Wednesday, November 4, 2015

Siervo y Apóstol de Jesucristo (parte 2)

Aún hablaban con el pueblo, cuando llegaron los sacerdotes y los saduceos – un grupo del judaísmo que no cree en la resurrección – con el jefe de la guardia del templo. Arrestaron a Pedro y a Juan y los encarcelaron. Al día siguiente se reunieron los gobernantes y todos los líderes religiosos para interrogarlos:
            - ¿Con qué autoridad, o en nombre de quién hacen ustedes esto?
            - Gobernantes y ancianos del pueblo: Ya que hoy se nos interroga acerca del beneficio otorgado a un hombre enfermo, y de cómo fue sanado, sepan todos ustedes, y todo el pueblo de Israel, que este hombre está sano en presencia de ustedes gracias al nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de los muertos. Este Jesús es la piedra que ustedes, los edificadores, rechazaron, y que no obstante ha llegado a ser la piedra angular. En ningún otro hay salvación, porque no se ha dado a la humanidad ningún otro nombre bajo el cielo mediante el cual podamos alcanzar la salvación.

Los líderes dialogaron entre sí. El hombre que había sido sanado estaba allí; era una señal milagrosa innegable, y todo el pueblo glorificaba a Dios por ello. Pero para que no se divulgara más, advirtieron a Pedro y Juan que no debían volver a hablar acerca del nombre de Jesús. Pero ellos respondieron que no podían dejar de hablar acerca de lo que habían visto y oído. Como los líderes no hallaban modo de castigarlos, sólo los amenazaron y los dejaron en libertad.

Pedro y Juan fueron con los suyos y les contaron todo. Entonces juntos oraron a Dios pidiéndole mayor valor para predicar Su palabra, así como más sanidades y señales y prodigios en el nombre de Jesús. ¡Cuando terminaron de orar, el lugar donde estaban congregados tembló! Todos fueron llenos del Espíritu Santo y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno.

Los discípulos convivían en armonía, compartiendo todas las cosas de manera que no había necesitados entre ellos. Algunos hasta vendían sus propiedades y entregaban el dinero a los apóstoles para ser repartido según las necesidades. Pero una pareja, Ananías y Safira, sintió celos de la generosidad de los que hacían tales cosas. Vendiendo un terreno, trajeron el dinero a los apóstoles; dijeron que era todo el dinero de la venta, cuando en realidad habían sustraído una parte. Este engaño les costó caro, pues cuando Pedro los cuestionaba sobre por qué le habían mentido a Dios, murieron instantáneamente. Los juicios del Señor son justos y verdaderos.

Todos supieron de esto y se llenaron de miedo. Ninguno del pueblo se atrevía a juntarse con ellos cuando se reunían en el pórtico de Salomón, pero los elogiaban mucho. Les traían a sus enfermos y a los atormentados por espíritus inmundos, y todos eran sanados. Dios hacía muchas señales y prodigios entre el pueblo y el número de hombres y mujeres que creían en el Señor iban aumentando.

Los líderes religiosos se llenaron de celos y encarcelaron a los apóstoles, pero en la noche un ángel del Señor los libertó para que fueran a enseñar al templo. El día siguiente los volvieron a arrestar y los presentaron ante el concilio. El sumo sacerdote les dijo:
            - ¿Acaso no les dimos órdenes estrictas de no enseñar en ese nombre? ¡Ahora han llenado a Jerusalén de su doctrina, y quieren culparnos de la muerte de ese hombre!
            - Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros antepasados resucitó a Jesús, el mismo al que ustedes mataron y colgaron de un madero. Pero Dios, por su poder, lo ha exaltado y sentado a su derecha como Príncipe y Salvador, dando a Israel la oportunidad de arrepentirse y de que sean perdonados sus pecados. De esto somos testigos nosotros, y también el Espíritu Santo, que Dios ha dado a quienes lo obedecen.

Los líderes se enfurecieron y querían matarlos, pero Gamaliel, un respetado doctor de la ley, les hizo ver que si el movimiento de los discípulos de Jesús era de carácter humano, se desvanecería; pero si era de Dios, no lo podrían destruir. Así que azotaron a los apóstoles, les advirtieron que no siguieran hablando en el nombre de Jesús y los pusieron en libertad. Los apóstoles salieron del concilio felices de haber sido hallados dignos de sufrir por causa del nombre de Jesús. Y no dejaban de enseñar y predicar, en el templo y por las casas, las buenas noticias de Cristo Jesús.

Como el número de los discípulos iba en aumento, comenzaron a presentarse conflictos internos; murmuraciones y acusaciones de segregación. Esto llevó a los apóstoles a gestionar que los discípulos eligieran diáconos que se ocuparan de asuntos administrativos como la repartición diaria de ayudas a las viudas. Así los apóstoles podrían concentrarse en orar y proclamar la palabra. Así se multiplicaba el número de los discípulos en Jerusalén, y aun creyeron muchos de los sacerdotes.

Un diácono llamado Esteban realizaba grandes prodigios y señales entre el pueblo. Unos judíos se pusieron a discutir con él, pero no podían superar su sabiduría. Sobornando falsos testigos contra él, instigaron al pueblo y a los líderes, los cuales lo llevaron con violencia ante el concilio. Esteban presentó su defensa magistralmente, demostrando por las Escrituras que Jesús, al cual ellos habían matado, era en efecto el Mesías anunciado por los profetas de antaño; profetas a los cuales mataron los antepasados de los líderes religiosos que hoy estaban en el concilio. Ellos se enfurecieron y arremetieron contra Esteban, sacándolo de la ciudad. Los falsos testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven fariseo llamado Saulo, y apedrearon a Esteban hasta que murió.

Una gran persecución se desató contra la iglesia en Jerusalén, con Saulo encarcelando a hombres y mujeres. Muchos discípulos se dispersaron por Judea y Samaria, pero anunciaban el evangelio donde iban. Un diácono llamado Felipe llegó hasta Samaria; predicando a Cristo y haciendo milagros, sanidades y liberaciones. La gente escuchaba alegremente las buenas noticias y muchos se bautizaron cuando creyeron. Cuando supieron de esto en Jerusalén, los apóstoles enviaron a Pedro y a Juan, quienes oraron por los nuevos discípulos y les impusieron las manos para que recibieran el Espíritu Santo.

Había allí un hombre llamado Simón, que antes había engañado a mucha gente con las artes mágicas que practicaba. Pero al presenciar los grandes milagros que Felipe hacía, había creído y se había bautizado. Ahora, viendo que por la imposición de manos de los apóstoles se recibía el Espíritu Santo, le ofreció dinero a Pedro, diciéndole:
            - Denme también a mí este poder, para que cuando yo imponga las manos sobre cualquier persona, ésta reciba el Espíritu Santo.
            - ¡Que tu dinero perezca contigo, si crees que el don de Dios puede comprarse! Tú no tienes nada que ver en este asunto, porque en tu interior no eres recto con Dios. ¡Arrepiéntete de tu maldad, y ruega a Dios! Tal vez te perdone por ese mal pensamiento. Por lo que veo, estás en manos de la amargura y la maldad.
            - Rueguen por mí al Señor, para que no me sobrevenga nada de lo que han dicho.

¡Y pensar que Pedro una vez fue un Simón! Hasta que el Maestro le mostró – a través de la pesca milagrosa, de la multiplicación de los panes y peces, el pago del impuesto, y múltiples enseñanzas más – que en la vida hay cosas mucho más importantes que el dinero. “Manténganse atentos y cuídense de toda avaricia,” les dijo en cierta ocasión; “porque la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea.”

Y después de haber testificado y proclamado la palabra de Dios, volvieron rumbo a Jerusalén, anunciando el evangelio en muchas poblaciones de los samaritanos.

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