Thursday, February 12, 2015

¡Soy Un Pecador! (parte 1)

A la orilla del mar de Galilea, Simón descendió de su barca. Cansado, alcanzó las redes que Andrés le pasaba. Tras toda una noche de trabajo, sus destrezas pesqueras no habían rendido ni una sardina. A pocos metros, sus compañeros - Juan, Jacobo y su padre, Zebedeo – no habían tenido mejor suerte. Pocas cosas hay más frustrantes para un pescador que lavar redes con olor a sal, pero no a pescado.

Alzando la mirada a la distancia, vio una multitud que se acercaba. Difícilmente podría tratarse de algo bueno. Después de todo, esta era Galilea.

Galilea, el circuito de veinte ciudades con las que el rey Salomón pagó a Hiram, rey de Tiro, por el transporte de la madera de Líbano para su palacio real y el primer templo en Jerusalén. Cuando Hiram vino para ver las ciudades, no le gustaron y reclamó a Salomón por su falta de consideración.

Galilea, la región que fue ocupada por paganos cuando Dios castigó a Israel por su infidelidad y los envió al cautiverio a manos de Salmanasar, rey de Asiria. Los judíos del sur todavía consideraban mestizos a los galileos, y los despreciaban.

Galilea, la de los gentiles de aquel lado del Jordán; el camino del mar que, según la profecía de Isaías, sería llena de gloria. Cuando el profeta te llama un “pueblo que andaba en tinieblas” y que “moraban en tierra de sombra de muerte”, el panorama es poco prometedor. Pero cuando profetiza que tu tierra verá gran luz y que la gente se alegrará como se gozan cuando reparten despojos… ¿Cuántos locos diciendo ser el Cristo habremos tenido ya?

Juan el bautista claramente había negado ser el Cristo, pero su mensaje de purificación había sacudido la región para bien, hasta que Herodes lo encarceló por confrontarlo públicamente respecto a su adulterio. Seguramente este grupo seguía a un nuevo líder. Quizás esta vez fuese uno que agitara a los pobres políticamente con promesas de una revolución contra el yugo opresor de Roma.

Ocupado en lavar sus redes y en no entrometerse en asuntos ajenos, Simón no se dio cuenta cuando entró en su barca el hombre por el que se agolpaba el gentío. Antes de que pudiera protestar, Jesús ya estaba sentado, rogándole que apartase la barca de tierra un poco para enseñar a la multitud la palabra de Dios. Cuando terminó de hablar, se dirigió a Simón:
            - Boga mar adentro, y echen allí las redes para pescar.
            - Maestro, hemos estado trabajando duro toda la noche y no hemos pescado nada… Pero como tú me lo mandas, echaré las redes.

Simón era lo suficientemente experimentado como para saber que este esfuerzo sería en vano. También era lo suficientemente sensato como para no negarle al Maestro su petición. Entrando en el mar un poco – sólo lo suficiente como para satisfacer a Jesús – Simón echó las redes. Si bien era obvio que el rabino no sabía de pesca, Simón no quería faltarle el respeto. Con la primera brazada para recoger las redes, Simón sintió la tensión.

Andrés vino a su ayuda, pero las redes estaban tan cargadas que apenas podían subirlas entre los dos. ¡Eran tantos peces que las redes se les rompían! Llamaron por señas a Jacobo y Juan para que los ayudaran y llenaron tanto las dos barcas que comenzaron a hundirse. Los cuatro pescadores estaban espantados. Simón cayó de rodillas delante de Jesús:
            - ¡Apártate de mí, Señor; soy un pecador!
            - No temas; desde ahora serás pescador de hombres.

¿Quién sería este Jesús? ¿Acaso no era conocido como carpintero en Nazaret? ¿De dónde era ahora maestro de la ley de Dios? Y esto que acababa de suceder, ¿cómo explicarlo? Toda la noche, ni un solo pescado. Y ahora – ¡a pleno día! – dos barcas llenas. Juan el bautista había dicho que Jesús era el Cordero de Dios, y Andrés estaba seguro que era el Cristo. ¿Sería posible? ¿O se trataba, quizás, de un loco más?

Cuando trajeron a tierra las barcas, lo dejaron todo. Y siguieron a Jesús.

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