Días más tarde, Simón estaba sentado a la
orilla del lago de Tiberíades, esperando. Y esperando. ¿Pero esperando qué? Que
amaneciera. O que Jesús volviera a aparecer como lo hizo el día que resucitó. O
como lo hizo más tarde para que Tomás metiera el dedo y la mano en sus heridas,
delante de todos. Jacobo también dijo que se le había aparecido.
Cada vez que aparecía, Jesús les hablaba acerca
del reino de Dios, tal y como lo hacía antes. Como si nada hubiera pasado. ¿Por
qué nunca le hablaba de lo que había pasado? ¿Por qué no le decía de una sola
vez que ya no podría seguir siendo su discípulo, por cuanto lo había negado
tres veces? Si algo había que hacer, Simón estaba dispuesto a hacerlo. Pero
esperar, sin saber qué iba a suceder, ¡eso no le gustaba!
Juan, Jacobo y otros cuatro discípulos también
estaban en la playa. Algunos dormían, aunque no profundamente. De brinco, Simón
se puso de pie e impacientemente se quitó la ropa.
- Me
voy a pescar.
- Vamos
contigo.
Empujaron la barca y salieron a la mar. Echaron
las redes, y esperaron. Y esperaron. Pero no pescaron nada.
El sol se asomaba en el horizonte cuando notaron
la figura de un hombre acercándose al lugar donde habían estado en la orilla, a
escasos cien metros. Haciéndoles señas, el hombre gritó:
- Muchachos,
¿no tienen algo de comer?
- No.
- Tiren
la red a la derecha de la barca, y pescarán algo.
Lo hicieron así. De pronto, ya no podían
sacar la red de tantos pescados que había en ella. Juan miró a Simón, sus ojos
llenos de asombro. “¡Es el Señor!”, exclamó Juan. Inmediatamente, Simón Pedro se
puso la ropa y se echó al mar. Los otros lo siguieron en la barca, arrastrando
la red llena de pescados.
En la playa el hombre tenía brasas puestas,
y sobre ellas un pescado y pan. “Traigan algunos de los pescados que acaban de
sacar”, dijo. Simón salió del agua y sacó la red a tierra. A pesar de estar llena
con ciento cincuenta y tres pescados grandes, la red no se rompió. “Vengan a
desayunar”, invitó el hombre.
Ninguno de los discípulos se atrevía a
preguntarle al hombre quién era, porque sabían que era el Señor. Jesús,
acercándose, les dio el pan y el pescado.
Cuando terminaron de desayunar, Jesús llevó
a Simón a caminar por la playa. Era una mañana parecida a aquella cuando Jesús
llamó a Simón por primera vez. Y como si hablara de algo nada serio, Jesús le
preguntó:
- Simón,
hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?
- Sí,
Señor, tú sabes que te quiero.
- Apacienta
mis corderos.
Luego volvió a preguntarle:
- Simón,
hijo de Jonás, ¿me amas?
- Sí,
Señor, tú sabes que te quiero.
- Cuida
de mis ovejas.
Por tercera vez Jesús le preguntó: “Simón,
hijo de Jonás, ¿me quieres?”. A Simón no se le escapó el hecho de que Jesús le preguntara
tres veces – el mismo número de veces que él lo había negado – sobre su nivel
de amor. Y que con cada pregunta y respuesta, había tenido que bajar la
expectativa. Por mucho que le dolía decepcionar a su Maestro, Simón no podía
volver a presumir de un amor incondicional. Después de la cobardía con que lo
había negado, lo menos que podía hacer era ser franco. Había demostrado con sus
hechos que realmente no amaba al Señor; tan sólo lo quería. Mejor era
aceptarlo.
- Señor…
Tú lo sabes todo… Tú sabes que te quiero.
- Apacienta
mis ovejas.
¿Sería posible? Le parecía a Simón como que
Jesús le estaba pidiendo que cuidara a los demás discípulos. En efecto, así
era. Jesús estaba reafirmando a Simón, haciéndole ver que aún había un lugar
especial para él. Que glorificaría a Dios con su vida, después de todo. Y para
dar a entender que también glorificaría a Dios con su muerte, añadió: “Cuando eras
más joven te vestías tú mismo e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo,
extenderás las manos y otro te vestirá y te llevará adonde no quieras ir”.
¡Oh, cuánto nos cuesta perdonarnos a
nosotros mismos, aun cuando el Señor ya nos ha perdonado! Simón, hallando insoportable
ver a Jesús a los ojos, volteó a ver atrás. Juan los seguía a cierta distancia.
“Seguramente Juan es más digno que yo”, pensó Simón para sí. Y Jesús, como
conociendo lo que pensaba, y como volviendo a comenzar de nuevo la historia
entre ellos, añadió:
- ¡Sígueme!
- Señor,
¿y éste, qué? (señalando a Juan).
- ¿Qué?
Si quiero que él permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? ¡Tú sígueme no
más!
Y todo estuvo bien entre ellos.
Algunos días más
tarde, los once fueron a una montaña que Jesús les había indicado. Jesús se
acercó a ellos y les dijo: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la
tierra. Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo
lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre,
hasta el fin del mundo.
Después los discípulos volvieron a
Jerusalén, y Jesús se volvió a manifestar. Entonces les abrió el entendimiento
para que pudieran comprender las Escrituras, y les dijo:
- Así
está escrito, y así era necesario, que el Cristo padeciera y resucitara de los
muertos al tercer día, y que en su nombre se predicara el arrepentimiento y el
perdón de pecados en todas las naciones, comenzando por Jerusalén. De esto,
ustedes son testigos. Yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre;
pero ustedes, quédense en la ciudad de Jerusalén hasta que desde lo alto sean
investidos de poder.
- Señor,
¿es ahora cuando vas a restablecer el reino a Israel?
- No
les toca a ustedes conocer la hora ni el momento determinados por la autoridad
misma del Padre. Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán
poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y
hasta los confines de la tierra. Vayan por todo el mundo y prediquen el
evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que
no crea, será condenado. Y estas señales acompañarán a los que crean: En mi
nombre expulsarán demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán en sus manos
serpientes, y si beben algo venenoso, no les hará daño. Además, pondrán sus
manos sobre los enfermos, y éstos sanarán.
Después los llevó Jesús hasta Betania.
Alzando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, y ellos lo miraban fijamente,
fue llevado a las alturas. Ellos lo adoraron hasta que una nube lo ocultó de su
vista. De repente, se les acercaron dos hombres vestidos de blanco, que les
dijeron: “Galileos, ¿qué hacen aquí mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha
sido llevado de entre ustedes al cielo, vendrá otra vez de la misma manera que
lo han visto irse.”

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