Cuando me mudé a casa de mi padre en mi
último año de colegio, no solamente dejé atrás la casa de Mamá, sino que corté
toda conexión con la iglesia. Me estaba embarcando hacia un nuevo destino. Un
lugar que pensé que se llamaba Libertad. Hoy sé que la neblina no me permitía
ver bien. En realidad, andaba buscando libertinaje.
Mi maestra de Inglés y Biología era una
americana amante de gatos con la que frecuentemente nos encontrábamos chocando.
No era saña, sino que ambos nos creíamos más inteligente que el otro, y
estábamos determinados a demostrarlo. Un día la saqué ligeramente de quicio, al
punto que me respondió con una mala palabra. Aunque no lo hizo con furia, lo
hizo frente a la clase entera, ante lo cual yo fingí espanto. Viendo que
algunas de sus estudiantes estaban genuinamente horrorizadas, la maestra
aprovechó que estábamos en clase de Inglés después de todo, procediendo a
explicarlo todo como una simple “forma del idioma”. Si, pues, era tan
inofensivo, entonces nada iba a impedir que me pusiera de pie y comenzara a
recitar esta forma del idioma inglés, lo cual procedí a hacer con impunidad
hasta que sonó la campana.
Poco después recibí de ella una mala
calificación en mi reporte sobre gatos monteses, presuntamente porque había
plagiado un artículo de la enciclopedia. Estos eran los días antes de Google,
Wikipedia y el “copiar y pegar”; tiempos pasados cuando los maestros exigían
que los estudiantes realizaran una investigación bibliográfica real y
escribieran con su propia mano sus propios pensamientos. Aunque protesté que no
había copiado todo textualmente – había cambiado unas palabritas aquí y allá –
mi trabajo no fue considerado lo suficientemente original.
Un día teníamos examen final de Biología y
la maestra concedió unos minutos para ir al baño antes de iniciar. Ella
esperaba en una esquina con los exámenes a mano, pero había dejado su original sobre
el escritorio, al otro lado del salón. Yo había estudiado lo suficiente como
para sacar una excelente nota, pero se me metió en la cabeza que alguien podría
beneficiarse de esta información; particularmente un amigo que necesitaba sacar
una nota muy alta en este examen para pasar el año y graduarse con todo el
curso. No sé qué estaba pensando que sucedería, pero cuando le señalé el examen
a mi amigo, se lo metió bajo la camisa con la destreza de un samurái. En un
instante estábamos en el baño él, otro amigo y yo. Todo esto estaba mal, pero además
era realmente tonto de nuestra parte. ¿Qué pretendíamos lograr viendo el examen
– que no tenía respuestas – dos minutos antes de recibir nuestra propia copia
del mismo examen?
Regresé al salón mientras los chicos se deshacían
de los papeles, una hoja cada uno vaciada en el inodoro. Para cuando llegamos,
alguien había advertido a la maestra de lo sucedido y el examen estaba
suspendido. La subdirectora llegó a demandar una confesión, o reprobaría a todo
el curso. Todos estaban atemorizados. El director de disciplina apareció con
una hoja empapada – uno de los chicos no se había deshecho apropiadamente de la
evidencia.
Lo que siguió fue un proceso de
interrogatorios y juntas, alianzas y traiciones. Mis amigos y yo nos juramos
que no nos delataríamos unos a otros, pero supongo que ellos tenían más que
perder si cerraban la boca, porque cantaron como ruiseñores en primavera. (Yo
sigo manteniendo mi parte del trato. Es por eso que he omitido sus nombres.)
Pero he querido contar este relato – aunque
me avergüenza mucho hacerlo – porque es un punto importante en el arco mayor de
la historia.
Primero, porque quiero que mis hijos sepan
que el crimen nunca paga bien. Mi sentencia incluyó escribir cartas de
disculpas a la maestra y a la junta, además de tener que tomar una versión
“especial” del examen. Y aunque escribí las cartas con sarcasmo y pasé el
examen sin problema, con este incidente perdí el buen nombre que antes tuve
entre el cuerpo docente de mi colegio. Y eso no lo volví a recuperar.
En segundo lugar, quiero que las ovejas de
mi congregación – sobre todo los jóvenes – sepan que todos hemos hecho cosas
vergonzosas en nuestra vida. TODOS. También su pastor. Por eso es que TODOS
necesitamos ser redimidos por Jesucristo. No unos más que otros, sino todos por
igual.
Tercero, quiero reconocer que este incidente
fue mucho más que una simple tontería adolescente. Me vi implicado en un robo,
pero no salí humilde, sino con aumentada soberbia. Esto abrió la puerta al pecado
de robo. Unas cuantas veces durante mis primeros años universitarios me vi
tentado a robar; no por necesidad, sino por rebeldía. Robé ropa, casetes de
música, y me quedé un libro valioso que alguien más se había robado – una copia
autografiada de “Azul”, de Rubén Darío. Hasta que un día, queriendo comprarme un
teclado más potente, tomé algo de mi abuela.
De todas estas cosas me arrepentí, las
confesé ante mis consejeros y fui perdonado por el Señor. Una de las cosas más
difíciles que he tenido que hacer en mi vida fue confesar y pedir perdón a mi
abuela. Pero lo hice y ella me perdonó con gracia. He reparado el daño. He
devuelto lo que tomé. Aun el libro lo devolví a su dueño original. Hasta por la
tienda de ropa que ya cerró operaciones y cuyo propietario no pude rastrear,
hice una donación anónima. Pero esta salvación llegaría años después. Mientras
anduve el valle de sombra de muerte, el pecado de robo vendría a golpearme una
y otra vez.
Por lo cual insto a las madres a que hagan
como hizo la mía cuando a mis cuatro años tomé una galleta de la repostería.
Ella se enteró hasta que ya estábamos en el carro, pero me llevó de regreso a
pedirle perdón al panadero. (Supongo que ella pagó la galleta, porque yo no
tenía dinero, y no creo que el panadero haya querido una galleta babeada.)
Y urjo a los padres a que hagan como hizo el
mío aquella semana de exámenes. Cuando tomé las llaves del carro para salir ese
viernes, conforme a nuestro acuerdo original, él estaba sentado en la sala.
- ¿A dónde crees que vas?
- Voy a reunirme con mis amigos.
- ¿Realmente piensas que mereces
salir después de lo que has hecho?
No sólo no salí ese viernes, sino que pasé
todo el fin de semana encerrado en mi habitación meditando.
Bien dice el proverbio: Instruye al niño en su camino, y aunque fuere viejo no se apartará de él. Por diez años anduve lejos del Señor; pero por muy distante, SIEMPRE supe que regresaría a Él. No sabía cuándo, ni cómo, ni por qué; pero nunca lo dudé. Mi espíritu sabía que sólo Jesucristo tiene palabras de vida eterna.




