Thursday, April 30, 2015

Palabras de Vida Eterna (parte 4)

Cuando me mudé a casa de mi padre en mi último año de colegio, no solamente dejé atrás la casa de Mamá, sino que corté toda conexión con la iglesia. Me estaba embarcando hacia un nuevo destino. Un lugar que pensé que se llamaba Libertad. Hoy sé que la neblina no me permitía ver bien. En realidad, andaba buscando libertinaje.

Mi maestra de Inglés y Biología era una americana amante de gatos con la que frecuentemente nos encontrábamos chocando. No era saña, sino que ambos nos creíamos más inteligente que el otro, y estábamos determinados a demostrarlo. Un día la saqué ligeramente de quicio, al punto que me respondió con una mala palabra. Aunque no lo hizo con furia, lo hizo frente a la clase entera, ante lo cual yo fingí espanto. Viendo que algunas de sus estudiantes estaban genuinamente horrorizadas, la maestra aprovechó que estábamos en clase de Inglés después de todo, procediendo a explicarlo todo como una simple “forma del idioma”. Si, pues, era tan inofensivo, entonces nada iba a impedir que me pusiera de pie y comenzara a recitar esta forma del idioma inglés, lo cual procedí a hacer con impunidad hasta que sonó la campana.

Poco después recibí de ella una mala calificación en mi reporte sobre gatos monteses, presuntamente porque había plagiado un artículo de la enciclopedia. Estos eran los días antes de Google, Wikipedia y el “copiar y pegar”; tiempos pasados cuando los maestros exigían que los estudiantes realizaran una investigación bibliográfica real y escribieran con su propia mano sus propios pensamientos. Aunque protesté que no había copiado todo textualmente – había cambiado unas palabritas aquí y allá – mi trabajo no fue considerado lo suficientemente original.

Un día teníamos examen final de Biología y la maestra concedió unos minutos para ir al baño antes de iniciar. Ella esperaba en una esquina con los exámenes a mano, pero había dejado su original sobre el escritorio, al otro lado del salón. Yo había estudiado lo suficiente como para sacar una excelente nota, pero se me metió en la cabeza que alguien podría beneficiarse de esta información; particularmente un amigo que necesitaba sacar una nota muy alta en este examen para pasar el año y graduarse con todo el curso. No sé qué estaba pensando que sucedería, pero cuando le señalé el examen a mi amigo, se lo metió bajo la camisa con la destreza de un samurái. En un instante estábamos en el baño él, otro amigo y yo. Todo esto estaba mal, pero además era realmente tonto de nuestra parte. ¿Qué pretendíamos lograr viendo el examen – que no tenía respuestas – dos minutos antes de recibir nuestra propia copia del mismo examen?

Regresé al salón mientras los chicos se deshacían de los papeles, una hoja cada uno vaciada en el inodoro. Para cuando llegamos, alguien había advertido a la maestra de lo sucedido y el examen estaba suspendido. La subdirectora llegó a demandar una confesión, o reprobaría a todo el curso. Todos estaban atemorizados. El director de disciplina apareció con una hoja empapada – uno de los chicos no se había deshecho apropiadamente de la evidencia.

Lo que siguió fue un proceso de interrogatorios y juntas, alianzas y traiciones. Mis amigos y yo nos juramos que no nos delataríamos unos a otros, pero supongo que ellos tenían más que perder si cerraban la boca, porque cantaron como ruiseñores en primavera. (Yo sigo manteniendo mi parte del trato. Es por eso que he omitido sus nombres.)

Pero he querido contar este relato – aunque me avergüenza mucho hacerlo – porque es un punto importante en el arco mayor de la historia.

Primero, porque quiero que mis hijos sepan que el crimen nunca paga bien. Mi sentencia incluyó escribir cartas de disculpas a la maestra y a la junta, además de tener que tomar una versión “especial” del examen. Y aunque escribí las cartas con sarcasmo y pasé el examen sin problema, con este incidente perdí el buen nombre que antes tuve entre el cuerpo docente de mi colegio. Y eso no lo volví a recuperar.

En segundo lugar, quiero que las ovejas de mi congregación – sobre todo los jóvenes – sepan que todos hemos hecho cosas vergonzosas en nuestra vida. TODOS. También su pastor. Por eso es que TODOS necesitamos ser redimidos por Jesucristo. No unos más que otros, sino todos por igual.

Tercero, quiero reconocer que este incidente fue mucho más que una simple tontería adolescente. Me vi implicado en un robo, pero no salí humilde, sino con aumentada soberbia. Esto abrió la puerta al pecado de robo. Unas cuantas veces durante mis primeros años universitarios me vi tentado a robar; no por necesidad, sino por rebeldía. Robé ropa, casetes de música, y me quedé un libro valioso que alguien más se había robado – una copia autografiada de “Azul”, de Rubén Darío. Hasta que un día, queriendo comprarme un teclado más potente, tomé algo de mi abuela.

De todas estas cosas me arrepentí, las confesé ante mis consejeros y fui perdonado por el Señor. Una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer en mi vida fue confesar y pedir perdón a mi abuela. Pero lo hice y ella me perdonó con gracia. He reparado el daño. He devuelto lo que tomé. Aun el libro lo devolví a su dueño original. Hasta por la tienda de ropa que ya cerró operaciones y cuyo propietario no pude rastrear, hice una donación anónima. Pero esta salvación llegaría años después. Mientras anduve el valle de sombra de muerte, el pecado de robo vendría a golpearme una y otra vez.

Por lo cual insto a las madres a que hagan como hizo la mía cuando a mis cuatro años tomé una galleta de la repostería. Ella se enteró hasta que ya estábamos en el carro, pero me llevó de regreso a pedirle perdón al panadero. (Supongo que ella pagó la galleta, porque yo no tenía dinero, y no creo que el panadero haya querido una galleta babeada.)

Y urjo a los padres a que hagan como hizo el mío aquella semana de exámenes. Cuando tomé las llaves del carro para salir ese viernes, conforme a nuestro acuerdo original, él estaba sentado en la sala.
            - ¿A dónde crees que vas?
            - Voy a reunirme con mis amigos.
            - ¿Realmente piensas que mereces salir después de lo que has hecho?
No sólo no salí ese viernes, sino que pasé todo el fin de semana encerrado en mi habitación meditando.

Bien dice el proverbio: Instruye al niño en su camino, y aunque fuere viejo no se apartará de él. Por diez años anduve lejos del Señor; pero por muy distante, SIEMPRE supe que regresaría a Él. No sabía cuándo, ni cómo, ni por qué; pero nunca lo dudé. Mi espíritu sabía que sólo Jesucristo tiene palabras de vida eterna.

Tuesday, April 21, 2015

Palabras de Vida Eterna (parte 3)

A partir de los tres acordes que me enseñó mi tío en el órgano Bon Tempi aprendí la relación básica entre notas y acordes. De allí deduje la construcción de más acordes y aprendí a acompañar los coritos que cantábamos en las reuniones que hacíamos en la sala de la casa. No teníamos un “ministerio de alabanza”, pero cuando los hermanos comenzaban a cantar, yo me escabullía para acompañarlos en el Bon Tempi desde el pasillo. Y a medida que mi nivel de confianza aumentaba, también lo hacía el volumen.

Durante un breve tiempo estuve matriculado para recibir clases con Gustavo Erazo, quien era, en aquellos días pre-disco-móvil, el rey del órgano melódico. Con su banda amenizaban todas las fiestas importantes con música en vivo. El tema es que las ocupaciones nocturnas del maestro Erazo no combinaban bien con algunas de sus actividades diurnas. El resultado era que después de asignar algún ejercicio a este pupilo, se quedaba profundamente dormido. Esto me parecía a mí de lo más formidable, pues me permitía dejar en automático la caja rítmica del órgano para ir a explorar el resto del estudio. Fue la primera vez que vi de frente una batería. Un bajo. Amplificadores. Un estudio de ensayos. Pero supongo que a mi madre no le pareció igualmente formidable estar pagando buen dinero para que su hijo amenizara la siesta vespertina del maestro, y esta relación prontamente llegó a su fin.

Pero tuve mi primer atisbo de cómo funciona un conjunto. Y la noción de hacer música con otros me resultó muy atractiva. De manera que cuando escribí mi primera canción – para mi madre – busqué a mi hermano Oscar y a su compañero Omar para explorar juntos el potencial de la cancioncita. Compartiendo así el crédito, nos lanzamos a conquistar el corazón de nuestras madres una mañana de mayo, cantándoles:
            Dios te bendiga, Mamá
            Dios te bendiga en tu día
            Que te dé paz, te dé amor
            Y también mucha alegría

Mi papá me llevó a comprar mi primer teclado nuevo. Aunque olvidé la marca y el modelo del teclado, en mi memoria llevo un recuerdo vívido del momento en que cruzamos la calle con el teclado en brazos. Ambos sonreíamos ampliamente, cómplices de algo que entendíamos intuitivamente, aunque no lo habíamos platicado realmente.

Para entonces yo vivía aún en la casa de Mamá, pero me había mudado al cuarto de huéspedes, porque me creía lo suficientemente mayor como para tener mi propio dormitorio. Un día llegó a visitarnos a casa una pareja de pastores amigos. Él era cantante y me enseñó cómo respirar cuando se canta. No sé por qué se habrá tomado la molestia – sobre todo si yo no me consideraba un cantante – pero me alegra que lo haya hecho.

Las alabanzas que se escuchaban en casa incluían los clásicos: Maranatha!, Romeo y Sonia, Marino, Kent LeRoy… (Habíamos llegado tarde a la tanda de Los Voceros de Cristo y María y Marta.) Si algo más contemporáneo salía en el campo de la música cristiana, Mamá hacía lo que haría toda buena madre de un adolescente: sacarle una copia en casete. Así conocí Kerigma y otros grupos cristianos que estaban intentando un sonido más moderno que el prevalente. En la privacidad de mi dormitorio, me acostaba a escuchar mis casetes con unos pequeños auriculares, sólo para despertarme a media noche con el cable enredado en el cuello.

En una ocasión caí enfermo como por una semana. Habiendo crecido con padres médicos, la enfermedad era tratada sin mucho dramatismo. Era más un inconveniente que otra cosa. Entre una y otra fiebre, escuchaba música y leía la Biblia. Cuando me aburrí de eso, comencé a ponerle música a algunos salmos usando el teclado que me había regalado Papá. Y así nacieron mis primeras composiciones sacras.

Quizás esas canciones eran súplicas de auxilio. No por la enfermedad física que estaba pasando, sino por los deseos malsanos que comenzaba a aparecer en mi corazón. El pecado tejía su telaraña alrededor de mí, y yo no sabía a quién acudir.
            Examíname, oh Dios,
            Y conoce mi corazón;
            Pruébame y conoce mi pensar;
            Y ve si hay en mí camino de perversión,
            Y guíame por Tu senda, Oh Señor.

Tuesday, April 14, 2015

Palabras de Vida Eterna (parte 2)

El escarpado monte Hermón es el punto más alto del territorio de Israel. En su ladera suroeste, sobre una terraza a 1,150 pies de altura con vistas al fértil valle, Cesarea de Filipo es uno de los lugares más hermosos de Israel. Hay allí una cueva muy fina bajo la cual hay una gran cavidad en la tierra. La caverna es prodigiosamente profunda y llena de agua. Esta es una de las cuatro fuentes principales del río Jordán.

En la antigüedad, los sirios adoraron a Baal allí y llenaron la zona con sus templos. Fue el punto más septentrional en ser conquistado por Josué y fue habitada por los hijos de la media tribu de Manasés, pero los heveos quedaron allí como una de las naciones no erradicadas que probarían a Israel.

Según los griegos, en una cueva cerca de la ciudad nació Pan. Mitad hombre, mitad cabra, y a menudo representado tocando una flauta, fue venerado como el dios de la naturaleza, los campos, los bosques, las montañas, las ovejas y los pastores. Durante el período helenístico, le fue construido allí un santuario y a la ciudad se le llamó Panias.

Herodes el Grande construyó allí un gran templo de mármol blanco para rendir culto a César. En el año 2 a.C., su hijo Felipe llamó la ciudad Cesarea en honor de Augusto y, para diferenciarlo de Cesarea Marítima, vino a ser conocida como Cesarea de Filipo.

A unos 25 kilómetros al noreste del Mar de Galilea, Cesarea de Filipo fue el límite septentrional del ministerio de Jesús. Fuera del dominio de Herodes Antipas, gobernante de Galilea, y de la influencia de los judíos que ya comenzaban a tramar en su contra, Jesús podía estar a solas con sus discípulos. Caminando por esta región regada de templos paganos, Jesús se detuvo y preguntó a sus discípulos:
            - ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

En sus escritos, el profeta Daniel relató una visión que tuvo una noche durante su exilio en Babilonia. Vio un trono de fuego delante del cual salía un río de fuego, y millones de millones de seres alrededor. Sobre el trono se sentó el Anciano de días, y su vestido y su cabello eran blancos como la nieve. Entonces vio venir en las nubes a uno como un hijo de hombre, y llegó hasta el Anciano de días, y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.

Jesús había comenzado a referirse a sí mismo como el Hijo del hombre, así que claramente se consideraba el cumplimiento de la profecía de Daniel. Pero distintos grupos sostenían que era éste u otro.
            - Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que uno de los antiguos profetas resucitado.
            - Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

En lo más profundo de su espíritu, Simón sabía. No era el producto de mucho estudio, meditación, o análisis. Simplemente sabía.
            - Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
            - Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

Con esto, dos hombres – Jesús y Simón – se reconocían mutuamente en un plano de eternidad. Cristo, el Hijo de Dios; y Pedro. Jesús era mucho más que un simple mortal. Pero también Simón.

Jesús les ordenó que no dijeran a nadie que él era el Cristo, y desde entonces comenzó a advertirles que tenía que ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas a manos de los líderes judíos. Claramente les explicó que lo matarían pero que al tercer día resucitaría.

¿Cómo va a ser?, pensaba Simón. ¿Qué sentido tendría que Dios enviara a Su ungido sólo para padecer tales atrocidades? ¡Sin duda Jesús no tenía bien claro todo el panorama! Así que Simón lo llevó aparte y comenzó a regañarlo:
            - ¡De ninguna manera, Señor! ¡Esto no te sucederá jamás!
            - ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Quieres hacerme tropezar; no piensas en las cosas de Dios sino en las de los hombres.

Simón estaba atónito y confundido. No era lo que esperaba. Hacía poco el Maestro había exaltado su espiritualidad, ¡y ahora lo llamaba Satanás! Un momento fue el que recibió revelación del Padre en los cielos, para luego ser el que no piensa en las cosas de Dios. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién era – Simón o Pedro?

Jesús llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo:
            - Si alguien quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho.

Wednesday, April 8, 2015

Palabras de Vida Eterna (parte 1)

Algunas barcas de Tiberíades vinieron buscando a Jesús al lugar donde había alimentado a los cinco mil. La multitud sabía que Jesús no se había embarcado con sus discípulos, y que no había otra barca en la que pudiese haberse ido. Pero Jesús no estaba en el sitio. Subiendo a sus barcas, fueron a buscarlo al otro lado del lago.

En Capernaúm lo encontraron, rumbo a la sinagoga:
            - Maestro, ¿cuándo llegaste acá?
            - ¡Ah! Ustedes no me buscan porque han visto señales, sino porque comieron pan hasta llenarse. ¡Trabajen! Pero no por la comida perecedera, sino por la que permanece para vida eterna. Esa se las dará el Hijo del hombre, sobre quien Dios el Padre ha puesto su sello de aprobación.
            - ¿Cuáles son las obras que Dios exige que hagamos?
            - Sencillo: crean en aquel a quien él envió.

A medida que Jesús hablaba, el ambiente comenzaba a ponerse cada vez más tenso. Lo extraño era que Jesús parecía estar diciendo cosas como para ofender a los judíos. Intencionalmente. Sin duda, las cosas que decía eran verdades espirituales. – Que él era el pan de Dios que bajó del cielo para dar vida al mundo. Que quien viniera a él nunca más pasaría hambre o sed. Que todo el que creyera en él tendría vida eterna y resucitará en el día final. – Pero, ¿era necesario contrariar de esa manera a los judíos? Y comenzaron a murmurar entre sí:
            - ¿Acaso no es éste Jesús, el hijo de José?
            - ¿No conocemos a su padre y a su madre?
            - ¿Cómo es que sale diciendo: “Yo bajé del cielo”?

Simón observaba calladamente cómo muchos comenzaban a incomodarse. Hay ciertas cosas acerca de las cuales uno no debería hablar abiertamente con personas religiosas. Y definitivamente insinuarle a un judío que uno es el Mesías estaba muy cerca del principio de esa lista. ¿No sabía eso el Maestro?

Por si fuera poco, Jesús seguía agitando el fuego. Les dijo que sólo él había visto a Dios el Padre. Les dijo que él era el pan vivo que bajó del cielo, el cual tenemos que comer para vivir para siempre. Les dijo que el pan era su carne, la cual daría para que el mundo viva. A esto, los judíos comenzaron a disputar acaloradamente: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”.

Simón no podía creerlo. ¡Todos saben que no se le puede pedir a un judío que se coma a otra persona! ¡Es una abominación! Pero Jesús no se retractaba. Al contrario, alentado por el disgusto que estaba ocasionando, añadió más. Les dijo que además de comer su carne tenían que beber su sangre. Les dijo que sólo así permanecerían en él y él en ellos, y tendrían vida eterna. Entonces, muchos de sus discípulos comenzaron a murmurar:
            - Esta enseñanza es muy difícil; ¿quién puede aceptarla?
            - ¿Esto les causa tropiezo? ¿Qué tal si vieran al Hijo del hombre subir adonde antes estaba? El Espíritu da vida; la carne no vale para nada. Las palabras que les he hablado son espíritu y son vida. Pero hay algunos de ustedes que no creen.

Desde entonces muchos de sus discípulos le volvieron la espalda y ya no andaban con él. Jesús los había ofendido con su doctrina más allá de lo que podían conciliar. ¿Por qué alguien que es todo amor ofendería a propósito? ¿Por qué se sacudiría de sus seguidores aquel que vino a cambiar el mundo?

Resulta que Jesús conocía desde el principio quiénes eran los que no creían. Hasta sabía quién era el que iba a traicionarlo. Él sabía que nadie puede venir a él, a menos que se lo haya concedido el Padre.

Así que Jesús les preguntó a los doce:
            - ¿También ustedes quieren marcharse?
            - Señor —contestó Pedro—, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios.
            -¿No los he escogido yo a ustedes doce?

Y sin embargo, uno de ellos era un diablo que iba a traicionarlo.

Wednesday, April 1, 2015

¿Por Qué Dudaste? (parte 4)

Debo haber tenido unos doce o trece años. En la planta baja de la casa de Mamá había un cuarto que una vez fuere sala y otra vez dormitorio, pero que hoy servía de salón de reuniones. Los más o menos diez hermanos congregados estábamos dados a esa humilde pero poderosa tarea que hoy es floridamente halagada en público, pero generalmente repudiada en privado: la oración.

No pienso que haya habido algo particularmente especial de esta reunión de oración. El barullo, la cacofonía, el orar en lenguas, los lamentos – todo parte de algo tan cotidiano como una conversación entre dos amigos, pero a la vez tan trascendental. Pero como mi tierna edad y mi corto caminar en Cristo no eran comparables al fervor de los mayores – particularmente aquellos que en su vida antes de Cristo habían pecado más – pronto me encontré cansado. Y como suele suceder a niños y adolescentes, el cansancio se tornó en distracción, la distracción en aburrimiento, y el aburrimiento en sueño.

En vista de mi estado – indeseable, porque sinceramente deseaba ser tan bueno para orar como el resto – se me ocurrió que la mejor solución sería postrarme sobre mis rodillas, rostro en tierra. La posición es generalmente demasiado incómoda como para quedarse dormido, pero daría descanso a mis pies cargados. Además, los distractores visuales son virtualmente nulos, así que podría ocuparme sosegadamente en la oración.

Obviamente éstas no son las motivaciones santas que deberían llevarnos a postrarnos ante el Señor, pero esa noche me parecían tan puras como cualquiera. Pero resulta que pocos minutos después, el dolor de rodillas no me dejaba concentrarme en la oración. ¿Qué tal si sólo estiro las piernas un momento?, pensé. Y eso fue precisamente lo que hice. No poniéndome en pie para caminar, no. Sino que, desde mi posición de rodillas deslicé las piernas bajo mi cuerpo hasta quedar completamente estirado, teniendo el cuidado de mantener una postura piadosa en mis manos y mi rostro. En vista de que algunos hermanitos son propensos a marchar mientras oran – sin cuidado de otros que pudiesen estar orando silenciosamente estirados en el suelo – me pareció que lo mejor sería buscar refugio en el vacío bajo el sillón de tubos y mimbre que flanqueaba la sala.

Bajo la sombra de mi nuevo cobertizo, me pareció que no sería cosa demasiado terrible si cruzaba mis brazos bajo mi cabeza, como quien improvisa una almohada. Viéndolo bien, cualquiera podría haber dicho que lo que andaba buscando era soplarme el culto de oración dormido bajo el sillón. ¿Pero quién sabe realmente lo que pasó entonces?

De repente me encontré – si en el espíritu o en el cuerpo, despierto o en sueños; no lo sé – en otro lugar. Había a mi alrededor una gran multitud de personas vestidos de ropas blancas. Millones y millones hasta donde el ojo alcanza a ver. Todos mirábamos en una misma dirección, como cuando un estadio lleno mira hacia el escenario donde se presenta la estrella. Sólo que en este caso, el escenario realmente no podía discernirse por causa del resplandor de la luz – una luz tan brillante que bañaba todo lo que había a su paso. La luz me llenaba de paz, y quería yo acercarme más a su fuente.

Había conmigo un ser que supongo debe haber sido un ángel. Le hice algunas preguntas y él las respondió. Aunque quisiera, no creo poder recordar conscientemente la conversación. Era como si la conversación se hubiese llevado a cabo intercambiando sentimientos o pensamientos, pero no necesariamente palabras.

No fue sino hasta mucho tiempo después, cuando leí el Apocalipsis – el último libro de la Biblia, del cual me escabullí una y otra vez, con o sin razón – que me enteré de que lo que experimenté esa noche estaba allí escrito. Entendí que la luz hacia la cual todos mirábamos emanaba del trono de Dios. Que la multitud eran los santos de todas las edades, congregados en el cielo para adorar al Señor. Que todo lo que vi, y oí, y sentí – si en el espíritu o en el cuerpo, despierto o en sueños; no lo sé – es tan real o más como que hoy estoy escribiendo esto y tú estás leyéndolo. Y finalmente, que una experiencia como esa sólo te deja queriendo más.
            - Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti.

Volviendo a mis sentidos conscientes, intenté ponerme en pie, pero era como si estuviese suspendido entre dos dimensiones. Como quien viene despertando de una sedación, mi rostro sonreía bobamente y mi cuerpo no respondía plenamente. El hermano Oscar Jiménez me ayudó a levantarme, y creo que se disponía a orar por mí, pero en vista de que no podía sostenerme en pie, tuvo que sostenerme abrazado y acabó siendo contagiado por la misma unción. Y reímos y reímos, sin preocupación alguna.

*           *          *          *          *

Mi experiencia delante del trono de Dios me afianzó en una certera convicción de quién soy en Dios. O quizás, de quién puedo llegar a ser en Dios. Pero también influenció grandemente mi deseo de servir al Señor. En todas las áreas de mi vida, sí; pero de manera particular en el ámbito musical.

Durante un breve tiempo serví al Señor con la música – con lo poco que sabía, al menos. A pesar de no haber tenido un entrenamiento musical formal, aprendí a tocar varios instrumentos y comencé a componer canciones al Señor. Caminé sobre esas aguas, sí. Hasta que quité mi mirada de Aquel hacia quien caminaba y comencé a dudar. Puestos mis ojos en mi pecado, erróneamente concluiría que mi salvación era imposible. Y me hundiría.