Las noches del estudiante de arquitectura son
largas. Además de estudiar para exámenes y hacer tareas regulares, hay diseños
que realizar, anteproyectos que producir, planos que dibujar y entintar y
rotular. Cuando hay entrega de proyecto, no es raro que el estudiante pase toda
la noche en vela; por lo que, en la mañana de entregas, los pasillos de la
facultad parecen la escena de una mala película de zombis.
Algunos combaten el sueño con café. Otros con
Coca-Cola. Aún otros, mezclando café con Coca-Cola. Mi técnica para mantenerme
despierto fue algo menos sofisticada: subirle el volumen a la música y cantar a
todo pulmón. Mi lógica era que, como yo no era cantante, oírme a mí mismo
cantar me impediría dormirme. Con lo que no contaba era con que, después de
tantas noches cantando, mejoraría algo. De hecho, mejoré lo suficiente como
para intentar algo que nunca se me habría ocurrido antes.
Después de unas cuantas presentaciones exitosas y
gracias a la pericia de su mánager, Triángulo
de Eva estaba contratado para una tocada en el parque central de Tegucigalpa.
Pero Juan Carlos Ordóñez dejó la banda, la cual se encontró repentinamente en
una búsqueda desesperada por llenar el vacío del vocalista. No sé si Oscar me
convenció a mí, o yo a él, o si todos nos engañamos mutuamente. Lo que sé es
que pronto me encontré accediendo a cantar con ellos – aunque sólo las
canciones que consideré suficientemente cool.
Beatles, sí. Lenny Kravitz, sí. Maná, no.
Desde mi punto de vista, cantar en el parque
central era la oportunidad perfecta para reinventarme. Cantaría en público por
primera vez en mi vida – pero nadie tenía que saber que nunca lo había hecho
antes. Dejaría una marca presentándome en un escenario tan simbólico con jeans
rotos y sin zapatos. Pero lo mejor de todo era que si lo echaba todo a perder, esta
no era mi banda. Tenía todo por ganar y nada que perder, así que le di con
ganas. ¡Y funcionó! Según le oí a mi abuela, la prensa publicó algo esa semana alusivo
a “el chuña” que cantó en el parque central.
Pronto hubo problemas entre los miembros del Triángulo y su mánager. Oscar y Tito dejaron
la banda alrededor del momento en que Wil compró un bajo y amplificador. Y en
vista de que yo era ya un “vocalista”, decidimos unirnos los cuatro para formar
una nueva banda. Una que no tocaría covers,
sino sólo nuestras propias canciones. Una que mezclaría las influencias que nos
unían: rock en español (Oscar y Tito),
blues (Oscar y Wil), metal (Wil y Tito), synth-pop (Oscar y yo), rock clásico
(Tito y yo) y progresivo (Wil y
yo). Sería una mezcla profana de muchas cosas que probablemente nunca deberían
mezclarse.
En una sesión en el balcón frontal de mi
apartamento, Wil y yo inventamos una leyenda más profana aún para explicar el
nacimiento de nuestra banda. Sin duda alguna, la leyenda estaba influenciada
por mi pasado religioso y mi afinidad por autores filosóficos modernos, por los
experimentos de Wil con diversas cosmogonías y sus intereses esotéricos, y por
alguna vibra del centro gnóstico de la esquina. Dicha leyenda giraba en torno a
Dimas – presuntamente uno de los ladrones crucificados junto a Jesús – que daba
nombre a nuestra nueva agrupación.
Basta con decir que nos auto-perfilamos como los
encargados de producir emociones artificiales en los oyentes de nuestra música.
Y eso fue precisamente lo que procuramos, presentándonos en El Túnel del Tiempo y cuanto bar o
discoteca nos abriera las puertas, para hacer que la gente sintiera algo.
El escenario comenzaba vacío, salvo por los
instrumentos. El pergamino frontal del bombo lucía una imagen alusiva a la
leyenda. Mi amigo Marco Matute aparecía y tomaba el micrófono para presentarnos.
Durante un minuto entero fingía buscar las palabras para describir nuestro
talento, sólo para descubrir que se había quedado sin palabras. Finalmente suspiraba
en resignación y decía simplemente: Dimas.
Pero en lugar de una escandalosa entrada con
nuestra melodía más pegajosa, yo aparecía calladamente al teclado, vistiendo una
túnica con capucha – al estilo de los druidas paganos, pero en color morado
encendido. Poco después entraba Wil, luego Oscar, y finalmente Tito; cada uno
en su parte y vistiendo la misma túnica. La obertura era una excentricidad instrumental
y la tocábamos con nuestros rostros ocultos en la sombra de la capucha.
Seguidamente, nos quitábamos las túnicas y yo – no sólo
sin zapatos esta vez, sino además sin camisa a-la-Iggy-Pop – metía la cabeza en una caja desde donde tocaba la armónica
y cantaba La Nenúfar. Mientras tanto,
unos amigos encendían las máquinas de palomitas de maíz situadas al frente del
escenario. Para cuando entrábamos a la tercera canción, las palomitas estaban
listas y los espectadores se acercaban libremente a consumirlas.
Y así se iba todo el set. Entre poesías gritadas frenéticamente por Wil y yo rayándome el
pecho con marcador indeleble. Y pese a lo que muchos habrán pensado, nunca
consumí drogas.
Pronto teníamos un pequeño grupo de fieles
seguidores. Amigos y amigos de amigos que nos seguían a donde tocáramos y nos rogaban
por una copia del casete de ensayos con nuestra música. A la vez, comenzamos a
ganarnos el respeto de otras bandas más establecidas. Hasta que llamamos la
atención de Myrna María Barahona, cronista del rock hondureño, quien nos invitó
a nuestra primera tocada fuera de Tegucigalpa: como teloneros de Delirium Tremens en un concierto en la convención de ganaderos de Choluteca – ciudad
natal de mi madre y hogar de mis abuelos.
Sin duda ésta era una gran oportunidad. Para una
banda tan joven como la nuestra, era un regalo inmerecido. Los organizadores nos
enviarían en un bus con Delirium y el
equipo de sonido del sonidista favorito de todos los rockeros, mejor conocido
como El Profesor. Nos darían de comer
y nos alojarían en un hotel. (De mala muerte, pero hotel al fin y al cabo). No
recuerdo si nos iban a pagar o no, pero a ese punto, poco importaba.
Antes de ir a Choluteca, pasamos una tarde con los
chavos de Delirium Tremens. Me
sorprendió que, siendo una de las bandas más pesadas de Honduras, los tipos fueran
tan normales. En una cancha de baloncesto, bromeaban y jugaban y hacían
tonterías como cualquiera. Pero más tarde en su concierto en La Peña de Toño los vimos transformarse
en monstruos enajenados, guiando a sus hordas en un culto a los demonios del heavy metal. No exagero. ¡Cuando vimos el
desenfreno de los fans y a dos que se amenazaban con navaja en mano, salimos huyendo!

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