanto los jefes de los sacerdotes como los maestros de la ley, e hicieron comparecer a Jesús ante el Consejo.
            - ¡Si eres el Cristo, dínoslo!
            - Si se lo dijera a ustedes, no me lo creerían, y si les hiciera preguntas, no me contestarían. Pero de ahora en adelante el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del Dios Todopoderoso.
            - ¿Eres tú, entonces, el Hijo de Dios?
            - Ustedes mismos lo dicen.
            - ¿Para qué necesitamos más testimonios? Acabamos de oírlo de sus propios labios.

La asamblea en pleno tomó la decisión de condenar a muerte a Jesús. Lo ataron y lo llevaron al palacio del gobernador romano y se lo entregaron a Pilato. Los judíos no entraron en el palacio, pues de hacerlo se contaminarían ritualmente y no podrían comer la Pascua. Así que Pilato salió a interrogarlos:
            - ¿De qué delito acusan a este hombre?
            - Si no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado.
            - Pues llévenselo ustedes y júzguenlo según su propia ley
            - Nosotros no tenemos ninguna autoridad para ejecutar a nadie. Hemos descubierto a este hombre agitando a nuestra nación. Se opone al pago de impuestos al emperador y afirma que él es el Cristo, un rey.

Jesús no contestó nada. Pilato le preguntó:
            - ¿No vas a contestar? Mira de cuántas cosas te están acusando.
Pero Jesús ni aun con eso contestó nada.

Asombrado, Pilato volvió a entrar en el palacio y llamó a Jesús.
            - ¿Eres tú el rey de los judíos?
            - ¿Eso lo dices tú, o es que otros te han hablado de mí?
            - ¿Acaso soy judío? Han sido tu propio pueblo y los jefes de los sacerdotes los que te entregaron a mí. ¿Qué has hecho?
            - Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir que los judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de este mundo.
            - ¡Así que eres rey!
            - Eres tú quien dice que soy rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz.
            - ¿Y qué es la verdad?

Entonces Pilato declaró a los jefes de los sacerdotes y a la multitud que no encontraba culpa en Jesús. Pero ellos insistían que él había agitado con sus enseñanzas al pueblo desde Galilea, y por toda Judea hasta llegar a Jerusalén. Viendo Pilato que el hombre era galileo y perteneciente a la jurisdicción de Herodes, se lo mandó a él, pues Herodes estaba en Jerusalén para esos días.

Hacía tiempo que Herodes quería conocer a Jesús, y esperaba verlo hacer algún milagro. Pero aunque lo acosó con preguntas, Jesús no le contestaba. Y allí estaban los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, acusándolo. Entonces Herodes y sus soldados, con desprecio y burlas, le pusieron un manto lujoso y lo mandaron de vuelta a Pilato.

Pilato sabía que los jefes de los sacerdotes le habían entregado a Jesús por envidia. Entonces los reunió, junto con los gobernantes y al pueblo, y les hizo notar que aunque ellos acusaban a Jesús de fomentar la rebelión entre el pueblo, ni él ni Herodes lo encontraban culpable. Mientras estaba sentado en el tribunal, Pilato recibió un recado de su esposa: “No te metas con ese justo, pues por causa de él hoy he tenido un sueño terrible.”

Era costumbre del gobernador soltar durante la fiesta un preso que la gente escogiera. Así que cuando subió la multitud a pedirle que les concediera lo que acostumbraba, les preguntó:
            - ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?
Pero los jefes de los sacerdotes incitaron a la multitud para que Pilato les soltara más bien a Barrabás. A Barrabás lo habían metido en la cárcel con los rebeldes por haber cometido homicidio en una insurrección en la ciudad. Y todos gritaron a una voz:
            - ¡Llévate a ése! ¡Suéltanos a Barrabás!

Pilato quería soltar a Jesús, y apeló al pueblo otra vez, pero ellos se pusieron a gritar:
            - ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!
            - Pero, ¿qué crimen ha cometido este hombre? No encuentro que él sea culpable de nada que merezca la pena de muerte, así que le daré una paliza y después lo soltaré.
Pero a voz en cuello ellos siguieron insistiendo en que lo crucificara, y con sus gritos se impusieron.
            - ¿A cuál de los dos quieren que les suelte?
            - ¡A Barrabás!
Y como también quería satisfacer a la multitud, Pilato les soltó a Barrabás. Pero preguntó:
            - ¿Y qué voy a hacer con el que ustedes llaman el rey de los judíos?
            - ¡Crucifícalo!
            - ¿Por qué? ¿Qué crimen ha cometido?
            - ¡Crucifícalo!

Pilato tomó entonces a Jesús y mandó que lo azotaran. Los soldados llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la tropa alrededor de él. Le quitaron la ropa y lo vistieron con un manto de color púrpura. Luego trenzaron una corona de espinas y se la colocaron en la cabeza, y en la mano derecha le pusieron una caña. Arrodillándose delante de él, se burlaban aclamando: “¡Salve, rey de los judíos!” Y le escupían, y con la caña le golpeaban la cabeza.

Pilato volvió a salir. Y dijo a los judíos:
            - Aquí lo tienen. Lo he sacado para que sepan que no lo encuentro culpable de nada.
            - ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!
            - Pues llévenselo y crucifíquenlo ustedes. Por mi parte, no lo encuentro culpable de nada.
            - Nosotros tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se ha hecho pasar por Hijo de Dios.

Al oír esto, Pilato se atemorizó aún más, así que entró de nuevo en el palacio y le preguntó a Jesús:
            - ¿De dónde eres tú?
            - …
            - ¿Te niegas a hablarme? ¿No te das cuenta de que tengo poder para ponerte en libertad o para mandar que te crucifiquen?
            - No tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiera dado de arriba. Por eso el que me puso en tus manos es culpable de un pecado más grande.

Pilato procuraba poner en libertad a Jesús, pero los judíos gritaban desaforadamente. Argumentaban que Jesús era enemigo del emperador, puesto que pretendía ser rey. Y acusaban que si Pilato lo dejaba en libertad, también sería enemigo del emperador. Pilato sacó a Jesús al Empedrado y se sentó en el tribunal. Era el día de la preparación para la Pascua, cerca del mediodía.
            - Aquí tienen a su rey.
            - ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!
            - ¿Acaso voy a crucificar a su rey?
            - No tenemos más rey que el emperador romano.

Cuando Pilato vio que no conseguía nada, sino que más bien se estaba formando un tumulto, pidió agua y se lavó las manos delante de la gente.
            - Soy inocente de la sangre de este hombre. ¡Allá ustedes!
            - ¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!

Entonces Pilato se los entregó para que hicieran con Jesús lo que quisieran. Los soldados le quitaron el manto, le pusieron su propia ropa y se lo llevaron para crucificarlo. Jesús salió cargando su propia cruz, pero los soldados echaron mano de un tal Simón de Cirene y le obligaron a cargar la cruz detrás de Jesús. Lo seguía mucha gente del pueblo, incluso mujeres que se golpeaban el pecho, lamentándose por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:
            - Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos.

Eran las nueve de la mañana cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota. Allí le dieron a Jesús vino mezclado con mirra para calmar el dolor, pero no lo tomó. Y lo crucificaron. Dijo Jesús:
            - Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Con él crucificaron a dos criminales, uno a su derecha y otro a su izquierda. Uno de ellos empezó a insultarlo:
            - ¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!
Pero el otro criminal lo reprendió:
            - ¿Ni siquiera temor de Dios tienes? Nuestro castigo es justo y merecido. Pero éste no ha hecho nada malo. Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.
            - Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Los soldados se sentaron a vigilarlo. Se repartieron su ropa, echando suertes para ver qué le tocaría a cada uno. Pilato mandó poner sobre la cruz un letrero en el que estuviera escrito, en arameo, latín y griego: “Jesús de Nazaret, Rey de los judíos.” Y muchos de los judíos lo leyeron.

Los que pasaban meneaban la cabeza y blasfemaban contra él:
            - Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reconstruyes, ¡sálvate a ti mismo!
            - ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz!
De la misma manera se burlaban de él los jefes de los sacerdotes, junto con los maestros de la ley y los ancianos:
            - Salvó a otros, ¡pero no puede salvarse a sí mismo!
            - ¡Y es el Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz para que veamos y creamos.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la esposa de Cleofas, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre, y a su lado a su discípulo Juan, dijo a su madre:
            - Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Luego dijo al discípulo:
            - Ahí tienes a tu madre.

Al mediodía el sol se ocultó, y toda la tierra quedó sumida en la oscuridad. Como a las tres de la tarde, Jesús gritó a voz en cuello: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Después de esto, como Jesús sabía que ya todo había terminado, y para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había allí una vasija llena de vinagre; así que empaparon una esponja en el vinagre, la pusieron en una caña y se la acercaron a la boca. Al probar Jesús el vinagre, dijo: “Todo se ha cumplido”. Entonces exclamó con fuerza: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Luego inclinó la cabeza y expiró.

En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló y se partieron las rocas. Se abrieron los sepulcros, y muchos santos que habían muerto resucitaron. El centurión que estaba frente a Jesús, al oír el grito y ver cómo murió, exclamó: “¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!” Los soldados quedaron aterrados, y los que se habían reunido para presenciar aquel espectáculo, se fueron golpeándose el pecho. Pero todos los conocidos de Jesús se quedaron mirando desde lejos. Entre ellas estaban las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

Era el día de la preparación para la Pascua y los judíos no querían que los cuerpos permanecieran en la cruz en un día solemne. Entonces los soldados le quebraron las piernas a los dos hombres que habían sido crucificados con Jesús, para acelerar su muerte. Pero cuando se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante le brotó sangre y agua.

Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José. Era un hombre justo y miembro distinguido del Consejo. Pero no había estado de acuerdo con la decisión de ellos, pues era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos. Se atrevió a pedirle el cuerpo de Jesús a Pilato, quien se sorprendió de que ya hubiera muerto.

Con el permiso de Pilato, José fue y retiró el cuerpo. Ayudado por otro discípulo llamado Nicodemo, bajaron el cuerpo y lo envolvieron en vendas con una mezcla de mirra y áloe. Finalmente lo envolvieron en una sábana de lino nueva. Había allí cerca un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo cavado en la roca, propiedad de José. Allí colocaron el cuerpo de Jesús. José hizo rodar una piedra grande a la entrada del sepulcro, y se fue.

Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea siguieron a José para ver el sepulcro y cómo colocaban el cuerpo. Luego volvieron a casa a preparar especias aromáticas y perfumes.

Pero Simón no podía ser hallado.

Friday, September 4, 2015

¡No Lo Conozco! (parte 1)

Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley habían buscado algún modo de acabar con Jesús. Pero no abiertamente. Ni durante la Pascua, porque temían al pueblo. Así que cuando Judas Iscariote fue a ellos a ofrecer entregarles a Jesús, se alegraron y acordaron pagarle treinta monedas de plata. Él aceptó, y desde entonces había andado tras una oportunidad para entregarles a Jesús cuando no hubiera gente.

Judas conocía bien el huerto de los Olivos, porque muchas veces se había reunido allí con Jesús y los demás discípulos. Guio al huerto un destacamento de soldados y guardias de los jefes de los sacerdotes y de los fariseos. Llevaban antorchas, lámparas y armas. Además iban acompañados por una gran turba armada con espadas y palos, enviada por los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos del pueblo.

El traidor les había dado esta contraseña: “Al que yo le dé un beso, ése es; arréstenlo y llévenselo bien asegurado.” Tan pronto como llegó, Judas se acercó a Jesús y lo saludó.
            - ¡Maestro!
            - Amigo, ¿a qué vienes?
El traidor se acercó a Jesús para besarlo, pero Jesús le preguntó:
            - Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del hombre?

Viendo la señal, los hombres se acercaron. Jesús sabía todo lo que le iba a suceder, y les salió al encuentro.
            - ¿A quién buscan?
            - A Jesús de Nazaret.
            - Yo soy.

Cuando Jesús les dijo: “Yo soy”, dieron un paso atrás y se desplomaron. No es que se hubieran tropezado, ¡No! Sino que cuando el Señor habló a Moisés desde una zarza ardiente en el desierto, Moisés le preguntó su nombre. Él respondió: “Yo soy el que soy”. YO SOY es uno de los nombres que nos revela la esencia del Todopoderoso. El poder del YO SOY desplomó a la multitud que venía a prender a Jesús. Volvió a preguntarles:
            - ¿A quién buscan?
            - A Jesús de Nazaret.
            - Ya les dije que yo soy. Si es a mí a quien buscan, dejen que éstos se vayan.

Los discípulos que lo rodeaban, al darse cuenta de lo que pasaba, se dispusieron a atacar. Simón puso su mano sobre la empuñadura de la espada que llevaba sobre su costado, listo para cualquier cosa. Él había jurado que no dejaría a Jesús, y arriesgaría su vida si fuese necesario.

Entonces los hombres prendieron a Jesús. Inmediatamente Simón desenfundó la espada e hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Jesús lo detuvo, y le dijo:
            - Guarda tu espada, porque los que a hierro matan, a hierro mueren.
            - Pero…
            - ¿Crees que no puedo acudir a mi Padre, y al instante pondría a mi disposición más de doce batallones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras que dicen que así tiene que suceder? ¿Acaso no he de beber el trago amargo que el Padre me da a beber?

Jesús le tocó la oreja al hombre, y lo sanó. Luego dijo a los que habían venido a prenderlo:
            - ¿Acaso soy un bandido, para que vengan contra mí con espadas y palos? Todos los días estaba con ustedes, enseñando en el templo, y no se atrevieron a ponerme las manos encima. Pero ya ha llegado la hora de ustedes, cuando reinan las tinieblas.

Entonces todos los discípulos huyeron, abandonando a Jesús. Los soldados lo arrestaron y lo ataron fuertemente con lasos. Saliendo del huerto, lo llevaron de regreso por la hondonada por donde había llegado.

Simón y otro discípulo siguieron de lejos. Los soldados llevaron a Jesús donde el sumo sacerdote Anás, por el patio exterior. El otro discípulo era conocido del sumo sacerdote y logró entrar en el patio con Jesús. Pero Simón tuvo que quedarse afuera, junto a la puerta. Cuando lo vio la portera, le preguntó:
            - ¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?
            - No lo soy.

Cuando llevaron a Jesús adentro, el otro discípulo volvió a salir. Habló con la portera de turno y consiguió que Simón entrara al patio. En medio del recinto, los criados y los guardias habían encendido una fogata para calentarse. Simón también se les unió; no sólo porque hacía frío, sino porque procuraba pasar desapercibido.

Adentro, Anás interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de sus enseñanzas. Él respondió:
            - Yo he hablado abiertamente al mundo. Siempre he enseñado en las sinagogas o en el templo, donde se congregan todos los judíos. En secreto no he dicho nada. ¿Por qué me interrogas a mí? ¡Interroga a los que me han oído hablar! Ellos deben saber lo que dije.
En cuanto dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada y le gritó:
            - ¿Así contestas al sumo sacerdote?
            - Si he dicho algo malo, demuéstramelo. Pero si lo que dije es correcto, ¿por qué me pegas?
Entonces Anás lo envió, todavía atado, al sumo sacerdote Caifás.

Mientras tanto, una de las criadas del sumo sacerdote se acercó a Simón, quien estaba sentado a la lumbre. Lo miró detenidamente y le dijo:
            - Tú también estabas con ese nazareno, con Jesús.
            - Muchacha, yo no lo conozco. Ni siquiera sé de qué estás hablando.
Simón se apresuró en salir afuera, a la entrada. La criada iba tras él, y les dijo de nuevo a los presentes:
            - Éste estaba con Jesús de Nazaret.
            - ¡A ese hombre ni lo conozco!

Todos los jefes de los sacerdotes y el Consejo estaban reunidos donde Caifás. En pleno buscaban alguna prueba contra Jesús para poder condenarlo a muerte, pero no la encontraban. Muchos testificaban falsamente contra él, pero sus declaraciones no coincidían. Por fin se presentaron dos, que declararon que Jesús había dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.” Poniéndose de pie en el medio, el sumo sacerdote interrogó a Jesús:
            - ¿No vas a responder? ¿Qué significan estas denuncias en tu contra?

Jesús se quedó callado. Así que el sumo sacerdote insistió:
            - Te ordeno en el nombre del Dios viviente que nos digas si eres el Cristo, el Hijo de Dios.
            - Tú lo has dicho. Pero yo les digo a todos: De ahora en adelante verán ustedes al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso, y viniendo en las nubes del cielo.
Caifás se enfureció y rasgó sus vestiduras.
            - ¿Para qué necesitamos más testigos? ¡Ustedes han oído la blasfemia! ¿Qué les parece?

Todos ellos lo condenaron como digno de muerte. Algunos comenzaron a escupirle, y otros lo abofeteaban. Le vendaron los ojos y le daban puñetazos, diciendo:
            - A ver, Cristo, ¡adivina quién te pegó!

Como una hora más tarde, se acercaron unos hombres a Simón. Uno de ellos era pariente de aquel a quien Simón le había cortado la oreja. Y le dijeron:
            - Seguro que eres uno de ellos; se te nota por tu acento.
            - ¿Acaso no te vi en el huerto con él?
Simón comenzó a echarse maldiciones, y les juró:
            - ¡No lo conozco!

En el mismo instante en que dijo eso, cantó el gallo. Desde adentro, Jesús se volvió y miró directamente a Simón. Entonces Simón se acordó de lo que el Señor le había dicho: “Hoy mismo, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces.” Y saliendo de allí, lloró amargamente.