Gracias a que comencé mi caminar en Cristo siendo niño aún, entré a la adolescencia con una buena dosis de inocencia. La mayor mundanalidad en mi vida hasta ese momento se había esfumado – literalmente – cuando quemé mis discos de Rod Stewart, Kiss y los Beatles. Lo demás que hubiere aprendido sobre la vida fuera del cristianismo lo supe por los testimonios de conversión de los hermanos.
Pero durante los años siguientes, se acumularon dentro de mí deseos malsanos que no supe cómo afrontar. En lugar de reconocer que tenía estos sentimientos y buscar un consejero piadoso que me ayudase a navegarlos en sincera humildad, los sepulté en secreto y pinté de blanco el sepulcro. Con el tiempo, los hediondos gases volarían la tapa y la putrefacción de mi corazón se dejaría ver en toda su horrenda vergüenza.
La fuerza sobrenatural de Sansón no estaba en su cabello largo, como tantos libros infantiles bienintencionadamente nos han hecho creer. La fuerza de Sansón estaba en su nazareato; una especie particular de consagración a Dios que incluía, adicional a mantenerse ceremonialmente puro, no beber nada que proviniese de la vid, no acercarse a cadáver alguno, y no cortarse el cabello. Para cuando Dalila le cortó el cabello a Sansón, él ya había violado todas las demás premisas de su nazareato.
* * * * *
Quien se enamora de Dalila, acaba traicionado, humillado y destruido. Pero siendo justos, la mayoría de nosotros conoce a Dalila cuando ya hemos violado todos nuestros principios. Si bien comencé a hacer muchas cosas para conocer a Dalila – ir a fiestas, fumar, beber, y demás – la verdadera cuna de la maldad estaba dentro de mí. En mi propia carne.
Una noche me encontré en mi primera fiesta. Pegado inmóvil a una pared, observaba mi entorno tomando notas mentales para tratar de asimilarlo. El ambiente no se parecía en nada a la iglesita donde pocos días atrás canté Busca Primero el Reino de Dios, y era obvio que yo no encajaba.
En la penumbra, no reconocía a la mayoría de los chicos. No sólo porque nunca los había visto fuera de su uniforme de colegio, sino porque era la primera vez que miraba personas jóvenes socializando en un contexto de mundo. Me desconcertaban los gritos y las risas estridentes. ¿Será que estaban bebiendo licor? Si a algo me recordaba la escena, era a aquella fatídica noche en el lago.
En retrospectiva, no disfruté la experiencia. Era un pez fuera del agua. No sólo porque las tinieblas estaban asfixiando mi inocencia, sino porque soy de naturaleza introvertida y no combino bien con fiestas sociales. Aborrecí el ambiente, la gritería, los chistes, los saludos secretos… Pero a Dalila parecía gustarle.
Con un quinceaños aquí y una kermesse allá – los primeros, obligados por compromiso social; los postreros, por mandato escolar – pronto me hallé pidiéndole permiso a mi mamá para ir a un evento optativo:
- ¡Vaya, Mamá! Sólo es salir un rato con mis compañeros.
- ¿A dónde es que quieren ir?
- A Cocos.
- ¡¿QUÉ?! ¿A Cocos? ¿Estás loco? ¡Ese es un bar! ¡Allí hay un sótano donde venden cocaína!
- ¡Mamá! ¡Si no vamos a hacer nada malo!
- ¡No! Si tu papá te deja ir, es cosa de él, pero yo no te puedo dejar ir a ese lugar.
La opción de mudarme del todo donde mi papá siempre estuvo allí – tácitamente. Pero nunca lo había considerado seriamente hasta ahora. Mudarme incluiría permiso para salir con mis nuevos amigos, con acceso al carro de mi papá una noche del fin de semana. Conllevaría la libertad de escuchar abiertamente la música que hasta ahora escuchaba a escondidas. Implicaría la opción de tener novia y de dejarme crecer el cabello. Significaría que hablar de temas sexuales dejaría de ser tabú. Seguiría amando a mi madre desde la casa de mi padre. Simplemente mi estilo de vida ya no se parecería al de ella.
Francamente, no sé qué era más fuerte en ese punto de mi vida; si la atracción de esta otra vida, o la repulsión que la culpa me causaba. Porque en mi mente retumbaban las palabras del Apocalipsis: Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. En mi confusión, no podía ver que era Satanás quien me acusaba; nunca Jesús. La vergüenza de mi hipocresía se había vuelto intolerable. Sabía que no podía seguir llevando una doble vida.
- ¡Apártate de mí, Señor; soy un pecador!
Cuando no conocemos la gracia del Señor, creemos que nuestro pecado es invencible. Con esto, generalmente terminamos haciendo lo peor: darle la espalda al Señor y a su pueblo. Realmente la única pregunta que me quedaba por resolver era ésta: ¿Me llevaré la ropa con todo y ganchos?
Y me abandoné a la tormenta.

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