Era temprano en la década de los noventa, y la gran
onda era estacionarse en una gasolinera a comerse un hot dog viendo pasar los carros. Ahí conocí a Ricardo, a través de
un amigo común. Él estaba fungiendo como guitarrista de una banda que – por
inverosímil que parezca – se había llamado “Héroes del Silencio” hasta que
otra banda española del mismo nombre se hiciera mundialmente famosa, obligando
a éstos a renombrarse “Errados del Silencio”.
Resulta ser que los Errados tenían una alineación
casi decente. Sócrates; el vocalista importado de Estados Unidos, fanático de
“The Cure” y el New Wave. Eduardo; un
guitarrista con quien casualmente fuimos compañeros de colegio, y que desde
entonces había dejado la guitarra clásica por una eléctrica. David; un guitarrista convertido en baterista por la virtud de tener acceso a aquel elemento tan difícil de encontrar en un mismo
salón con los que dicen ser bateristas – una batería de verdad. Y Ricardo; el heredero de la guitarra de David, ahora el segundo guitarrista por el simple hecho de no ser tan estudiado como Eduardo. Pero la mayor fortaleza de Ricardo era que era amigo de todo mundo y su primo.
Los Errados tenían una tocada alineada, pero les hacía falta un bajista. Y como todos habíamos aprendido en la película "The Doors" de 1991, cuando no se tiene bajista, un tecladista sirve para el gasto.
Los Errados tenían una tocada alineada, pero les hacía falta un bajista. Y como todos habíamos aprendido en la película "The Doors" de 1991, cuando no se tiene bajista, un tecladista sirve para el gasto.
Quizás seis meses atrás no me habría considerado
apto para ocupar la plaza, pero acababa de cerrar mi semestre universitario participando
en una peña artística de la Escuela de Arquitectura. La peña terminó siendo una
exhibición de mayor talento del que esperábamos, porque la mayoría de los participantes
éramos estudiantes de Arquitectura sólo como segunda opción. La primer
aspiración de éste era ser escritor; el primer amor de aquella, el teatro. Ésta
hubiese querido vivir de la pintura; aquél, del cine. Todos estábamos
matriculados en Arquitectura porque un pragmatismo cínico nos había convencido de
que no se puede vivir de las artes. La Escuela de Arquitectura era entonces una
guarida donde se refugiaba al menos un músico de cada banda contemporánea de la
capital; desde el guitarrista de “Real Elvis” que tocaba rocanrol de los años
setenta, hasta el baterista de "Trauma", la banda del rock más pesado.
Como el álbum “Directo 90” de Miguel Bosé había
pegado duro poco antes, me alié con Alexis – un tipo ameno de voz profunda pero
tersa – para presentarnos con la canción “Te Amaré”. Él trataría de cantar como
Bosé y yo fingiría tocar piano como Raúl di Blasio. Con todo y que quedamos
cortos, la experiencia me dio ánimo suficiente como para saltar ante la
oportunidad de tocar con los Errados del Silencio.
Ensayar con una banda de rock era nuevo para mí. Nunca
antes había ensayado un repertorio en un cuarto con otros músicos y sus
instrumentos. Nunca antes había salido de un ensayo tarde en la noche, para
cruzar la ciudad hasta el Mercado Dandy porque mis compañeros querían cerrar
con un octavo de guaro. Y aunque me pregunté si habría cometido una grave
equivocación al acompañarlos y me convencieron a probar el aguardiente (¡qué
cosa más horrible!), el sentido de camaradería entumeció mi buen juicio.
Llegó la noche en que nos presentaríamos en un bar
de la zona viva de San Pedro Sula. El negocio era relativamente nuevo, pero no
estaba rindiendo el fruto que su dueño esperaba. Por ende, la contratación de música
en vivo. Yo había invitado a mi hermana Alexa, quien llegó a buena hora con sus
amigas; pero el lugar aún lucía vacío. Hasta que comenzaron a aparecer los invitados
de los demás. Los Errados no habrán sido famosos como banda, pero sacaban amigos
de debajo de las piedras. Para cuando terminamos el espectáculo, el lugar
estaba bastante lleno, para la gran satisfacción del propietario.
Mi papel con los Errados del Silencio terminó tan
modestamente como había comenzado. Ambos sabíamos desde el inicio que era una
aventura para las vacaciones. Nada más. Pero había probado las mieles del
estrellato – en un sentido muy, muy, MUY minúsculo; pero estrellato no menos. Aunque
fuese por una noche, me había convertido en el hermano cool de mi hermana. Ella y sus amigas querían salir los demás fines
de semana conmigo y mis nuevos compañeros, porque con nosotros se pasaba bien. Nunca
antes me había sentido popular. Y no quería que terminara.
A mi retorno a la Escuela de Arquitectura me
esperaba Alexis con una nueva oportunidad. Vito – otro estudiante de
Arquitectura, cineasta y productor musical en potencia – tenía una amiga había logrado algo
insólito. Bajo pretexto de reunir artistas hondureños para crear música
en conmemoración del bicentenario del General Francisco Morazán, Rosario Rodríguez había
conseguido que el embajador de Italia financiara la
grabación de la música en un estudio profesional, su presentación en el Teatro
Nacional Manuel Bonilla, y una recepción de gala en la embajada. Sus
amigos de la banda de rock alternativo Réquiem harían la mayor parte de la música,
incluyendo una canción sobre Morazán sólo para justificar el proyecto, titulado "Obras". Vito estaba encargado del diseño gráfico del casete, y se había reservado un cupo en el repertorio para una canción de su composición: “La Ciudad y
la Luna”. El único problema era que no tenía banda propia para que lo acompañara. Pero
nos había escuchado a Alexis y a mí en la peña artística.
Fue así como, sin haber siquiera escuchado tocar a
Vito ni su canción, de pie en el vestíbulo de la Escuela de Arquitectura tomamos
el hecho de que éramos tres y las iniciales de nuestros nombres – Elías, Vito y
Alexis – para constituirnos como “Los Hombres del Triángulo de Eva”.
Un paso más hacia la fama; y un paso más alejándome
de mi destino en Cristo.

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