Thursday, August 13, 2015

No Te Negaré (parte 2)

Aun de noche, conocían bien el camino. Muchas veces habían ido y venido, cursando la hondonada entre Jerusalén y el olivar. Andaban con la lentitud que se imponen los hombres cuando no quieren demostrar que están nerviosos; manteniéndose lo suficientemente cerca unos de otros como para protegerse, pero no tanto como para llamar mucho la atención.

En la parte más baja del sendero, Jesús disminuyó el paso y se acercaron los discípulos.
            - Esta misma noche todos ustedes me abandonarán, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño.” Pero después de que yo resucite, iré delante de ustedes a Galilea.
            - ¡No! —exclamó Simón— Aunque todos te abandonen, yo jamás lo haré.
            - Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como si fueran trigo. Pero yo he orado por ti, para que no falle tu fe. Y cuando te hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos.
            - ¿Y a dónde vas, Señor?
            - Adonde yo voy, no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde.
            - Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a ir contigo tanto a la cárcel como a la muerte.
            - ¿Tú darás la vida por mí? Pedro, te digo que hoy mismo, antes de que cante el gallo, tres veces negarás que me conoces.
            - ¡Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré!

Y los demás discípulos dijeron lo mismo.

El monte de los Olivos tiene una vista espléndida de Jerusalén. Ha sido un lugar de reposo para generaciones de peregrinos, sus antiguos árboles testigos mudos de innumerables promesas hechas antes de entrar a la santa ciudad. En él hay un sitio particular; un huerto especial conocido como Getsemaní – la prensa de aceite.

Contrario a lo que piensan muchos, el aceite de olivas no se extrae de la parte carnosa del fruto, sino de la semilla. Después de remover la carne, la semilla es triturada. En tiempos de Jesús se hacía en una prensa de piedra, donde la muela – una piedra redonda – gira sobre la base fija, aplicando presión extrema a las semillas para que suelten el apetecido aceite. Todo esto estaba a punto de ser mucho más que una simple analogía.

Una vez en Getsemaní, Jesús dejó a sus discípulos con instrucciones de orar. Llevando consigo a Simón, a Jacobo y a Juan, adentraron en el huerto. Una profunda tristeza lo llenó.
            - Es tal la angustia que me invade… ¡Siento que me muero! Quédense aquí y manténganse despiertos conmigo.

Jesús se apartó de ellos. Simón lo vio retirarse un poco y postrarse en tierra, orando. Nunca lo habían visto así. Las miradas de Juan y Jacobo le decían que estaban pensando lo mismo. Triste y tímidamente comenzaron a orar. Pero la tristeza les drenó las fuerzas y, agotados, se durmieron. No escucharon a su Maestro rogar al Padre –“Si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no se cumpla mi voluntad, sino la tuya”. No vieron cuando apareció un ángel del cielo para fortalecerlo. No oyeron cuando se puso a orar con renovado fervor. No vieron su sudor caer a tierra como gotas de sangre.

Cuando Jesús volvió a donde ellos estaban, los encontró dormidos.
            - Simón, ¿estás dormido? ¿No pudiste mantenerte despierto ni una hora? Levántense y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil.

Apenados, Simón y los hijos de Zebedeo reiniciaron su oración, en tanto que Jesús se retiraba una vez más a hacer la misma oración. Pero se les cerraban los ojos de sueño. Cuando Jesús volvió, otra vez los encontró dormidos. De la vergüenza, no sabían qué decirle.

Por tercera vez los dejó y se retiró a orar, igual que las veces anteriores. De nuevo volvió a los discípulos y les dijo:
            - ¿Siguen durmiendo y descansando? ¡Se acabó! Llegó la hora. Miren, el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores. ¡Levántense! ¡Vámonos! ¡Ahí viene el que me traiciona!

No comments:

Post a Comment