Llegó el día. En uno de los estrechos
callejones que suben hacia La Leona, cargamos el bus contratado con el equipo
de sonido del Profesor y nuestros instrumentos y maletas. Viajamos a Choluteca
con el parloteo habitual que puede esperarse de cualquier grupo de jóvenes;
exasperando al chofer, pero sin mayor incidencia. Hasta que arribamos a nuestro
hotel. Quizás “hospedaje” o “albergue”, serían términos más adecuados; no que
el número de estrellas importara.
Admito que estaba algo nervioso. No por
presentarme en público. Ni porque fuera la ciudad de mis ancestros maternos. Tampoco
porque mi tío – el que me regaló mi primer órgano – estaba entre los
organizadores de la feria. Sino porque ya habíamos visto el tipo de público que
atraía Delirium Tremens. (Y el nivel
de demencia escénica que demandaban.) Por muy ganadera que fuera la feria que
enmarcaba el concierto, las palomitas de maíz no iban a funcionar aquí.
En efecto, todo salió como lo supuse. Los
pandilleros nos toleraron una canción antes de comenzar a aclamar: ¡Delirium! ¡Delirium! Antes de que
volaran las piedras y alguien saliera herido, acortamos nuestra presentación y
cedimos el escenario a los que el público había venido a escuchar. Vimos el
espectáculo. Cenamos. Nos fuimos a dormir.
Regresamos a casa, quizás sin haber
despertado. La gira nos dejó un sabor confuso de éxito y desilusión. Nuestro
mayor logro a la fecha había resultado ser también nuestra mayor vergüenza. Y
por absurdo que parezca, en lugar de aceptar lo que éramos – un grupo de
estudiantes que tenían una banda los fines de semana – se nos metió en la
cabeza que talvez uno de nosotros no era lo suficientemente no sé qué.
Wil y Tito me abordaron primero:
- Oscar es buen guitarrista, pero no
es lo suficientemente pesado.
- Necesitamos cambiarlo por un
guitarrista más heavy metal.
Y con esa gran estrategia nos fuimos a la única
junta de negocios que jamás tuvo Dimas, para sacar a mi hermano de la banda. ¡Qué
absurdo! Arriesgamos una hermandad por nada. Absolutamente nada. ¡De colmo, a mí
ni siquiera me gustaba el heavy metal!
No lo sabíamos, pero la banda ya estaba
difunta. Escasos días más tarde estábamos arrepentidos, pidiéndole a Oscar que
regresara. Él fue el mayor hombre de todos; no nos lo restregó en la cara, sino
que aceptó con gracia y aplomo. Pero poco después me dijo que Wil y Tito lo
habían abordado:
- Elías no canta mal, pero su voz es
muy grave.
- Necesitamos cambiarlo por un vocalista
más heavy metal.
Esta vez también, Oscar fue el mayor hombre
de todos, prefiriendo decirme lo que estaba pasando antes que traicionarme como
lo había hecho yo con él. Entonces yo respondí como cualquier romántico orgulloso
cuando se entera que lo quieren cortar. Deshice la banda.
Coincidentemente resultó ser que en esos
días Réquiem estaba en transición. Álvaro
Rodríguez estaba ya en Guatemala y Sergio Vallejo se había mudado a Francia. Otros
estaban ocupados en diversos asuntos y proyectos. Pero Roberto Chico, siempre
productivo, se traía algo entre manos. No sé si me incluyó en sus planes porque
me tuvo lástima o porque necesitaba gente para llenar un hueco. Quizás lo hizo porque
habíamos forjado una bonita amistad, nutrida de música, cine, y hamburguesas. O
talvez lo fastidié hasta que aceptó. El hecho es que terminé presentándome en
el Teatro Nacional Manuel Bonilla con lo que quedaba de Réquiem. Toqué acordeón en una canción. Y mi voz, antes demasiado
grave para el gusto de algunos, sirvió para vocalizar los bajos de otra pieza y
hacer armonía en una tercera.
Resultó ser una de las experiencias
musicales más relajadas y deleitables de mi vida hasta ese momento. Por lo cual
no dudé en aceptar cuando Roberto me propuso otro proyecto, esta vez
desarrollando piezas más complejas, tanto suyas como mías. Pronto me encontré
aprendiendo acordes y armonías complicadísimas. Leonel López, que en ese tiempo
fungió como director interino de la orquesta sinfónica, estuvo en mi habitación,
tocando las melodías de Roberto en su oboe y transcribiéndolas a partituras. Yo
me sentía insignificante en medio de dos genios, y eso me llevó a ensayar el
teclado como nunca. Y realmente llegué a tocar como nunca.
Para efectos de registro, hacíamos grabaciones
ambientales de la música en casete. Un día me dijo Roberto que le había mostrado
el casete a Vito, quien estaba trabajando en el Instituto de Previsión Militar.
Al parecer, Vito se lo había mostrado a un general retirado amante de las artes,
y ahora este hombre estaba interesado en financiar nuestro proyecto. ¡No lo
podía creer! Pero como éstos eran los mismos tipos que antes me habían llevado
al Teatro Nacional y al estudio de grabación, lo creí.
Y el plan cuajaría un 16 de noviembre. Lo recuerdo
porque, fortuitamente, era mi cumpleaños. Por si fuera poco, ese día había
presentación de la orquesta sinfónica. Roberto pasaría por mí, tendríamos una
entrevista con el general, e iríamos a la sinfónica. Francamente, no podía imaginar
un cumpleaños más perfecto – a pesar de que tendría que vestir saco y corbata.
Cuando Roberto pasó por mí, era más tarde de
lo que habíamos acordado. Fuese por la tardanza, por la anticipación, o por la
corbata, yo estaba sofocado. Roberto no sólo estaba relajado, sino que estaba
vestido muy casualmente. Quizás yo exageré con el formalismo. Después de todo,
él había hecho esto antes.
Rumbo a la entrevista, preguntó:
- ¿Trajiste el casete?
- ¡No, vos lo tenés! Y de todos
modos, creí que el general ya había escuchado la música.
- ¡No hombre! Vamos a tener que ir
hasta mi casa a traerlo.
- ¿Qué? ¡Pero, si ya vamos tarde! Da
la vuelta. Tengo una copia en casa.
Subí las gradas de tres brincos. Estaba tan
enfocado en hallar el casete que no registré los gritos.
- ¡Sorpresa!
- ¡Felicidades!
Murmuré las gracias y corrí al closet. ¿Qué
hacían todos mis compañeros de la universidad en mi sala? Saqué la caja de los
casetes, frenéticamente buscando el indicado. Alexa entró a mi cuarto.
- Feliz cumpleaños…
- Gracias, Ale. ¿Has visto un casete
Sony azul?
- Eli, todos tus amigos están aquí
para celebrar con vos…
- Ah, sí… Pero ahorita sí que no
puedo. Roberto me está esperando afuera para ir a la cita con el general, pero
¿dónde está mi casete?
Alexa estaba notablemente entristecida. Me sentía
mal por eso, porque me había organizado una fiesta sorpresa. Pero lamentablemente
hubo mala coordinación, y este proyecto era tremendamente importante para mí.
¡Encontré el casete! Pero en la puerta me
interceptó Roberto, sonriendo serenamente.
- Felicidades…
- ¡Ya tengo el casete! ¡Vámonos!
- ¿A dónde?
- ¡Donde el general!
- Quedate… Es tu cumpleaños.
Todo fue una mentira para sacarme de casa mientras mis compañeros
entraban. Debí suponerlo. ¿Quién oyó jamás de un militar amante de las artes? Fue
una mentira absurda, pero demasiado buena. Porque habría preferido la mentira.
Y mientras celebramos mi fiesta sorpresa esa noche, algo dentro de mí moría
lentamente.

No comments:
Post a Comment