Thursday, July 23, 2015

Dichoso el Siervo (parte 4)

Pasado algún tiempo, la vida dio una de esas series de giros con las que suele dejarnos en un destino distinto al que planeamos. Javier entró al temible cuarto año de medicina y la simple carga académica ya no le permitía siquiera reunirse conmigo a rigiar. Ni hablar de formar una banda que saldría a dominar los escenarios. Prontamente mi sueño comenzaba a desvanecerse.

Pero la vida continuaba. Mi hermana mayor, Alexa, también vivía en Tegucigalpa, pero en casa de una tía lejana. La pariente había tenido una repentina necesidad de espacio, y había recurrido a improvisar una habitación hechiza en lo que hasta ese momento había sido el garaje. Pero el nuevo cuarto no era para su nueva necesidad, sino para mudar a Alexa y así disponer de la habitación que ella ocupaba antes dentro de la casa. Esto no era bueno para el asma de mi hermana, ni para la pequeña envidia que comenzaba a sentir desde que yo me había mudado a Las Colinas.

Recién trasladado a Tegucigalpa viví en casa de otra tía lejana. Pero ahora estaba viviendo el sueño inmobiliario de todo estudiante extranjero: un apartamento independiente atrás de la casa de una familia. Aunque era un solo espacio abierto con baño privado, en él cabía todo lo indispensable, incluyendo una pequeña refrigeradora y una estufa portátil de dos hornillas. La renta incluía el aseo de mi habitación, y una vez por semana llegaba una muchacha a lavarme la ropa. A escasas cuadras, una señora se dedicaba a alimentar a las manadas de estudiantes que vivían en Las Colinas con infinitas permutaciones de huevo, frijoles, arroz, queso, tortillas y café.

Pero ese idilio se acabó con una reunión de hermanos en casa de Mamá. Tuve que afrontar el hecho de que las condiciones de vida de Alexa eran desfavorables, y que mi hermano menor, Oscar, estaría terminando el colegio para mudarse a Tegucigalpa dentro de seis meses. Por si fuera poco, Alexa había encontrado un apartamento grande donde los tres podríamos vivir juntos y ser felices para siempre. Estaba en una buena zona - frente a la carnicería Germano’s y a media cuadra del supermercado Más Por Menos. A un excelente precio. Y mis papás nos darían algo más de dinero. Y Alexa estaba dispuesta a cocinar su famosa receta de zanahorias agridulces todos los días.

Contra todos mis principios adolescentes, nos mudamos a Palmira. (Y no me malentiendan; mis hermanos son personas formidables, pero yo era muy egoísta.) El apartamento ocupaba toda la segunda planta de una casa. Había dos salas, comedor, cocina, un baño amplio, y otra sala abierta que convertimos en sala de televisión. El cuarto de servidumbre se convirtió en mi estudio. Aún había un área de lavandería atrás y dos pequeños balcones al frente. Alexa tomó la habitación pequeña, y yo compartiría la grande con Oscar.

Además de dejarme tomar tanto espacio extra, Alexa consintió en que yo decorara el apartamento con toda suerte de imaginaciones gráficas y plásticas. ¡Hasta revivimos los buenos días de la peña haciendo un pequeño concierto casero con la mitad de Réquiem! Nos estábamos adaptando a vivir juntos antes de la llegada de Oscar. Era una nueva vida, y todo iba bastante bien.

Pero una mañana al despertar descubrimos que un ladrón nos había visitado en la oscuridad. La sala de televisión era completamente abierta de un extremo excepto por una baranda a media altura. Como nuestro televisor era modelo de los setentas, no había interesado al maleante. Pero sí se había llevado mi radio grabadora de doble casetera. De hecho, fue lo único que nos robaron. Inmediatamente mandamos a cerrar la apertura con una verja, y tratamos de no darle más pensamiento al asunto.

Se siente horrible cuando le roban a uno en su propia casa, pero yo aún no había conectado los puntos entre esto y mis actividades delictivas pasadas. Estaba más preocupado por la música en mi vida, que poco a poco se secaba. ¿Acabaría por desaparecer por completo?

Y sin embargo, una noche recibí una llamada de un desconocido.
            - Don Elías, me llamo Wilberto Aguilar. Usted no me conoce, pero un amigo en común me dio su número cuando me dijo que usted está armando una banda.
            - Ah, sí, claro. Estoy armando una banda, pero me faltan algunos músicos. ¿Qué toca usted?
            - Soy bajista. Me dijeron que quiere tocar jazz fusión, y pues…
            - ¿Jazz fusión? ¿De dónde sacaron eso? ¡Yo toco teclado, pero ni por cerca soy Chick Corea!
            - ¿Ah, no? ¿Y qué tipo de música es la que quiere tocar?
            - Bueno, me gusta el synth pop británico, como Depeche Mode
            - ¡A mí también!
            - Pero me gustaría mezclarlo con algo de rock progresivo, estilo Genesis.
            - ¡Excelente! ¿Y le gusta Pink Floyd?
            - ¿Que si me gusta? ¡Claro! Tuve un guitarrista que tocaba puro Gilmour.
            - ¡Qué bueno que no es una banda de jazz fusión la que está armando, porque francamente no tengo tanta experiencia en jazz tampoco! ¿Puedo llegar a su casa para que hablemos?

Echado sobre mi cama, podría parecer que estaba relajado. Mi camiseta de combate: negra y floja. Mi jeans: desteñidos y rotos. Mis tenis: Converse All Star altos, negros. ¿Por qué tardaba tanto? Halando la cadena, saqué mi reloj de bolsillo para ver la hora. (Sí, ya sé que ya nadie usa reloj de bolsillo. Pero de tanto ir a Larach a comprar materiales para mis proyectos, de tanto ver los relojes de bolsillo en la vitrina, los elaborados diseños… Además, ¡yo soy único! ¿Por qué no puedo usar reloj de bolsillo si me da la gana?)

Cuando sonó el timbre, salté de la cama y bajé las gradas de dos zancadas. De su voz por teléfono, su formalismo, y el hecho de que hubiese siquiera considerado formar parte de una banda de jazz fusión, me imaginaba a don Wilberto como un cuarentón con panza. De lentes, camisa rayada, y pantalón de tela confeccionado en Sastrería La Moderna. Recién saliendo de la oficina. Donde trabaja como contador.

Cuando abrí la puerta, me encontré a un greñudo de casi dos metros en camiseta negra floja, jeans desteñidos y rotos, y tenis Converse All Star altos, negros. Estaba revisando la hora – si no se habría tardado mucho. En su reloj de bolsillo.
            - ¿Don Elías? Mucho gusto. Wilberto Aguilar…

No comments:

Post a Comment