Wednesday, October 21, 2015

Tú Sabes Que Te Amo (parte 4)

Esa misma noche decidí mudarme. Casualmente, Meike estaba buscando con quien compartir gastos de vivienda, y acabamos alquilando una casa en Río Piedras. Uniendo los pocos muebles que cada uno tenía, pasaba por una casa habitable. ¿Qué importaba que la vajilla estuviera compuesta de los restos de muchas otras vajillas? Durante la siguiente temporada, ése fue mi hogar, y Meike llegó a ser como una hermana.

Para ser exitoso en la arquitectura, no basta con ser buen diseñador. También hay que saber vender. Y como el arquitecto generalmente presenta ideas antes que edificios concretos, realmente tiene que saber venderse a sí mismo. Siendo que me crie en La Lima y estudié en Tegucigalpa, no conocía mucha gente en San Pedro Sula que me pudiese encargar proyectos apetecibles. Procuré aprovechar los contactos de Papá – haciendo una ampliación aquí, un diseño allá – pero realmente no era muy rentable.

De repente se me presentó la oportunidad de un proyecto de diseño gráfico. Había aprendido a manejar los principales programas de diseño gráfico en mis días universitarios, trabajando unas vacaciones en la imprenta de Rigo (mi segundo padre). Aplicando ahora los conocimientos de diseño que había adquirido en la universidad, inicié una etapa de diseñador gráfico que resultó ser más lucrativa que mi ejercicio de la arquitectura.

Cuando un valioso cliente de artes gráficas decidió remodelar el interior de sus oficinas, yo estaba convenientemente ubicado para tomar el proyecto junto con una diseñadora de interiores llamada Doris. Fuimos compañeros en los primeros años de universidad, pero perdimos contacto desde que se cambió de carrera. Me enteré que se había trasladado a San Pedro Sula recientemente cuando la encontré abriendo una tienda en el mismo edificio de mi cliente.

Mientras discutíamos ideas, ella sugirió usar chairrails – molduras horizontales, generalmente de madera, que se fijan a la pared para protegerlas de los rayones ocasionados al mover sillas. Yo nunca había oído hablar de ellas, pero fuimos a consultar con don Eduardo Lacayo, especialista de acabados de Distribuidora de Pinturas, quien nos dirigió a Urbana, una tienda de accesorios de decoración a pocas cuadras.

Difícilmente podría haber andado más deschavetado ese día. Despeinado, sin rasurar, sin bañar, con una camiseta negra floja y descosida del ruedo inferior, jeans rotos… Era un simple reflejo de mi condición interior. Quizás el mejor look para un concierto de rock, pero no el más adecuado para visitar proveedores. Cosa que lamenté en cuanto salió a recibirnos la ejecutiva de ventas de Urbana.

Había venido a trabajar a esta empresa de diseño de interiores después de algunos años en la inmobiliaria del Ingeniero Paredes. Su nombre: Abbie. Nuestras sendas se habían cruzado efímeramente antes, pero ahora no había nada que me impidiera apreciarla. Era alta, esbelta y de ojos amables. Vestía un chaleco de suéter de punto color azul sobre una camisa manga larga blanca y jeans. Cuando estrechó mi mano, lo hizo con firmeza; no como el pescado muerto que entregan por saludo las muchachas inseguras. ¡Quedé prendido al instante!

Esa misma tarde pasé por Abbie para que me diera su opinión sobre cómo decorar las oficinas de Papá en la estación de servicio. Aproveché para que mostrara los proyectos donde estaba instalando molduras de poliuretano – fuera lo que fuera eso. El día siguiente logré que me acompañara a tomar unas fotos para un cliente. De regreso, le pregunté:
            - ¿Vas a alguna iglesia?
            - No, pero he tenido deseos de ir. Realmente sólo hay una iglesia a la que iría, pero queda en La Lima.
            - ¿Ah, sí?
            - Una mujer es la pastora.
            - ¿En serio?
            - Talvez la hayas oído mencionar. La llaman la hermana Emma Amelia.
            - ¡Ja, ja, ja!
            - ¿Qué pasa? ¿La conoces?
            - ¡Es mi mamá!

Ahí mismo di la vuelta y llevé a Abbie a conocer a Mamá. Poco después se estaba congregando en Ministerio Un Nuevo Amanecer.

Platicando con Meike una de esas noches, le conté cómo Abbie era distinta a cualquier persona que hubiera conocido antes. Generalmente tenía que esforzarme mucho para que mis relaciones interpersonales fueran exitosas; pero con Abbie no había fricción. Abbie, me parecía a mí, podría ser la indicada. Y Meike, que para entonces me conocía tan bien, lo confirmaba.

Abbie dejó su empleo en Urbana. Juntos fundamos una empresa de diseño, a la cual dimos el infructuoso nombre de Sphaira, S. de R. L. – un nombre tan difícil de escribir y de pronunciar que estaba predestinado a desaparecer. Como Abbie conocía mucha gente y ofrecía un servicio de primera, había suficientes trabajo para mantenernos ocupados. Pero nuestros clientes parecían estar más interesados en embellecer sus exteriores residenciales, así que incorporamos paisajismo y fachadismo al ofrecimiento de nuestros servicios profesionales.

No hicimos el mejor uso del capital inicial de la empresa. Decoramos y amueblamos una oficina que los clientes no visitaban, porque nosotros íbamos a ellos. Compramos tres computadoras donde una habría bastado. Mandamos a imprimir papelería cara que nunca gastamos. Compramos una enciclopedia de escaparatismo que no nos sirvió de nada. Pero a pesar de todo, me sentía bien. Tenía una chica elegante, un carro de agencia, y dinero en el banco. Era mi propio jefe en mi propia empresa y me ganaba la vida haciendo cosas que disfrutaba: diseñar, dibujar, y construir.

Para cerrar el círculo de lo que yo pensaba que sería para mí la vida perfecta a los veinticinco años de edad, sólo me faltaba realizarme musicalmente. Pero para eso necesitaría más que el viejo requinto que compré usado en una oscura casa de empeños.

3 comments: