Las primeras semanas de mi amistad con Wil se
fueron en conversaciones como ésta:
-
Me llega Pink Floyd.
-
¡A mí también! Es que no paso la música comercial.
-
¡Yo tampoco! Odio Vilma Palma e Vampiros.
-
¡Igual yo!
Ambos teníamos padres trabajadores, inteligentes y
estudiosos, que nos habían criado con valores familiares tradicionales y se
habían esforzado por darnos una buena educación. Wil y yo teníamos tantos
intereses en común, que en algún sentido éramos como un presagio el uno del
otro. El día que me confesó que luchaba con la depresión, comprendí que ese era
el nombre correcto para lo que yo experimentaba tantas veces. Y cuando Wil me
dijo que estaba tomando medicamentos para su condición, supuse que si yo visitase
un médico, me recetaría lo mismo.
Nuestro refugio común era la música. Aunque Wil era
un bajista sin bajo – bajeaba en una guitarra acústica, y hasta se dice que una
vez arruinó una guitarra eléctrica poniéndole cuerdas de bajo – su sensibilidad
para el bajo era innegable. Además, compartíamos esa mezcla de creatividad,
ingenuidad y cinismo, que le permite a un músico joven estar seguro de que,
trabajando duro, su música puede ser al menos tan buena como la que suena en la
radio. Al igual que yo, Wil era un compositor. Desconocidos para el mundo, pero
no menos compositores por ello.
La escena musical de Tegucigalpa estaba
presenciando cambios dinámicos, mayormente porque algunos artistas finalmente
se estaban avivando con el tema económico. Ya no sólo era Europa, la banda de
synth-pop que recibía su nombre de su financista, Embutidos La Europea. Había
aparecido en la escena la banda pop Fusión, inicialmente conformada por los
herederos de Comercial El Millón – un distribuidor de componentes electrónicos
que, convenientemente, se había diversificado para ofrecer equipos de sonido,
luces para escenario, e instrumentos musicales. Estos tipos cuidaban su
presencia escénica, tocaban la música de moda, y se presentaban en ciudades del
interior del país. Se tomaron tan en serio el negocio que desplazaron a su
propio primo para ubicar como vocalista a un tipo más bonito. Fusión era la
banda que todos los músicos de corazón amábamos odiar, pero estaban haciendo
dinero.
En ese ambiente, Vito Suazo revivió la que antes
fuera nuestra banda, renombrándola simplemente Triángulo de Eva. En la nueva
encarnación, Vito hizo sus propias mejoras. Para empezar, se alió con un
promotor que manejaría la banda con una mentalidad empresarial. Luego, reclutó
como vocalista a Juan Carlos Ordóñez – un sampedrano amigo mío con quien
colaboramos en algunas de mis primeras canciones y que tenía buena presencia
escénica. Además conectó a Tito Valladares, náufrago de la metamorfosis
Animalia-Ecos que ahora tenía su propia batería Tama Rockstar. Casi para cerrar su cuadro, puso
a cantar en el coro a una rubia en pantalones de cuero.
Para este tiempo, mi hermano Oscar llegó a
Tegucigalpa. Traía consigo su guitarra eléctrica Biscayne color negro y un
amplificador Fender HOT. Pero más importante aún, traía bajo el cinturón varios
meses de estudio con el célebre Hunty Gabbe de El Pop. Nuestro deseo era armar
una banda juntos, pero Wil aún no tenía bajo ni amplificador, y no teníamos
vocalista ni baterista. Sólo éramos ganas.
Cuando Vito llegó queriendo enlistar a Oscar como
guitarrista, no me pude oponer. Él le estaba ofreciendo algo concreto: tocadas
ya contratadas que pagarían algo de dinero, o al menos exposición. Vito
representaba la oportunidad de formar parte de una banda ya estructurada, no
simples ilusiones. Y Oscar se incorporó al Triángulo.
Por consideración al asma de mi hermana, Wil y yo
no fumábamos dentro de la casa, sino que salíamos al balcón frontal. Desde allí
mirábamos a la gente entrar a la carnicería, y nos inventábamos el trasfondo de
sus vidas.
-
¿Ves esa muchacha – la de los pantalones apretados?
-
¿La nenúfar?
-
¿Nenúfar? ¿Por qué nenúfar?
-
Porque es como un lirio. Es bonita, pero no se da cuenta de que es bonita.
Porque está rodeada de sapos. Se viste así para sentirse atractiva.
-
Nenúfar… La nenúfar se vistió de amor… Vio su reflejo en el agua y se enamoró…
La arena del fondo suspiró…
Y así nacía otra canción. Y crecía el repertorio de
canciones originales.
Anochecía ya cuando un policía nos llamó desde la
calle. Al bajar encontramos la patrulla estacionada a media calle, con un
policía al volante. Otros dos esperaban cerca de mi carro a pocos metros,
sujetando fuertemente a un joven harapiento. Mientras le retorcían el brazo
tras su espalda, el primer policía me explicó que en lo que patrullaban el
vecindario habían atrapado al joven quebrando un vidrio de mi carro. Si yo
presentaba cargos, lo llevarían preso; pero si no, lo dejarían ir con un
escarmiento.
No sé por qué, pero fui a ver al muchacho. Talvez
tenía mi edad, pero se miraba malnutrido y descuidado. ¿Qué ganaría yo con
presentar cargos? ¿Hacerme de un enemigo por algo tan insignificante? ¿Un preso
que pronto saldría lleno de rencor contra mí? No valía la pena. Le pedí que no
anduviera haciendo eso, pero no me miraba a los ojos.
La policía se fue. Antes de que Wil se fuera a su
casa, de pie sobre la acera reflexionamos un poco, filosofando como suelen
hacer los muchachos cuando se acercan a la anciana edad de veinte y hacen una
pausa para notar la futilidad de la vida a su alrededor.
-
¿Sabes? Yo antes servía a Dios. Sé que ahorita estoy lejos de Él, pero estoy
seguro de que algún día voy a regresar al Camino y a la iglesia. No sé cuándo,
ni cómo, ni por qué. Simplemente lo sé.

No comments:
Post a Comment