Friday, September 11, 2015

¡No Lo Conozco! (parte 2)

Tan pronto como amaneció, se reunieron los ancianos del pueblo, tanto los jefes de los sacerdotes como los maestros de la ley, e hicieron comparecer a Jesús ante el Consejo.
            - ¡Si eres el Cristo, dínoslo!
            - Si se lo dijera a ustedes, no me lo creerían, y si les hiciera preguntas, no me contestarían. Pero de ahora en adelante el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del Dios Todopoderoso.
            - ¿Eres tú, entonces, el Hijo de Dios?
            - Ustedes mismos lo dicen.
            - ¿Para qué necesitamos más testimonios? Acabamos de oírlo de sus propios labios.

La asamblea en pleno tomó la decisión de condenar a muerte a Jesús. Lo ataron y lo llevaron al palacio del gobernador romano y se lo entregaron a Pilato. Los judíos no entraron en el palacio, pues de hacerlo se contaminarían ritualmente y no podrían comer la Pascua. Así que Pilato salió a interrogarlos:
            - ¿De qué delito acusan a este hombre?
            - Si no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado.
            - Pues llévenselo ustedes y júzguenlo según su propia ley
            - Nosotros no tenemos ninguna autoridad para ejecutar a nadie. Hemos descubierto a este hombre agitando a nuestra nación. Se opone al pago de impuestos al emperador y afirma que él es el Cristo, un rey.

Jesús no contestó nada. Pilato le preguntó:
            - ¿No vas a contestar? Mira de cuántas cosas te están acusando.
Pero Jesús ni aun con eso contestó nada.

Asombrado, Pilato volvió a entrar en el palacio y llamó a Jesús.
            - ¿Eres tú el rey de los judíos?
            - ¿Eso lo dices tú, o es que otros te han hablado de mí?
            - ¿Acaso soy judío? Han sido tu propio pueblo y los jefes de los sacerdotes los que te entregaron a mí. ¿Qué has hecho?
            - Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir que los judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de este mundo.
            - ¡Así que eres rey!
            - Eres tú quien dice que soy rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz.
            - ¿Y qué es la verdad?

Entonces Pilato declaró a los jefes de los sacerdotes y a la multitud que no encontraba culpa en Jesús. Pero ellos insistían que él había agitado con sus enseñanzas al pueblo desde Galilea, y por toda Judea hasta llegar a Jerusalén. Viendo Pilato que el hombre era galileo y perteneciente a la jurisdicción de Herodes, se lo mandó a él, pues Herodes estaba en Jerusalén para esos días.

Hacía tiempo que Herodes quería conocer a Jesús, y esperaba verlo hacer algún milagro. Pero aunque lo acosó con preguntas, Jesús no le contestaba. Y allí estaban los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley, acusándolo. Entonces Herodes y sus soldados, con desprecio y burlas, le pusieron un manto lujoso y lo mandaron de vuelta a Pilato.

Pilato sabía que los jefes de los sacerdotes le habían entregado a Jesús por envidia. Entonces los reunió, junto con los gobernantes y al pueblo, y les hizo notar que aunque ellos acusaban a Jesús de fomentar la rebelión entre el pueblo, ni él ni Herodes lo encontraban culpable. Mientras estaba sentado en el tribunal, Pilato recibió un recado de su esposa: “No te metas con ese justo, pues por causa de él hoy he tenido un sueño terrible.”

Era costumbre del gobernador soltar durante la fiesta un preso que la gente escogiera. Así que cuando subió la multitud a pedirle que les concediera lo que acostumbraba, les preguntó:
            - ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?
Pero los jefes de los sacerdotes incitaron a la multitud para que Pilato les soltara más bien a Barrabás. A Barrabás lo habían metido en la cárcel con los rebeldes por haber cometido homicidio en una insurrección en la ciudad. Y todos gritaron a una voz:
            - ¡Llévate a ése! ¡Suéltanos a Barrabás!

Pilato quería soltar a Jesús, y apeló al pueblo otra vez, pero ellos se pusieron a gritar:
            - ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!
            - Pero, ¿qué crimen ha cometido este hombre? No encuentro que él sea culpable de nada que merezca la pena de muerte, así que le daré una paliza y después lo soltaré.
Pero a voz en cuello ellos siguieron insistiendo en que lo crucificara, y con sus gritos se impusieron.
            - ¿A cuál de los dos quieren que les suelte?
            - ¡A Barrabás!
Y como también quería satisfacer a la multitud, Pilato les soltó a Barrabás. Pero preguntó:
            - ¿Y qué voy a hacer con el que ustedes llaman el rey de los judíos?
            - ¡Crucifícalo!
            - ¿Por qué? ¿Qué crimen ha cometido?
            - ¡Crucifícalo!

Pilato tomó entonces a Jesús y mandó que lo azotaran. Los soldados llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la tropa alrededor de él. Le quitaron la ropa y lo vistieron con un manto de color púrpura. Luego trenzaron una corona de espinas y se la colocaron en la cabeza, y en la mano derecha le pusieron una caña. Arrodillándose delante de él, se burlaban aclamando: “¡Salve, rey de los judíos!” Y le escupían, y con la caña le golpeaban la cabeza.

Pilato volvió a salir. Y dijo a los judíos:
            - Aquí lo tienen. Lo he sacado para que sepan que no lo encuentro culpable de nada.
            - ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!
            - Pues llévenselo y crucifíquenlo ustedes. Por mi parte, no lo encuentro culpable de nada.
            - Nosotros tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se ha hecho pasar por Hijo de Dios.

Al oír esto, Pilato se atemorizó aún más, así que entró de nuevo en el palacio y le preguntó a Jesús:
            - ¿De dónde eres tú?
            - …
            - ¿Te niegas a hablarme? ¿No te das cuenta de que tengo poder para ponerte en libertad o para mandar que te crucifiquen?
            - No tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiera dado de arriba. Por eso el que me puso en tus manos es culpable de un pecado más grande.

Pilato procuraba poner en libertad a Jesús, pero los judíos gritaban desaforadamente. Argumentaban que Jesús era enemigo del emperador, puesto que pretendía ser rey. Y acusaban que si Pilato lo dejaba en libertad, también sería enemigo del emperador. Pilato sacó a Jesús al Empedrado y se sentó en el tribunal. Era el día de la preparación para la Pascua, cerca del mediodía.
            - Aquí tienen a su rey.
            - ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!
            - ¿Acaso voy a crucificar a su rey?
            - No tenemos más rey que el emperador romano.

Cuando Pilato vio que no conseguía nada, sino que más bien se estaba formando un tumulto, pidió agua y se lavó las manos delante de la gente.
            - Soy inocente de la sangre de este hombre. ¡Allá ustedes!
            - ¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!

Entonces Pilato se los entregó para que hicieran con Jesús lo que quisieran. Los soldados le quitaron el manto, le pusieron su propia ropa y se lo llevaron para crucificarlo. Jesús salió cargando su propia cruz, pero los soldados echaron mano de un tal Simón de Cirene y le obligaron a cargar la cruz detrás de Jesús. Lo seguía mucha gente del pueblo, incluso mujeres que se golpeaban el pecho, lamentándose por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:
            - Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos.

Eran las nueve de la mañana cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota. Allí le dieron a Jesús vino mezclado con mirra para calmar el dolor, pero no lo tomó. Y lo crucificaron. Dijo Jesús:
            - Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Con él crucificaron a dos criminales, uno a su derecha y otro a su izquierda. Uno de ellos empezó a insultarlo:
            - ¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!
Pero el otro criminal lo reprendió:
            - ¿Ni siquiera temor de Dios tienes? Nuestro castigo es justo y merecido. Pero éste no ha hecho nada malo. Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.
            - Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Los soldados se sentaron a vigilarlo. Se repartieron su ropa, echando suertes para ver qué le tocaría a cada uno. Pilato mandó poner sobre la cruz un letrero en el que estuviera escrito, en arameo, latín y griego: “Jesús de Nazaret, Rey de los judíos.” Y muchos de los judíos lo leyeron.

Los que pasaban meneaban la cabeza y blasfemaban contra él:
            - Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reconstruyes, ¡sálvate a ti mismo!
            - ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz!
De la misma manera se burlaban de él los jefes de los sacerdotes, junto con los maestros de la ley y los ancianos:
            - Salvó a otros, ¡pero no puede salvarse a sí mismo!
            - ¡Y es el Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz para que veamos y creamos.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la esposa de Cleofas, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre, y a su lado a su discípulo Juan, dijo a su madre:
            - Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Luego dijo al discípulo:
            - Ahí tienes a tu madre.

Al mediodía el sol se ocultó, y toda la tierra quedó sumida en la oscuridad. Como a las tres de la tarde, Jesús gritó a voz en cuello: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Después de esto, como Jesús sabía que ya todo había terminado, y para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había allí una vasija llena de vinagre; así que empaparon una esponja en el vinagre, la pusieron en una caña y se la acercaron a la boca. Al probar Jesús el vinagre, dijo: “Todo se ha cumplido”. Entonces exclamó con fuerza: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Luego inclinó la cabeza y expiró.

En ese momento la cortina del santuario del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. La tierra tembló y se partieron las rocas. Se abrieron los sepulcros, y muchos santos que habían muerto resucitaron. El centurión que estaba frente a Jesús, al oír el grito y ver cómo murió, exclamó: “¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!” Los soldados quedaron aterrados, y los que se habían reunido para presenciar aquel espectáculo, se fueron golpeándose el pecho. Pero todos los conocidos de Jesús se quedaron mirando desde lejos. Entre ellas estaban las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

Era el día de la preparación para la Pascua y los judíos no querían que los cuerpos permanecieran en la cruz en un día solemne. Entonces los soldados le quebraron las piernas a los dos hombres que habían sido crucificados con Jesús, para acelerar su muerte. Pero cuando se acercaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante le brotó sangre y agua.

Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José. Era un hombre justo y miembro distinguido del Consejo. Pero no había estado de acuerdo con la decisión de ellos, pues era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos. Se atrevió a pedirle el cuerpo de Jesús a Pilato, quien se sorprendió de que ya hubiera muerto.

Con el permiso de Pilato, José fue y retiró el cuerpo. Ayudado por otro discípulo llamado Nicodemo, bajaron el cuerpo y lo envolvieron en vendas con una mezcla de mirra y áloe. Finalmente lo envolvieron en una sábana de lino nueva. Había allí cerca un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo cavado en la roca, propiedad de José. Allí colocaron el cuerpo de Jesús. José hizo rodar una piedra grande a la entrada del sepulcro, y se fue.

Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea siguieron a José para ver el sepulcro y cómo colocaban el cuerpo. Luego volvieron a casa a preparar especias aromáticas y perfumes.

Pero Simón no podía ser hallado.

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