La enseñanza más grande que saco de la escena de la
transfiguración de Jesús es que hay dos versiones de cada uno de nosotros: la terrenal y la celestial, por así decirlo. El Jesús que todos conocieron en
Galilea no era más que la encarnación del Verbo de Dios; Aquel que es Dios desde
la eternidad y hasta la eternidad, y que creó todas las cosas en el principio y
que volverá al final para regir las naciones del mundo. Sólo el Verbo de Dios
ha logrado un papel terrenal tan digno como su persona celestial.
Cuando Jesús conoció a Simón, sus ojos espirituales
vieron a Pedro; la versión celestial de Simón. En Pedro estaba contenido el
perfecto diseño de Dios para este hombre. Simón era la versión imperfecta del
mismo hombre. El destino de Simón – y el mayor desafío de su vida – era
convertirse en Pedro.
Sé que soy terrenalmente imperfecto. Pero el autor
de la epístola a los Hebreos asegura que Cristo “hizo perfectos para siempre a
los santificados”. Además, el mismo Jesús nos ordenó que seamos “perfectos,
como [nuestro] Padre que está en los cielos es perfecto”. Entendemos, pues, que
somos terrenalmente imperfectos pero celestialmente perfectos, y que nuestro
destino y desafío es convertirnos en esa versión celestial de nosotros mismos.
Para cuando zarpé a Tegucigalpa para iniciar mis
estudios universitarios a mediados de 1990, ya iba bien encaminado hacia
convertirme en la peor versión de mí mismo. Hay tantos horrores de los cuales
el Señor me guardó, que tiemblo sólo de pensar de cuántas cosas me habrá
librado SIN QUE ME ENTERARA. Me protegió del alcohol y me mantuvo completamente
ingenuo respecto a las drogas a mi alrededor. Me rescató de las garras de
Dalila y de hombres malintencionados. Pero también me dejó comer mi dosis de
lodo.
Durante mi último año de colegio había
comenzado a fumar cigarrillos para impresionar a Dalila. ¡Ah, si hubiera sabido
entonces que llegaría a ser esclavo del vicio maldito! En los peores momentos
llegué a fumar dos paquetes diarios. ¡Cuánto perdí – salud, tiempo, dinero, y
más – por culpa del cigarrillo! Cualquiera que te diga que se siente bien y que
puede dejarlo cuando quiera, te está mintiendo. Muchas veces traté de escapar
sin éxito; hoy soy libre sólo por la gracia y la misericordia de Dios. Como
alguien que estuvo allí y logró salir, puedo asegurarte que lo mejor es ni
siquiera PENSAR en probarlo la primera vez.
Por alguna razón también me dio por probar
la ouija, una tabla para invocaciones espiritistas que para colmo se mercadea
como un inofensivo juego de mesa. ¡Te aseguro que eso no es ningún juego! Es ocultismo
y es abominación al Señor; una trampa diabólica para condenar a los
participantes. Si hubiese vivido en días de Moisés, el pueblo entero tendría
que haberme apedreado hasta darme muerte. ¡Oh cuán profunda la misericordia del
Padre que envió a Su Hijo a tomar nuestro lugar! De no haber sido por la sangre
redentora de Jesucristo, estaría yo condenado.
Sobre mi inmoralidad no puedo elaborar
mucho. Principalmente porque hoy tengo una bella esposa a quien amo y respeto
más de lo que puedo describir con simples palabras. La admirable pureza del
corazón de Abbie me recuerda que no la merezco. Ella es tal, que no deseo
ninguna otra mujer – no sólo en mi presente, sino tampoco en mi pasado ni en mi
futuro. En su gracia, Abbie ha pasado por alto los errores que cometí antes de
conocerla. Su amor ha borrado toda memoria malsana, me guarda de tentaciones
presentes, y me mantiene expectante del prospecto de envejecer juntos. Ella y
el Espíritu Santo son cómplices en la tarea de transformarme en mi mejor
versión. ¡Que el Señor tenga de ti tanta misericordia como la tuvo conmigo
cuando me dio a la que es hueso de mis
huesos y carne de mi carne!
Lo más asombroso del amor de Dios es que nos
amó cuando no merecíamos ser amados. En mi mayor depravación, Él me amó. Era yo
un carbón – negro, quemado y sin vida – pero Él vio el diamante que yo podría
llegar a ser – blanco como la nieve. Satanás me tenía como su rehén, pero el
Padre hizo un intercambio: Su Hijo Jesucristo por mí.
Lamentablemente, en aquellos días yo no me
había percatado de cuánto el Señor me estaba buscando. Porque resulta que vine
a casa para las vacaciones entre semestres, y de lo que me enteré fue de que
una banda local andaba buscando tecladista.

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