Wednesday, September 30, 2015

Tú Sabes Que Te Amo (parte 1)

El sol estaba a punto de salir sobre el primer día de la semana después de la muerte de Jesús. En el huerto donde estaba el sepulcro donde habían puesto su cuerpo, los guardias fatigados esperaban el amanecer. Estaban allí desde el día anterior porque los sacerdotes y fariseos le habían pedido a Pilato asegurar el sepulcro hasta el tercer día. Querían impedir que los discípulos de Jesús se llevaran el cuerpo de noche para luego presumir de que había resucitado.

Sentado frente al sepulcro, un guardia percibió un murmullo distante y volteó a preguntar si el otro también lo oía. De pronto, hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era el de un relámpago, y sus vestidos eran blancos como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y quedaron atónitos.

Mientras tanto, María Magdalena y otras mujeres iban rumbo al sepulcro. Iban a ungir el cuerpo de Jesús con las especias aromáticas que habían preparado, preguntándose quién les quitaría la grande piedra para entrar al sepulcro. Pero al llegar, vieron que la piedra ya había sido removida. Entraron en el sepulcro y encontraron sentado a un joven vestido con una túnica blanca, que les dijo:
            - No se asusten. Ustedes buscan a Jesús el nazareno, el que fue crucificado. No está aquí. Ha resucitado, como él dijo. Miren el lugar donde lo pusieron. Pero vayan ahora y digan a sus discípulos, y a Pedro, que él ha resucitado de los muertos. Él va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, tal y como él les dijo.

Ellas salieron corriendo del sepulcro, temblando de miedo y de alegría a la vez. Las mujeres fueron a buscar a los discípulos, pero era tanto el miedo que tenían, que no le dijeron nada a nadie.

Pero María Magdalena quedó llorando junto al sepulcro. Se inclinó para mirar dentro y vio a dos ángeles con vestiduras blancas sentados. Le preguntaron:
            - Mujer, ¿por qué lloras?
            - Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto.

Tan pronto dijo esto, María se dio vuelta y vio allí a un hombre. Ella pensó que era el hortelano. Él le dijo:
            - Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?
            - Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.
            - ¡María!
            - ¡Maestro!
            - No me toques, porque aún no he subido a mi Padre. Pero ve a donde están mis hermanos, y diles de mi parte que subo a mi Padre y Padre de ustedes; a mi Dios y Dios de ustedes.

Entonces María Magdalena fue a los once discípulos, y a todos los demás, y los encontró llorando tristes. Les dio la noticia de que Jesús vivía y que ella lo había visto, y les dijo todo lo que él le había dicho. Pero ellos no lo creyeron, porque les pareció una locura.

Simón corrió al sepulcro. ¿Sería posible que hubiera resucitado? Juan salió tras de él, y se le adelantó. Cuando llegaron al huerto, vieron la piedra removida. Miraron dentro, y vieron los lienzos puestos allí y el sudario enrollado aparte. Entonces creyeron. Estaban maravillados de lo sucedido, aunque todavía no entendían por qué había sido necesario que Jesús muriera y resucitara.

Esa tarde, cuando los discípulos estaban reunidos – a puerta cerrada, por miedo a los judíos – comentaban todo lo sucedido. Que el Señor había resucitado. Que se le había aparecido a Simón. Que las mujeres lo vieron. Entrando otros dos discípulos, les contaron que Jesús se les había aparecido en el camino a Emaús. Sus corazones ardían mientras él les hablaba y les explicaba las Escrituras, pero realmente no lo habían reconocido sino hasta que él partió el pan antes de comer con ellos. E inmediatamente desapareció de su vista.

Al anochecer todavía estaban hablando de estas cosas. De repente, Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz sea con ustedes!” Ellos se espantaron. ¡Creían estar viendo un espíritu! Pero Jesús les dijo: “¿Por qué se asustan? ¿Por qué dan cabida a esos pensamientos en su corazón? ¡Miren mis manos y mis pies! ¡Soy yo! Tóquenme y véanme: un espíritu no tiene carne ni huesos, como pueden ver que los tengo yo.”

Los discípulos se regocijaron al ver al Señor, pero por la sorpresa que tenían, no le creían. Sentándose a la mesa les preguntó: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le dieron parte de un pescado asado, y él lo tomó y se lo comió delante de ellos. Todos lo miraban atónitos. Jesús les reprochó su incredulidad, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado. “Lo que ha pasado conmigo,” les dijo, “es lo mismo que les anuncié cuando aún estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Y añadió, “Así como el Padre me envió, también yo los envío a ustedes.” Luego sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes no se los perdonen, no les serán perdonados.

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