Wednesday, October 14, 2015

Tú Sabes Que Te Amo (parte 3)

Papá siempre había dicho que sus hijas mujeres saldrían de su casa hasta que se casaran; pero sus hijos varones, cuando terminaran la universidad. Él no me estaba apurando, pero ahora que tenía mi título sentía que era tiempo de dar el paso. Me enteré de que una amiga tenía una casa en alquiler en la colonia Miguel Ángel Pavón, convenientemente ubicada entre el proyecto de la estación de servicio y La Lima, donde mi Mamá aún residía. Sin darle mucha cabeza, empaqué mis cosas y me mudé.

La Pavón era un nuevo proyecto habitacional del Instituto Nacional de Previsión del Magisterio. Los agremiados compraban sus casas casi terminadas para luego acabarlas por su cuenta. Mi casa estaba en una esquina al fondo de la colonia. No tenía cerco perimetral ni balcones en las ventanas. A un costado corría la calle, y al otro tenía una casa desocupada. Al frente estaba la última calle, y detrás de esta se levantaba un pequeño monte. Mi vecino posterior era un maestro de música jubilado del Instituto José Trinidad Reyes. Una vez que encontramos suelo común con la música, me contó de su técnica para enseñarles todos los himnos nacionales de Centro América a los jóvenes de la banda del Reyes: sustituyendo la letra de los himnos por un chorro de boconadas, vulgaridades y sandeces. No era solemne ni respetuoso, pero había llevado a la banda del Reyes a ser reconocida como una de las mejores.

Mis amigos de colegio argumentaban que me había ido a vivir demasiado lejos, y no podían ir a visitarme. Como no había líneas telefónicas en la Pavón, y eran los días antes de la ubicuidad de los celulares, recurrí a la mejor alternativa a mi alcance: un radio-teléfono de C.I.T. En un inicio, el vendedor me prometió villas y castillas, pero cuando el servicio no estuvo a la altura de su ofrecimiento, se hizo el desentendido. Averigüé el nombre del gerente, el ingeniero Meike Schroeder, y le envié la primera carta de reclamo que había escrito en mi vida. Su respuesta fue pronta, respetuosa y más que satisfactoria. Tanto así que terminamos siendo buenos amigos con Meike; aunque para mi sorpresa, resultó que ella era mujer, no varón.

No había televisión por cable en la Pavón, y el monte frente a mi casa anulaba cualquier señal de transmisión aérea. Esto hacía que las noches fueran largas y solitarias. Así que comencé a explorar maneras de conectar mi teclado Casio a la computadora. Sabía de la existencia del MIDI – un sistema digital para controlar instrumentos musicales digitales – pero nunca antes lo había usado. Una vez que conseguí los cables y el software adecuados, ¡presto! Fue mi iniciación a la producción musical digital. Cada noche trabajaba un poco en alguna canción, salvándola en un diskette para continuar el día siguiente.

Ahora que vivía un poco más cerca de Mamá nos mirábamos un poco más. La iglesia se había mudado de un lugar a otro, según crecía. Ahora estaban en los altos del Supermercado Bonilla, en el centro de La Lima. Con este crecimiento también se hacía sentir la necesidad de estructurar formalmente un ministerio de alabanza. Mamá siempre decía (y sigue diciendo hasta hoy, aunque no sea cierto): “Yo de música no sé nada”. Ante las circunstancias, se dispuso a encontrar a alguien que le ayudara a sostener audiciones para los candidatos a conformar el grupo. Pasando por alto a todas las personas aptas y ungidas que conocía en iglesias amigas, me pidió a mí.

Quisiera decir que acepté la invitación gentilmente, pero sería engañoso de mi parte. Sí, sentí el sano compromiso de ayudar que todo hijo debe sentir cuando su madre le pide ayuda. Pero mi soberbia musical era tal, que llegué predispuesto contra todos los que se presentarían a la audición. En mi mente, la música cristiana era sencillamente inferior – letras aburridas, melodías desabridas, armonías trilladas, ritmos pasados de moda, y mala calidad de producción.

No tenía yo respeto por las personas que se presentaron a cantar; y a uno tras otro, los iba descalificando.
            - Desafinado.
            - No sabe guardar el tiempo.
            - La nota en la que usted canta no existe en el piano.

Al final, se armó el ministerio de alabanza con aquellos que describí como menos malos. Durante un breve tiempo llegué a echarles una mano con sus ensayos, pero mi idea de ayudar era criticar, criticar y criticar. Honestamente, no sé cómo no me echaron antes. En cualquier caso, estaba a punto de recibir un golpe abrupto.

La carretera a la Pavón era solitaria y oscura, y mi casa quedaba al fondo, en la parte más solitaria y oscura de la colonia. Por si fuera poco, mi vida en esos días era – ya te lo imaginas – solitaria y oscura. Así que no era raro que yo extendiera mi estadía en cualquier lado – donde Mamá, donde Papá, donde amigos, en el proyecto – para evitar la soledad de mi casa.

Una noche, al estacionarme frente a la casa, noté que la puerta de la cocina estaba abierta. Entrando con cautela descubrí, para mi horror, que me habían robado. Los ladrones se llevaron mi radiograbadora, mis discos compactos de música, mi computadora y mi teclado. Todo eso, pero nada más. De repente me sentí terriblemente vulnerable y solo.

En el suelo de la sala habían dejado tirado – como si se lo iban a llevar, pero luego cambiaron de idea – un acordeón rojo con su estuche. De todo el equipo musical que había tenido en casa, eso era lo único que no era “mío”. Me lo había prestado mi madre, pero realmente era de la iglesia.

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