Wednesday, September 23, 2015

¡No Lo Conozco! (parte 4)

La música es una experiencia maravillosamente sublime. Pero si por alguna razón se llega a valorar más que a otro ser humano – más que a nuestros seres queridos; la propia sangre – algo anda mal. Lo cierto era que me había embarcado en un viaje de emociones tortuosas. Y el experimento de sentir a través de otras personas… Eso no sana el corazón.

Tenía yo veintidós años cuando concluí mis estudios de arquitectura en la universidad nacional en Tegucigalpa. Mientras mis compañeros salían a obtener experiencia laboral bajo las alas protectoras de alguna empresa establecida, yo regresaba a San Pedro Sula. Por tres mil lempiras mensuales más alimentación, agua, luz, teléfono y hospedaje en mi antigua habitación, Papá me había contratado para diseñar, construir y supervisar la estación de servicio (¡No es una simple gasolinera!) más grande de América Central. No sólo no tenía experiencia, sino que aún no tenía mi título de arquitecto. De hecho, este proyecto sería la base de mi monografía para titularme.

El desafío era grande, pero no supe cuán grande hasta el día que fui citado por el gerente de mercadeo de Texaco Caribbean, Inc. Además de invertir en la infraestructura de la estación en sí, la compañía estaba financiando gran parte de un edificio comercial que Papá levantaría en el mismo plantel. El ejecutivo abrió sus reportes para mostrarme cuánto dinero perdía mi padre con cada día de demora en el proyecto. Me golpeó como un camión cisterna con ocho mil galones de combustible. Sentí el peso de mi ineptitud. Obviamente, Papá creía en mí más que yo.

La vida comenzó a tornárseme gris y seca, como el cemento con que trabajaba todo el día. A mi parecer, llevaba sólo la carga que merecía una empresa. Los ingenieros con los que inter-consultaba me miraban de menos. Mi maestro de obras era un hombre de buenas intenciones, pero laboralmente, a lo sumo, sólo un buen albañil. Los albañiles me amenazaban con machetes y los peones con citatorias del Ministerio del Trabajo. Al final del día, me marchaba rumbo a mi habitación de adolescente en mi camioneta Tercel. Me quedaba sólo suficiente amor propio como para no llamarla carmelita.

Mis amigos de universidad habían quedado en Tegucigalpa, junto a los lugares que frecuentábamos. En tanto que allá había florecido mi faceta de productor musical, aquí sólo encontraba lugares para consumidores musicales – discotecas y bares. Mientras tanto, mis antiguos amigos de colegio habían seguido adelante con sus vidas; ahora tenían nuevos amigos y nuevos intereses. Y me encontré sintiéndome terriblemente solo y vacío.

Eran los días del internet por módem telefónico – cuando tenía uno que marcar un número telefónico para acceder a la red. En busca de amistad, comencé a frecuentar las pantallas negras con texto verde de FreeTel, un arcaico precursor del Messenger en el cual uno podía socializar con extraños. Ahí conocí a una chica con la que teníamos mucho en común. (Demasiado en común.) Seguramente percibió que yo estaba comenzando a tener sentimientos platónicos por ella, y se apiadó de mí; confesándome que en realidad no era una joven colombiana, sino una enfermera cincuentona en Puerto Rico. Mi vida social había tocado fondo.

Papá y Jackie (mi segunda madre) se encontraban en plena transición; de médicos a empresarios. Todas las medicinas en la casa estaban vencidas. Así que cuando ellos me dieron a tomar unas vitaminas, primero busqué la fecha de vencimiento. Pero lo que descubrí fue que las “vitaminas” realmente eran antidepresivos.

Con la depresión y las noches gastadas en sitios de internet malsanos, me resultaba difícil levantarme por las mañanas. El proyecto de la estación de servicio avanzaba. Pero el edificio, que por razones financieras habíamos programado en dos etapas, había tenido que hacerse de una vez por motivos técnicos. Me sentía culpable. Papá llegaba a arrancarme de la cama, animándome a ir a trabajar.
            - Tú ocúpate de avanzar la obra, y deja que yo me ocupe del dinero.
            - Pero es mucho dinero…
            - Prefiero tener que detenerte que tener que empujarte.

A Papá le tocó empujarme mucho para que terminara mi monografía. Al principio sus tácticas eran sutiles; pero luego apretaban. Una noche me exasperé y la terminé de una vez. Viajé a Tegucigalpa para entregarla en la universidad e iniciar los trámites de titulación. Elegí no esperar ocho meses hasta la próxima graduación, sino mandar a recoger el título en la oficina administrativa. Algunos días más tarde, Oscar llegó a casa a pasar vacaciones inter-trimestrales. En el garaje de la casa, me entregó un sobre de manila con mi título de arquitecto. Felicidades.

Lo que yo no había entendido era que, a los ojos de mi padre, haber recibido el título de arquitecto realmente no me hacía más arquitecto. Todo ese tiempo me había visto como arquitecto. Había confiado en mí como arquitecto. Me había tratado como arquitecto. Ante otros, me presentaba como arquitecto. En la sala de espera de la compañía a la que le alquilábamos maquinaria pesada, una chica alta y esbelta nos atendía. Mi padre me exhibía como un pavo real sus plumas:
            - Señorita, por favor dígale al Ingeniero Paredes que lo buscan el Doctor Rodríguez y el Arquitecto Rodríguez.

Yo disimulaba. No porque la chica fuese fea (al contrario – ¡era guapísima!), sino porque no quería el mercadeo de Papá. En mi urgencia por hallar valor propio, no quería ser el muchachito desajustado que necesita promoción. Por eso nunca la vi a los ojos cuando nos traía café, o cuando tomaba nuestros recados. Durante el tiempo en que usamos los servicios de su empresa, no la determiné. No la invité a salir. Sólo sé que se llamaba Abbie.

No comments:

Post a Comment