Tuesday, April 14, 2015

Palabras de Vida Eterna (parte 2)

El escarpado monte Hermón es el punto más alto del territorio de Israel. En su ladera suroeste, sobre una terraza a 1,150 pies de altura con vistas al fértil valle, Cesarea de Filipo es uno de los lugares más hermosos de Israel. Hay allí una cueva muy fina bajo la cual hay una gran cavidad en la tierra. La caverna es prodigiosamente profunda y llena de agua. Esta es una de las cuatro fuentes principales del río Jordán.

En la antigüedad, los sirios adoraron a Baal allí y llenaron la zona con sus templos. Fue el punto más septentrional en ser conquistado por Josué y fue habitada por los hijos de la media tribu de Manasés, pero los heveos quedaron allí como una de las naciones no erradicadas que probarían a Israel.

Según los griegos, en una cueva cerca de la ciudad nació Pan. Mitad hombre, mitad cabra, y a menudo representado tocando una flauta, fue venerado como el dios de la naturaleza, los campos, los bosques, las montañas, las ovejas y los pastores. Durante el período helenístico, le fue construido allí un santuario y a la ciudad se le llamó Panias.

Herodes el Grande construyó allí un gran templo de mármol blanco para rendir culto a César. En el año 2 a.C., su hijo Felipe llamó la ciudad Cesarea en honor de Augusto y, para diferenciarlo de Cesarea Marítima, vino a ser conocida como Cesarea de Filipo.

A unos 25 kilómetros al noreste del Mar de Galilea, Cesarea de Filipo fue el límite septentrional del ministerio de Jesús. Fuera del dominio de Herodes Antipas, gobernante de Galilea, y de la influencia de los judíos que ya comenzaban a tramar en su contra, Jesús podía estar a solas con sus discípulos. Caminando por esta región regada de templos paganos, Jesús se detuvo y preguntó a sus discípulos:
            - ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

En sus escritos, el profeta Daniel relató una visión que tuvo una noche durante su exilio en Babilonia. Vio un trono de fuego delante del cual salía un río de fuego, y millones de millones de seres alrededor. Sobre el trono se sentó el Anciano de días, y su vestido y su cabello eran blancos como la nieve. Entonces vio venir en las nubes a uno como un hijo de hombre, y llegó hasta el Anciano de días, y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido.

Jesús había comenzado a referirse a sí mismo como el Hijo del hombre, así que claramente se consideraba el cumplimiento de la profecía de Daniel. Pero distintos grupos sostenían que era éste u otro.
            - Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, y otros que uno de los antiguos profetas resucitado.
            - Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

En lo más profundo de su espíritu, Simón sabía. No era el producto de mucho estudio, meditación, o análisis. Simplemente sabía.
            - Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
            - Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.

Con esto, dos hombres – Jesús y Simón – se reconocían mutuamente en un plano de eternidad. Cristo, el Hijo de Dios; y Pedro. Jesús era mucho más que un simple mortal. Pero también Simón.

Jesús les ordenó que no dijeran a nadie que él era el Cristo, y desde entonces comenzó a advertirles que tenía que ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas a manos de los líderes judíos. Claramente les explicó que lo matarían pero que al tercer día resucitaría.

¿Cómo va a ser?, pensaba Simón. ¿Qué sentido tendría que Dios enviara a Su ungido sólo para padecer tales atrocidades? ¡Sin duda Jesús no tenía bien claro todo el panorama! Así que Simón lo llevó aparte y comenzó a regañarlo:
            - ¡De ninguna manera, Señor! ¡Esto no te sucederá jamás!
            - ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Quieres hacerme tropezar; no piensas en las cosas de Dios sino en las de los hombres.

Simón estaba atónito y confundido. No era lo que esperaba. Hacía poco el Maestro había exaltado su espiritualidad, ¡y ahora lo llamaba Satanás! Un momento fue el que recibió revelación del Padre en los cielos, para luego ser el que no piensa en las cosas de Dios. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién era – Simón o Pedro?

Jesús llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo:
            - Si alguien quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho.

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