La primera vez que entré a un estudio de grabación fue en
las instalaciones de Gabriela Gálvez en el Barrio La Leona de Tegucigalpa. Hasta
donde sé, era el mejor estudio de Honduras en ese momento. Era el sueño de
cualquier músico, pero yo no estaba preparado. ¡Fue horrible!
Como dije antes, Rosario Rodríguez había obtenido el financiamiento para
grabar un casete de música inédita y lanzarlo en el Teatro Nacional Manuel
Bonilla, sin tener la música. Lo que sí tenía era muchos amigos en el mundo de
la música que estarían más que dispuestos a traer sus canciones. Entre ellos,
los tremendamente talentosos integrantes de Réquiem, una banda de rock
progresivo con infusiones clásicas. Ellos se harían cargo de musicalizar todas
las canciones, tanto en estudio como en vivo, excepto por las pocas partes que tocaríamos
un manojo de agregados al proyecto. Y como Réquiem se encontrara sin vocalista,
acordaron que Alexis cantaría en sus canciones.
En vista de que estaríamos trabajando juntos, a Vito le pareció
buena idea llevarme a un concierto de Réquiem. Dejando Avenida La Paz, tomamos
una de las tantas calles complicadas de Tegucigalpa para llegar al Teatro La
Reforma. Como todos los auditorios secundarios de las ciudades capitales, éste era
usado para actos más vanguardistas que los que se presentaban en el Teatro
Nacional. Quizás ya había antes estado en uno u otro concierto, ¡pero nunca
como éste!
El líder de la banda era Roberto Chico, uno de los seres
humanos más nobles que he tenido la dicha de conocer. En esos días le había atornillado a su guitarra eléctrica Maple un dispositivo que le permitiría controlar un banco de
sonidos digital, convirtiéndola en un monstruo sonoro. Miguel Matute complementaba rítmicamente desde su guitarra Jackson amarilla.
Había dos tecladistas. El primero, Carlos Durón, se encargaba de los pianos a-la-New-Age. El segundo, Álvaro Rodríguez – que a futuro formaría la banda guatemalteca “Bohemia Suburbana” – tocaba un tecladito muchísimo más simple que el mío; pero como procesara su sonido a través de una batería de pedales análogos, llenaba el espacio con una alfombra de texturas etéreas, además de los “blips” y “waas” que rebotaban y ondulaban por todo el auditorio a las órdenes de su ejecutor.
La base rítmica estaba compuesta por los primos René y
Rolando Zelaya en, no una, sino dos baterías, además de una caja rítmica
electrónica; Sergio Vallejo tocando el bajo con infusiones de bossa-nova y toda
especie de latin jazz; y Oscar García
bañándolo todo con su salsa percusiva. Además de la guitarra de Roberto, las melodías
instrumentales estaban a cargo de Leonel López en oboe y corno inglés, y el genio de Carlos Tenorio en la flauta
traversa.
Sin duda era una mezcla que nunca había escuchado. La combinación
de instrumentos; todo ese talento; tanta creatividad… Y las letras: profundamente
filosóficas y esotéricas – del tipo que no alcanzan a entenderse con las
primeras diez veces. Todo contribuyó a pintar una fantasía musical que me
mantuvo absorto de principio a fin.
Lo difícil fue cuando caí en razón. Era con estos tipos con quienes
entraría al estudio. Me encontré totalmente fuera de liga.
Para ese tiempo conocí a Javier Pineda, un estudiante de
medicina con desmesurada admiración por todas las cosas Pink Floyd, y en
particular el sonido de su guitarrista, David Gilmour. Acordamos incluirlo en la
alineación de Los Hombres del Triángulo
de Eva. Javier no sólo era un buen guitarrista, sino que además tenía
experiencia escénica – de lo cual nosotros flaqueábamos – tras haber sido
segunda guitarra en “El Pop” de Hunty Gabbe en San Pedro Sula. Javier vivía a
pocas cuadras de mi apartamento, así que trajo su equipo y nos dedicamos a hacer
los arreglos de “La Ciudad y La Luna”. Y practicamos, y practicamos.
El día que entré al estudio, iba confiado, pues había practicado
muchísimo. Pero me puse un poco nervioso cuando al entrar me encontré con los
chicos de Réquiem. Recostados sobre el sofá, comiendo fruta, bromeando
amistosamente… ¡Eran de lo más amable! Pero yo ya los había escuchado en vivo,
y me sentí intimidado. Y entrar a la sala de grabación sabiendo que ellos
permanecían en la cabina de controles, no ayudó. Una y otra vez me equivoqué. Y
luego otra vez. Y otra.
En esos días se grababa en DAT, una cinta digital, pero cinta
al fin y al cabo. Después de varias tomas, retrocediendo la cinta una y otra
vez, Gabriela comenzó a impacientarse. La tensión sólo lograba hacer que me
equivocara más. ¡Mi sueño estaba convirtiéndose en pesadilla!
Hasta que se me ocurrió una idea: pedir que nos grabaran a
Javier y a mí al mismo tiempo. Aunque no era normal, Gabriela accedió, y ¡saz!
Inmediatamente, todo comenzó a fluir. Todo el tiempo que había ensayado, lo
había hecho con Javier en la misma habitación. Y sin la base rítmica de
Réquiem.
En la música, como en la vida, forjamos amistades cuando juntos
trabajamos y nos divertimos. Cuando creamos y compartimos. Algunas relaciones
son para una temporada; otras duran toda la vida. Pero tanto unas como otras
nos presentan oportunidades de crecer y de ser mejores personas.

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