“¡Diablo cochino y asqueroso!”, pensé. “Te serví diez años de mi vida, ¿y es así como me pagas? ¡No eres más que un envidioso traidor!”
¿Cómo pude estar tan ciego?
El día que me robaron mi equipo, estaba de visita en el Ministerio
Rafael Contreras; un verdadero hombre de Dios, de los más mansos y humildes que
he conocido, y un apasionado de la oración y de la restauración familiar. Mamá le
pidió si podía orar por mí, lo cual hizo con genuino y profundo sentimiento. Quizás
yo estaba aún demasiado aturdido como para comprender la magnitud de esa
oración. Pero hoy sé que se unió a miles de oraciones elevadas al Señor por mi
vida por decenas de personas a lo largo de los últimos diez años. Oraciones,
ruegos, y súplicas que comenzaban a germinar en esta precisa mañana.
Abbie dice que nunca vio una conversión tan radical como la mía. Mentiría
si dijera que fue por mi propio mérito, o mi determinación, o mi amor perfecto
por el Señor. No, yo sé que no. De no ser por tantas personas - sobre todo mi madre - que no perdieron
la esperanza, que siguieron dándome a luz, no estaría escribiendo hoy esta historia.
En los próximos meses, mi vida dio un giro completo. Le propuse
matrimonio a Abbie, y ella aceptó. Seis meses antes de la boda, me mudé a La Lima, a la casa donde viviríamos los próximos siete u ocho años. Comencé a congregarme en Iglesia Piedras Vivas (la iglesia local de MUNA), asistiendo a discipulados y sometiéndome a diversas ministraciones de liberación y sanidad interior.
Aparte de la iglesia, mi vida consistía trabajar en la construcción de la casa de Rigo y Mamá. Abbie aún vivía en San Pedro Sula, y sólo nos mirábamos los fines de semana. Como no tenía televisión por cable, internet, ni muchos amigos, pasaba la mayor parte de mi tiempo libre leyendo la Biblia, orando, y haciendo música con aquel viejo requinto.
A veces tenía momentos sublimes cantándole al Señor. Pero después no lograba recordar lo que había cantado. Resolví ese problemita comprando una sencilla grabadora de casetes, no más grande que mi mano. De allí en adelante me aseguraba de siempre grabar mis cánticos, ya fuera durante su alumbramiento o inmediatamente después.
Aún no había quemado mis CDs de música mundana, pero mi espíritu no me permitía escucharlos. Por otro lado, mi alma no toleraba la música evangélica del momento. Era un músico sin música que escuchar. Así que cuando llené de cánticos nuevos un casete entero, y luego otro, estos se convirtieron en la música permanente en mi carro. Cada vez que viajaba, cantaba las armonías e imaginaba los arreglos musicales. Muchas de las letras de las canciones eran tomadas directamente de la Biblia, de manera que genuinamente llenaban mi espíritu y confortaban mi alma.
En algún momento de esa temporada entendí que no por casualidad me habían robado mi equipo musical una y otra vez. Yo le había robado a mi abuela para comprarme un teclado más grande que el que tenía. "Todo lo que el hombre siembra, eso cosecha." Lo primero que hice fue pedirle perdón al Señor. Pero aunque sabía que Él me había perdonado, sentía la necesidad de confesar mi pecado. De lo contrario, no me habría sentido totalmente libre.
Aparte de la iglesia, mi vida consistía trabajar en la construcción de la casa de Rigo y Mamá. Abbie aún vivía en San Pedro Sula, y sólo nos mirábamos los fines de semana. Como no tenía televisión por cable, internet, ni muchos amigos, pasaba la mayor parte de mi tiempo libre leyendo la Biblia, orando, y haciendo música con aquel viejo requinto.
A veces tenía momentos sublimes cantándole al Señor. Pero después no lograba recordar lo que había cantado. Resolví ese problemita comprando una sencilla grabadora de casetes, no más grande que mi mano. De allí en adelante me aseguraba de siempre grabar mis cánticos, ya fuera durante su alumbramiento o inmediatamente después.
Aún no había quemado mis CDs de música mundana, pero mi espíritu no me permitía escucharlos. Por otro lado, mi alma no toleraba la música evangélica del momento. Era un músico sin música que escuchar. Así que cuando llené de cánticos nuevos un casete entero, y luego otro, estos se convirtieron en la música permanente en mi carro. Cada vez que viajaba, cantaba las armonías e imaginaba los arreglos musicales. Muchas de las letras de las canciones eran tomadas directamente de la Biblia, de manera que genuinamente llenaban mi espíritu y confortaban mi alma.
En algún momento de esa temporada entendí que no por casualidad me habían robado mi equipo musical una y otra vez. Yo le había robado a mi abuela para comprarme un teclado más grande que el que tenía. "Todo lo que el hombre siembra, eso cosecha." Lo primero que hice fue pedirle perdón al Señor. Pero aunque sabía que Él me había perdonado, sentía la necesidad de confesar mi pecado. De lo contrario, no me habría sentido totalmente libre.
Así que un buen día llamé a mi abuela. Con un terrible nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, le conté todo. Ha sido una de las llamadas más difíciles que he tenido que hacer en mi vida, ¡pero qué bueno que la hice! Mi abuela, siempre tan noble y compasiva, me perdonó. (Hoy tenemos una buena relación. Hablamos por teléfono para cada fecha importante, o cuando ella necesita saber cuándo mi madre regresará de un viaje.)
Mamá escribe mucho. Cuando terminé la construcción de su casa, me ofreció empleo por tres mil lempiras mensuales como encargado de Comunicaciones – el departamento de producción de libros y enseñanzas audiovisuales de MUNA. Una de mis funciones era editar el contenido de sus libros y diseñar sus portadas. Sin duda eso me permitió asimilar en poco tiempo mucha enseñanza bíblica que de otra manera me habría tomado muchos años. También me ayudó a navegar las complejidades de las múltiples relaciones que tenía con mi madre, ahora que ella era mi pastora y mi jefa. Mi mente se deleita con la compartametalización simple. Así que desde entonces ella es "Hermana Emma" para asuntos ministeriales y laborales, pero en casa es simple y sencillamente "Mamá".
Hermana Emma me invitó a ser parte del ministerio de alabanza de MUNA. (O del "grupo musical", para aquellos que no hablan evangélico.) Quizás estaba yo muy crudo aún, pero eso no la detuvo. Probablemente yo no me habría puesto a mí mismo, pero ella sí lo hizo. Pronto estaba yo ministrando con mis hermanos; a veces en el teclado, a veces en la guitarra eléctrica. Con el tiempo empecé a cantar también; primero haciendo coros, luego dirigiendo. Mi hermano Oscar también se reconcilió con el Señor y se unió al ministerio de alabanza. En algún momento, Hermana Emma decidió hacer tres grupos. El primero estaba compuesto por Hermana Mirlen y sus hijos. El segundo eran los jóvenes de la iglesia, dirigidos por Oscar. El tercero éramos sólo Iona Villalobos y yo.
Iona tocaba el bajo; yo el teclado. Ambos cantábamos. A veces, Hermano Rigo se apiadaba de nosotros y nos acompañaba en la batería; cuando no, usábamos los ritmos del teclado. Tocábamos mis canciones inéditas y algunos himnos clásicos. No pretendíamos mucho, pero lo hacíamos de todo corazón. Como David, que rehusó enfrentar a Goliat con una armadura que no estaba acostumbrado a usar, así también nosotros servíamos al Señor con lo nuestro, por muy sencillo que fuera. Por eso bauticé nuestro dúo con el nombre de "Honda & Piedra". Con el tiempo, los tres grupos se fusionarían en uno sólo, y ése sería el nombre que conservaríamos.
Cuando MUNA compró un nuevo teclado Roland XP-30 tuve la oportunidad de conectarlo a un sistema ProTools en la computadora de la Comunicaciones. Con la colaboración de varios hermanos de la iglesia, grabé dieciséis de mis canciones. Las presenté bajo mi nombre en un casete de edición limitada titulado "Ensancha". Pero encontré muchísimo mayor el gozo de colaborar con otros que el de tener una obra a mi nombre personal. Así que a partir del segundo tiraje, ya en CD, presenté Ensancha como una obra de Honda & Piedra.
Disfruto grandemente la diversidad que hay en el cuerpo de Cristo. Hacer música al Señor con nuestros hermanos es una de las experiencias más preciosas de la vida cristiana. En los próximos años, Honda & Piedra grabaría un total de diez CDs de música inédita, tocando las vidas y corazones de muchos. Pero sobre todo la mía.

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