Wednesday, May 6, 2015

Blancos Como la Nieve (parte 1)

Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan, y los llevó aparte a un monte alto. Para cuando terminaron de subir el monte, los discípulos estaban rendidos. Fue sólo a través de un gran esfuerzo que lograron mantenerse despiertos para orar junto al Maestro. ¡Y qué bueno que lo hicieron, porque si no, se habrían perdido algo glorioso!

Entre tanto que Jesús oraba, su apariencia cambió delante de ellos. Su rostro resplandeció como el sol. Y sus vestidos se volvieron extremadamente blancos, como la luz. Junto a él aparecieron dos varones rodeados de gloria – Moisés y Elías – hablándole de su partida y de lo que Jesús iba a cumplir en Jerusalén.

Cabe aclarar que tanto Moisés como Elías fueron tremendos hombres de Dios que no conocieron la muerte – al menos no en un sentido convencional.

Después de trasladar el mando a Josué, su sucesor, Moisés subió desde los campos de Moab hasta el monte Nebo, frente de Jericó. Allí el Señor le mostró la tierra prometida. Moisés murió y el Señor lo enterró en el valle. El diablo luchó por quedarse con el cuerpo de Moisés, probablemente para convertirlo en un ídolo para hacer tropezar a los israelitas, pero el arcángel Miguel no se lo permitió. Hasta el día de hoy nadie conoce el lugar donde fue sepultado Moisés. Así como él hizo a los israelitas cruzar el Mar Rojo en seco y los guio por el desierto, Josué haría a los israelitas cruzar el río Jordán en seco y los guiaría en la conquista de la tierra prometida.

Elías sabía que Dios lo llevaría consigo, y trató de deshacerse de su siervo Eliseo una y otra vez. Pero Eliseo también sabía que su maestro le sería quitado, y no estaba dispuesto a dejarlo ir así tan fácil. Junto al río Jordán, Elías golpeó las aguas con su manto, y las aguas se abrieron, y los dos cruzaron el río en seco.
            - ¿Qué quieres que yo haga por ti? Pídeme lo que quieras antes de que me separe de ti.
            - Te ruego que me des una doble porción de tu espíritu.
            - Me pides algo muy difícil. Pero te será concedido si logras verme cuando sea yo separado de ti. De lo contrario, no se te concederá.
Mientras caminaban, apareció un carro envuelto en llamas con caballos de fuego, y los separó. Inmediatamente, Elías ascendió al cielo en un torbellino. Eliseo vio subir a su maestro, por lo que recibiría la doble porción que pidió – que realmente se refiere a que, de entre todos los profetas que Elías entrenaba, Eliseo quería el honor de ser su sucesor. De hecho, Eliseo recogió el manto de Elías y con él golpeó las aguas del río Jordán. Las aguas se abrieron, y Eliseo cruzó el río en seco y procedió a dirigir las compañías de profetas de Israel.

Los discípulos estaban espantados con la transfiguración que presenciaban. Sin darse cuenta de lo que hablaba, Simón dijo a Jesús:
            - Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí! Haremos tres chozas; una para ti, una para Moisés, y una para Elías.

En ese momento los cubrió una nube y les hizo sombra; y tuvieron temor al entrar en la nube. Desde la nube salió una voz que decía:
            - Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia. ¡Escúchenlo!

Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. Acercándose Jesús, los tocó y dijo:
            - Levántense. No tengan miedo.
Cuando alzaron la mirada, no vieron a nadie más que a Jesús.

Descendiendo del monte, Jesús les mandó que no dijesen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del Hombre hubiese resucitado de los muertos. Pero ellos se preguntaban qué sería aquello de resucitar de los muertos. Y mientras hablaban de cómo en Juan el bautista se había cumplido la profecía de Malaquías – que el espíritu de Elías vendría primero y restauraría todas las cosas – pero que lo habían asesinado, y de cómo era necesario que también el Hijo del Hombre padeciera, parece ser que a Simón, Jacobo y Juan les pasó por alto la implicación de lo que acababan de presenciar. Pues así como Moisés y Elías fueron llevados después de encargar la culminación de su misión a sus respectivos sucesores, a Jesús también se le acercaba el tiempo de partir.

Por eso había entrenado a sus discípulos.

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