A partir de los tres acordes que me enseñó mi tío en el órgano Bon Tempi aprendí la relación básica
entre notas y acordes. De allí deduje la construcción de más acordes y aprendí
a acompañar los coritos que cantábamos en las reuniones que hacíamos en la sala
de la casa. No teníamos un “ministerio de alabanza”, pero cuando los hermanos
comenzaban a cantar, yo me escabullía para acompañarlos en el Bon Tempi desde el pasillo. Y a medida
que mi nivel de confianza aumentaba, también lo hacía el volumen.
Durante un breve tiempo estuve matriculado para recibir clases con
Gustavo Erazo, quien era, en aquellos días pre-disco-móvil, el rey del órgano
melódico. Con su banda amenizaban todas las fiestas importantes con música en
vivo. El tema es que las ocupaciones nocturnas del maestro Erazo no combinaban
bien con algunas de sus actividades diurnas. El resultado era que después de
asignar algún ejercicio a este pupilo, se quedaba profundamente dormido. Esto
me parecía a mí de lo más formidable, pues me permitía dejar en automático la
caja rítmica del órgano para ir a explorar el resto del estudio. Fue la primera
vez que vi de frente una batería. Un bajo. Amplificadores. Un estudio de
ensayos. Pero supongo que a mi madre no le pareció igualmente formidable estar
pagando buen dinero para que su hijo amenizara la siesta vespertina del
maestro, y esta relación prontamente llegó a su fin.
Pero tuve mi primer atisbo de cómo funciona un conjunto. Y la noción de hacer
música con otros me resultó muy atractiva. De manera que cuando escribí mi primera
canción – para mi madre – busqué a mi hermano Oscar y a su compañero Omar para explorar
juntos el potencial de la cancioncita. Compartiendo así el crédito, nos
lanzamos a conquistar el corazón de nuestras madres una mañana de mayo,
cantándoles:
Dios te bendiga, Mamá
Dios
te bendiga en tu día
Que
te dé paz, te dé amor
Y
también mucha alegría
Mi papá me llevó a comprar mi primer teclado nuevo. Aunque olvidé la
marca y el modelo del teclado, en mi memoria llevo un recuerdo vívido del
momento en que cruzamos la calle con el teclado en brazos. Ambos sonreíamos
ampliamente, cómplices de algo que entendíamos intuitivamente, aunque no lo
habíamos platicado realmente.
Para entonces yo vivía aún en la casa de Mamá, pero me había mudado al
cuarto de huéspedes, porque me creía lo suficientemente mayor como para tener
mi propio dormitorio. Un día llegó a visitarnos a casa una pareja de pastores
amigos. Él era cantante y me enseñó cómo respirar cuando se canta. No sé por
qué se habrá tomado la molestia – sobre todo si yo no me consideraba un
cantante – pero me alegra que lo haya hecho.
Las alabanzas que se escuchaban en casa incluían los clásicos:
Maranatha!, Romeo y Sonia, Marino, Kent LeRoy… (Habíamos llegado tarde a la
tanda de Los Voceros de Cristo y María y Marta.) Si algo más contemporáneo
salía en el campo de la música cristiana, Mamá hacía lo que haría toda buena
madre de un adolescente: sacarle una copia en casete. Así conocí Kerigma y
otros grupos cristianos que estaban intentando un sonido más moderno que el
prevalente. En la privacidad de mi dormitorio, me acostaba a escuchar mis
casetes con unos pequeños auriculares, sólo para despertarme a media noche con
el cable enredado en el cuello.
En una ocasión caí enfermo como por una semana. Habiendo crecido con
padres médicos, la enfermedad era tratada sin mucho dramatismo. Era más un
inconveniente que otra cosa. Entre una y otra fiebre, escuchaba música y leía
la Biblia. Cuando me aburrí de eso, comencé a ponerle música a algunos salmos
usando el teclado que me había regalado Papá. Y así nacieron mis primeras
composiciones sacras.
Quizás esas canciones eran súplicas de auxilio. No por la enfermedad física
que estaba pasando, sino por los deseos malsanos que comenzaba a aparecer en mi
corazón. El pecado tejía su telaraña alrededor de mí, y yo no sabía a quién
acudir.
Examíname, oh Dios,
Y
conoce mi corazón;
Pruébame
y conoce mi pensar;
Y
ve si hay en mí camino de perversión,
Y
guíame por Tu senda, Oh Señor.

No comments:
Post a Comment