A la orilla del mar de Galilea, Simón descendió de
su barca. Cansado, alcanzó las redes que Andrés le pasaba. Tras toda una noche
de trabajo, sus destrezas pesqueras no habían rendido ni una sardina. A pocos
metros, sus compañeros - Juan, Jacobo y su padre, Zebedeo – no habían tenido
mejor suerte. Pocas cosas hay más frustrantes para un pescador que lavar redes
con olor a sal, pero no a pescado.
Alzando la mirada a la distancia, vio una multitud
que se acercaba. Difícilmente podría tratarse de algo bueno. Después de todo,
esta era Galilea.
Galilea, el circuito de veinte ciudades con las que
el rey Salomón pagó a Hiram, rey de Tiro, por el transporte de la madera de
Líbano para su palacio real y el primer templo en Jerusalén. Cuando Hiram vino para
ver las ciudades, no le gustaron y reclamó a Salomón por su falta de
consideración.
Galilea, la región que fue ocupada por paganos
cuando Dios castigó a Israel por su infidelidad y los envió al cautiverio a
manos de Salmanasar, rey de Asiria. Los judíos del
sur todavía consideraban mestizos a los galileos, y los despreciaban.
Galilea, la de los gentiles de aquel lado del Jordán; el camino del mar que, según la profecía de Isaías,
sería llena de gloria. Cuando el profeta te llama un “pueblo que andaba en
tinieblas” y que “moraban en tierra de sombra de muerte”, el panorama es poco prometedor.
Pero cuando profetiza que tu tierra verá gran luz y que la gente se alegrará como
se gozan cuando reparten despojos… ¿Cuántos locos diciendo ser el Cristo habremos
tenido ya?
Juan el bautista claramente había negado ser el Cristo,
pero su mensaje de purificación había sacudido la región para bien, hasta que Herodes
lo encarceló por confrontarlo públicamente respecto a su adulterio. Seguramente
este grupo seguía a un nuevo líder. Quizás esta vez fuese uno que agitara a los
pobres políticamente con promesas de una revolución contra el yugo opresor de
Roma.
Ocupado en lavar sus redes y en no entrometerse en
asuntos ajenos, Simón no se dio cuenta cuando entró en su barca el hombre por
el que se agolpaba el gentío. Antes de que pudiera protestar, Jesús ya estaba
sentado, rogándole que apartase la barca de tierra un poco para enseñar a la
multitud la palabra de Dios. Cuando terminó de
hablar, se dirigió a Simón:
- Boga mar adentro, y echen
allí las redes para pescar.
- Maestro, hemos estado
trabajando duro toda la noche y no hemos pescado nada… Pero como tú me lo
mandas, echaré las redes.
Simón era lo suficientemente experimentado como
para saber que este esfuerzo sería en vano. También era lo suficientemente
sensato como para no negarle al Maestro su petición. Entrando en el mar un poco
– sólo lo suficiente como para satisfacer a Jesús – Simón echó las redes. Si
bien era obvio que el rabino no sabía de pesca, Simón no quería faltarle el
respeto. Con la primera brazada para recoger las redes, Simón sintió la tensión.
Andrés vino a su ayuda, pero las redes estaban tan cargadas
que apenas podían subirlas entre los dos. ¡Eran tantos peces que las redes se
les rompían! Llamaron por señas a Jacobo y Juan para que los ayudaran y
llenaron tanto las dos barcas que comenzaron a hundirse. Los cuatro pescadores estaban
espantados. Simón cayó de rodillas delante de Jesús:
- ¡Apártate de mí,
Señor; soy un pecador!
- No temas; desde ahora
serás pescador de hombres.
¿Quién sería este Jesús? ¿Acaso no era conocido
como carpintero en Nazaret? ¿De dónde era ahora maestro de la ley de Dios? Y
esto que acababa de suceder, ¿cómo explicarlo? Toda la noche, ni un solo pescado.
Y ahora – ¡a pleno día! – dos barcas llenas. Juan el bautista había dicho que Jesús
era el Cordero de Dios, y Andrés estaba seguro que era el Cristo. ¿Sería
posible? ¿O se trataba, quizás, de un loco más?
Cuando trajeron a tierra las barcas, lo dejaron
todo. Y siguieron a Jesús.

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