Los discípulos
dispersados por la persecución religiosa
en Jerusalén habían llegado hasta
Fenicia, Chipre y Antioquía, predicando el evangelio solamente a los judíos. Pero unos varones de
Chipre y de Cirene, predicaron en Antioquía también a los gentiles. Cuando en Jerusalén oyeron que gran número de personas se había
convertido al Señor en
Antioquía, enviaron a Bernabé. Él era un hombre
bueno, lleno de fe y del Espíritu Santo, y animó a todos a permanecer fieles al Señor, con tal fervor que una gran multitud se agregó
para seguir al Señor. Después de eso, Bernabé fue a Tarso para traer a Saulo a
Antioquía. Durante todo un año se congregaron con la iglesia y enseñaron a
mucha gente.
En esos días, la
persecución en Jerusalén comenzó a tomar un tinte político, con el rey Herodes mandando
a arrestar y maltratar a algunos discípulos. Entre ellos fue arrestado Jacobo,
hermano de Juan, y lo mataron a espada. Viendo que esto lo hacía popular con
los judíos, Herodes encarceló también a Pedro. Lo entregó a la custodia de cuatro
grupos de cuatro soldados con la intención de sacarle al pueblo después de la fiesta de pascua. Pero la iglesia oraba sin cesar por
él.
La noche en que
Herodes lo iba a sacar, Pedro estaba durmiendo entre dos soldados, sujeto con
dos cadenas. Dos guardias vigilaban frente a la puerta. ¡De repente una luz
iluminó la cárcel y apareció un ángel del Señor! Tocó a Pedro en el costado
para despertarlo, y al instante las cadenas se le cayeron de las manos. “¡De
prisa, levántate!” ordenó el ángel, “Toma tu ropa y ponte las sandalias;
envuélvete en tu manto y sígueme.” A Pedro le parecía que veía una visión, pero
obedeció. Siguiendo al ángel, pasaron junto a los guardias. Llegaron a la
puerta de hierro que daba a la ciudad, y ¡se abrió por sí misma! Una vez
afuera, cruzaron una calle y luego el ángel desapareció. Entonces Pedro volvió
en sí y entendió que el Señor lo había librado de Herodes y de los judíos.
Procurando no
llamar la atención, Pedro se dirigió hacia la casa donde los hermanos se habían
reunido para orar. Cuando llamó a la puerta del patio, la muchacha que salió a
atender reconoció su voz. Pero se puso tan alegre que no abrió, sino que corrió
a decir que Pedro estaba a la puerta. Ellos le dijeron que estaba loca, pero ella
insistía. Pedro, mientras tanto, seguía llamando a la puerta. Finalmente le abrieron
y se quedaron atónitos viéndolo allí parado. Haciéndoles señas de silencio, Pedro
les contó cómo el Señor lo había sacado de la cárcel. Les pidió que avisaran a
los demás, y se fue de allí.
Mientras tanto en
Antioquía, Bernabé y Saulo eran despedidos con ayunos, oraciones e imposición
de manos. El Espíritu Santo los llevaba a su primer viaje misionero. Viajaron a
Seleucia, Chipre y Salamina, donde comenzaron a predicar la palabra de Dios en
las sinagogas de los judíos. Cuando llegaron a Pafos, fueron convocados por el
procónsul Sergio Paulo, porque deseaba oír la palabra de Dios. Pero estaba con él
un mago y falso profeta judío, llamado Barjesús, quien procuraba apartar de la
fe al procónsul. Como Saulo estaba lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en
el mago y dijo: “¡Eres un hijo del diablo! ¡Estás lleno de mentira y de maldad,
y eres enemigo de la justicia! ¿Cuándo dejarás de trastornar los caminos rectos
del Señor? Pon atención, porque la mano del Señor está en tu contra y vas a
quedarte ciego; no podrás ver el sol por algún tiempo.” Al instante Barjesús quedó
ciego; caminaba en círculos, buscando alguien que lo guiara. Cuando el procónsul
vio eso, quedó maravillado de la enseñanza del Señor y creyó.
Y desde ese
momento en adelante, Saulo vino a ser
conocido como Pablo.
Pablo y Bernabé
continuaron su viaje, llevados por el Espíritu Santo por muchas ciudades donde
predicaron el evangelio y pasaron muchas tribulaciones. En Antioquía de Pisidia
creyeron muchos judíos piadosos, pero otros, celosos de que a los gentiles
también se les predicara, lograron expulsar a Pablo y Bernabé del territorio.
En Iconio enseñaron sin temor por mucho tiempo, haciendo milagros prodigiosos,
y creyó una gran multitud de judíos y de gentiles; pero los judíos que no
quisieron creer juntaron un grupo para apedrear a los apóstoles. Ellos huyeron
a Listra, donde Pablo sanó a un hombre lisiado de nacimiento. Tomándolos
por dioses, la gente comenzó a adorar a Pablo y a Bernabé con guirnaldas y sacrificios,
hasta que llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio. Azuzando a la multitud,
apedrearon a Pablo hasta darlo por muerto. Al día siguiente, Pablo y Bernabé fueron a Derbe, donde también anunciaron
el evangelio e hicieron muchos discípulos. Después regresaron por las mismas
ciudades, encomendando líderes en cada iglesia, y animando a los discípulos a
mantener la fe. Cuando llegaron a casa, contaron a la iglesia las grandes cosas
que Dios había hecho con ellos, y cómo había abierto la puerta de la fe para los
gentiles.
Entonces llegaron
de Judea algunos que enseñaban a los hermanos que no podías ser salvos si no se circuncidaban conforme
al rito de Moisés. Pablo y Bernabé tuvieron una fuerte discusión con ellos, y
se resolvió que mejor ellos fueran a Jerusalén para tratar esta cuestión con
los apóstoles y los ancianos.
En Jerusalén,
Pablo y Bernabé contaron a la iglesia todo lo que Dios había hecho con ellos
entre los gentiles. Pero algunos creyentes de la secta de los fariseos se
opusieron, diciendo que era necesario circuncidarlos y mandarles a cumplir con
la ley de Moisés. Los apóstoles y los ancianos se reunieron para tratar el asunto, y luego de
mucho discutir, Pedro se levantó y les dijo:
- Queridos hermanos, ustedes saben que hace algún tiempo
Dios determinó que yo mismo proclamara a los gentiles el mensaje del evangelio,
para que creyeran. Y Dios, que conoce los corazones, los confirmó y les dio el
Espíritu Santo, lo mismo que a nosotros. Dios no hizo ninguna diferencia entre
ellos y nosotros, sino que por la fe purificó sus corazones. Entonces, ¿por qué
ponen a prueba a Dios, al imponer sobre los discípulos una carga que ni
nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Lo que creemos es que, por la
bondad del Señor Jesús, seremos salvos lo mismo que ellos.
Entonces toda la
multitud calló, y oyeron el testimonio de Bernabé y Pablo – las grandes señales
y maravillas que había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles.
Entonces tomó la palabra Jacobo, el hermano de Jesús que había venido a ser una
figura prominente de la iglesia en Jerusalén:
- Hermanos, escúchenme. Simón nos ha contado cómo Dios
visitó a los gentiles por primera vez, para añadirlos al pueblo que cree en su
nombre. Las palabras de los profetas concuerdan en esto, pues está escrito: “Después
de esto volveré, y reedificaré el tabernáculo caído de David; repararé sus
ruinas y lo volveré a levantar, para que el resto de la humanidad busque al
Señor, y también todas las naciones que invocan mi nombre.” Esto lo dice el
Señor; lo ha dado a conocer desde los tiempos antiguos.
Por consejo de
Jacobo, la asamblea decidió enviar a los hermanos de entre los gentiles en
Antioquía, en Siria y en Cilicia, una carta dando a conocer la resolución de
los apóstoles, los ancianos, y toda la iglesia. En la carta hacían constar que
ellos no habían enviado a los que los habían perturbado respecto a la circuncisión
y enseñanzas de la ley de Moisés. “Al Espíritu Santo y a nosotros nos ha parecido
bien”, decía la carta, “no imponerles ninguna otra carga, sino sólo esto que
necesitan saber: que deben abstenerse de comer lo que se ha sacrificado a los
ídolos, de comer sangre o la carne de animales ahogados, y del libertinaje
sexual. Harán bien en evitar estas cosas. Que estén muy bien.”
Cuando Pablo y
Bernabé llegaron a Antioquía, reunieron a la congregación y entregaron la
carta. Y los hermanos se alegraron por el consuelo recibido. Judas y Silas, dos
profetas de Jerusalén que habían acompañado la carta, confirmaron en la fe a
los hermanos. Después de haber pasado un tiempo con ellos, Judas regresó a
Jerusalén, pero Silas prefirió quedarse en Antioquía, donde Pablo y Bernabé
continuaron enseñando la palabra del Señor, y anunciando el evangelio a muchos
más.

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