Friday, October 30, 2015

Siervo y Apóstol de Jesucristo (parte 1)

Después de que Jesús ascendió al cielo, los discípulos se reunieron en Jerusalén y permanecían en oración. Había como ciento veinte congregados cuando Simón hizo notar la necesidad de elegir al sucesor de Judas. La suerte recayó en Matías, quien a partir de entonces fue contado entre los apóstoles.

Pentecostés es una de las principales fiestas judías. Los judíos piadosos de todo el mundo viajan a Jerusalén para vivir durante unos días en tiendas o estructuras temporales, conmemorando la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto rumbo a la tierra prometida, en tiempos de Moisés. Ahora había llegado el día de Pentecostés, y Jerusalén estaba llena de gente de todas las naciones conocidas; partos, medos, elamitas, romanos, cretenses, árabes, y habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, y de las regiones de África más allá de Cirene.

Los discípulos de Jesús estaban juntos en el aposento alto donde acostumbraban reunirse. De pronto hubo un gran estruendo y un fuerte viento del cielo llenó todo el lugar. Aparecieron unas lenguas como de fuego, posándose sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas - idiomas desconocidos para ellos.

Con el estruendo, una gran multitud se juntó afuera del lugar donde estaban los discípulos. Milagrosamente, todos en la multitud oían a aquellos hablar en su propia lengua acerca de las maravillas de Dios, y estaban perplejos. Confundidos, se preguntaban:
- ¿Qué significa esto?
- ¿No son galileos todos estos que están hablando?
- ¿Cómo es que los oímos hablar en nuestra lengua materna?

Entonces los apóstoles se pusieron de pie ante la multitud, y uno de ellos tomó la palabra. Era Simón, pero no realmente. No era aquel Simón que había negado a Jesús en el patio del sumo sacerdote. Este hombre hablaba con potente voz y con gran autoridad. Explicaba con gran revelación espiritual sobre las palabras del profeta Joel y del Rey David, demostrando que Jesús es el Mesías enviado y testificando de su resurrección. Este varón exhortaba con vehemencia a la multitud a creer en Jesucristo, a arrepentirse y bautizarse, y a recibir la promesa del Espíritu Santo. Con muchas otras palabras los animaba a ser salvos, y como tres mil personas recibieron su palabra y fueron bautizados. Este no era Simón; no realmente. Era Pedro.

El arquitecto que inspecciona la construcción de la casa que diseñó, no menosprecia ni desecha la obra porque está incompleta, sino que la compara con el diseño. Asimismo, cuando Dios nos mira, lo hace conforme a su diseño. Lo que somos no es aún lo que hemos de ser. Dios está trabajando en nosotros, como el que se sienta a pulir la plata pacientemente hasta dejarla brillante.

Pedro el apóstol – el diseño de Dios para el hombre que inició como Simón el pescador – se dejaba ver ahora más claramente que nunca. Bajo las enseñanzas de los apóstoles, una nueva comunidad comenzaba una vida fresca de alegría, unidad y compañerismo; de oraciones, señales y maravillas; de compartirlo todo y comer juntos con sencillez de corazón. Y Pedro era el líder indiscutible de la iglesia naciente.

Un día, Pedro y Juan subían al templo para orar. En la puerta llamada “la Hermosa”, un hombre cojo de nacimiento les rogó que le dieran limosna. Pedro, fijando en él la mirada, le dijo: “¡Míranos! No tengo oro ni plata, pero de lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!” Pedro tomó al hombre de la mano y lo levantó. ¡Inmediatamente se le afirmaron los pies y los tobillos! De un salto, el hombre se puso en pie y entró con ellos en el templo, saltando y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio y lo reconoció, y se quedaban admirados.

Sucedido esto, una gran multitud se juntó. Una vez más, Pedro tomó la palabra y comenzó a predicar que Jesús era el Mesías; que ellos lo habían crucificado en ignorancia, pero que Dios lo había resucitado de entre los muertos. Y que por la fe en Jesús, Dios había sanado al cojo completamente en presencia de todos. “Ustedes,” les dijo Pedro, “son herederos del pacto que Dios hizo con nuestros antepasados, cuando le prometió a Abrahán: ‘En tu simiente serán bendecidas todas las naciones de la tierra.’ Cuando Dios resucitó a su Hijo, en primer lugar lo envió a ustedes para bendecirlos, y para que cada uno de ustedes se convierta de su maldad.”

Y miles de personas creyeron en Jesús en ese momento, arrepintiéndose de sus pecados y volviéndose a Dios.

Wednesday, October 21, 2015

Tú Sabes Que Te Amo (parte 4)

Esa misma noche decidí mudarme. Casualmente, Meike estaba buscando con quien compartir gastos de vivienda, y acabamos alquilando una casa en Río Piedras. Uniendo los pocos muebles que cada uno tenía, pasaba por una casa habitable. ¿Qué importaba que la vajilla estuviera compuesta de los restos de muchas otras vajillas? Durante la siguiente temporada, ése fue mi hogar, y Meike llegó a ser como una hermana.

Para ser exitoso en la arquitectura, no basta con ser buen diseñador. También hay que saber vender. Y como el arquitecto generalmente presenta ideas antes que edificios concretos, realmente tiene que saber venderse a sí mismo. Siendo que me crie en La Lima y estudié en Tegucigalpa, no conocía mucha gente en San Pedro Sula que me pudiese encargar proyectos apetecibles. Procuré aprovechar los contactos de Papá – haciendo una ampliación aquí, un diseño allá – pero realmente no era muy rentable.

De repente se me presentó la oportunidad de un proyecto de diseño gráfico. Había aprendido a manejar los principales programas de diseño gráfico en mis días universitarios, trabajando unas vacaciones en la imprenta de Rigo (mi segundo padre). Aplicando ahora los conocimientos de diseño que había adquirido en la universidad, inicié una etapa de diseñador gráfico que resultó ser más lucrativa que mi ejercicio de la arquitectura.

Cuando un valioso cliente de artes gráficas decidió remodelar el interior de sus oficinas, yo estaba convenientemente ubicado para tomar el proyecto junto con una diseñadora de interiores llamada Doris. Fuimos compañeros en los primeros años de universidad, pero perdimos contacto desde que se cambió de carrera. Me enteré que se había trasladado a San Pedro Sula recientemente cuando la encontré abriendo una tienda en el mismo edificio de mi cliente.

Mientras discutíamos ideas, ella sugirió usar chairrails – molduras horizontales, generalmente de madera, que se fijan a la pared para protegerlas de los rayones ocasionados al mover sillas. Yo nunca había oído hablar de ellas, pero fuimos a consultar con don Eduardo Lacayo, especialista de acabados de Distribuidora de Pinturas, quien nos dirigió a Urbana, una tienda de accesorios de decoración a pocas cuadras.

Difícilmente podría haber andado más deschavetado ese día. Despeinado, sin rasurar, sin bañar, con una camiseta negra floja y descosida del ruedo inferior, jeans rotos… Era un simple reflejo de mi condición interior. Quizás el mejor look para un concierto de rock, pero no el más adecuado para visitar proveedores. Cosa que lamenté en cuanto salió a recibirnos la ejecutiva de ventas de Urbana.

Había venido a trabajar a esta empresa de diseño de interiores después de algunos años en la inmobiliaria del Ingeniero Paredes. Su nombre: Abbie. Nuestras sendas se habían cruzado efímeramente antes, pero ahora no había nada que me impidiera apreciarla. Era alta, esbelta y de ojos amables. Vestía un chaleco de suéter de punto color azul sobre una camisa manga larga blanca y jeans. Cuando estrechó mi mano, lo hizo con firmeza; no como el pescado muerto que entregan por saludo las muchachas inseguras. ¡Quedé prendido al instante!

Esa misma tarde pasé por Abbie para que me diera su opinión sobre cómo decorar las oficinas de Papá en la estación de servicio. Aproveché para que mostrara los proyectos donde estaba instalando molduras de poliuretano – fuera lo que fuera eso. El día siguiente logré que me acompañara a tomar unas fotos para un cliente. De regreso, le pregunté:
            - ¿Vas a alguna iglesia?
            - No, pero he tenido deseos de ir. Realmente sólo hay una iglesia a la que iría, pero queda en La Lima.
            - ¿Ah, sí?
            - Una mujer es la pastora.
            - ¿En serio?
            - Talvez la hayas oído mencionar. La llaman la hermana Emma Amelia.
            - ¡Ja, ja, ja!
            - ¿Qué pasa? ¿La conoces?
            - ¡Es mi mamá!

Ahí mismo di la vuelta y llevé a Abbie a conocer a Mamá. Poco después se estaba congregando en Ministerio Un Nuevo Amanecer.

Platicando con Meike una de esas noches, le conté cómo Abbie era distinta a cualquier persona que hubiera conocido antes. Generalmente tenía que esforzarme mucho para que mis relaciones interpersonales fueran exitosas; pero con Abbie no había fricción. Abbie, me parecía a mí, podría ser la indicada. Y Meike, que para entonces me conocía tan bien, lo confirmaba.

Abbie dejó su empleo en Urbana. Juntos fundamos una empresa de diseño, a la cual dimos el infructuoso nombre de Sphaira, S. de R. L. – un nombre tan difícil de escribir y de pronunciar que estaba predestinado a desaparecer. Como Abbie conocía mucha gente y ofrecía un servicio de primera, había suficientes trabajo para mantenernos ocupados. Pero nuestros clientes parecían estar más interesados en embellecer sus exteriores residenciales, así que incorporamos paisajismo y fachadismo al ofrecimiento de nuestros servicios profesionales.

No hicimos el mejor uso del capital inicial de la empresa. Decoramos y amueblamos una oficina que los clientes no visitaban, porque nosotros íbamos a ellos. Compramos tres computadoras donde una habría bastado. Mandamos a imprimir papelería cara que nunca gastamos. Compramos una enciclopedia de escaparatismo que no nos sirvió de nada. Pero a pesar de todo, me sentía bien. Tenía una chica elegante, un carro de agencia, y dinero en el banco. Era mi propio jefe en mi propia empresa y me ganaba la vida haciendo cosas que disfrutaba: diseñar, dibujar, y construir.

Para cerrar el círculo de lo que yo pensaba que sería para mí la vida perfecta a los veinticinco años de edad, sólo me faltaba realizarme musicalmente. Pero para eso necesitaría más que el viejo requinto que compré usado en una oscura casa de empeños.

Wednesday, October 14, 2015

Tú Sabes Que Te Amo (parte 3)

Papá siempre había dicho que sus hijas mujeres saldrían de su casa hasta que se casaran; pero sus hijos varones, cuando terminaran la universidad. Él no me estaba apurando, pero ahora que tenía mi título sentía que era tiempo de dar el paso. Me enteré de que una amiga tenía una casa en alquiler en la colonia Miguel Ángel Pavón, convenientemente ubicada entre el proyecto de la estación de servicio y La Lima, donde mi Mamá aún residía. Sin darle mucha cabeza, empaqué mis cosas y me mudé.

La Pavón era un nuevo proyecto habitacional del Instituto Nacional de Previsión del Magisterio. Los agremiados compraban sus casas casi terminadas para luego acabarlas por su cuenta. Mi casa estaba en una esquina al fondo de la colonia. No tenía cerco perimetral ni balcones en las ventanas. A un costado corría la calle, y al otro tenía una casa desocupada. Al frente estaba la última calle, y detrás de esta se levantaba un pequeño monte. Mi vecino posterior era un maestro de música jubilado del Instituto José Trinidad Reyes. Una vez que encontramos suelo común con la música, me contó de su técnica para enseñarles todos los himnos nacionales de Centro América a los jóvenes de la banda del Reyes: sustituyendo la letra de los himnos por un chorro de boconadas, vulgaridades y sandeces. No era solemne ni respetuoso, pero había llevado a la banda del Reyes a ser reconocida como una de las mejores.

Mis amigos de colegio argumentaban que me había ido a vivir demasiado lejos, y no podían ir a visitarme. Como no había líneas telefónicas en la Pavón, y eran los días antes de la ubicuidad de los celulares, recurrí a la mejor alternativa a mi alcance: un radio-teléfono de C.I.T. En un inicio, el vendedor me prometió villas y castillas, pero cuando el servicio no estuvo a la altura de su ofrecimiento, se hizo el desentendido. Averigüé el nombre del gerente, el ingeniero Meike Schroeder, y le envié la primera carta de reclamo que había escrito en mi vida. Su respuesta fue pronta, respetuosa y más que satisfactoria. Tanto así que terminamos siendo buenos amigos con Meike; aunque para mi sorpresa, resultó que ella era mujer, no varón.

No había televisión por cable en la Pavón, y el monte frente a mi casa anulaba cualquier señal de transmisión aérea. Esto hacía que las noches fueran largas y solitarias. Así que comencé a explorar maneras de conectar mi teclado Casio a la computadora. Sabía de la existencia del MIDI – un sistema digital para controlar instrumentos musicales digitales – pero nunca antes lo había usado. Una vez que conseguí los cables y el software adecuados, ¡presto! Fue mi iniciación a la producción musical digital. Cada noche trabajaba un poco en alguna canción, salvándola en un diskette para continuar el día siguiente.

Ahora que vivía un poco más cerca de Mamá nos mirábamos un poco más. La iglesia se había mudado de un lugar a otro, según crecía. Ahora estaban en los altos del Supermercado Bonilla, en el centro de La Lima. Con este crecimiento también se hacía sentir la necesidad de estructurar formalmente un ministerio de alabanza. Mamá siempre decía (y sigue diciendo hasta hoy, aunque no sea cierto): “Yo de música no sé nada”. Ante las circunstancias, se dispuso a encontrar a alguien que le ayudara a sostener audiciones para los candidatos a conformar el grupo. Pasando por alto a todas las personas aptas y ungidas que conocía en iglesias amigas, me pidió a mí.

Quisiera decir que acepté la invitación gentilmente, pero sería engañoso de mi parte. Sí, sentí el sano compromiso de ayudar que todo hijo debe sentir cuando su madre le pide ayuda. Pero mi soberbia musical era tal, que llegué predispuesto contra todos los que se presentarían a la audición. En mi mente, la música cristiana era sencillamente inferior – letras aburridas, melodías desabridas, armonías trilladas, ritmos pasados de moda, y mala calidad de producción.

No tenía yo respeto por las personas que se presentaron a cantar; y a uno tras otro, los iba descalificando.
            - Desafinado.
            - No sabe guardar el tiempo.
            - La nota en la que usted canta no existe en el piano.

Al final, se armó el ministerio de alabanza con aquellos que describí como menos malos. Durante un breve tiempo llegué a echarles una mano con sus ensayos, pero mi idea de ayudar era criticar, criticar y criticar. Honestamente, no sé cómo no me echaron antes. En cualquier caso, estaba a punto de recibir un golpe abrupto.

La carretera a la Pavón era solitaria y oscura, y mi casa quedaba al fondo, en la parte más solitaria y oscura de la colonia. Por si fuera poco, mi vida en esos días era – ya te lo imaginas – solitaria y oscura. Así que no era raro que yo extendiera mi estadía en cualquier lado – donde Mamá, donde Papá, donde amigos, en el proyecto – para evitar la soledad de mi casa.

Una noche, al estacionarme frente a la casa, noté que la puerta de la cocina estaba abierta. Entrando con cautela descubrí, para mi horror, que me habían robado. Los ladrones se llevaron mi radiograbadora, mis discos compactos de música, mi computadora y mi teclado. Todo eso, pero nada más. De repente me sentí terriblemente vulnerable y solo.

En el suelo de la sala habían dejado tirado – como si se lo iban a llevar, pero luego cambiaron de idea – un acordeón rojo con su estuche. De todo el equipo musical que había tenido en casa, eso era lo único que no era “mío”. Me lo había prestado mi madre, pero realmente era de la iglesia.

Wednesday, October 7, 2015

Tú Sabes Que Te Amo (parte 2)

Días más tarde, Simón estaba sentado a la orilla del lago de Tiberíades, esperando. Y esperando. ¿Pero esperando qué? Que amaneciera. O que Jesús volviera a aparecer como lo hizo el día que resucitó. O como lo hizo más tarde para que Tomás metiera el dedo y la mano en sus heridas, delante de todos. Jacobo también dijo que se le había aparecido.

Cada vez que aparecía, Jesús les hablaba acerca del reino de Dios, tal y como lo hacía antes. Como si nada hubiera pasado. ¿Por qué nunca le hablaba de lo que había pasado? ¿Por qué no le decía de una sola vez que ya no podría seguir siendo su discípulo, por cuanto lo había negado tres veces? Si algo había que hacer, Simón estaba dispuesto a hacerlo. Pero esperar, sin saber qué iba a suceder, ¡eso no le gustaba!

Juan, Jacobo y otros cuatro discípulos también estaban en la playa. Algunos dormían, aunque no profundamente. De brinco, Simón se puso de pie e impacientemente se quitó la ropa.
            - Me voy a pescar.
            - Vamos contigo.
Empujaron la barca y salieron a la mar. Echaron las redes, y esperaron. Y esperaron. Pero no pescaron nada.

El sol se asomaba en el horizonte cuando notaron la figura de un hombre acercándose al lugar donde habían estado en la orilla, a escasos cien metros. Haciéndoles señas, el hombre gritó:
            - Muchachos, ¿no tienen algo de comer?
            - No.
            - Tiren la red a la derecha de la barca, y pescarán algo.

Lo hicieron así. De pronto, ya no podían sacar la red de tantos pescados que había en ella. Juan miró a Simón, sus ojos llenos de asombro. “¡Es el Señor!”, exclamó Juan. Inmediatamente, Simón Pedro se puso la ropa y se echó al mar. Los otros lo siguieron en la barca, arrastrando la red llena de pescados.

En la playa el hombre tenía brasas puestas, y sobre ellas un pescado y pan. “Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar”, dijo. Simón salió del agua y sacó la red a tierra. A pesar de estar llena con ciento cincuenta y tres pescados grandes, la red no se rompió. “Vengan a desayunar”, invitó el hombre.
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle al hombre quién era, porque sabían que era el Señor. Jesús, acercándose, les dio el pan y el pescado.

Cuando terminaron de desayunar, Jesús llevó a Simón a caminar por la playa. Era una mañana parecida a aquella cuando Jesús llamó a Simón por primera vez. Y como si hablara de algo nada serio, Jesús le preguntó:
            - Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?
            - Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
            - Apacienta mis corderos.

Luego volvió a preguntarle:
            - Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?
            - Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
            - Cuida de mis ovejas.

Por tercera vez Jesús le preguntó: “Simón, hijo de Jonás, ¿me quieres?”. A Simón no se le escapó el hecho de que Jesús le preguntara tres veces – el mismo número de veces que él lo había negado – sobre su nivel de amor. Y que con cada pregunta y respuesta, había tenido que bajar la expectativa. Por mucho que le dolía decepcionar a su Maestro, Simón no podía volver a presumir de un amor incondicional. Después de la cobardía con que lo había negado, lo menos que podía hacer era ser franco. Había demostrado con sus hechos que realmente no amaba al Señor; tan sólo lo quería. Mejor era aceptarlo.
            - Señor… Tú lo sabes todo… Tú sabes que te quiero.
            - Apacienta mis ovejas.

¿Sería posible? Le parecía a Simón como que Jesús le estaba pidiendo que cuidara a los demás discípulos. En efecto, así era. Jesús estaba reafirmando a Simón, haciéndole ver que aún había un lugar especial para él. Que glorificaría a Dios con su vida, después de todo. Y para dar a entender que también glorificaría a Dios con su muerte, añadió: “Cuando eras más joven te vestías tú mismo e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras ir”.

¡Oh, cuánto nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos, aun cuando el Señor ya nos ha perdonado! Simón, hallando insoportable ver a Jesús a los ojos, volteó a ver atrás. Juan los seguía a cierta distancia. “Seguramente Juan es más digno que yo”, pensó Simón para sí. Y Jesús, como conociendo lo que pensaba, y como volviendo a comenzar de nuevo la historia entre ellos, añadió:
            - ¡Sígueme!
            - Señor, ¿y éste, qué? (señalando a Juan).
            - ¿Qué? Si quiero que él permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? ¡Tú sígueme no más!

Y todo estuvo bien entre ellos.

Algunos días más tarde, los once fueron a una montaña que Jesús les había indicado. Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.

Después los discípulos volvieron a Jerusalén, y Jesús se volvió a manifestar. Entonces les abrió el entendimiento para que pudieran comprender las Escrituras, y les dijo:
            - Así está escrito, y así era necesario, que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer día, y que en su nombre se predicara el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando por Jerusalén. De esto, ustedes son testigos. Yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre; pero ustedes, quédense en la ciudad de Jerusalén hasta que desde lo alto sean investidos de poder.
            - Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino a Israel?
            - No les toca a ustedes conocer la hora ni el momento determinados por la autoridad misma del Padre. Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra. Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, será condenado. Y estas señales acompañarán a los que crean: En mi nombre expulsarán demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán en sus manos serpientes, y si beben algo venenoso, no les hará daño. Además, pondrán sus manos sobre los enfermos, y éstos sanarán.

Después los llevó Jesús hasta Betania. Alzando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, y ellos lo miraban fijamente, fue llevado a las alturas. Ellos lo adoraron hasta que una nube lo ocultó de su vista. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que lo han visto irse.”