Wednesday, August 26, 2015

No Te Negaré (parte 4)

Las noches del estudiante de arquitectura son largas. Además de estudiar para exámenes y hacer tareas regulares, hay diseños que realizar, anteproyectos que producir, planos que dibujar y entintar y rotular. Cuando hay entrega de proyecto, no es raro que el estudiante pase toda la noche en vela; por lo que, en la mañana de entregas, los pasillos de la facultad parecen la escena de una mala película de zombis.

Algunos combaten el sueño con café. Otros con Coca-Cola. Aún otros, mezclando café con Coca-Cola. Mi técnica para mantenerme despierto fue algo menos sofisticada: subirle el volumen a la música y cantar a todo pulmón. Mi lógica era que, como yo no era cantante, oírme a mí mismo cantar me impediría dormirme. Con lo que no contaba era con que, después de tantas noches cantando, mejoraría algo. De hecho, mejoré lo suficiente como para intentar algo que nunca se me habría ocurrido antes.

Después de unas cuantas presentaciones exitosas y gracias a la pericia de su mánager, Triángulo de Eva estaba contratado para una tocada en el parque central de Tegucigalpa. Pero Juan Carlos Ordóñez dejó la banda, la cual se encontró repentinamente en una búsqueda desesperada por llenar el vacío del vocalista. No sé si Oscar me convenció a mí, o yo a él, o si todos nos engañamos mutuamente. Lo que sé es que pronto me encontré accediendo a cantar con ellos – aunque sólo las canciones que consideré suficientemente cool. Beatles, sí. Lenny Kravitz, sí. Maná, no.

Desde mi punto de vista, cantar en el parque central era la oportunidad perfecta para reinventarme. Cantaría en público por primera vez en mi vida – pero nadie tenía que saber que nunca lo había hecho antes. Dejaría una marca presentándome en un escenario tan simbólico con jeans rotos y sin zapatos. Pero lo mejor de todo era que si lo echaba todo a perder, esta no era mi banda. Tenía todo por ganar y nada que perder, así que le di con ganas. ¡Y funcionó! Según le oí a mi abuela, la prensa publicó algo esa semana alusivo a “el chuña” que cantó en el parque central.

Pronto hubo problemas entre los miembros del Triángulo y su mánager. Oscar y Tito dejaron la banda alrededor del momento en que Wil compró un bajo y amplificador. Y en vista de que yo era ya un “vocalista”, decidimos unirnos los cuatro para formar una nueva banda. Una que no tocaría covers, sino sólo nuestras propias canciones. Una que mezclaría las influencias que nos unían: rock en español (Oscar y Tito), blues (Oscar y Wil), metal (Wil y Tito), synth-pop (Oscar y yo), rock clásico (Tito y yo) y progresivo (Wil y yo). Sería una mezcla profana de muchas cosas que probablemente nunca deberían mezclarse.

En una sesión en el balcón frontal de mi apartamento, Wil y yo inventamos una leyenda más profana aún para explicar el nacimiento de nuestra banda. Sin duda alguna, la leyenda estaba influenciada por mi pasado religioso y mi afinidad por autores filosóficos modernos, por los experimentos de Wil con diversas cosmogonías y sus intereses esotéricos, y por alguna vibra del centro gnóstico de la esquina. Dicha leyenda giraba en torno a Dimas – presuntamente uno de los ladrones crucificados junto a Jesús – que daba nombre a nuestra nueva agrupación.

Basta con decir que nos auto-perfilamos como los encargados de producir emociones artificiales en los oyentes de nuestra música. Y eso fue precisamente lo que procuramos, presentándonos en El Túnel del Tiempo y cuanto bar o discoteca nos abriera las puertas, para hacer que la gente sintiera algo.

El escenario comenzaba vacío, salvo por los instrumentos. El pergamino frontal del bombo lucía una imagen alusiva a la leyenda. Mi amigo Marco Matute aparecía y tomaba el micrófono para presentarnos. Durante un minuto entero fingía buscar las palabras para describir nuestro talento, sólo para descubrir que se había quedado sin palabras. Finalmente suspiraba en resignación y decía simplemente: Dimas.

Pero en lugar de una escandalosa entrada con nuestra melodía más pegajosa, yo aparecía calladamente al teclado, vistiendo una túnica con capucha – al estilo de los druidas paganos, pero en color morado encendido. Poco después entraba Wil, luego Oscar, y finalmente Tito; cada uno en su parte y vistiendo la misma túnica. La obertura era una excentricidad instrumental y la tocábamos con nuestros rostros ocultos en la sombra de la capucha.

Seguidamente, nos quitábamos las túnicas y yo – no sólo sin zapatos esta vez, sino además sin camisa a-la-Iggy-Pop – metía la cabeza en una caja desde donde tocaba la armónica y cantaba La Nenúfar. Mientras tanto, unos amigos encendían las máquinas de palomitas de maíz situadas al frente del escenario. Para cuando entrábamos a la tercera canción, las palomitas estaban listas y los espectadores se acercaban libremente a consumirlas.

Y así se iba todo el set. Entre poesías gritadas frenéticamente por Wil y yo rayándome el pecho con marcador indeleble. Y pese a lo que muchos habrán pensado, nunca consumí drogas.

Pronto teníamos un pequeño grupo de fieles seguidores. Amigos y amigos de amigos que nos seguían a donde tocáramos y nos rogaban por una copia del casete de ensayos con nuestra música. A la vez, comenzamos a ganarnos el respeto de otras bandas más establecidas. Hasta que llamamos la atención de Myrna María Barahona, cronista del rock hondureño, quien nos invitó a nuestra primera tocada fuera de Tegucigalpa: como teloneros de Delirium Tremens en un concierto en la convención de ganaderos de Choluteca – ciudad natal de mi madre y hogar de mis abuelos.

Sin duda ésta era una gran oportunidad. Para una banda tan joven como la nuestra, era un regalo inmerecido. Los organizadores nos enviarían en un bus con Delirium y el equipo de sonido del sonidista favorito de todos los rockeros, mejor conocido como El Profesor. Nos darían de comer y nos alojarían en un hotel. (De mala muerte, pero hotel al fin y al cabo). No recuerdo si nos iban a pagar o no, pero a ese punto, poco importaba.

Antes de ir a Choluteca, pasamos una tarde con los chavos de Delirium Tremens. Me sorprendió que, siendo una de las bandas más pesadas de Honduras, los tipos fueran tan normales. En una cancha de baloncesto, bromeaban y jugaban y hacían tonterías como cualquiera. Pero más tarde en su concierto en La Peña de Toño los vimos transformarse en monstruos enajenados, guiando a sus hordas en un culto a los demonios del heavy metal. No exagero. ¡Cuando vimos el desenfreno de los fans y a dos que se amenazaban con navaja en mano, salimos huyendo!

Thursday, August 20, 2015

No Te Negaré (parte 3)

Las primeras semanas de mi amistad con Wil se fueron en conversaciones como ésta:
            - Me llega Pink Floyd.
            - ¡A mí también! Es que no paso la música comercial.
            - ¡Yo tampoco! Odio Vilma Palma e Vampiros.
            - ¡Igual yo!

Ambos teníamos padres trabajadores, inteligentes y estudiosos, que nos habían criado con valores familiares tradicionales y se habían esforzado por darnos una buena educación. Wil y yo teníamos tantos intereses en común, que en algún sentido éramos como un presagio el uno del otro. El día que me confesó que luchaba con la depresión, comprendí que ese era el nombre correcto para lo que yo experimentaba tantas veces. Y cuando Wil me dijo que estaba tomando medicamentos para su condición, supuse que si yo visitase un médico, me recetaría lo mismo.

Nuestro refugio común era la música. Aunque Wil era un bajista sin bajo – bajeaba en una guitarra acústica, y hasta se dice que una vez arruinó una guitarra eléctrica poniéndole cuerdas de bajo – su sensibilidad para el bajo era innegable. Además, compartíamos esa mezcla de creatividad, ingenuidad y cinismo, que le permite a un músico joven estar seguro de que, trabajando duro, su música puede ser al menos tan buena como la que suena en la radio. Al igual que yo, Wil era un compositor. Desconocidos para el mundo, pero no menos compositores por ello.

La escena musical de Tegucigalpa estaba presenciando cambios dinámicos, mayormente porque algunos artistas finalmente se estaban avivando con el tema económico. Ya no sólo era Europa, la banda de synth-pop que recibía su nombre de su financista, Embutidos La Europea. Había aparecido en la escena la banda pop Fusión, inicialmente conformada por los herederos de Comercial El Millón – un distribuidor de componentes electrónicos que, convenientemente, se había diversificado para ofrecer equipos de sonido, luces para escenario, e instrumentos musicales. Estos tipos cuidaban su presencia escénica, tocaban la música de moda, y se presentaban en ciudades del interior del país. Se tomaron tan en serio el negocio que desplazaron a su propio primo para ubicar como vocalista a un tipo más bonito. Fusión era la banda que todos los músicos de corazón amábamos odiar, pero estaban haciendo dinero.

En ese ambiente, Vito Suazo revivió la que antes fuera nuestra banda, renombrándola simplemente Triángulo de Eva. En la nueva encarnación, Vito hizo sus propias mejoras. Para empezar, se alió con un promotor que manejaría la banda con una mentalidad empresarial. Luego, reclutó como vocalista a Juan Carlos Ordóñez – un sampedrano amigo mío con quien colaboramos en algunas de mis primeras canciones y que tenía buena presencia escénica. Además conectó a Tito Valladares, náufrago de la metamorfosis Animalia-Ecos que ahora tenía su propia batería Tama Rockstar. Casi para cerrar su cuadro, puso a cantar en el coro a una rubia en pantalones de cuero.

Para este tiempo, mi hermano Oscar llegó a Tegucigalpa. Traía consigo su guitarra eléctrica Biscayne color negro y un amplificador Fender HOT. Pero más importante aún, traía bajo el cinturón varios meses de estudio con el célebre Hunty Gabbe de El Pop. Nuestro deseo era armar una banda juntos, pero Wil aún no tenía bajo ni amplificador, y no teníamos vocalista ni baterista. Sólo éramos ganas.

Cuando Vito llegó queriendo enlistar a Oscar como guitarrista, no me pude oponer. Él le estaba ofreciendo algo concreto: tocadas ya contratadas que pagarían algo de dinero, o al menos exposición. Vito representaba la oportunidad de formar parte de una banda ya estructurada, no simples ilusiones. Y Oscar se incorporó al Triángulo.

Por consideración al asma de mi hermana, Wil y yo no fumábamos dentro de la casa, sino que salíamos al balcón frontal. Desde allí mirábamos a la gente entrar a la carnicería, y nos inventábamos el trasfondo de sus vidas.
            - ¿Ves esa muchacha – la de los pantalones apretados?
            - ¿La nenúfar?
            - ¿Nenúfar? ¿Por qué nenúfar?
            - Porque es como un lirio. Es bonita, pero no se da cuenta de que es bonita. Porque está rodeada de sapos. Se viste así para sentirse atractiva.
            - Nenúfar… La nenúfar se vistió de amor… Vio su reflejo en el agua y se enamoró… La arena del fondo suspiró…
Y así nacía otra canción. Y crecía el repertorio de canciones originales.

Anochecía ya cuando un policía nos llamó desde la calle. Al bajar encontramos la patrulla estacionada a media calle, con un policía al volante. Otros dos esperaban cerca de mi carro a pocos metros, sujetando fuertemente a un joven harapiento. Mientras le retorcían el brazo tras su espalda, el primer policía me explicó que en lo que patrullaban el vecindario habían atrapado al joven quebrando un vidrio de mi carro. Si yo presentaba cargos, lo llevarían preso; pero si no, lo dejarían ir con un escarmiento.

No sé por qué, pero fui a ver al muchacho. Talvez tenía mi edad, pero se miraba malnutrido y descuidado. ¿Qué ganaría yo con presentar cargos? ¿Hacerme de un enemigo por algo tan insignificante? ¿Un preso que pronto saldría lleno de rencor contra mí? No valía la pena. Le pedí que no anduviera haciendo eso, pero no me miraba a los ojos.

La policía se fue. Antes de que Wil se fuera a su casa, de pie sobre la acera reflexionamos un poco, filosofando como suelen hacer los muchachos cuando se acercan a la anciana edad de veinte y hacen una pausa para notar la futilidad de la vida a su alrededor.
            - ¿Sabes? Yo antes servía a Dios. Sé que ahorita estoy lejos de Él, pero estoy seguro de que algún día voy a regresar al Camino y a la iglesia. No sé cuándo, ni cómo, ni por qué. Simplemente lo sé.

Thursday, August 13, 2015

No Te Negaré (parte 2)

Aun de noche, conocían bien el camino. Muchas veces habían ido y venido, cursando la hondonada entre Jerusalén y el olivar. Andaban con la lentitud que se imponen los hombres cuando no quieren demostrar que están nerviosos; manteniéndose lo suficientemente cerca unos de otros como para protegerse, pero no tanto como para llamar mucho la atención.

En la parte más baja del sendero, Jesús disminuyó el paso y se acercaron los discípulos.
            - Esta misma noche todos ustedes me abandonarán, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.” Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea.
            - ¡No! —exclamó Simón— Aunque todos te abandonen, yo jamás lo haré.
            - Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como si fueran trigo. Pero yo he orado por ti, para que no falle tu fe. Y cuando te hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos.
            - ¿Y a dónde vas, Señor?
            - Adonde yo voy, no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde.
            - Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a ir contigo tanto a la cárcel como a la muerte.
            - ¿Tú darás la vida por mí? Pedro, te digo que hoy mismo, antes de que cante el gallo, tres veces negarás que me conoces.
            - ¡Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré!

Y los demás discípulos dijeron lo mismo.

El monte de los Olivos tiene una vista espléndida de Jerusalén. Ha sido un lugar de reposo para generaciones de peregrinos, sus antiguos árboles testigos mudos de innumerables promesas hechas antes de entrar a la santa ciudad. En él hay un sitio particular; un huerto especial conocido como Getsemaní – la prensa de aceite.

Contrario a lo que piensan muchos, el aceite de olivas no se extrae de la parte carnosa del fruto, sino de la semilla. Después de remover la carne, la semilla es triturada. En tiempos de Jesús se hacía en una prensa de piedra, donde la muela – una piedra redonda – gira sobre la base fija, aplicando presión extrema a las semillas para que suelten el apetecido aceite. Todo esto estaba a punto de ser mucho más que una simple analogía.

Una vez en Getsemaní, Jesús dejó a sus discípulos con instrucciones de orar. Llevando consigo a Simón, a Jacobo y a Juan, adentraron en el huerto. Una profunda tristeza lo llenó.
            - Es tal la angustia que me invade… ¡Siento que me muero! Quédense aquí y manténganse despiertos conmigo.

Jesús se apartó de ellos. Simón lo vio retirarse un poco y postrarse en tierra, orando. Nunca lo habían visto así. Las miradas de Juan y Jacobo le decían que estaban pensando lo mismo. Triste y tímidamente comenzaron a orar. Pero la tristeza les drenó las fuerzas y, agotados, se durmieron. No escucharon a su Maestro rogar al Padre –“Si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya”. No vieron cuando apareció un ángel del cielo para fortalecerlo. No oyeron cuando se puso a orar con renovado fervor. No vieron su sudor caer a tierra como gotas de sangre.

Cuando Jesús volvió a donde ellos estaban, los encontró dormidos.
            - Simón, ¿estás dormido? ¿No pudiste mantenerte despierto ni una hora? Levántense y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil.

Apenados, Simón y los hijos de Zebedeo reiniciaron su oración, en tanto que Jesús se retiraba una vez más a hacer la misma oración. Pero se les cerraban los ojos de sueño. Cuando Jesús volvió, otra vez los encontró dormidos. De la vergüenza, no sabían qué decirle.

Por tercera vez los dejó y se retiró a orar, igual que las veces anteriores. De nuevo volvió a los discípulos y les dijo:
            - ¿Siguen durmiendo y descansando? ¡Se acabó! Llegó la hora. Miren, el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores. ¡Levántense! ¡Vámonos! ¡Ahí viene el que me traiciona!