Wednesday, March 25, 2015

¿Por Qué Dudaste? (parte 3)

Jesús enseñó que para entrar en el reino de los cielos tenemos que hacernos como niños. Por naturaleza, los niños son inocentes; y en su inocencia, simplemente creen. En su corazón, un niño es capaz de cualquier cosa. Si un chiquillo quiere ser astronauta, él cree que puede ser astronauta. Si una niña quiere ser presidente, ella cree que puede serlo. Con los estímulos necesarios, verdaderamente podrían ser todo eso y más.

Pero esta es la tragedia: a la gran mayoría de los niños, alguien se encarga de convencerlos de que no pueden. Un mundo pesimista aniquila sus sueños infantiles, bombardeándolos incesantemente con su cinismo:
            - Ya estás muy grande para esas cosas.
            - No eres bueno para eso.
            - ¿Cómo se te ocurre creer que…

Sé que soy privilegiado. Dios me concedió padres excepcionales. Su constante fuente de ánimo y aprobación han guardado mi corazón en momentos buenos y malos. Sus llamados de atención, y aún sus castigos, siempre han sido constructivos. Cuando yo era niño, accidentalmente quebré la taza conmemorativa del alma mater de Mamá. Papá me hizo pedir perdón y reconstruir los pedazos de cerámica con pegamento. Seguro, la taza no sirvió para nada después de eso – estaba llena de hoyos – pero descubrí que me gusta armar rompecabezas.

Mamá traía a casa grandes bultos de papel continuo para impresoras de matriz. Fue en esas largas tiras de papel de franjas verdes y blancas donde realicé mis primeros garabatos serios. Viendo mi aptitud por el diseño, me compraban cajas de Lego y juegos para hacer maquetas de edificios en yeso. Cada vez que me encontraban desarrollando alguna obra, mis padres me elogiaban. “Este va a ser arquitecto”, decían. Y hasta el día de hoy, pienso mejor cuando plasmo mis pensamientos sobre papel.

Uno de mis pasatiempos favoritos era asustar a Mamá con escenas cada vez más elaboradas. Así, la broma del muñeco hecho de ropa rellenada daba paso al truco del dedo sangriento en la caja de joyería. Pero una de las mejores fue cuando a su llegada a casa, Mamá fue recibida con terrible alarma: "¡Mamá, Mamá! ¡Oscar se cayó! ¡Ven rápido!" Ella, visiblemente alarmada, corrió detrás de mí hasta donde mi hermano yacía inmóvil en el piso, un charco de salsa de tomate bajo su cabeza. Gritando de espanto, corrió a examinar a mi hermano. Pero al descubrir que todo era teatro, se reía y decía: “¡Ah, qué muchachos! Se los va a llevar el circo.” Hoy que soy padre me pregunto si realmente engañaba a Mamá.

Los deportes jamás fueron mi vocación, pero nunca lo sospeché, porque Papá siempre me apoyó cuando entré a los equipos de la escuela. Me compraba el equipo y asistía a los partidos importantes. Y cuando el entrenador finalmente me ponía a jugar en los últimos cinco minutos, Papá gritaba y porreaba como si el partido se ganó por mi intervención, o se perdió porque el entrenador metió muy tarde a su defensa estrella. No fue sino hasta recientemente, en un foro en línea de ex-compañeros, que me enteré a quiénes se confería la honrosa posición de defensa en el equipo escolar de fútbol: a los que no pueden jugar. Es allí donde hacemos menos daño. Pero si juzgara sólo por el papel de Papá en mis partidos, seguiría pensando que el Profesor Ruíz perdió el campeonato por no haber sabido aprovechar mis talentos.

Mamá siempre se rio de mis chistes, aunque no dieran risa (como hasta el día de hoy). Nunca me desalentó en mis ideas inusuales, como cuando usaba las herramientas de la bodega para confeccionar palos de hockey para jugar con patines de ruedas en el garaje. Sólo decía: “¡Ah, qué muchacho! Se lo van a llevar los rusos.” Y aunque no entendía cuáles rusos, o a dónde me llevarían, o por qué estarían interesados en llevarme, sabía que significaba algo bueno.

Cuando éramos chicos, a mis hermanos y a mí nos enviaban a pasar las vacaciones escolares en casa de mis abuelos en Choluteca. Por las tardes, mi Tío Oscar se ponía su capa y sombrero y nos entretenía con sofisticados trucos de magia que involucraban conejos y cajas con compartimentos secretos. Pero como él era un jovenzuelo aún, tenía que ir al colegio por las mañanas. Sin mi tío, las mañanas en Choluteca podían tornarse muy aburridas. Aparte de comprar paquines en la esquina, la única solución para el aburrimiento era sacar melodías en el órgano eléctrico marca Bon Tempi de mi tío. Él debe haber visto en mí alguna aptitud para la música, porque antes de viajar al extranjero para sus estudios universitarios, pasó por mi casa en la Lima dejándome su Bon Tempi.

Así que a veces diseñaba casitas, a veces rascacielos, y a veces ciudades – y me llamaban arquitecto. Si me encontraban haciendo carreteras entre los hormigueros del patio, o pistas para carritos con las enciclopedias, me llamaban ingeniero. De manera que siempre tuve abierto ante mí un abanico de posibilidades para mi futuro: arquitecto, ingeniero, músico, inventor, cirquero… O irme con los rusos.

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