Era el día siguiente cuando bajaron del
monte. Encontraron a los otros discípulos discutiendo con unos escribas, rodeados
de una gran multitud.
Ahora, los escribas conocían el contenido
literario de las Escrituras mejor que cualquiera. Pero eran completamente
ciegos respecto al espíritu de las mismas. Cuando Jesús nació en Belén, unos
sabios de oriente llegaron a Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el rey de los
judíos, que ha nacido? Hemos visto su estrella, y venimos a adorarlo.” El rey Herodes
inquirió de los principales sacerdotes y los escribas dónde había de nacer el
Cristo, a lo cual respondieron conforme a la profecía de Miqueas:
“Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
no eres la más pequeña entre los
príncipes de Judá;
porque de ti saldrá un guía que
apacentará a mi pueblo Israel.”
¡Magnífica respuesta – una vez que se ha
hecho la pregunta!
¿Cómo es posible que estos eruditos profesionales
cuya principal ocupación era el estudio sistemático de las Escrituras hayan
estado desapercibidos del suceso más trascendental de la historia humana hasta ese
momento – el nacimiento de Cristo – cuando tantas profecías sagradas apuntaban
a ello? Más vergonzoso aún, ¿cómo es que unos desconocidos “sabios de oriente”
sí entendieron lo que estaba ocurriendo? En esos días como ahora, los doctores
de la ley eran expertos en “la letra que mata”, mas no en “el Espíritu que
vivifica”.
Jesús quería averiguar qué estarían
discutiendo sus discípulos con aquellos escribas, pero la gente no se lo
permitió porque corrió a saludarlo en cuanto lo vio. Pero por encima del bullicio
se hacía oír el grito de un hombre:
-
¡Maestro, te ruego que veas a mi hijo! ¡Es el único hijo que tengo!
El hombre logró acercarse hasta Jesús, y
arrodillándose delante de él le dijo:
- ¡Señor, ten compasión
de mi hijo! Es lunático, y padece muchísimo. Un espíritu se apodera de él, y de
repente lo sacude con violencia. Entonces mi hijo echa espuma por la boca,
rechina los dientes, y se queda rígido. Les pedí a tus discípulos que
expulsaran al espíritu, pero no pudieron.
- ¡Ay, gente incrédula
y perversa! ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré
que soportarlos? ¡Tráiganme al muchacho!
Con la ayuda de otros, el muchacho se abrió
paso entre la multitud. Pero en cuanto el espíritu vio a Jesús, sacudió al
muchacho y lo tiró al suelo revolcándose y echando espuma por la boca. Jesús,
prestándole atención al padre y no al muchacho, preguntó:
- ¿Desde cuándo le
sucede esto?
- Desde que era niño.
- Mjm…
- Muchas veces lo arroja
al fuego, o al agua, con la intención de matarlo.
- Mjm…
- Si puedes hacer algo,
¡ten compasión de nosotros y ayúdanos!
-
¿Cómo que “si puedes”? ¡Para quien cree, todo es posible!
-
¡Creo! ¡Ayúdame en mi incredulidad!
Jesús vio a la multitud que se agolpaba. Miró
al muchacho. Entonces regañó enfáticamente al espíritu inmundo:
- Espíritu sordo y
mudo, ¡te ordeno que salgas de este muchacho, y que nunca vuelvas a entrar en
él!
El espíritu salió gritando. El muchacho se sacudió
fuertemente y, cayendo al suelo, quedó como muerto.
La multitud hizo silencio. Todos estaban
atónitos. Muchos pensaban que estaba muerto. Los discípulos que no habían
podido echar fuera el espíritu inmundo – los que no habían subido al monte con
Jesús – estaban confundidos.
Jesús tomó al muchacho de la mano y lo
enderezó. El muchacho se puso de pie y Jesús se lo entregó a su padre, quien no
dejaba de dar gracias al Señor. Grandes lágrimas corrían por sus mejías
mientras abrazaba a su hijo, sano por primera vez en su vida. Todos celebraban –
unos riendo; otros llorando – admirados de la grandeza de Dios.
Jesús y los suyos se fueron a casa. Cuando estuvieron
a solas, los discípulos le preguntaron:
- ¿Por qué nosotros no
pudimos expulsarlo?
- Porque ustedes tienen
muy poca fe. Si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a este monte: “Quítate
de allí y vete a otro lugar”, y el monte les obedecería. ¡Nada sería imposible
para ustedes!
Sólo Simón, Jacobo y Juan habían estado en
el monte con Jesús. Sólo ellos habían escuchado su conversación con Moisés y
Elías acerca de las cosas que Jesús cumpliría en Jerusalén antes de su partida. Sólo ellos sabían lo que Jesús les había dicho
sobre sus padecimientos. Para Simón estaba claro que la agenda del Maestro
estaba ya en otro capítulo. Pero ellos – sus discípulos – no terminaban de
dominar las lecciones pasadas. En lugar de liberar al muchacho, se habían
puesto a discutir doctrinas con los escribas.
¡Oh, qué tragedia! Cuando los seguidores de Cristo
se ponen a pelear unos contra otros sobre teorías en vez de manifestar el poder
de Dios y amar a su prójimo.

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