Jonás encalló su barca en la playa y bajó
la pesca. A sus espaldas, el mar de Galilea bailaba ya al son del viento tibio.
Adelante, una silueta emergía de Betsaida, acercándose a voces de “¡Ya nació!”.
Jonás ya lo imaginaba. Anoche, considerando la luna, lo supuso. Y mientras
metía los peces y daba gracias al Creador del cielo, la tierra y el mar,
decidió que lo llamaría Simón. Talvez porque le gustó como
sonaba: Simón. O quizás le inspiró la historia que le enseñaron cuando
era niño, sobre la mujer a la que Dios escuchó:
La situación de Lea no era ideal. Su padre
la obligó a casarse con el prometido de su más bonita hermana menor. Para
añadir insulto al agravio, lo había hecho con engaño. Jacob creyó que la
muchacha detrás del velo era su amada Raquel. En la oscuridad de la tienda
nupcial, pensó que se acostaba con Raquel, la de lindo rostro y hermosa figura.
No fue sino hasta la mañana siguiente que se enteró de que era Lea. Jacob le
había dado a Labán siete años de su vida para casarse con Raquel, y protestó
con furia.
- ¿Qué me has hecho? ¡Trabajé contigo para casarme con Raquel! ¿Por
qué me has engañado?
- Nuestra costumbre es casar primero a la mayor y luego a la menor. Cumple
ahora con la semana nupcial de ésta, y por siete años más de trabajo te daré la
otra.
Resignado, Jacob terminó la semana con Lea.
Pero en cuanto Labán le entregó a Raquel por esposa, Jacob estuvo con ella y la
amó mucho más que a Lea. Dios vio que Lea no era amada, y le concedió hijos; mientras
que Raquel permaneció estéril. Lea nombró a su segundo hijo Simeón
– que significa “oyó” – porque dijo: “El Señor oyó que no soy amada, y por eso
me dio también este hijo.”
Conforme a la costumbre de la época, Simón y
su hermano Andrés aprendieron el oficio de su padre. Creciendo en una aldea
pesquera, sus amigos eran también pescadores, hijos de pescadores. Sus compañeros
más cercanos fueron Juan y Jacobo, hijos de Zebedeo. Si bien los cuatro hombres
ejercían la pesca, ardían con pasiones diferentes. Simón era pragmático – al
pan, pan; y al vino, vino. Juan y Jacobo eran quizás más emotivos, más
románticos, y siempre querían salir ganando. Pero a Andrés lo impulsaba un
hambre por las cosas espirituales.
En las regiones desiertas de Judea apareció
un maestro excéntrico llamado Juan. No vestía los trajes de los maestros que
enseñaban en las sinagogas, sino que amarraba su ropa de pelo de camello con un
cinturón de cuero. No comía en los banquetes de los fariseos, sino que se
alimentaba de saltamontes y miel silvestre. “¡Arrepiéntanse, porque el reino de
los cielos se ha acercado!”, predicaba. La gente salía a él para confesarle sus
pecados y ser bautizados por él en el Río Jordán. Juan el bautista era un
radical que no aceptaba a los que no estuvieran genuinamente arrepentidos,
antes bien los exponía públicamente. Fue claro en que él no era ni el Cristo,
ni Elías, ni el profeta. Simplemente una voz que clamaba en el desierto,
preparando el camino al Señor. Para Andrés no era suficiente sólo escuchar a
Juan casualmente. Andrés era uno de esos tipos que necesita encontrar la verdad,
y se convirtió en discípulo de Juan.
Un día llegó Jesús a ser bautizado por
Juan. El cielo se abrió y el Espíritu Santo descendió sobre Jesús mientras la
voz del Padre decía: “Éste es mi Hijo amado en el cual tengo complacencia”.
Aquel de quien Juan había dicho que era mayor que él, había entrado en escena.
El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El Hijo de Dios que bautiza
con el Espíritu Santo.
Estando Juan con Andrés y otro discípulo,
vieron a Jesús que andaba por allí. “Allí está el Cordero de Dios”, dijo Juan.
Oyéndolo los dos discípulos, salieron tras Jesús. Mientras andaba, Jesús se
volteó –quizás percibiendo en su espíritu que era seguido – y viendo al par, se
dirigió a ellos.
- ¿Qué buscan?
- Maestro, ¿dónde vives?
- Vengan y vean.
Fueron y se quedaron con Jesús aquel día.
Nadie sabe de qué conversaron esa noche, pero sin
duda estremeció a Andrés. Su corazón encontró una verdad superior. En cuanto pudo,
halló a su hermano Simón para darle la gran noticia: “¡Hemos hallado al Cristo!”.
Tomándolo, le trajo a Jesús.
Jesús miró a Simón. “Tú eres Simón, hijo de Jonás”,
le dijo. “Serás llamado Pedro.”

No comments:
Post a Comment