Sunday, May 17, 2015

Blancos Como la Nieve (parte 3)

La enseñanza más grande que saco de la escena de la transfiguración de Jesús es que hay dos versiones de cada uno de nosotros: la terrenal y la celestial, por así decirlo. El Jesús que todos conocieron en Galilea no era más que la encarnación del Verbo de Dios; Aquel que es Dios desde la eternidad y hasta la eternidad, y que creó todas las cosas en el principio y que volverá al final para regir las naciones del mundo. Sólo el Verbo de Dios ha logrado un papel terrenal tan digno como su persona celestial.

Cuando Jesús conoció a Simón, sus ojos espirituales vieron a Pedro; la versión celestial de Simón. En Pedro estaba contenido el perfecto diseño de Dios para este hombre. Simón era la versión imperfecta del mismo hombre. El destino de Simón – y el mayor desafío de su vida – era convertirse en Pedro.

Sé que soy terrenalmente imperfecto. Pero el autor de la epístola a los Hebreos asegura que Cristo “hizo perfectos para siempre a los santificados”. Además, el mismo Jesús nos ordenó que seamos “perfectos, como [nuestro] Padre que está en los cielos es perfecto”. Entendemos, pues, que somos terrenalmente imperfectos pero celestialmente perfectos, y que nuestro destino y desafío es convertirnos en esa versión celestial de nosotros mismos.

Para cuando zarpé a Tegucigalpa para iniciar mis estudios universitarios a mediados de 1990, ya iba bien encaminado hacia convertirme en la peor versión de mí mismo. Hay tantos horrores de los cuales el Señor me guardó, que tiemblo sólo de pensar de cuántas cosas me habrá librado SIN QUE ME ENTERARA. Me protegió del alcohol y me mantuvo completamente ingenuo respecto a las drogas a mi alrededor. Me rescató de las garras de Dalila y de hombres malintencionados. Pero también me dejó comer mi dosis de lodo.

Durante mi último año de colegio había comenzado a fumar cigarrillos para impresionar a Dalila. ¡Ah, si hubiera sabido entonces que llegaría a ser esclavo del vicio maldito! En los peores momentos llegué a fumar dos paquetes diarios. ¡Cuánto perdí – salud, tiempo, dinero, y más – por culpa del cigarrillo! Cualquiera que te diga que se siente bien y que puede dejarlo cuando quiera, te está mintiendo. Muchas veces traté de escapar sin éxito; hoy soy libre sólo por la gracia y la misericordia de Dios. Como alguien que estuvo allí y logró salir, puedo asegurarte que lo mejor es ni siquiera PENSAR en probarlo la primera vez.

Por alguna razón también me dio por probar la ouija, una tabla para invocaciones espiritistas que para colmo se mercadea como un inofensivo juego de mesa. ¡Te aseguro que eso no es ningún juego! Es ocultismo y es abominación al Señor; una trampa diabólica para condenar a los participantes. Si hubiese vivido en días de Moisés, el pueblo entero tendría que haberme apedreado hasta darme muerte. ¡Oh cuán profunda la misericordia del Padre que envió a Su Hijo a tomar nuestro lugar! De no haber sido por la sangre redentora de Jesucristo, estaría yo condenado.

Sobre mi inmoralidad no puedo elaborar mucho. Principalmente porque hoy tengo una bella esposa a quien amo y respeto más de lo que puedo describir con simples palabras. La admirable pureza del corazón de Abbie me recuerda que no la merezco. Ella es tal, que no deseo ninguna otra mujer – no sólo en mi presente, sino tampoco en mi pasado ni en mi futuro. En su gracia, Abbie ha pasado por alto los errores que cometí antes de conocerla. Su amor ha borrado toda memoria malsana, me guarda de tentaciones presentes, y me mantiene expectante del prospecto de envejecer juntos. Ella y el Espíritu Santo son cómplices en la tarea de transformarme en mi mejor versión. ¡Que el Señor tenga de ti tanta misericordia como la tuvo conmigo cuando me dio a la que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!

Lo más asombroso del amor de Dios es que nos amó cuando no merecíamos ser amados. En mi mayor depravación, Él me amó. Era yo un carbón – negro, quemado y sin vida – pero Él vio el diamante que yo podría llegar a ser – blanco como la nieve. Satanás me tenía como su rehén, pero el Padre hizo un intercambio: Su Hijo Jesucristo por mí.

Lamentablemente, en aquellos días yo no me había percatado de cuánto el Señor me estaba buscando. Porque resulta que vine a casa para las vacaciones entre semestres, y de lo que me enteré fue de que una banda local andaba buscando tecladista.

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