¿Cómo es – nuestros pensamientos influyen en
nuestras acciones, o nuestras acciones influyen en nuestros pensamientos? Se supone
que todo nuestro ser – espíritu, alma y cuerpo – estén en común acuerdo. De lo
contrario se produce un estado desagradable conocido como “disonancia cognitiva”.
Pero si no estoy satisfecho con mi manera de reaccionar bajo ciertas
circunstancias, ¿qué se supone que haga? ¿Me “obligo” a cambiar mi forma de
pensar? ¿O me “obligo” a cambiar mi manera de actuar?
Cuando llegaron a Capernaúm, Simón fue
abordado por los encargados de cobrar el impuesto del templo. Dios le había
dicho a Moisés que todo varón mayor de veinte años de edad debería dar esta ofrenda
particular para sufragar los gastos del servicio del santuario. La tasa sería la
misma para todos; pobres y ricos: cinco gramos de plata. Con esto se aseguraba
la continuidad de los ritos de expiación por los pecados del pueblo.
Simón no había pagado el impuesto, pero los
cobradores no estaban interesados en eso. Más bien comenzaron a interrogarlo acerca
de Jesús, si pagaba o no el impuesto. ¿Por qué no le preguntan a él?, pensó
Simón. Parecía que éstos no andaban tanto cobrando el impuesto, sino buscando
una excusa para difamar a Jesús. Nunca uno para dejarse intimidar, Simón simplemente
respondió que sí y se marchó.
Pero camino a la casa, Simón meditaba. ¿Será
que el Maestro pagaba el impuesto? Tendría que hacerlo, de lo contrario no
podría enseñar abiertamente. Pero siendo el Hijo de Dios, y sin pecado, ¿acaso necesitaba
pagar un impuesto para costear la expiación de pecados?
Simón llegó a la casa y entró, absorto todavía
en sus pensamientos. Jesús estaba sentado a la mesa, de espaldas a la puerta,
esperando a su discípulo.
- ¿Qué opinas, Simón?
Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos? ¿De sus hijos, o de
los extraños?
- De los extraños
- Entonces, los hijos
quedan exentos de pagarlos. Pero para no ofenderlos, ve al lago y echa el
anzuelo. Toma el primer pez que saques. Al abrirle la boca, hallarás una
moneda. Tómala, y dásela a ellos por ti y por mí.
El Señor no solamente
sabe lo que estamos pensando, sino que sabe cómo pensamos. Cómo aprendemos. Él sabe
cómo hablarnos y cómo enseñarnos. Simón había andado con Jesús lo suficiente
como para saber que controlaba los peces, el viento y el mar. Echando el
anzuelo al lago, no esperaba otra cosa que sacar un pez con una moneda adentro.
Quizás nunca entendería cómo Jesús lo hacía. Una y otra vez, Simón no podía más
que aceptar que todo aquello en lo que una vez puso su confianza – los peces,
el viento y el mar – sólo había funcionado porque el Señor así lo quiso.
Si él produjo la
pesca milagrosa y la multiplicación de los panes y los peces, si caminó sobre
las aguas y calmó la tormenta, ¿qué nos hace pensar que no es también por su
poder que se dan las cosas más ordinarias? El sol que sale cada mañana. La ropa
que vestimos. El trabajo con que ganamos el sustento de nuestras familias. Él
es quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder.
La gran diferencia
entre las personas es que unos viven convencidos de esto, y otros no. Estos caminan
con un corazón agradecido porque saben que viven con aliento de vida ajeno; aquellos
creen que todo lo que son y todo lo que tienen es por su propio esfuerzo. Las obras
de estos son un reflejo de una mentalidad de eternidad; aquellos piensan que
todo comienza y acaba con ellos aquí.
El deseo del
corazón del Padre es que le conozcamos durante nuestra breve peregrinación por esta
vida efímera. Es mejor invertir lo temporal para ganar lo eterno, aunque
signifique el derrumbamiento de todo lo que creíamos saber.

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