Pasado algún tiempo, la vida dio una de esas series de giros con las que
suele dejarnos en un destino distinto al que planeamos. Javier entró al temible
cuarto año de medicina y la simple carga académica ya no le permitía siquiera
reunirse conmigo a rigiar. Ni hablar de formar una banda que saldría a
dominar los escenarios. Prontamente mi sueño comenzaba a desvanecerse.
Pero la vida continuaba. Mi hermana mayor, Alexa, también vivía en
Tegucigalpa, pero en casa de una tía lejana. La pariente había tenido una repentina
necesidad de espacio, y había recurrido a improvisar una habitación hechiza en lo
que hasta ese momento había sido el garaje. Pero el nuevo cuarto no era para su
nueva necesidad, sino para mudar a Alexa y así disponer de la habitación que
ella ocupaba antes dentro de la casa. Esto no era bueno para el asma de mi
hermana, ni para la pequeña envidia que comenzaba a sentir desde que yo me
había mudado a Las Colinas.
Recién trasladado a Tegucigalpa viví en casa de otra tía lejana. Pero
ahora estaba viviendo el sueño inmobiliario de todo estudiante extranjero: un
apartamento independiente atrás de la casa de una familia. Aunque era un solo espacio
abierto con baño privado, en él cabía todo lo indispensable, incluyendo una
pequeña refrigeradora y una estufa portátil de dos hornillas. La renta incluía
el aseo de mi habitación, y una vez por semana llegaba una muchacha a lavarme
la ropa. A escasas cuadras, una señora se dedicaba a alimentar a las manadas de
estudiantes que vivían en Las Colinas con infinitas permutaciones de huevo,
frijoles, arroz, queso, tortillas y café.
Pero ese idilio se acabó con una reunión de hermanos en casa de Mamá. Tuve
que afrontar el hecho de que las condiciones de vida de Alexa eran desfavorables,
y que mi hermano menor, Oscar, estaría terminando el colegio para mudarse a
Tegucigalpa dentro de seis meses. Por si fuera poco, Alexa había encontrado un
apartamento grande donde los tres podríamos vivir juntos y ser felices para
siempre. Estaba en una buena zona - frente a la carnicería Germano’s y a media
cuadra del supermercado Más Por Menos. A un excelente precio. Y mis papás nos
darían algo más de dinero. Y Alexa estaba dispuesta a cocinar su famosa receta
de zanahorias agridulces todos los días.
Contra todos mis principios adolescentes, nos mudamos a Palmira. (Y no
me malentiendan; mis hermanos son personas formidables, pero yo era muy egoísta.)
El apartamento ocupaba toda la segunda planta de una casa. Había dos salas,
comedor, cocina, un baño amplio, y otra sala abierta que convertimos en sala de
televisión. El cuarto de servidumbre se convirtió en mi estudio. Aún había un
área de lavandería atrás y dos pequeños balcones al frente. Alexa tomó la
habitación pequeña, y yo compartiría la grande con Oscar.
Además de dejarme tomar tanto espacio extra, Alexa consintió en que yo
decorara el apartamento con toda suerte de imaginaciones gráficas y plásticas. ¡Hasta
revivimos los buenos días de la peña haciendo un pequeño concierto casero con la
mitad de Réquiem! Nos estábamos adaptando a vivir juntos antes de la llegada de
Oscar. Era una nueva vida, y todo iba bastante bien.
Pero una mañana al despertar descubrimos que un ladrón nos había visitado
en la oscuridad. La sala de televisión era completamente abierta de un extremo excepto
por una baranda a media altura. Como nuestro televisor era modelo de los
setentas, no había interesado al maleante. Pero sí se había llevado mi radio
grabadora de doble casetera. De hecho, fue lo único que nos robaron. Inmediatamente
mandamos a cerrar la apertura con una verja, y tratamos de no darle más
pensamiento al asunto.
Se siente horrible cuando le roban a uno en su propia casa, pero yo aún
no había conectado los puntos entre esto y mis actividades delictivas pasadas. Estaba
más preocupado por la música en mi vida, que poco a poco se secaba. ¿Acabaría
por desaparecer por completo?
Y sin embargo, una noche recibí una llamada de un desconocido.
- Don Elías, me llamo Wilberto
Aguilar. Usted no me conoce, pero un amigo en común me dio su número cuando me dijo
que usted está armando una banda.
- Ah, sí, claro. Estoy armando una
banda, pero me faltan algunos músicos. ¿Qué toca usted?
- Soy bajista. Me dijeron que quiere
tocar jazz fusión, y pues…
- ¿Jazz fusión? ¿De dónde sacaron
eso? ¡Yo toco teclado, pero ni por cerca soy Chick Corea!
- ¿Ah, no? ¿Y qué tipo de música es
la que quiere tocar?
- Bueno, me gusta el synth pop británico, como Depeche Mode…
- ¡A mí también!
- Pero me gustaría mezclarlo con
algo de rock progresivo, estilo Genesis.
- ¡Excelente! ¿Y le gusta Pink Floyd?
- ¿Que si me gusta? ¡Claro! Tuve un
guitarrista que tocaba puro Gilmour.
- ¡Qué bueno que no es una banda de jazz
fusión la que está armando, porque francamente no tengo tanta experiencia en
jazz tampoco! ¿Puedo llegar a su casa para que hablemos?
Echado sobre
mi cama, podría parecer que estaba relajado. Mi camiseta de combate: negra y floja.
Mi jeans: desteñidos y rotos. Mis tenis: Converse
All Star altos, negros. ¿Por qué tardaba tanto? Halando la cadena, saqué mi
reloj de bolsillo para ver la hora. (Sí, ya sé que ya nadie usa reloj de
bolsillo. Pero de tanto ir a Larach a comprar materiales para mis proyectos, de
tanto ver los relojes de bolsillo en la vitrina, los elaborados diseños…
Además, ¡yo soy único! ¿Por qué no puedo usar reloj de bolsillo si me da la
gana?)
Cuando sonó
el timbre, salté de la cama y bajé las gradas de dos zancadas. De su voz por
teléfono, su formalismo, y el hecho de que hubiese siquiera considerado formar
parte de una banda de jazz fusión, me imaginaba a don Wilberto como un cuarentón
con panza. De lentes, camisa rayada, y pantalón de tela confeccionado en
Sastrería La Moderna. Recién saliendo de la oficina. Donde trabaja como
contador.
Cuando
abrí la puerta, me encontré a un greñudo de casi dos metros en camiseta negra floja, jeans
desteñidos y rotos, y tenis Converse All
Star altos, negros. Estaba revisando la hora – si no se habría tardado
mucho. En su reloj de bolsillo.
- ¿Don Elías? Mucho gusto. Wilberto
Aguilar…


No comments:
Post a Comment