Friday, September 4, 2015

¡No Lo Conozco! (parte 1)

Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley habían buscado algún modo de acabar con Jesús. Pero no abiertamente. Ni durante la Pascua, porque temían al pueblo. Así que cuando Judas Iscariote fue a ellos a ofrecer entregarles a Jesús, se alegraron y acordaron pagarle treinta monedas de plata. Él aceptó, y desde entonces había andado tras una oportunidad para entregarles a Jesús cuando no hubiera gente.

Judas conocía bien el huerto de los Olivos, porque muchas veces se había reunido allí con Jesús y los demás discípulos. Guio al huerto un destacamento de soldados y guardias de los jefes de los sacerdotes y de los fariseos. Llevaban antorchas, lámparas y armas. Además iban acompañados por una gran turba armada con espadas y palos, enviada por los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos del pueblo.

El traidor les había dado esta contraseña: “Al que yo le dé un beso, ése es; arréstenlo y llévenselo bien asegurado.” Tan pronto como llegó, Judas se acercó a Jesús y lo saludó.
            - ¡Maestro!
            - Amigo, ¿a qué vienes?
El traidor se acercó a Jesús para besarlo, pero Jesús le preguntó:
            - Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del hombre?

Viendo la señal, los hombres se acercaron. Jesús sabía todo lo que le iba a suceder, y les salió al encuentro.
            - ¿A quién buscan?
            - A Jesús de Nazaret.
            - Yo soy.

Cuando Jesús les dijo: “Yo soy”, dieron un paso atrás y se desplomaron. No es que se hubieran tropezado, ¡No! Sino que cuando el Señor habló a Moisés desde una zarza ardiente en el desierto, Moisés le preguntó su nombre. Él respondió: “Yo soy el que soy”. YO SOY es uno de los nombres que nos revela la esencia del Todopoderoso. El poder del YO SOY desplomó a la multitud que venía a prender a Jesús. Volvió a preguntarles:
            - ¿A quién buscan?
            - A Jesús de Nazaret.
            - Ya les dije que yo soy. Si es a mí a quien buscan, dejen que éstos se vayan.

Los discípulos que lo rodeaban, al darse cuenta de lo que pasaba, se dispusieron a atacar. Simón puso su mano sobre la empuñadura de la espada que llevaba sobre su costado, listo para cualquier cosa. Él había jurado que no dejaría a Jesús, y arriesgaría su vida si fuese necesario.

Entonces los hombres prendieron a Jesús. Inmediatamente Simón desenfundó la espada e hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Jesús lo detuvo, y le dijo:
            - Guarda tu espada, porque los que a hierro matan, a hierro mueren.
            - Pero…
            - ¿Crees que no puedo acudir a mi Padre, y al instante pondría a mi disposición más de doce batallones de ángeles? Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras que dicen que así tiene que suceder? ¿Acaso no he de beber el trago amargo que el Padre me da a beber?

Jesús le tocó la oreja al hombre, y lo sanó. Luego dijo a los que habían venido a prenderlo:
            - ¿Acaso soy un bandido, para que vengan contra mí con espadas y palos? Todos los días estaba con ustedes, enseñando en el templo, y no se atrevieron a ponerme las manos encima. Pero ya ha llegado la hora de ustedes, cuando reinan las tinieblas.

Entonces todos los discípulos huyeron, abandonando a Jesús. Los soldados lo arrestaron y lo ataron fuertemente con lasos. Saliendo del huerto, lo llevaron de regreso por la hondonada por donde había llegado.

Simón y otro discípulo siguieron de lejos. Los soldados llevaron a Jesús donde el sumo sacerdote Anás, por el patio exterior. El otro discípulo era conocido del sumo sacerdote y logró entrar en el patio con Jesús. Pero Simón tuvo que quedarse afuera, junto a la puerta. Cuando lo vio la portera, le preguntó:
            - ¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?
            - No lo soy.

Cuando llevaron a Jesús adentro, el otro discípulo volvió a salir. Habló con la portera de turno y consiguió que Simón entrara al patio. En medio del recinto, los criados y los guardias habían encendido una fogata para calentarse. Simón también se les unió; no sólo porque hacía frío, sino porque procuraba pasar desapercibido.

Adentro, Anás interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de sus enseñanzas. Él respondió:
            - Yo he hablado abiertamente al mundo. Siempre he enseñado en las sinagogas o en el templo, donde se congregan todos los judíos. En secreto no he dicho nada. ¿Por qué me interrogas a mí? ¡Interroga a los que me han oído hablar! Ellos deben saber lo que dije.
En cuanto dijo esto, uno de los guardias le dio una bofetada y le gritó:
            - ¿Así contestas al sumo sacerdote?
            - Si he dicho algo malo, demuéstramelo. Pero si lo que dije es correcto, ¿por qué me pegas?
Entonces Anás lo envió, todavía atado, al sumo sacerdote Caifás.

Mientras tanto, una de las criadas del sumo sacerdote se acercó a Simón, quien estaba sentado a la lumbre. Lo miró detenidamente y le dijo:
            - Tú también estabas con ese nazareno, con Jesús.
            - Muchacha, yo no lo conozco. Ni siquiera sé de qué estás hablando.
Simón se apresuró en salir afuera, a la entrada. La criada iba tras él, y les dijo de nuevo a los presentes:
            - Éste estaba con Jesús de Nazaret.
            - ¡A ese hombre ni lo conozco!

Todos los jefes de los sacerdotes y el Consejo estaban reunidos donde Caifás. En pleno buscaban alguna prueba contra Jesús para poder condenarlo a muerte, pero no la encontraban. Muchos testificaban falsamente contra él, pero sus declaraciones no coincidían. Por fin se presentaron dos, que declararon que Jesús había dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días.” Poniéndose de pie en el medio, el sumo sacerdote interrogó a Jesús:
            - ¿No vas a responder? ¿Qué significan estas denuncias en tu contra?

Jesús se quedó callado. Así que el sumo sacerdote insistió:
            - Te ordeno en el nombre del Dios viviente que nos digas si eres el Cristo, el Hijo de Dios.
            - Tú lo has dicho. Pero yo les digo a todos: De ahora en adelante verán ustedes al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso, y viniendo en las nubes del cielo.
Caifás se enfureció y rasgó sus vestiduras.
            - ¿Para qué necesitamos más testigos? ¡Ustedes han oído la blasfemia! ¿Qué les parece?

Todos ellos lo condenaron como digno de muerte. Algunos comenzaron a escupirle, y otros lo abofeteaban. Le vendaron los ojos y le daban puñetazos, diciendo:
            - A ver, Cristo, ¡adivina quién te pegó!

Como una hora más tarde, se acercaron unos hombres a Simón. Uno de ellos era pariente de aquel a quien Simón le había cortado la oreja. Y le dijeron:
            - Seguro que eres uno de ellos; se te nota por tu acento.
            - ¿Acaso no te vi en el huerto con él?
Simón comenzó a echarse maldiciones, y les juró:
            - ¡No lo conozco!

En el mismo instante en que dijo eso, cantó el gallo. Desde adentro, Jesús se volvió y miró directamente a Simón. Entonces Simón se acordó de lo que el Señor le había dicho: “Hoy mismo, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces.” Y saliendo de allí, lloró amargamente.

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