Aun de noche, conocían bien el
camino. Muchas veces habían ido y venido, cursando la hondonada entre Jerusalén
y el olivar. Andaban con la lentitud que se imponen los hombres cuando no
quieren demostrar que están nerviosos; manteniéndose lo suficientemente cerca
unos de otros como para protegerse, pero no tanto como para llamar mucho la
atención.
En la parte más baja del sendero, Jesús
disminuyó el paso y se acercaron los discípulos.
- Esta misma noche
todos ustedes me abandonarán, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se
dispersarán las ovejas del rebaño.” Pero después de que yo resucite, iré
delante de ustedes a Galilea.
- ¡No! —exclamó Simón—
Aunque todos te abandonen, yo jamás lo haré.
- Simón, Simón, mira
que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como si fueran trigo. Pero yo he
orado por ti, para que no falle tu fe. Y cuando te hayas vuelto a mí, fortalece
a tus hermanos.
- ¿Y a dónde vas,
Señor?
- Adonde yo voy, no
puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde.
- Señor, ¿por qué no
puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a ir contigo tanto a la cárcel como a la
muerte.
- ¿Tú darás la vida
por mí? Pedro, te digo que hoy mismo, antes de que cante el gallo, tres veces
negarás que me conoces.
- ¡Aunque tenga que
morir contigo, jamás te negaré!
Y los demás discípulos dijeron lo
mismo.
El monte de los Olivos tiene una
vista espléndida de Jerusalén. Ha sido un lugar de reposo para generaciones de
peregrinos, sus antiguos árboles testigos mudos de innumerables promesas hechas
antes de entrar a la santa ciudad. En él hay un sitio particular; un huerto
especial conocido como Getsemaní – la prensa de
aceite.
Contrario a lo que piensan muchos, el aceite
de olivas no se extrae de la parte carnosa del fruto, sino de la semilla.
Después de remover la carne, la semilla es triturada. En tiempos de Jesús se
hacía en una prensa de piedra, donde la muela – una piedra redonda – gira sobre
la base fija, aplicando presión extrema a las semillas para que suelten el
apetecido aceite. Todo esto estaba a punto de ser mucho más que una simple analogía.
Una vez en Getsemaní, Jesús dejó a sus
discípulos con instrucciones de orar. Llevando consigo a Simón, a Jacobo y a
Juan, adentraron en el huerto. Una profunda tristeza lo llenó.
- Es tal la angustia que me invade…
¡Siento que me muero! Quédense aquí y manténganse despiertos conmigo.
Jesús se apartó de ellos. Simón lo vio
retirarse un poco y postrarse en tierra, orando. Nunca lo habían visto así. Las
miradas de Juan y Jacobo le decían que estaban pensando lo mismo. Triste y tímidamente
comenzaron a orar. Pero la tristeza les drenó las fuerzas y, agotados, se
durmieron. No escucharon a su Maestro rogar al Padre –“Si es posible, no me
hagas beber este trago amargo. Pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya”. No
vieron cuando apareció un ángel del cielo para fortalecerlo. No oyeron cuando se
puso a orar con renovado fervor. No vieron su sudor caer a tierra como gotas de
sangre.
Cuando Jesús volvió a donde ellos estaban, los
encontró dormidos.
- Simón, ¿estás dormido? ¿No pudiste
mantenerte despierto ni una hora? Levántense y oren para que no caigan en
tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil.
Apenados, Simón y los hijos de Zebedeo reiniciaron
su oración, en tanto que Jesús se retiraba una vez más a hacer la misma oración.
Pero se les cerraban los ojos de sueño. Cuando Jesús volvió, otra vez los
encontró dormidos. De la vergüenza, no sabían qué decirle.
Por tercera vez los dejó y se retiró a orar,
igual que las veces anteriores. De nuevo volvió a los discípulos y les dijo:
- ¿Siguen durmiendo y descansando? ¡Se
acabó! Llegó la hora. Miren, el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de
pecadores. ¡Levántense! ¡Vámonos! ¡Ahí viene el que me traiciona!

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