Viviendo en Río Piedras, era yo un tecladista sin teclado; un productor musical sin herramientas de producción. Mi oportunidad dorada llegó con una llamada de mi abuela – irónicamente, puesto que fue antes de que yo le confesara mi hurto. Necesitaba viajar a Estados Unidos para un chequeo médico y quería saber si yo estaría dispuesto a acompañarla, con gastos pagados. Obviamente, ¡sí!
Nuestra estadía en Nueva Orleans coincidió con la celebración de Mardi Gras, de manera que complementamos las visitas a la clínica con coloridos desfiles donde especímenes extraños arrojan collares de cuentas desde carrozas estrambóticas, y con un café au lait con beignets en Café du Monde.
Un tío político que allí vivía ofreció gentilmente darme un recorrido nocturno por la ciudad. El paseo por el sector francés fue ilustrativo, mas no decadente – quizás porque no era muy tarde – pero sí había un aire irreverente en las calles llenas de artistas bohemios, psíquicos callejeros y exhibicionistas públicos. La famosa Bourbon Street era prácticamente un gran bar en forma de calle, con salones diversos a cada lado. Afuera del House of Blues, una estatua viva se paraba con mano extendida. A insistencia de mi tío, estreché su mano, pero cuando quise retirarme, no pude. Aquel hombre inmóvil no me dejaría ir hasta que pagara el precio correcto, pero ¿Quién para saberlo? Así que me paralicé yo también y reforcé mi apretón de mano, emulando los movimientos robóticos que él hacía cada tantos segundos. Viendo el timador que ahora era el timado, el tipo se echó a reír y me soltó.
Nueva Orleans era una extraña mezcla para mí. Por un lado, era una gran concentración de hondureños – la tercera más grande del mundo, me dijeron. Había supermercados abastecidos con nacatamales, frijoles Natura’s, y tajaditas de plátano Zambos. Pero la arquitectura del casco urbano, con sus casas de madera, corredores frontales y balcones de hierro forjado, era definitivamente francés. Era una ciudad de parranda, pero comunitariamente era sólo el pueblo fantasma de una era gótica. Fue una cuna del blues y del jazz, pero a la vez era el hogar de Trent Reznor y su banda de música industrial Nine Inch Nails. Esa diversidad la convertía en el lugar ideal para invertir todos mis ahorros en la compra de equipo para producción musical.
Volví a casa con dos teclados, un secuenciador, cables, audífonos, y parlantes; pero más importante, con un renovado deseo de realizar mis aspiraciones musicales. En la serie de comics Archie, Betty y Verónica son las mejores amigas y peores enemigas compitiendo por el afecto de Archie. La rubia Betty es dulce y noble, en contraste con la malcriada y adinerada morena Verónica. Así que nombré Betty al sencillo y confiable teclado Roland XP-10, y Verónica al sofisticado y emocionante Roland JP-8000. Betty reproducía fieles pianos, violines y trompetas; mientras que Verónica enriquecía con su potente sintetizador y múltiples controladores. Un secuenciador Roland MC-50 mkII comunicaba ambos teclados y me permitía el control necesario para finalmente comenzar a vivir mi sueño de producir mi propia música.
Rigo y Mamá vendieron su casa de muchos años en la Zona Americana y me contrataron para diseñarles y construirles una casa en Campo Dos. Comencé a viajar todos los días de San Pedro Sula a La Lima. Sutil e inadvertidamente, mi presencia en La Lima me acercó a algunas actividades periféricas de Ministerio Un Nuevo Amanecer. Un día Mamá me pidió ayuda produciendo un CD con la música de la líder de alabanza del Ministerio. Me dio total libertad creativa. ¡Hasta me dio dos casetes, de 90 minutos cada uno, repletos con las canciones proféticas de la hermana Mirlen, para que yo los escuchara detenidamente y decidiera cuáles tenían el mayor potencial para el proyecto!
De día trabajaba en la construcción de la casa; de noche producía con Betty y Verónica la música de Mirlen. Cuando terminaba una pista instrumental, la exportaba a casete para escucharlas en la carretera, imaginando arreglos de voces. Una vez que tuve suficientes pistas, comenzamos a planificar sesiones de ensayo con Mirlen.
Cierta mañana, camino hacia La Lima, escuchaba lo que ensayaríamos esa tarde cuando un pequeño turismo que intentaba rebasarme por la derecha se me echó encima. ¡Por una corchea logré evitar una colisión seria! Me bajé para encontrar el costado derecho de mi carro ligeramente abollado y raspado. Fui a confirmar si estaba bien la conductora del turismo, y salió una cincuentona de baja estatura y cabello pintado en rojo, alegando descaradamente que yo iba muy rápido. Por más que quise hacerla entender que yo iba dentro del límite de velocidad y que de todos modos fue ella quien se lanzó contra mí – como atestiguaban los raspones – fue inútil. Lanzando las manos al aire y gritando escaramuzas, se subió a su carro y se marchó. ¡La insolencia!
La casa estaba siendo construida en las inmediaciones del Ministerio. Desde su oficina, Mamá supo que algo andaba mal cuando me vio llegar al sitio.
- ¿Pasa algo, hijo?
- Una doña me chocó el carro, entre la Satélite y la Planeta.
- Pero ¿estás bien?
- Sí, bien. Sólo me raspó el carro.
- Y ¿qué hicieron? ¿Llamaron a tránsito?
-¡Qué va! La doña me echó a mí la culpa y se fue.
- Hijo, Rigo y yo servimos al Señor. Debes saber que ahora que estás ayudándonos con la casa, el diablo querrá impedirlo. Te pido que ores al Señor cuando salgas a la carretera, porque sólo Él te puede guardar.

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