El sol estaba a punto de salir sobre el
primer día de la semana después de la muerte de Jesús. En el huerto donde
estaba el sepulcro donde habían puesto su cuerpo, los guardias fatigados esperaban
el amanecer. Estaban allí desde el día anterior porque los sacerdotes y fariseos
le habían pedido a Pilato asegurar el sepulcro hasta el tercer día. Querían impedir
que los discípulos de Jesús se llevaran el cuerpo de noche para luego presumir
de que había resucitado.
Sentado frente al sepulcro, un guardia percibió
un murmullo distante y volteó a preguntar si el otro también lo oía. De pronto,
hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, removió
la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era el de un relámpago, y sus
vestidos eran blancos como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y quedaron
atónitos.
Mientras tanto, María Magdalena y otras
mujeres iban rumbo al sepulcro. Iban a ungir el cuerpo de Jesús con las especias
aromáticas que habían preparado, preguntándose quién les quitaría la grande piedra
para entrar al sepulcro. Pero al llegar, vieron que la piedra ya había sido
removida. Entraron en el sepulcro y encontraron sentado a un joven vestido con
una túnica blanca, que les dijo:
- No
se asusten. Ustedes buscan a Jesús el nazareno, el que fue crucificado. No está
aquí. Ha resucitado, como él dijo. Miren el lugar donde lo pusieron. Pero vayan
ahora y digan a sus discípulos, y a Pedro, que él ha resucitado de los muertos.
Él va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, tal y como él les dijo.
Ellas salieron corriendo del sepulcro,
temblando de miedo y de alegría a la vez. Las mujeres fueron a buscar a los
discípulos, pero era tanto el miedo que tenían, que no le dijeron nada a nadie.
Pero María Magdalena quedó llorando junto
al sepulcro. Se inclinó para mirar dentro y vio a dos ángeles con vestiduras
blancas sentados. Le preguntaron:
- Mujer,
¿por qué lloras?
- Porque
se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto.
Tan pronto dijo esto, María se dio vuelta y
vio allí a un hombre. Ella pensó que era el hortelano. Él le dijo:
- Mujer,
¿por qué lloras? ¿A quién buscas?
- Señor,
si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.
- ¡María!
- ¡Maestro!
- No
me toques, porque aún no he subido a mi Padre. Pero ve a donde están mis
hermanos, y diles de mi parte que subo a mi Padre y Padre de ustedes; a mi Dios
y Dios de ustedes.
Entonces María Magdalena fue a los once discípulos,
y a todos los demás, y los encontró llorando tristes. Les dio la noticia de que
Jesús vivía y que ella lo había visto, y les dijo todo lo que él le había dicho.
Pero ellos no lo creyeron, porque les pareció una locura.
Simón corrió al sepulcro. ¿Sería posible
que hubiera resucitado? Juan salió tras de él, y se le adelantó. Cuando llegaron
al huerto, vieron la piedra removida. Miraron dentro, y vieron los lienzos puestos
allí y el sudario enrollado aparte. Entonces creyeron. Estaban maravillados de
lo sucedido, aunque todavía no entendían por qué había sido necesario que Jesús
muriera y resucitara.
Esa tarde, cuando los discípulos estaban reunidos
– a puerta cerrada, por miedo a los judíos – comentaban todo lo sucedido. Que el
Señor había resucitado. Que se le había aparecido a Simón. Que las mujeres lo
vieron. Entrando otros dos discípulos, les contaron que Jesús se les había aparecido
en el camino a Emaús. Sus corazones ardían mientras él les hablaba y les
explicaba las Escrituras, pero realmente no lo habían reconocido sino hasta que
él partió el pan antes de comer con ellos. E inmediatamente desapareció de su
vista.
Al anochecer todavía estaban hablando de
estas cosas. De repente, Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz
sea con ustedes!” Ellos se espantaron. ¡Creían estar viendo un espíritu! Pero
Jesús les dijo: “¿Por qué se asustan? ¿Por qué dan cabida a esos pensamientos
en su corazón? ¡Miren mis manos y mis pies! ¡Soy yo! Tóquenme y véanme: un
espíritu no tiene carne ni huesos, como pueden ver que los tengo yo.”
Los discípulos se regocijaron al ver al
Señor, pero por la sorpresa que tenían, no le creían. Sentándose a la mesa les preguntó:
“¿Tienen aquí algo de comer?” Le dieron parte de un pescado asado, y él lo tomó
y se lo comió delante de ellos. Todos lo miraban atónitos. Jesús les reprochó
su incredulidad, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. “Lo
que ha pasado conmigo,” les dijo, “es lo mismo que les anuncié cuando aún
estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito
acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.
Y añadió, “Así como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes.” Luego sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.
Y añadió, “Así como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes.” Luego sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.

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