Tuesday, April 21, 2015

Palabras de Vida Eterna (parte 3)

A partir de los tres acordes que me enseñó mi tío en el órgano Bon Tempi aprendí la relación básica entre notas y acordes. De allí deduje la construcción de más acordes y aprendí a acompañar los coritos que cantábamos en las reuniones que hacíamos en la sala de la casa. No teníamos un “ministerio de alabanza”, pero cuando los hermanos comenzaban a cantar, yo me escabullía para acompañarlos en el Bon Tempi desde el pasillo. Y a medida que mi nivel de confianza aumentaba, también lo hacía el volumen.

Durante un breve tiempo estuve matriculado para recibir clases con Gustavo Erazo, quien era, en aquellos días pre-disco-móvil, el rey del órgano melódico. Con su banda amenizaban todas las fiestas importantes con música en vivo. El tema es que las ocupaciones nocturnas del maestro Erazo no combinaban bien con algunas de sus actividades diurnas. El resultado era que después de asignar algún ejercicio a este pupilo, se quedaba profundamente dormido. Esto me parecía a mí de lo más formidable, pues me permitía dejar en automático la caja rítmica del órgano para ir a explorar el resto del estudio. Fue la primera vez que vi de frente una batería. Un bajo. Amplificadores. Un estudio de ensayos. Pero supongo que a mi madre no le pareció igualmente formidable estar pagando buen dinero para que su hijo amenizara la siesta vespertina del maestro, y esta relación prontamente llegó a su fin.

Pero tuve mi primer atisbo de cómo funciona un conjunto. Y la noción de hacer música con otros me resultó muy atractiva. De manera que cuando escribí mi primera canción – para mi madre – busqué a mi hermano Oscar y a su compañero Omar para explorar juntos el potencial de la cancioncita. Compartiendo así el crédito, nos lanzamos a conquistar el corazón de nuestras madres una mañana de mayo, cantándoles:
            Dios te bendiga, Mamá
            Dios te bendiga en tu día
            Que te dé paz, te dé amor
            Y también mucha alegría

Mi papá me llevó a comprar mi primer teclado nuevo. Aunque olvidé la marca y el modelo del teclado, en mi memoria llevo un recuerdo vívido del momento en que cruzamos la calle con el teclado en brazos. Ambos sonreíamos ampliamente, cómplices de algo que entendíamos intuitivamente, aunque no lo habíamos platicado realmente.

Para entonces yo vivía aún en la casa de Mamá, pero me había mudado al cuarto de huéspedes, porque me creía lo suficientemente mayor como para tener mi propio dormitorio. Un día llegó a visitarnos a casa una pareja de pastores amigos. Él era cantante y me enseñó cómo respirar cuando se canta. No sé por qué se habrá tomado la molestia – sobre todo si yo no me consideraba un cantante – pero me alegra que lo haya hecho.

Las alabanzas que se escuchaban en casa incluían los clásicos: Maranatha!, Romeo y Sonia, Marino, Kent LeRoy… (Habíamos llegado tarde a la tanda de Los Voceros de Cristo y María y Marta.) Si algo más contemporáneo salía en el campo de la música cristiana, Mamá hacía lo que haría toda buena madre de un adolescente: sacarle una copia en casete. Así conocí Kerigma y otros grupos cristianos que estaban intentando un sonido más moderno que el prevalente. En la privacidad de mi dormitorio, me acostaba a escuchar mis casetes con unos pequeños auriculares, sólo para despertarme a media noche con el cable enredado en el cuello.

En una ocasión caí enfermo como por una semana. Habiendo crecido con padres médicos, la enfermedad era tratada sin mucho dramatismo. Era más un inconveniente que otra cosa. Entre una y otra fiebre, escuchaba música y leía la Biblia. Cuando me aburrí de eso, comencé a ponerle música a algunos salmos usando el teclado que me había regalado Papá. Y así nacieron mis primeras composiciones sacras.

Quizás esas canciones eran súplicas de auxilio. No por la enfermedad física que estaba pasando, sino por los deseos malsanos que comenzaba a aparecer en mi corazón. El pecado tejía su telaraña alrededor de mí, y yo no sabía a quién acudir.
            Examíname, oh Dios,
            Y conoce mi corazón;
            Pruébame y conoce mi pensar;
            Y ve si hay en mí camino de perversión,
            Y guíame por Tu senda, Oh Señor.

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