Algunas barcas de Tiberíades vinieron buscando
a Jesús al lugar donde había alimentado a los cinco mil. La multitud sabía que
Jesús no se había embarcado con sus discípulos, y que no había otra barca en la
que pudiese haberse ido. Pero Jesús no estaba en el sitio. Subiendo a sus barcas,
fueron a buscarlo al otro lado del lago.
En Capernaúm lo encontraron, rumbo a la
sinagoga:
- Maestro,
¿cuándo llegaste acá?
- ¡Ah!
Ustedes no me buscan porque han visto señales, sino porque comieron pan hasta
llenarse. ¡Trabajen! Pero no por la comida perecedera, sino por la que
permanece para vida eterna. Esa se las dará el Hijo del hombre, sobre quien Dios
el Padre ha puesto su sello de aprobación.
- ¿Cuáles
son las obras que Dios exige que hagamos?
- Sencillo:
crean en aquel a quien él envió.
A medida que Jesús hablaba, el ambiente
comenzaba a ponerse cada vez más tenso. Lo extraño era que Jesús parecía estar
diciendo cosas como para ofender a los judíos. Intencionalmente. Sin duda, las
cosas que decía eran verdades espirituales. – Que él era el pan de Dios que
bajó del cielo para dar vida al mundo. Que quien viniera a él nunca más pasaría
hambre o sed. Que todo el que creyera en él tendría vida eterna y resucitará en
el día final. – Pero, ¿era necesario contrariar de esa manera a los judíos? Y
comenzaron a murmurar entre sí:
- ¿Acaso
no es éste Jesús, el hijo de José?
- ¿No
conocemos a su padre y a su madre?
- ¿Cómo
es que sale diciendo: “Yo bajé del cielo”?
Simón observaba calladamente cómo muchos
comenzaban a incomodarse. Hay ciertas cosas acerca de las cuales uno no debería
hablar abiertamente con personas religiosas. Y definitivamente insinuarle a un
judío que uno es el Mesías estaba muy cerca del principio de esa lista. ¿No
sabía eso el Maestro?
Por si fuera poco, Jesús seguía agitando el
fuego. Les dijo que sólo él había visto a Dios el Padre. Les dijo que él era el
pan vivo que bajó del cielo, el cual tenemos que comer para vivir para siempre.
Les dijo que el pan era su carne, la cual daría para que el mundo viva. A esto,
los judíos comenzaron a disputar acaloradamente: “¿Cómo puede éste darnos a
comer su carne?”.
Simón no podía creerlo. ¡Todos saben que no
se le puede pedir a un judío que se coma a otra persona! ¡Es una abominación! Pero
Jesús no se retractaba. Al contrario, alentado por el disgusto que estaba
ocasionando, añadió más. Les dijo que además de comer su carne tenían que beber
su sangre. Les dijo que sólo así permanecerían en él y él en ellos, y tendrían
vida eterna. Entonces, muchos de sus discípulos comenzaron a murmurar:
- Esta
enseñanza es muy difícil; ¿quién puede aceptarla?
- ¿Esto
les causa tropiezo? ¿Qué tal si vieran al Hijo del hombre subir adonde antes
estaba? El Espíritu da vida; la carne no vale para nada. Las palabras que les
he hablado son espíritu y son vida. Pero hay algunos de ustedes que no creen.
Desde entonces muchos de sus discípulos le
volvieron la espalda y ya no andaban con él. Jesús los había ofendido con su
doctrina más allá de lo que podían conciliar. ¿Por qué alguien que es todo amor
ofendería a propósito? ¿Por qué se sacudiría de sus seguidores aquel que vino a
cambiar el mundo?
Resulta que Jesús conocía desde el
principio quiénes eran los que no creían. Hasta sabía quién era el que iba a
traicionarlo. Él sabía que nadie puede venir a él, a menos que se lo haya
concedido el Padre.
Así que Jesús les preguntó a los doce:
- ¿También
ustedes quieren marcharse?
- Señor
—contestó Pedro—, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y
nosotros hemos creído, y sabemos que tú eres el Santo de Dios.
-¿No
los he escogido yo a ustedes doce?
Y sin embargo, uno de ellos era un diablo que iba a
traicionarlo.

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