Saulo, el que había consentido con la muerte de Esteban,
asolaba la iglesia apresando hombres y mujeres. Iba rumbo a Damasco con cartas
del sumo sacerdote para las sinagogas de esa ciudad, cuando tuvo un encuentro
con el Señor. Una poderosa luz del cielo lo hizo rodar por tierra, y una voz le
habló:
- Saulo, Saulo, ¿por
qué me persigues?
- ¿Quién eres, Señor?
- Yo soy Jesús, a
quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad. Allí se te dirá lo que
debes hacer.
Saulo fue llevado ciego a una casa en la Calle Derecha. Por
tres días oró sin comer ni beber nada, y tuvo una visión en la que un varón
llamado Ananías entraba y le imponía las manos, con lo que le hacía recobrar la
vista. Ananías era un discípulo del Señor que vivía en Damasco. Él también tuvo
una visión donde el Señor decía que Saulo sería un instrumento escogido que
llevaría el nombre de Jesús a las naciones. Entrando en la casa, Ananías le
impuso las manos para que recobrase la vista y fuese lleno del Espíritu Santo. Saulo
recibió la vista, fue bautizado y se quedó los siguientes días con los
discípulos en Damasco.
Pasados tres
años, Saulo subió a Jerusalén con la intención de ver a Pedro y reunirse con los discípulos. Pero todos le tenían miedo porque no creían
que fuera uno de ellos, hasta que uno llamado Bernabé llevó a Saulo ante Pedro
y Jacobo, el hermano de Jesús. Después de contarles cómo
había conocido a Jesús, y con qué valor había predicado de él en Damasco, Saulo pudo quedarse
en Jerusalén con ellos. Pero tal era su celo discutiendo con los griegos, que
éstos tramaban matarlo. Y tras sólo quince días en Jerusalén, los hermanos lo
llevaron hasta Cesarea y lo enviaron a Tarso para protegerlo.
Mientras tanto, las iglesias en toda Judea, Galilea y
Samaria vivían en paz. Como su número aumentaba por la fuerza del Espíritu
Santo, Pedro las visitaba, edificándolas en el temor del Señor. En Lida, Pedro
sanó a un hombre que tenía ocho años paralítico. Y en Jope resucitó a una discípula
llamada Dorcas. Estos milagros hacían que muchos más creyeran en el Señor.
Pedro se quedó muchos días en Jope, en la casa de un curtidor llamado
Simón. Un mediodía, subió a la azotea para orar y tuvo gran hambre, pero le
sobrevino un éxtasis. Vio el cielo abierto, y que bajaba a la tierra algo parecido
a un gran lienzo atado de las cuatro puntas; en él había de todos los
cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo. Y le vino una voz:
- Levántate, Pedro, mata
y come.
- Señor, no; porque
ninguna cosa común o inmunda he comido jamás.
- Lo que Dios limpió,
no lo llames tú común.
Tres veces sucedió esto; luego el lienzo fue recogido en el cielo. Pedro
estaba perplejo y se preguntaba qué significaría la visión. En eso llegaron a
la casa unos hombres preguntando si allí estaba hospedado un Simón que tenía
por sobrenombre Pedro. Mientras tanto, el Espíritu Santo le decía a Pedro: “Tres
hombres te buscan. No dudes de ir con ellos, porque yo los he enviado.” Entonces
Pedro bajó y les dijo:
- Yo soy Pedro. ¿Para qué me buscan?
- Nos envía el capitán Cornelio, que
es un hombre bueno y obedece a Dios. Todos los judíos lo respetan mucho. Un
ángel del Señor se le apareció y le dijo: “Haz que Pedro venga a tu casa, y
escucha bien lo que va a decirte.”
Al amanecer, Pedro se fue con ellos hacia Cesarea,
acompañado de seis de los discípulos de Jope. Cuando llegaron a la casa, Cornelio
salió a recibirlos y se postró a los pies de Pedro; pero él le levantó,
diciendo:
- Levántate,
pues yo mismo también soy hombre.
Entrando Pedro, halló a muchos allí reunidos, pues Cornelio había
convocado a sus parientes y amigos más íntimos. Pedro les dijo:
- Ustedes deben saber que a
nosotros, los judíos, la ley no nos permite juntarnos con extranjeros. Pero
Dios me ha mostrado que yo no debo rechazar a nadie. Por eso he aceptado venir
a esta casa. Díganme, ¿para qué me han hecho venir?
- Hace cuatro días, como a las tres
de la tarde, yo estaba aquí en mi casa, orando. De pronto se me apareció un
hombre con ropa muy brillante, y me dijo: “Cornelio, Dios ha escuchado tus
oraciones, y ha tomado en cuenta todo lo que has hecho para ayudar a los
pobres. Envía a Jope unos mensajeros, para que busquen a un hombre llamado
Pedro, que está viviendo junto al mar en casa de un curtidor de pieles llamado
Simón. Enseguida envié a mis mensajeros, y tú has aceptado muy amablemente mi
invitación. Todos estamos aquí, listos para oír lo que Dios te ha ordenado que
nos digas, y estamos seguros de que él nos está viendo en este momento.
- ¡Ahora comprendo que para Dios
todos somos iguales! Dios ama a todos los que lo obedecen, y también a los que
tratan bien a los demás y se dedican a hacer lo bueno, sin importar de qué país
sean. Éste es el mismo mensaje que Dios enseñó a los israelitas por medio de
Jesús, el Mesías y Señor que manda sobre todos; para que por medio de él todos
vivan en paz con Dios.
Pedro siguió hablándoles de Jesús – cómo fue bautizado, las bondades y sanidades
que hizo por el poder del Espíritu Santo, que murió crucificado pero resucitó
al tercer día y se les apareció vivo. “Dios lo ha puesto por Juez de vivos y
muertos. Los profetas hablaron acerca de Jesús, que todos los que en él
creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” Todavía estaba hablando
Pedro cuando, de repente, el Espíritu Santo vino sobre todos los que estaban
escuchando el mensaje. Y comenzaron a hablar en lenguas, magnificando a Dios.
Los que habían venido de Jope con Pedro se quedaron sorprendidos al ver
que el Espíritu Santo había venido también sobre los que no eran judíos. Entonces
Pedro recordó algo que les había dicho Jesús: “Juan bautizó en agua, pero
ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo.” Entendiéndolo, exclamó, “¡Ellos
han recibido el Espíritu Santo, igual que nosotros; así que nadie puede impedir
que también los bauticemos!” Todos fueron bautizados en el nombre del Señor
Jesús. Y Pedro se quedó en casa de Cornelio algunos días más.
Las noticias de lo acontecido viajaron pronto a Jerusalén, pero no fueron
bien recibidas por todos. Cuando Pedro llegó, los hermanos judíos comenzaron a disputar
con él, inquiriendo por qué había entrado en casa de gentiles y comido con
ellos. Pedro les relató por orden todo lo sucedido – la visión que tuvo en Jope
y la voz venida del cielo, los hombres que llegaron a buscarlo y la instrucción
del Espíritu Santo de ir con ellos, Cornelio y el mensaje del ángel que lo
visitó. Finalmente agregó, “Cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo
sobre ellos, como sobre nosotros al principio. Si Dios les concedió también el
mismo regalo que a nosotros, ¿quién era yo para ponerme en contra de lo que él
ha decidido hacer?
Cuando oyeron esto, dejaron de discutir y glorificaron a Dios. ¡Así que
también a los gentiles Dios les ha permitido arrepentirse y tener vida eterna!

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