Wednesday, April 1, 2015

¿Por Qué Dudaste? (parte 4)

Debo haber tenido unos doce o trece años. En la planta baja de la casa de Mamá había un cuarto que una vez fuere sala y otra vez dormitorio, pero que hoy servía de salón de reuniones. Los más o menos diez hermanos congregados estábamos dados a esa humilde pero poderosa tarea que hoy es floridamente halagada en público, pero generalmente repudiada en privado: la oración.

No pienso que haya habido algo particularmente especial de esta reunión de oración. El barullo, la cacofonía, el orar en lenguas, los lamentos – todo parte de algo tan cotidiano como una conversación entre dos amigos, pero a la vez tan trascendental. Pero como mi tierna edad y mi corto caminar en Cristo no eran comparables al fervor de los mayores – particularmente aquellos que en su vida antes de Cristo habían pecado más – pronto me encontré cansado. Y como suele suceder a niños y adolescentes, el cansancio se tornó en distracción, la distracción en aburrimiento, y el aburrimiento en sueño.

En vista de mi estado – indeseable, porque sinceramente deseaba ser tan bueno para orar como el resto – se me ocurrió que la mejor solución sería postrarme sobre mis rodillas, rostro en tierra. La posición es generalmente demasiado incómoda como para quedarse dormido, pero daría descanso a mis pies cargados. Además, los distractores visuales son virtualmente nulos, así que podría ocuparme sosegadamente en la oración.

Obviamente éstas no son las motivaciones santas que deberían llevarnos a postrarnos ante el Señor, pero esa noche me parecían tan puras como cualquiera. Pero resulta que pocos minutos después, el dolor de rodillas no me dejaba concentrarme en la oración. ¿Qué tal si sólo estiro las piernas un momento?, pensé. Y eso fue precisamente lo que hice. No poniéndome en pie para caminar, no. Sino que, desde mi posición de rodillas deslicé las piernas bajo mi cuerpo hasta quedar completamente estirado, teniendo el cuidado de mantener una postura piadosa en mis manos y mi rostro. En vista de que algunos hermanitos son propensos a marchar mientras oran – sin cuidado de otros que pudiesen estar orando silenciosamente estirados en el suelo – me pareció que lo mejor sería buscar refugio en el vacío bajo el sillón de tubos y mimbre que flanqueaba la sala.

Bajo la sombra de mi nuevo cobertizo, me pareció que no sería cosa demasiado terrible si cruzaba mis brazos bajo mi cabeza, como quien improvisa una almohada. Viéndolo bien, cualquiera podría haber dicho que lo que andaba buscando era soplarme el culto de oración dormido bajo el sillón. ¿Pero quién sabe realmente lo que pasó entonces?

De repente me encontré – si en el espíritu o en el cuerpo, despierto o en sueños; no lo sé – en otro lugar. Había a mi alrededor una gran multitud de personas vestidos de ropas blancas. Millones y millones hasta donde el ojo alcanza a ver. Todos mirábamos en una misma dirección, como cuando un estadio lleno mira hacia el escenario donde se presenta la estrella. Sólo que en este caso, el escenario realmente no podía discernirse por causa del resplandor de la luz – una luz tan brillante que bañaba todo lo que había a su paso. La luz me llenaba de paz, y quería yo acercarme más a su fuente.

Había conmigo un ser que supongo debe haber sido un ángel. Le hice algunas preguntas y él las respondió. Aunque quisiera, no creo poder recordar conscientemente la conversación. Era como si la conversación se hubiese llevado a cabo intercambiando sentimientos o pensamientos, pero no necesariamente palabras.

No fue sino hasta mucho tiempo después, cuando leí el Apocalipsis – el último libro de la Biblia, del cual me escabullí una y otra vez, con o sin razón – que me enteré de que lo que experimenté esa noche estaba allí escrito. Entendí que la luz hacia la cual todos mirábamos emanaba del trono de Dios. Que la multitud eran los santos de todas las edades, congregados en el cielo para adorar al Señor. Que todo lo que vi, y oí, y sentí – si en el espíritu o en el cuerpo, despierto o en sueños; no lo sé – es tan real o más como que hoy estoy escribiendo esto y tú estás leyéndolo. Y finalmente, que una experiencia como esa sólo te deja queriendo más.
            - Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti.

Volviendo a mis sentidos conscientes, intenté ponerme en pie, pero era como si estuviese suspendido entre dos dimensiones. Como quien viene despertando de una sedación, mi rostro sonreía bobamente y mi cuerpo no respondía plenamente. El hermano Oscar Jiménez me ayudó a levantarme, y creo que se disponía a orar por mí, pero en vista de que no podía sostenerme en pie, tuvo que sostenerme abrazado y acabó siendo contagiado por la misma unción. Y reímos y reímos, sin preocupación alguna.

*           *          *          *          *

Mi experiencia delante del trono de Dios me afianzó en una certera convicción de quién soy en Dios. O quizás, de quién puedo llegar a ser en Dios. Pero también influenció grandemente mi deseo de servir al Señor. En todas las áreas de mi vida, sí; pero de manera particular en el ámbito musical.

Durante un breve tiempo serví al Señor con la música – con lo poco que sabía, al menos. A pesar de no haber tenido un entrenamiento musical formal, aprendí a tocar varios instrumentos y comencé a componer canciones al Señor. Caminé sobre esas aguas, sí. Hasta que quité mi mirada de Aquel hacia quien caminaba y comencé a dudar. Puestos mis ojos en mi pecado, erróneamente concluiría que mi salvación era imposible. Y me hundiría.

2 comments:

  1. Es sorprendente como el corazón puro de un niño le permite tener una experiencia espiritual tan impresionante, versus el joven que se preocupa por el que dirán, como me ven? El enemigo se aprovecha para acusar y condenar.

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    1. ¿Y cómo andaremos los adultos si Jesús nos dijo que nos hagamos como niños?

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