Wednesday, May 27, 2015

Blancos Como la Nieve (parte 4)

Era temprano en la década de los noventa, y la gran onda era estacionarse en una gasolinera a comerse un hot dog viendo pasar los carros. Ahí conocí a Ricardo, a través de un amigo común. Él estaba fungiendo como guitarrista de una banda que – por inverosímil que parezca – se había llamado “Héroes del Silencio” hasta que otra banda española del mismo nombre se hiciera mundialmente famosa, obligando a éstos a renombrarse “Errados del Silencio”.

Resulta ser que los Errados tenían una alineación casi decente. Sócrates; el vocalista importado de Estados Unidos, fanático de “The Cure” y el New Wave. Eduardo; un guitarrista con quien casualmente fuimos compañeros de colegio, y que desde entonces había dejado la guitarra clásica por una eléctrica. David; un guitarrista convertido en baterista por la virtud de tener acceso a aquel elemento tan difícil de encontrar en un mismo salón con los que dicen ser bateristas – una batería de verdad. Y Ricardo; el heredero de la guitarra de David, ahora el segundo guitarrista por el simple hecho de no ser tan estudiado como Eduardo. Pero la mayor fortaleza de Ricardo era que era amigo de todo mundo y su primo.

Los Errados tenían una tocada alineada, pero les hacía falta un bajista. Y como todos habíamos aprendido en la película "The Doors" de 1991, cuando no se tiene bajista, un tecladista sirve para el gasto.

Quizás seis meses atrás no me habría considerado apto para ocupar la plaza, pero acababa de cerrar mi semestre universitario participando en una peña artística de la Escuela de Arquitectura. La peña terminó siendo una exhibición de mayor talento del que esperábamos, porque la mayoría de los participantes éramos estudiantes de Arquitectura sólo como segunda opción. La primer aspiración de éste era ser escritor; el primer amor de aquella, el teatro. Ésta hubiese querido vivir de la pintura; aquél, del cine. Todos estábamos matriculados en Arquitectura porque un pragmatismo cínico nos había convencido de que no se puede vivir de las artes. La Escuela de Arquitectura era entonces una guarida donde se refugiaba al menos un músico de cada banda contemporánea de la capital; desde el guitarrista de “Real Elvis” que tocaba rocanrol de los años setenta, hasta el baterista de "Trauma", la banda del rock más pesado.

Como el álbum “Directo 90” de Miguel Bosé había pegado duro poco antes, me alié con Alexis – un tipo ameno de voz profunda pero tersa – para presentarnos con la canción “Te Amaré”. Él trataría de cantar como Bosé y yo fingiría tocar piano como Raúl di Blasio. Con todo y que quedamos cortos, la experiencia me dio ánimo suficiente como para saltar ante la oportunidad de tocar con los Errados del Silencio.

Ensayar con una banda de rock era nuevo para mí. Nunca antes había ensayado un repertorio en un cuarto con otros músicos y sus instrumentos. Nunca antes había salido de un ensayo tarde en la noche, para cruzar la ciudad hasta el Mercado Dandy porque mis compañeros querían cerrar con un octavo de guaro. Y aunque me pregunté si habría cometido una grave equivocación al acompañarlos y me convencieron a probar el aguardiente (¡qué cosa más horrible!), el sentido de camaradería entumeció mi buen juicio.

Llegó la noche en que nos presentaríamos en un bar de la zona viva de San Pedro Sula. El negocio era relativamente nuevo, pero no estaba rindiendo el fruto que su dueño esperaba. Por ende, la contratación de música en vivo. Yo había invitado a mi hermana Alexa, quien llegó a buena hora con sus amigas; pero el lugar aún lucía vacío. Hasta que comenzaron a aparecer los invitados de los demás. Los Errados no habrán sido famosos como banda, pero sacaban amigos de debajo de las piedras. Para cuando terminamos el espectáculo, el lugar estaba bastante lleno, para la gran satisfacción del propietario.

Mi papel con los Errados del Silencio terminó tan modestamente como había comenzado. Ambos sabíamos desde el inicio que era una aventura para las vacaciones. Nada más. Pero había probado las mieles del estrellato – en un sentido muy, muy, MUY minúsculo; pero estrellato no menos. Aunque fuese por una noche, me había convertido en el hermano cool de mi hermana. Ella y sus amigas querían salir los demás fines de semana conmigo y mis nuevos compañeros, porque con nosotros se pasaba bien. Nunca antes me había sentido popular. Y no quería que terminara.

A mi retorno a la Escuela de Arquitectura me esperaba Alexis con una nueva oportunidad. Vito – otro estudiante de Arquitectura, cineasta y productor musical en potencia – tenía una amiga había logrado algo insólito. Bajo pretexto de reunir artistas hondureños para crear música en conmemoración del bicentenario del General Francisco Morazán, Rosario Rodríguez había conseguido que el embajador de Italia financiara la grabación de la música en un estudio profesional, su presentación en el Teatro Nacional Manuel Bonilla, y una recepción de gala en la embajada. Sus amigos de la banda de rock alternativo Réquiem harían la mayor parte de la música, incluyendo una canción sobre Morazán sólo para justificar el proyecto, titulado "Obras". Vito estaba encargado del diseño gráfico del casete, y se había reservado un cupo en el repertorio para una canción de su composición: “La Ciudad y la Luna”. El único problema era que no tenía banda propia para que lo acompañara. Pero nos había escuchado a Alexis y a mí en la peña artística.

Fue así como, sin haber siquiera escuchado tocar a Vito ni su canción, de pie en el vestíbulo de la Escuela de Arquitectura tomamos el hecho de que éramos tres y las iniciales de nuestros nombres – Elías, Vito y Alexis – para constituirnos como “Los Hombres del Triángulo de Eva”.

Un paso más hacia la fama; y un paso más alejándome de mi destino en Cristo.

Sunday, May 17, 2015

Blancos Como la Nieve (parte 3)

La enseñanza más grande que saco de la escena de la transfiguración de Jesús es que hay dos versiones de cada uno de nosotros: la terrenal y la celestial, por así decirlo. El Jesús que todos conocieron en Galilea no era más que la encarnación del Verbo de Dios; Aquel que es Dios desde la eternidad y hasta la eternidad, y que creó todas las cosas en el principio y que volverá al final para regir las naciones del mundo. Sólo el Verbo de Dios ha logrado un papel terrenal tan digno como su persona celestial.

Cuando Jesús conoció a Simón, sus ojos espirituales vieron a Pedro; la versión celestial de Simón. En Pedro estaba contenido el perfecto diseño de Dios para este hombre. Simón era la versión imperfecta del mismo hombre. El destino de Simón – y el mayor desafío de su vida – era convertirse en Pedro.

Sé que soy terrenalmente imperfecto. Pero el autor de la epístola a los Hebreos asegura que Cristo “hizo perfectos para siempre a los santificados”. Además, el mismo Jesús nos ordenó que seamos “perfectos, como [nuestro] Padre que está en los cielos es perfecto”. Entendemos, pues, que somos terrenalmente imperfectos pero celestialmente perfectos, y que nuestro destino y desafío es convertirnos en esa versión celestial de nosotros mismos.

Para cuando zarpé a Tegucigalpa para iniciar mis estudios universitarios a mediados de 1990, ya iba bien encaminado hacia convertirme en la peor versión de mí mismo. Hay tantos horrores de los cuales el Señor me guardó, que tiemblo sólo de pensar de cuántas cosas me habrá librado SIN QUE ME ENTERARA. Me protegió del alcohol y me mantuvo completamente ingenuo respecto a las drogas a mi alrededor. Me rescató de las garras de Dalila y de hombres malintencionados. Pero también me dejó comer mi dosis de lodo.

Durante mi último año de colegio había comenzado a fumar cigarrillos para impresionar a Dalila. ¡Ah, si hubiera sabido entonces que llegaría a ser esclavo del vicio maldito! En los peores momentos llegué a fumar dos paquetes diarios. ¡Cuánto perdí – salud, tiempo, dinero, y más – por culpa del cigarrillo! Cualquiera que te diga que se siente bien y que puede dejarlo cuando quiera, te está mintiendo. Muchas veces traté de escapar sin éxito; hoy soy libre sólo por la gracia y la misericordia de Dios. Como alguien que estuvo allí y logró salir, puedo asegurarte que lo mejor es ni siquiera PENSAR en probarlo la primera vez.

Por alguna razón también me dio por probar la ouija, una tabla para invocaciones espiritistas que para colmo se mercadea como un inofensivo juego de mesa. ¡Te aseguro que eso no es ningún juego! Es ocultismo y es abominación al Señor; una trampa diabólica para condenar a los participantes. Si hubiese vivido en días de Moisés, el pueblo entero tendría que haberme apedreado hasta darme muerte. ¡Oh cuán profunda la misericordia del Padre que envió a Su Hijo a tomar nuestro lugar! De no haber sido por la sangre redentora de Jesucristo, estaría yo condenado.

Sobre mi inmoralidad no puedo elaborar mucho. Principalmente porque hoy tengo una bella esposa a quien amo y respeto más de lo que puedo describir con simples palabras. La admirable pureza del corazón de Abbie me recuerda que no la merezco. Ella es tal, que no deseo ninguna otra mujer – no sólo en mi presente, sino tampoco en mi pasado ni en mi futuro. En su gracia, Abbie ha pasado por alto los errores que cometí antes de conocerla. Su amor ha borrado toda memoria malsana, me guarda de tentaciones presentes, y me mantiene expectante del prospecto de envejecer juntos. Ella y el Espíritu Santo son cómplices en la tarea de transformarme en mi mejor versión. ¡Que el Señor tenga de ti tanta misericordia como la tuvo conmigo cuando me dio a la que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!

Lo más asombroso del amor de Dios es que nos amó cuando no merecíamos ser amados. En mi mayor depravación, Él me amó. Era yo un carbón – negro, quemado y sin vida – pero Él vio el diamante que yo podría llegar a ser – blanco como la nieve. Satanás me tenía como su rehén, pero el Padre hizo un intercambio: Su Hijo Jesucristo por mí.

Lamentablemente, en aquellos días yo no me había percatado de cuánto el Señor me estaba buscando. Porque resulta que vine a casa para las vacaciones entre semestres, y de lo que me enteré fue de que una banda local andaba buscando tecladista.

Tuesday, May 12, 2015

Blancos Como la Nieve (parte 2)

Era el día siguiente cuando bajaron del monte. Encontraron a los otros discípulos discutiendo con unos escribas, rodeados de una gran multitud.

Ahora, los escribas conocían el contenido literario de las Escrituras mejor que cualquiera. Pero eran completamente ciegos respecto al espíritu de las mismas. Cuando Jesús nació en Belén, unos sabios de oriente llegaron a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Hemos visto su estrella, y venimos a adorarlo.” El rey Herodes inquirió de los principales sacerdotes y los escribas dónde había de nacer el Cristo, a lo cual respondieron conforme a la profecía de Miqueas:
            “Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
            no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá;
            porque de ti saldrá un guía que apacentará a mi pueblo Israel.”
¡Magnífica respuesta – una vez que se ha hecho la pregunta!

¿Cómo es posible que estos eruditos profesionales cuya principal ocupación era el estudio sistemático de las Escrituras hayan estado desapercibidos del suceso más trascendental de la historia humana hasta ese momento – el nacimiento de Cristo – cuando tantas profecías sagradas apuntaban a ello? Más vergonzoso aún, ¿cómo es que unos desconocidos “sabios de oriente” sí entendieron lo que estaba ocurriendo? En esos días como ahora, los doctores de la ley eran expertos en “la letra que mata”, mas no en “el Espíritu que vivifica”.

Jesús quería averiguar qué estarían discutiendo sus discípulos con aquellos escribas, pero la gente no se lo permitió porque corrió a saludarlo en cuanto lo vio. Pero por encima del bullicio se hacía oír el grito de un hombre:
            - ¡Maestro, te ruego que veas a mi hijo! ¡Es el único hijo que tengo!

El hombre logró acercarse hasta Jesús, y arrodillándose delante de él le dijo:
            - ¡Señor, ten compasión de mi hijo! Es lunático, y padece muchísimo. Un espíritu se apodera de él, y de repente lo sacude con violencia. Entonces mi hijo echa espuma por la boca, rechina los dientes, y se queda rígido. Les pedí a tus discípulos que expulsaran al espíritu, pero no pudieron.
            - ¡Ay, gente incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? ¡Tráiganme al muchacho!

Con la ayuda de otros, el muchacho se abrió paso entre la multitud. Pero en cuanto el espíritu vio a Jesús, sacudió al muchacho y lo tiró al suelo revolcándose y echando espuma por la boca. Jesús, prestándole atención al padre y no al muchacho, preguntó:
            - ¿Desde cuándo le sucede esto?
            - Desde que era niño.
            - Mjm…
            - Muchas veces lo arroja al fuego, o al agua, con la intención de matarlo.
            - Mjm…
            - Si puedes hacer algo, ¡ten compasión de nosotros y ayúdanos!
            - ¿Cómo que “si puedes”? ¡Para quien cree, todo es posible!
            - ¡Creo! ¡Ayúdame en mi incredulidad!

Jesús vio a la multitud que se agolpaba. Miró al muchacho. Entonces regañó enfáticamente al espíritu inmundo:
            - Espíritu sordo y mudo, ¡te ordeno que salgas de este muchacho, y que nunca vuelvas a entrar en él!
El espíritu salió gritando. El muchacho se sacudió fuertemente y, cayendo al suelo, quedó como muerto.

La multitud hizo silencio. Todos estaban atónitos. Muchos pensaban que estaba muerto. Los discípulos que no habían podido echar fuera el espíritu inmundo – los que no habían subido al monte con Jesús – estaban confundidos.

Jesús tomó al muchacho de la mano y lo enderezó. El muchacho se puso de pie y Jesús se lo entregó a su padre, quien no dejaba de dar gracias al Señor. Grandes lágrimas corrían por sus mejías mientras abrazaba a su hijo, sano por primera vez en su vida. Todos celebraban – unos riendo; otros llorando – admirados de la grandeza de Dios.

Jesús y los suyos se fueron a casa. Cuando estuvieron a solas, los discípulos le preguntaron:
            - ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo?
            - Porque ustedes tienen muy poca fe. Si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a este monte: “Quítate de allí y vete a otro lugar”, y el monte les obedecería. ¡Nada sería imposible para ustedes!

Sólo Simón, Jacobo y Juan habían estado en el monte con Jesús. Sólo ellos habían escuchado su conversación con Moisés y Elías acerca de las cosas que Jesús cumpliría en Jerusalén antes de su partida. Sólo ellos sabían lo que Jesús les había dicho sobre sus padecimientos. Para Simón estaba claro que la agenda del Maestro estaba ya en otro capítulo. Pero ellos – sus discípulos – no terminaban de dominar las lecciones pasadas. En lugar de liberar al muchacho, se habían puesto a discutir doctrinas con los escribas.

¡Oh, qué tragedia! Cuando los seguidores de Cristo se ponen a pelear unos contra otros sobre teorías en vez de manifestar el poder de Dios y amar a su prójimo.

Wednesday, May 6, 2015

Blancos Como la Nieve (parte 1)

Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte a un monte alto. Para cuando terminaron de subir el monte, los discípulos estaban rendidos. Fue sólo a través de un gran esfuerzo que lograron mantenerse despiertos para orar junto al Maestro. ¡Y qué bueno que lo hicieron, porque si no, se habrían perdido algo glorioso!

Entre tanto que Jesús oraba, su apariencia cambió delante de ellos. Su rostro resplandeció como el sol. Y sus vestidos se volvieron extremadamente blancos, como la luz. Junto a él aparecieron dos varones rodeados de gloria – Moisés y Elías – hablándole de su partida y de lo que Jesús iba a cumplir en Jerusalén.

Cabe aclarar que tanto Moisés como Elías fueron tremendos hombres de Dios que no conocieron la muerte – al menos no en un sentido convencional.

Después de trasladar el mando a Josué, su sucesor, Moisés subió desde los campos de Moab hasta el monte Nebo, frente de Jericó. Allí el Señor le mostró la tierra prometida. Moisés murió y el Señor lo enterró en el valle. El diablo luchó por quedarse con el cuerpo de Moisés, probablemente para convertirlo en un ídolo para hacer tropezar a los israelitas, pero el arcángel Miguel no se lo permitió. Hasta el día de hoy nadie conoce el lugar donde fue sepultado Moisés. Así como él hizo a los israelitas cruzar el Mar Rojo en seco y los guio por el desierto, Josué haría a los israelitas cruzar el río Jordán en seco y los guiaría en la conquista de la tierra prometida.

Elías sabía que Dios lo llevaría consigo, y trató de deshacerse de su siervo Eliseo una y otra vez. Pero Eliseo también sabía que su maestro le sería quitado, y no estaba dispuesto a dejarlo ir así tan fácil. Junto al río Jordán, Elías golpeó las aguas con su manto, y las aguas se abrieron, y los dos cruzaron el río en seco.
            - ¿Qué quieres que yo haga por ti? Pídeme lo que quieras antes de que me separe de ti.
            - Te ruego que me des una doble porción de tu espíritu.
            - Me pides algo muy difícil. Pero te será concedido si logras verme cuando sea yo separado de ti. De lo contrario, no se te concederá.
Mientras caminaban, apareció un carro envuelto en llamas con caballos de fuego, y los separó. Inmediatamente, Elías ascendió al cielo en un torbellino. Eliseo vio subir a su maestro, por lo que recibiría la doble porción que pidió – que realmente se refiere a que, de entre todos los profetas que Elías entrenaba, Eliseo quería el honor de ser su sucesor. De hecho, Eliseo recogió el manto de Elías y con él golpeó las aguas del río Jordán. Las aguas se abrieron, y Eliseo cruzó el río en seco y procedió a dirigir las compañías de profetas de Israel.

Los discípulos estaban espantados con la transfiguración que presenciaban. Sin darse cuenta de lo que hablaba, Simón dijo a Jesús:
            - Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí! Haremos tres chozas; una para ti, una para Moisés, y una para Elías.

En ese momento los cubrió una nube y les hizo sombra; y tuvieron temor al entrar en la nube. Desde la nube salió una voz que decía:
            - Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. ¡Escúchenlo!

Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. Acercándose Jesús, los tocó y dijo:
            - Levántense. No tengan miedo.
Cuando alzaron la mirada, no vieron a nadie más que a Jesús.

Descendiendo del monte, Jesús les mandó que no dijesen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del Hombre hubiese resucitado de los muertos. Pero ellos se preguntaban qué sería aquello de resucitar de los muertos. Y mientras hablaban de cómo en Juan el bautista se había cumplido la profecía de Malaquías – que el espíritu de Elías vendría primero y restauraría todas las cosas – pero que lo habían asesinado, y de cómo era necesario que también el Hijo del Hombre padeciera, parece ser que a Simón, Jacobo y Juan les pasó por alto la implicación de lo que acababan de presenciar. Pues así como Moisés y Elías fueron llevados después de encargar la culminación de su misión a sus respectivos sucesores, a Jesús también se le acercaba el tiempo de partir.

Por eso había entrenado a sus discípulos.