Papá siempre había dicho que sus hijas
mujeres saldrían de su casa hasta que se casaran; pero sus hijos varones,
cuando terminaran la universidad. Él no me estaba apurando, pero ahora que
tenía mi título sentía que era tiempo de dar el paso. Me enteré de que una
amiga tenía una casa en alquiler en la colonia Miguel Ángel Pavón,
convenientemente ubicada entre el proyecto de la estación de servicio y La
Lima, donde mi Mamá aún residía. Sin darle mucha cabeza, empaqué mis cosas y me
mudé.
La Pavón era un nuevo proyecto habitacional
del Instituto Nacional de Previsión del Magisterio. Los agremiados compraban
sus casas casi terminadas para luego acabarlas por su cuenta. Mi casa estaba en
una esquina al fondo de la colonia. No tenía cerco perimetral ni balcones en
las ventanas. A un costado corría la calle, y al otro tenía una casa desocupada.
Al frente estaba la última calle, y detrás de esta se levantaba un pequeño
monte. Mi vecino posterior era un maestro de música jubilado del Instituto José
Trinidad Reyes. Una vez que encontramos suelo común con la música, me contó de
su técnica para enseñarles todos los himnos nacionales de Centro América a los jóvenes
de la banda del Reyes: sustituyendo la letra de los himnos por un chorro de
boconadas, vulgaridades y sandeces. No era solemne ni respetuoso, pero había llevado
a la banda del Reyes a ser reconocida como una de las mejores.
Mis amigos de colegio argumentaban que me
había ido a vivir demasiado lejos, y no podían ir a visitarme. Como no había líneas
telefónicas en la Pavón, y eran los días antes de la ubicuidad de los
celulares, recurrí a la mejor alternativa a mi alcance: un radio-teléfono de C.I.T.
En un inicio, el vendedor me prometió villas y castillas, pero cuando el
servicio no estuvo a la altura de su ofrecimiento, se hizo el desentendido. Averigüé
el nombre del gerente, el ingeniero Meike Schroeder, y le envié la primera
carta de reclamo que había escrito en mi vida. Su respuesta fue pronta,
respetuosa y más que satisfactoria. Tanto así que terminamos siendo buenos
amigos con Meike; aunque para mi sorpresa, resultó que ella era mujer, no
varón.
No había televisión por cable en la Pavón,
y el monte frente a mi casa anulaba cualquier señal de transmisión aérea. Esto hacía
que las noches fueran largas y solitarias. Así que comencé a explorar maneras
de conectar mi teclado Casio a la computadora. Sabía de la existencia del MIDI –
un sistema digital para controlar instrumentos musicales digitales – pero nunca
antes lo había usado. Una vez que conseguí los cables y el software adecuados, ¡presto! Fue mi iniciación a la producción
musical digital. Cada noche trabajaba un poco en alguna canción, salvándola en
un diskette para continuar el día siguiente.
Ahora que vivía un poco más cerca de Mamá
nos mirábamos un poco más. La iglesia se había mudado de un lugar a otro, según
crecía. Ahora estaban en los altos del Supermercado Bonilla, en el centro de La
Lima. Con este crecimiento también se hacía sentir la necesidad de estructurar
formalmente un ministerio de alabanza. Mamá siempre decía (y sigue diciendo
hasta hoy, aunque no sea cierto): “Yo de música no sé nada”. Ante las
circunstancias, se dispuso a encontrar a alguien que le ayudara a sostener audiciones
para los candidatos a conformar el grupo. Pasando por alto a todas las personas
aptas y ungidas que conocía en iglesias amigas, me pidió a mí.
Quisiera decir que acepté la invitación gentilmente,
pero sería engañoso de mi parte. Sí, sentí el sano compromiso de ayudar que
todo hijo debe sentir cuando su madre le pide ayuda. Pero mi soberbia musical
era tal, que llegué predispuesto contra todos los que se presentarían a la audición.
En mi mente, la música cristiana era sencillamente inferior – letras aburridas,
melodías desabridas, armonías trilladas, ritmos pasados de moda, y mala calidad
de producción.
No tenía yo respeto por las personas que se
presentaron a cantar; y a uno tras otro, los iba descalificando.
- Desafinado.
- No
sabe guardar el tiempo.
- La
nota en la que usted canta no existe en el piano.
Al final, se armó el ministerio de alabanza
con aquellos que describí como menos malos. Durante un breve tiempo llegué a echarles
una mano con sus ensayos, pero mi idea de ayudar era criticar, criticar y
criticar. Honestamente, no sé cómo no me echaron antes. En cualquier caso, estaba
a punto de recibir un golpe abrupto.
La carretera a la Pavón era solitaria y
oscura, y mi casa quedaba al fondo, en la parte más solitaria y oscura de la
colonia. Por si fuera poco, mi vida en esos días era – ya te lo imaginas –
solitaria y oscura. Así que no era raro que yo extendiera mi estadía en
cualquier lado – donde Mamá, donde Papá, donde amigos, en el proyecto – para evitar
la soledad de mi casa.
Una noche, al estacionarme frente a la
casa, noté que la puerta de la cocina estaba abierta. Entrando con cautela descubrí,
para mi horror, que me habían robado. Los ladrones se llevaron mi
radiograbadora, mis discos compactos de música, mi computadora y mi teclado. Todo
eso, pero nada más. De repente me sentí terriblemente vulnerable y solo.
En el suelo de la sala habían dejado tirado
– como si se lo iban a llevar, pero luego cambiaron de idea – un acordeón rojo con su estuche. De todo el equipo
musical que había tenido en casa, eso era lo único que no era “mío”. Me lo
había prestado mi madre, pero realmente era de la iglesia.

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