La música es una experiencia maravillosamente sublime. Pero si por
alguna razón se llega a valorar más que a otro ser humano – más que a nuestros seres
queridos; la propia sangre – algo anda mal. Lo cierto era que me había
embarcado en un viaje de emociones tortuosas. Y el experimento de sentir a través de otras personas… Eso no sana el corazón.
Tenía yo veintidós años cuando concluí mis estudios
de arquitectura en la universidad nacional en Tegucigalpa. Mientras mis
compañeros salían a obtener experiencia laboral bajo las alas protectoras de
alguna empresa establecida, yo regresaba a San Pedro Sula. Por tres mil
lempiras mensuales más alimentación, agua, luz, teléfono y hospedaje en mi
antigua habitación, Papá me había contratado para diseñar, construir y
supervisar la estación de servicio (¡No es una simple gasolinera!) más grande
de América Central. No sólo no tenía experiencia, sino que aún no tenía mi
título de arquitecto. De hecho, este proyecto sería la base de mi monografía
para titularme.
El desafío era grande, pero no supe cuán
grande hasta el día que fui citado por el gerente de mercadeo de Texaco Caribbean, Inc. Además de
invertir en la infraestructura de la estación en sí, la compañía estaba
financiando gran parte de un edificio comercial que Papá levantaría en el mismo
plantel. El ejecutivo abrió sus reportes para mostrarme cuánto dinero perdía mi
padre con cada día de demora en el proyecto. Me golpeó como un camión cisterna
con ocho mil galones de combustible. Sentí el peso de mi ineptitud. Obviamente,
Papá creía en mí más que yo.
La vida comenzó a tornárseme gris y seca,
como el cemento con que trabajaba todo el día. A mi parecer, llevaba sólo la
carga que merecía una empresa. Los ingenieros con los que inter-consultaba me
miraban de menos. Mi maestro de obras era un hombre de buenas intenciones, pero
laboralmente, a lo sumo, sólo un buen albañil. Los albañiles me amenazaban con
machetes y los peones con citatorias del Ministerio del Trabajo. Al final del
día, me marchaba rumbo a mi habitación de adolescente en mi camioneta Tercel. Me quedaba sólo suficiente amor
propio como para no llamarla carmelita.
Mis amigos de universidad habían quedado en
Tegucigalpa, junto a los lugares que frecuentábamos. En tanto que allá había
florecido mi faceta de productor musical, aquí sólo encontraba lugares para
consumidores musicales – discotecas y bares. Mientras tanto, mis antiguos amigos
de colegio habían seguido adelante con sus vidas; ahora tenían nuevos amigos y
nuevos intereses. Y me encontré sintiéndome terriblemente solo y vacío.
Eran los días del internet por módem
telefónico – cuando tenía uno que marcar un número telefónico para acceder a la
red. En busca de amistad, comencé a frecuentar las pantallas negras con texto
verde de FreeTel, un arcaico
precursor del Messenger en el cual
uno podía socializar con extraños. Ahí conocí a una chica con la que teníamos
mucho en común. (Demasiado en común.) Seguramente percibió que yo estaba comenzando
a tener sentimientos platónicos por ella, y se apiadó de mí; confesándome que en
realidad no era una joven colombiana, sino una enfermera cincuentona en Puerto
Rico. Mi vida social había tocado fondo.
Papá y Jackie (mi segunda madre) se
encontraban en plena transición; de médicos a empresarios. Todas las medicinas
en la casa estaban vencidas. Así que cuando ellos me dieron a tomar unas
vitaminas, primero busqué la fecha de vencimiento. Pero lo que descubrí fue que
las “vitaminas” realmente eran antidepresivos.
Con la depresión y las noches gastadas en
sitios de internet malsanos, me resultaba difícil levantarme por las mañanas. El
proyecto de la estación de servicio avanzaba. Pero el edificio, que por razones
financieras habíamos programado en dos etapas, había tenido que hacerse de una
vez por motivos técnicos. Me sentía culpable. Papá llegaba a arrancarme de la
cama, animándome a ir a trabajar.
- Tú ocúpate de avanzar
la obra, y deja que yo me ocupe del dinero.
- Pero es mucho dinero…
- Prefiero tener que
detenerte que tener que empujarte.
A Papá le tocó empujarme mucho para que
terminara mi monografía. Al principio sus tácticas eran sutiles; pero luego apretaban.
Una noche me exasperé y la terminé de una vez. Viajé a Tegucigalpa para
entregarla en la universidad e iniciar los trámites de titulación. Elegí no
esperar ocho meses hasta la próxima graduación, sino mandar a recoger el título
en la oficina administrativa. Algunos días más tarde, Oscar llegó a casa a pasar
vacaciones inter-trimestrales. En el garaje de la casa, me entregó un sobre de
manila con mi título de arquitecto. Felicidades.
Lo que yo no había entendido era que, a los
ojos de mi padre, haber recibido el título de arquitecto realmente no me hacía
más arquitecto. Todo ese tiempo me había visto como arquitecto. Había confiado
en mí como arquitecto. Me había tratado como arquitecto. Ante otros, me
presentaba como arquitecto. En la sala de espera de la compañía a la que le
alquilábamos maquinaria pesada, una chica alta y esbelta nos atendía. Mi padre
me exhibía como un pavo real sus plumas:
- Señorita, por favor dígale al
Ingeniero Paredes que lo buscan el Doctor Rodríguez y el Arquitecto Rodríguez.
Yo disimulaba. No porque la chica fuese fea
(al contrario – ¡era guapísima!), sino porque no quería el mercadeo de Papá. En
mi urgencia por hallar valor propio, no quería ser el muchachito desajustado
que necesita promoción. Por eso nunca la vi a los ojos cuando nos traía café, o
cuando tomaba nuestros recados. Durante el tiempo en que usamos los servicios
de su empresa, no la determiné. No la invité a salir. Sólo sé que se llamaba Abbie.

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