Esa misma noche decidí mudarme.
Casualmente, Meike estaba buscando con quien compartir gastos de vivienda, y
acabamos alquilando una casa en Río Piedras. Uniendo los pocos muebles que cada
uno tenía, pasaba por una casa habitable. ¿Qué importaba que la vajilla
estuviera compuesta de los restos de muchas otras vajillas? Durante la
siguiente temporada, ése fue mi hogar, y Meike llegó a ser como una hermana.
Para ser
exitoso en la arquitectura, no basta con ser buen diseñador. También hay que
saber vender. Y como el arquitecto generalmente presenta ideas antes que
edificios concretos, realmente tiene que saber venderse a sí mismo. Siendo que me
crie en La Lima y estudié en Tegucigalpa, no conocía mucha gente en San Pedro
Sula que me pudiese encargar proyectos apetecibles. Procuré aprovechar los
contactos de Papá – haciendo una ampliación aquí, un diseño allá – pero realmente
no era muy rentable.
De repente
se me presentó la oportunidad de un proyecto de diseño gráfico. Había aprendido
a manejar los principales programas de diseño gráfico en mis días
universitarios, trabajando unas vacaciones en la imprenta de Rigo (mi segundo
padre). Aplicando ahora los conocimientos de diseño que había adquirido en la
universidad, inicié una etapa de diseñador gráfico que resultó ser más lucrativa
que mi ejercicio de la arquitectura.
Cuando un
valioso cliente de artes gráficas decidió remodelar el interior de sus
oficinas, yo estaba convenientemente ubicado para tomar el proyecto junto con una
diseñadora de interiores llamada Doris. Fuimos compañeros en los primeros años
de universidad, pero perdimos contacto desde que se cambió de carrera. Me enteré
que se había trasladado a San Pedro Sula recientemente cuando la encontré
abriendo una tienda en el mismo edificio de mi cliente.
Mientras
discutíamos ideas, ella sugirió usar chairrails
– molduras horizontales, generalmente de madera, que se fijan a la pared para
protegerlas de los rayones ocasionados al mover sillas. Yo nunca había oído hablar
de ellas, pero fuimos a consultar con don Eduardo Lacayo, especialista de
acabados de Distribuidora de Pinturas, quien nos dirigió a Urbana, una tienda
de accesorios de decoración a pocas cuadras.
Difícilmente
podría haber andado más deschavetado ese día. Despeinado, sin rasurar, sin
bañar, con una camiseta negra floja y descosida del ruedo inferior, jeans rotos… Era un simple reflejo de mi
condición interior. Quizás el mejor look para
un concierto de rock, pero no el más adecuado para visitar proveedores. Cosa que
lamenté en cuanto salió a recibirnos la ejecutiva de ventas de Urbana.
Había venido
a trabajar a esta empresa de diseño de interiores después de algunos años en la
inmobiliaria del Ingeniero Paredes. Su nombre: Abbie. Nuestras sendas se habían
cruzado efímeramente antes, pero ahora no había nada que me impidiera
apreciarla. Era alta, esbelta y de ojos amables. Vestía un chaleco de suéter de
punto color azul sobre una camisa manga larga blanca y jeans. Cuando estrechó mi mano, lo hizo con firmeza; no como el
pescado muerto que entregan por saludo las muchachas inseguras. ¡Quedé prendido
al instante!
Esa misma
tarde pasé por Abbie para que me diera su opinión sobre cómo decorar las
oficinas de Papá en la estación de servicio. Aproveché para que mostrara los
proyectos donde estaba instalando molduras de poliuretano – fuera lo que fuera
eso. El día siguiente logré que me acompañara a tomar unas fotos para un
cliente. De regreso, le pregunté:
- ¿Vas a alguna iglesia?
- No, pero he tenido deseos de ir. Realmente
sólo hay una iglesia a la que iría, pero queda en La Lima.
- ¿Ah, sí?
- Una mujer es la pastora.
- ¿En serio?
- Talvez la hayas oído mencionar. La
llaman la hermana Emma Amelia.
- ¡Ja, ja, ja!
- ¿Qué pasa? ¿La conoces?
- ¡Es mi mamá!
Ahí mismo
di la vuelta y llevé a Abbie a conocer a Mamá. Poco después se estaba
congregando en Ministerio Un Nuevo Amanecer.
Platicando
con Meike una de esas noches, le conté cómo Abbie era distinta a cualquier
persona que hubiera conocido antes. Generalmente tenía que esforzarme mucho
para que mis relaciones interpersonales fueran exitosas; pero con Abbie no había
fricción. Abbie, me parecía a mí, podría ser la indicada. Y Meike, que para entonces me conocía tan bien, lo
confirmaba.
Abbie dejó
su empleo en Urbana. Juntos fundamos una empresa de diseño, a la cual dimos el infructuoso
nombre de Sphaira, S. de R. L. – un nombre
tan difícil de escribir y de pronunciar que estaba predestinado a desaparecer. Como
Abbie conocía mucha gente y ofrecía un servicio de primera, había suficientes trabajo
para mantenernos ocupados. Pero nuestros clientes parecían estar más interesados
en embellecer sus exteriores residenciales, así que incorporamos paisajismo y
fachadismo al ofrecimiento de nuestros servicios profesionales.
No hicimos
el mejor uso del capital inicial de la empresa. Decoramos y amueblamos una
oficina que los clientes no visitaban, porque nosotros íbamos a ellos. Compramos
tres computadoras donde una habría bastado. Mandamos a imprimir papelería cara que
nunca gastamos. Compramos una enciclopedia de escaparatismo que no nos sirvió de nada. Pero a pesar de todo, me sentía bien. Tenía una chica elegante,
un carro de agencia, y dinero en el banco. Era mi propio jefe en mi propia
empresa y me ganaba la vida haciendo cosas que disfrutaba: diseñar, dibujar, y
construir.
Para
cerrar el círculo de lo que yo pensaba que sería para mí la vida perfecta a los
veinticinco años de edad, sólo me faltaba realizarme musicalmente. Pero para
eso necesitaría más que el viejo requinto que compré usado en una oscura casa
de empeños.

Continúe la historia...
ReplyDeleteAhí vamos...
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