Wednesday, November 25, 2015

Pedro, Mata y Come. (parte 1)

Saulo, el que había consentido con la muerte de Esteban, asolaba la iglesia apresando hombres y mujeres. Iba rumbo a Damasco con cartas del sumo sacerdote para las sinagogas de esa ciudad, cuando tuvo un encuentro con el Señor. Una poderosa luz del cielo lo hizo rodar por tierra, y una voz le habló:
            - Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
            - ¿Quién eres, Señor?
            - Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad. Allí se te dirá lo que debes hacer.

Saulo fue llevado ciego a una casa en la Calle Derecha. Por tres días oró sin comer ni beber nada, y tuvo una visión en la que un varón llamado Ananías entraba y le imponía las manos, con lo que le hacía recobrar la vista. Ananías era un discípulo del Señor que vivía en Damasco. Él también tuvo una visión donde el Señor decía que Saulo sería un instrumento escogido que llevaría el nombre de Jesús a las naciones. Entrando en la casa, Ananías le impuso las manos para que recobrase la vista y fuese lleno del Espíritu Santo. Saulo recibió la vista, fue bautizado y se quedó los siguientes días con los discípulos en Damasco.

Pasados tres años, Saulo subió a Jerusalén con la intención de ver a Pedro y reunirse con los discípulos. Pero todos le tenían miedo porque no creían que fuera uno de ellos, hasta que uno llamado Bernabé llevó a Saulo ante Pedro y Jacobo, el hermano de Jesús. Después de contarles cómo había conocido a Jesús, y con qué valor había predicado de él en Damasco, Saulo pudo quedarse en Jerusalén con ellos. Pero tal era su celo discutiendo con los griegos, que éstos tramaban matarlo. Y tras sólo quince días en Jerusalén, los hermanos lo llevaron hasta Cesarea y lo enviaron a Tarso para protegerlo.

Mientras tanto, las iglesias en toda Judea, Galilea y Samaria vivían en paz. Como su número aumentaba por la fuerza del Espíritu Santo, Pedro las visitaba, edificándolas en el temor del Señor. En Lida, Pedro sanó a un hombre que tenía ocho años paralítico. Y en Jope resucitó a una discípula llamada Dorcas. Estos milagros hacían que muchos más creyeran en el Señor.

Pedro se quedó muchos días en Jope, en la casa de un curtidor llamado Simón. Un mediodía, subió a la azotea para orar y tuvo gran hambre, pero le sobrevino un éxtasis. Vio el cielo abierto, y que bajaba a la tierra algo parecido a un gran lienzo atado de las cuatro puntas; en él había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo. Y le vino una voz:
            - Levántate, Pedro, mata y come.
            - Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás.
            - Lo que Dios limpió, no lo llames tú común.

Tres veces sucedió esto; luego el lienzo fue recogido en el cielo. Pedro estaba perplejo y se preguntaba qué significaría la visión. En eso llegaron a la casa unos hombres preguntando si allí estaba hospedado un Simón que tenía por sobrenombre Pedro. Mientras tanto, el Espíritu Santo le decía a Pedro: “Tres hombres te buscan. No dudes de ir con ellos, porque yo los he enviado.” Entonces Pedro bajó y les dijo:
            - Yo soy Pedro. ¿Para qué me buscan?
            - Nos envía el capitán Cornelio, que es un hombre bueno y obedece a Dios. Todos los judíos lo respetan mucho. Un ángel del Señor se le apareció y le dijo: “Haz que Pedro venga a tu casa, y escucha bien lo que va a decirte.”

Al amanecer, Pedro se fue con ellos hacia Cesarea, acompañado de seis de los discípulos de Jope. Cuando llegaron a la casa, Cornelio salió a recibirlos y se postró a los pies de Pedro; pero él le levantó, diciendo:
            - Levántate, pues yo mismo también soy hombre.

Entrando Pedro, halló a muchos allí reunidos, pues Cornelio había convocado a sus parientes y amigos más íntimos. Pedro les dijo:
            - Ustedes deben saber que a nosotros, los judíos, la ley no nos permite juntarnos con extranjeros. Pero Dios me ha mostrado que yo no debo rechazar a nadie. Por eso he aceptado venir a esta casa. Díganme, ¿para qué me han hecho venir?
            - Hace cuatro días, como a las tres de la tarde, yo estaba aquí en mi casa, orando. De pronto se me apareció un hombre con ropa muy brillante, y me dijo: “Cornelio, Dios ha escuchado tus oraciones, y ha tomado en cuenta todo lo que has hecho para ayudar a los pobres. Envía a Jope unos mensajeros, para que busquen a un hombre llamado Pedro, que está viviendo junto al mar en casa de un curtidor de pieles llamado Simón. Enseguida envié a mis mensajeros, y tú has aceptado muy amablemente mi invitación. Todos estamos aquí, listos para oír lo que Dios te ha ordenado que nos digas, y estamos seguros de que él nos está viendo en este momento.
            - ¡Ahora comprendo que para Dios todos somos iguales! Dios ama a todos los que lo obedecen, y también a los que tratan bien a los demás y se dedican a hacer lo bueno, sin importar de qué país sean. Éste es el mismo mensaje que Dios enseñó a los israelitas por medio de Jesús, el Mesías y Señor que manda sobre todos; para que por medio de él todos vivan en paz con Dios.

Pedro siguió hablándoles de Jesús – cómo fue bautizado, las bondades y sanidades que hizo por el poder del Espíritu Santo, que murió crucificado pero resucitó al tercer día y se les apareció vivo. “Dios lo ha puesto por Juez de vivos y muertos. Los profetas hablaron acerca de Jesús, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” Todavía estaba hablando Pedro cuando, de repente, el Espíritu Santo vino sobre todos los que estaban escuchando el mensaje. Y comenzaron a hablar en lenguas, magnificando a Dios.

Los que habían venido de Jope con Pedro se quedaron sorprendidos al ver que el Espíritu Santo había venido también sobre los que no eran judíos. Entonces Pedro recordó algo que les había dicho Jesús: “Juan bautizó en agua, pero ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.” Entendiéndolo, exclamó, “¡Ellos han recibido el Espíritu Santo, igual que nosotros; así que nadie puede impedir que también los bauticemos!” Todos fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y Pedro se quedó en casa de Cornelio algunos días más.

Las noticias de lo acontecido viajaron pronto a Jerusalén, pero no fueron bien recibidas por todos. Cuando Pedro llegó, los hermanos judíos comenzaron a disputar con él, inquiriendo por qué había entrado en casa de gentiles y comido con ellos. Pedro les relató por orden todo lo sucedido – la visión que tuvo en Jope y la voz venida del cielo, los hombres que llegaron a buscarlo y la instrucción del Espíritu Santo de ir con ellos, Cornelio y el mensaje del ángel que lo visitó. Finalmente agregó, “Cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos, como sobre nosotros al principio. Si Dios les concedió también el mismo regalo que a nosotros, ¿quién era yo para ponerme en contra de lo que él ha decidido hacer?

Cuando oyeron esto, dejaron de discutir y glorificaron a Dios. ¡Así que también a los gentiles Dios les ha permitido arrepentirse y tener vida eterna!

Wednesday, November 18, 2015

Siervo y Apóstol de Jesucristo (parte 4)

Tomando el consejo de Mamá, de allí en adelante iniciaba mi viaje diario con una corta oración. “Señor te pido que me cuides en la carretera, que me protejas, y que me libres de todo accidente. Amén.” El resto del camino escuchaba las grabaciones de Betty y Verónica. Poco a poco, algo extraño comenzó a suceder: Cada día oraba un poquito más. Al principio era apenas perceptible; pero después de un tiempo me encontré platicando con Dios a lo largo del camino hasta el proyecto.

Estaba yo en los preparativos para fundir la losa de entrepiso de la casa de Mamá cuando llegaron visitas a Ministerio Un Nuevo Amanecer. John y Reneé Parault eran una pareja de ministros estadounidenses que desde hacía muchos años viajaban a Honduras, predicando en iglesias de amigos en el norte y centro del país.

Además de ser un santo varón de Dios, el hermano John era el tipo de hombre al que le gusta hacer cosas con sus manos, y nunca desaprovechaba una oportunidad para aprender algo útil. Enterado de que yo estaba edificando con un sistema constructivo desconocido para él – styrofoam reforzado - pidió conocer el proyecto. Gustosamente le di un recorrido, explicándole todo sobre el diseño, el sistema y los demás materiales. Le interesó mucho que estuviésemos usando bambú para los postes del encofrado de la losa, y acordamos que por la tarde me acompañaría a la ribera del río, donde me habían concedido permiso de cosechar cuanto bambú necesitara.

Sabiendo del aprecio que yo les tenía a los Parault, Mamá me invitó a almorzar con ellos. Naturalmente, la conversación evolucionó hacia asuntos ministeriales. Como la mayoría de las personas que no están en Cristo, yo tenía muchos prejuicios contra los ministros. No contra los Parault, pero contra los ministros en general. De hecho, el hermano John me inspiraba tanta confianza que sentí que él podría responder a algunas de mis querellas.
            - Si se supone que la Biblia ya contiene la Palabra de Dios revelada a los hombres, ¿por qué los ministros siguen escribiendo libros?
            - Si bien tenemos la Biblia, no lo entendemos todo. Dios todavía nos está revelando las verdades de la Biblia. Si alguien recibe revelación de Dios respecto a un asunto, ¿no crees que debería compartirlo con los demás?
            - Bueno… Sí, claro… Pero, ¿por qué los predicadores de hoy hacen todo tan complicado, si Jesús más bien enseñaba en parábolas sencillas para que todos entendieran?
            - Ah, pero estás equivocado, ¿ves? Porque la Biblia dice que Jesús enseñaba en parábolas para que la gente NO entendiera.

Cuando se está construyendo un arco de piedras labradas, se usa un encofrado con la forma del arco. Sobre él se colocan las piezas angulares llamadas dovelas, edificando ambos lados, de abajo hacia arriba. Finalmente se coloca la dovela central, llamada clave. El encofrado puede ahora ser retirado, pues el arco está equilibrado, transmitiendo las cargas desde la clave hacia las demás dovelas hasta las columnas, muro u otra estructura que sostiene el arco. Pero si la clave llega a ser removida, ¡todo el arco colapsa!

Hasta este día, aún no entiendo por qué yo había apostado tanto a la simple idea de que Jesús predicaba para ser entendido por todos. Pero era un nido de soberbia. Una excusa para no escuchar a los predicadores. Una justificación para formar mi propia imagen de Dios y mi propio evangelio; mi propia versión del cielo, y mi propio camino para alcanzarlo. Con sus palabras cargadas de verdad y compasión, el hermano John había retirado la clave de mi arco, y mi visión humanista de Dios se vino abajo.

Esa tarde, mientras los obreros cargaban el bambú al pick-up, el hermano John preguntó si podía orar por mí. En el sector de Guaruma, junto al Río Chamelecón, el ministro de Dios puso su mano sobre mi hombro y elevó una sencilla oración que cambió el curso de mi vida.

Me sentía más cerca de Dios. Tanto, que una mañana se me ocurrió que quizás Dios podría ser más importante que la música. Era como si el Señor estuviera gentilmente pidiéndome que le cediera el trono que hasta ahora ocupaba mi música. Esa mañana hice una oración que cambiaría mi vida para siempre: “Señor, si Tú me lo pidieras… Creo que estaría dispuesto a consagrarte mis habilidades musicales y usar mi equipo de producción exclusivamente para ti…”

No había pasado ni medio día cuando recibí una llamada urgente de San Pedro Sula. Los ladrones habían entrado a mi casa. Se llevaron el televisor, mi colección de CDs, mi equipo de sonido, mi equipo de producción… y a Betty y a Verónica.

Wednesday, November 11, 2015

Siervo y Apóstol de Jesucristo (parte 3)

Viviendo en Río Piedras, era yo un tecladista sin teclado; un productor musical sin herramientas de producción. Mi oportunidad dorada llegó con una llamada de mi abuela – irónicamente, puesto que fue antes de que yo le confesara mi hurto. Necesitaba viajar a Estados Unidos para un chequeo médico y quería saber si yo estaría dispuesto a acompañarla, con gastos pagados. Obviamente, ¡sí!

Nuestra estadía en Nueva Orleans coincidió con la celebración de Mardi Gras, de manera que complementamos las visitas a la clínica con coloridos desfiles donde especímenes extraños arrojan collares de cuentas desde carrozas estrambóticas, y con un café au lait con beignets en Café du Monde.

Un tío político que allí vivía ofreció gentilmente darme un recorrido nocturno por la ciudad. El paseo por el sector francés fue ilustrativo, mas no decadente – quizás porque no era muy tarde – pero sí había un aire irreverente en las calles llenas de artistas bohemios, psíquicos callejeros y exhibicionistas públicos. La famosa Bourbon Street era prácticamente un gran bar en forma de calle, con salones diversos a cada lado. Afuera del House of Blues, una estatua viva se paraba con mano extendida. A insistencia de mi tío, estreché su mano, pero cuando quise retirarme, no pude. Aquel hombre inmóvil no me dejaría ir hasta que pagara el precio correcto, pero ¿Quién para saberlo? Así que me paralicé yo también y reforcé mi apretón de mano, emulando los movimientos robóticos que él hacía cada tantos segundos. Viendo el timador que ahora era el timado, el tipo se echó a reír y me soltó.

Nueva Orleans era una extraña mezcla para mí. Por un lado, era una gran concentración de hondureños – la tercera más grande del mundo, me dijeron. Había supermercados abastecidos con nacatamales, frijoles Natura’s, y tajaditas de plátano Zambos. Pero la arquitectura del casco urbano, con sus casas de madera, corredores frontales y balcones de hierro forjado, era definitivamente francés. Era una ciudad de parranda, pero comunitariamente era sólo el pueblo fantasma de una era gótica. Fue una cuna del blues y del jazz, pero a la vez era el hogar de Trent Reznor y su banda de música industrial Nine Inch Nails. Esa diversidad la convertía en el lugar ideal para invertir todos mis ahorros en la compra de equipo para producción musical.

Volví a casa con dos teclados, un secuenciador, cables, audífonos, y parlantes; pero más importante, con un renovado deseo de realizar mis aspiraciones musicales. En la serie de comics Archie, Betty y Verónica son las mejores amigas y peores enemigas compitiendo por el afecto de Archie. La rubia Betty es dulce y noble, en contraste con la malcriada y adinerada morena Verónica. Así que nombré Betty al sencillo y confiable teclado Roland XP-10, y Verónica al sofisticado y emocionante Roland JP-8000. Betty reproducía fieles pianos, violines y trompetas; mientras que Verónica enriquecía con su potente sintetizador y múltiples controladores. Un secuenciador Roland MC-50 mkII comunicaba ambos teclados y me permitía el control necesario para finalmente comenzar a vivir mi sueño de producir mi propia música.

Rigo y Mamá vendieron su casa de muchos años en la Zona Americana y me contrataron para diseñarles y construirles una casa en Campo Dos. Comencé a viajar todos los días de San Pedro Sula a La Lima. Sutil e inadvertidamente, mi presencia en La Lima me acercó a algunas actividades periféricas de Ministerio Un Nuevo Amanecer. Un día Mamá me pidió ayuda produciendo un CD con la música de la líder de alabanza del Ministerio. Me dio total libertad creativa. ¡Hasta me dio dos casetes, de 90 minutos cada uno, repletos con las canciones proféticas de la hermana Mirlen, para que yo los escuchara detenidamente y decidiera cuáles tenían el mayor potencial para el proyecto!

De día trabajaba en la construcción de la casa; de noche producía con Betty y Verónica la música de Mirlen. Cuando terminaba una pista instrumental, la exportaba a casete para escucharlas en la carretera, imaginando arreglos de voces. Una vez que tuve suficientes pistas, comenzamos a planificar sesiones de ensayo con Mirlen.

Cierta mañana, camino hacia La Lima, escuchaba lo que ensayaríamos esa tarde cuando un pequeño turismo que intentaba rebasarme por la derecha se me echó encima. ¡Por una corchea logré evitar una colisión seria! Me bajé para encontrar el costado derecho de mi carro ligeramente abollado y raspado. Fui a confirmar si estaba bien la conductora del turismo, y salió una cincuentona de baja estatura y cabello pintado en rojo, alegando descaradamente que yo iba muy rápido. Por más que quise hacerla entender que yo iba dentro del límite de velocidad y que de todos modos fue ella quien se lanzó contra mí – como atestiguaban los raspones – fue inútil. Lanzando las manos al aire y gritando escaramuzas, se subió a su carro y se marchó. ¡La insolencia!

La casa estaba siendo construida en las inmediaciones del Ministerio. Desde su oficina, Mamá supo que algo andaba mal cuando me vio llegar al sitio.
            - ¿Pasa algo, hijo?
            - Una doña me chocó el carro, entre la Satélite y la Planeta.
            - Pero ¿estás bien?
            - Sí, bien. Sólo me raspó el carro.
            - Y ¿qué hicieron? ¿Llamaron a tránsito?
            -¡Qué va! La doña me echó a mí la culpa y se fue.
            - Hijo, Rigo y yo servimos al Señor. Debes saber que ahora que estás ayudándonos con la casa, el diablo querrá impedirlo. Te pido que ores al Señor cuando salgas a la carretera, porque sólo Él te puede guardar.

Wednesday, November 4, 2015

Siervo y Apóstol de Jesucristo (parte 2)

Aún hablaban con el pueblo, cuando llegaron los sacerdotes y los saduceos – un grupo del judaísmo que no cree en la resurrección – con el jefe de la guardia del templo. Arrestaron a Pedro y a Juan y los encarcelaron. Al día siguiente se reunieron los gobernantes y todos los líderes religiosos para interrogarlos:
            - ¿Con qué autoridad, o en nombre de quién hacen ustedes esto?
            - Gobernantes y ancianos del pueblo: Ya que hoy se nos interroga acerca del beneficio otorgado a un hombre enfermo, y de cómo fue sanado, sepan todos ustedes, y todo el pueblo de Israel, que este hombre está sano en presencia de ustedes gracias al nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de los muertos. Este Jesús es la piedra que ustedes, los edificadores, rechazaron, y que no obstante ha llegado a ser la piedra angular. En ningún otro hay salvación, porque no se ha dado a la humanidad ningún otro nombre bajo el cielo mediante el cual podamos alcanzar la salvación.

Los líderes dialogaron entre sí. El hombre que había sido sanado estaba allí; era una señal milagrosa innegable, y todo el pueblo glorificaba a Dios por ello. Pero para que no se divulgara más, advirtieron a Pedro y Juan que no debían volver a hablar acerca del nombre de Jesús. Pero ellos respondieron que no podían dejar de hablar acerca de lo que habían visto y oído. Como los líderes no hallaban modo de castigarlos, sólo los amenazaron y los dejaron en libertad.

Pedro y Juan fueron con los suyos y les contaron todo. Entonces juntos oraron a Dios pidiéndole mayor valor para predicar Su palabra, así como más sanidades y señales y prodigios en el nombre de Jesús. ¡Cuando terminaron de orar, el lugar donde estaban congregados tembló! Todos fueron llenos del Espíritu Santo y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno.

Los discípulos convivían en armonía, compartiendo todas las cosas de manera que no había necesitados entre ellos. Algunos hasta vendían sus propiedades y entregaban el dinero a los apóstoles para ser repartido según las necesidades. Pero una pareja, Ananías y Safira, sintió celos de la generosidad de los que hacían tales cosas. Vendiendo un terreno, trajeron el dinero a los apóstoles; dijeron que era todo el dinero de la venta, cuando en realidad habían sustraído una parte. Este engaño les costó caro, pues cuando Pedro los cuestionaba sobre por qué le habían mentido a Dios, murieron instantáneamente. Los juicios del Señor son justos y verdaderos.

Todos supieron de esto y se llenaron de miedo. Ninguno del pueblo se atrevía a juntarse con ellos cuando se reunían en el pórtico de Salomón, pero los elogiaban mucho. Les traían a sus enfermos y a los atormentados por espíritus inmundos, y todos eran sanados. Dios hacía muchas señales y prodigios entre el pueblo y el número de hombres y mujeres que creían en el Señor iban aumentando.

Los líderes religiosos se llenaron de celos y encarcelaron a los apóstoles, pero en la noche un ángel del Señor los libertó para que fueran a enseñar al templo. El día siguiente los volvieron a arrestar y los presentaron ante el concilio. El sumo sacerdote les dijo:
            - ¿Acaso no les dimos órdenes estrictas de no enseñar en ese nombre? ¡Ahora han llenado a Jerusalén de su doctrina, y quieren culparnos de la muerte de ese hombre!
            - Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros antepasados resucitó a Jesús, el mismo al que ustedes mataron y colgaron de un madero. Pero Dios, por su poder, lo ha exaltado y sentado a su derecha como Príncipe y Salvador, dando a Israel la oportunidad de arrepentirse y de que sean perdonados sus pecados. De esto somos testigos nosotros, y también el Espíritu Santo, que Dios ha dado a quienes lo obedecen.

Los líderes se enfurecieron y querían matarlos, pero Gamaliel, un respetado doctor de la ley, les hizo ver que si el movimiento de los discípulos de Jesús era de carácter humano, se desvanecería; pero si era de Dios, no lo podrían destruir. Así que azotaron a los apóstoles, les advirtieron que no siguieran hablando en el nombre de Jesús y los pusieron en libertad. Los apóstoles salieron del concilio felices de haber sido hallados dignos de sufrir por causa del nombre de Jesús. Y no dejaban de enseñar y predicar, en el templo y por las casas, las buenas noticias de Cristo Jesús.

Como el número de los discípulos iba en aumento, comenzaron a presentarse conflictos internos; murmuraciones y acusaciones de segregación. Esto llevó a los apóstoles a gestionar que los discípulos eligieran diáconos que se ocuparan de asuntos administrativos como la repartición diaria de ayudas a las viudas. Así los apóstoles podrían concentrarse en orar y proclamar la palabra. Así se multiplicaba el número de los discípulos en Jerusalén, y aun creyeron muchos de los sacerdotes.

Un diácono llamado Esteban realizaba grandes prodigios y señales entre el pueblo. Unos judíos se pusieron a discutir con él, pero no podían superar su sabiduría. Sobornando falsos testigos contra él, instigaron al pueblo y a los líderes, los cuales lo llevaron con violencia ante el concilio. Esteban presentó su defensa magistralmente, demostrando por las Escrituras que Jesús, al cual ellos habían matado, era en efecto el Mesías anunciado por los profetas de antaño; profetas a los cuales mataron los antepasados de los líderes religiosos que hoy estaban en el concilio. Ellos se enfurecieron y arremetieron contra Esteban, sacándolo de la ciudad. Los falsos testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven fariseo llamado Saulo, y apedrearon a Esteban hasta que murió.

Una gran persecución se desató contra la iglesia en Jerusalén, con Saulo encarcelando a hombres y mujeres. Muchos discípulos se dispersaron por Judea y Samaria, pero anunciaban el evangelio donde iban. Un diácono llamado Felipe llegó hasta Samaria; predicando a Cristo y haciendo milagros, sanidades y liberaciones. La gente escuchaba alegremente las buenas noticias y muchos se bautizaron cuando creyeron. Cuando supieron de esto en Jerusalén, los apóstoles enviaron a Pedro y a Juan, quienes oraron por los nuevos discípulos y les impusieron las manos para que recibieran el Espíritu Santo.

Había allí un hombre llamado Simón, que antes había engañado a mucha gente con las artes mágicas que practicaba. Pero al presenciar los grandes milagros que Felipe hacía, había creído y se había bautizado. Ahora, viendo que por la imposición de manos de los apóstoles se recibía el Espíritu Santo, le ofreció dinero a Pedro, diciéndole:
            - Denme también a mí este poder, para que cuando yo imponga las manos sobre cualquier persona, ésta reciba el Espíritu Santo.
            - ¡Que tu dinero perezca contigo, si crees que el don de Dios puede comprarse! Tú no tienes nada que ver en este asunto, porque en tu interior no eres recto con Dios. ¡Arrepiéntete de tu maldad, y ruega a Dios! Tal vez te perdone por ese mal pensamiento. Por lo que veo, estás en manos de la amargura y la maldad.
            - Rueguen por mí al Señor, para que no me sobrevenga nada de lo que han dicho.

¡Y pensar que Pedro una vez fue un Simón! Hasta que el Maestro le mostró – a través de la pesca milagrosa, de la multiplicación de los panes y peces, el pago del impuesto, y múltiples enseñanzas más – que en la vida hay cosas mucho más importantes que el dinero. “Manténganse atentos y cuídense de toda avaricia,” les dijo en cierta ocasión; “porque la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea.”

Y después de haber testificado y proclamado la palabra de Dios, volvieron rumbo a Jerusalén, anunciando el evangelio en muchas poblaciones de los samaritanos.